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jueves, 10 de diciembre de 2015

Un Cuento de Año Nuevo

Acerco el encendedor, pero para variar se prende sólo la mitad de la punta del cigarro, así que sólo me queda soplar para que se expanda la llama o inhalar repetidamente hasta que se prenda bien. Opto por soplar. Casi armo un incendio por la chispita que salta a la cajetilla todavía envuelta en el plástico.
Ya no queda nada para la fatídica noche de Año Nuevo, pienso mientras boto el humo como en un suspiro hastiado: “¿qué vai a hacer, galla? ¿juntémonos después de las 12 en alguna casa, nos tomamos un traguito y ahí vemos a cuál fiesta vamos?” Horror, cuál fiesta. Me queda poca tolerancia para con los chistositos que aún le ven sentido a la noche más larga y latosa del año y le embarran a uno su depresión porque comienza otro año sin planes o perspectivas mucho más brillantes que el año que se terminó, que por fin por lo demás porque ya el cansancio es atroz y de hecho por eso uno está fondeado en un sillón con una copa en la mano, con la sonrisa congelada y deseando que todo termine lo antes posible para poder irse a dormir.
Se me cae “el cabezón” del cigarro: trato de juntarlo sin presionar demasiado. Nada que hacerle, ahora sí que tengo que pegar varias aspiradas cortas pero profundas que me marean un poco. Me viene a la mente la Peca hace unos años, curada como zanja, colgada al cogote de la Caro, con un cigarro en la mano. Yo en la mía tenía un globito para amenizar la imagen de la galla producida pero lateada que se paseaba por la fiesta sorteando vómitos y chocando con los que bailaban a lo largo y ancho de toda la “pista”. Una especie de fonda electrónica con adornos plateados y Luis Miguel, en un estadio en la pre-cordillera. En fin, se me acercó la Peca para desearme feliz año nuevo por enésima vez y no encontró nada mejor que reventarme el globo con el cigarro. De ebria, le achuntó a mi mano. Todavía tengo la cicatriz.
Expectativas demasiado altas. Durante años el hecho de gastar un dineral, encontrarme en la entrada de la fiesta con medio Santiago y arreglarme como para un matrimonio me hacían creer que lo iba a pasar salvaje, que iba a conocer a un príncipe azul y que en resumen esa noche sería el mejor carrete del año. Pero en general me amanecía bailando con un gallo al que ni le entendía el nombre, con la pintura corrida, los pies inexplicablemente llenos de tierra y el ánimo por el suelo, con ganas de meterme a la cama y no salir en una semana porque me sentía vacía y desolada. Empujo el cenicero hacía mí y boto la ceniza con rabia.
La palabra que me viene a la mente es escapismo. Mientras inhalo por última vez con resignación, concluyo que la gente no necesariamente espera pasarlo bien esa noche; la mayoría debe querer simplemente borrarse la vida diaria y sus problemas y frustraciones de la cabeza, y por eso se enfrasca en tomárselo todo y celebrar como si el nuevo año fuera el fin de lo malo y el comienzo de todo lo bueno aunque no se haya hecho nada porque así sea.
Apago el cigarro. Miro la hora: el taco ya debe estar pasando. Suena el celular, es la Peca: “¡estamos abajo, amigui!”. Reviso que la diminuta cartera a juego con los zapatos tenga mis llaves, suficiente plata para la entrada y pintura por si más tarde tengo cara de sueño. Agarro la botella de champaña y salgo.

Diciembre de 2003.

En cuanto a mí...


Qué copiona soy.
Tuve el blog botado durante un mes, período durante el cual no encontré tema que me inspirara lo suficiente para escribir al respecto o que, de publicarlo, no vulnerara mi celosamente cuidado metro cuadrado secreto.
Porque soy muy introvertida y me cuesta expresar mis sentimientos. Los que me llegan al corazón, al menos, porque los que me llegan a la cabeza afloran hasta por mis poros y hay que ser muy ciego para no captar. Eso me han dicho toda la vida.
Pero no es que no tuviera conciencia de que estaba siendo inconstante. Igual seguía abriendo la página a ver si alguien había comentado algo de mis posts antiguos o si me pedían que escribiera de nuevo. No pasó nada de eso, para gran desaire de mi ego.
Hay un par de personas muy importantes para mí que me leen sin opinar. Ya recibí apreciaciones suyas acerca de lo último que publiqué, que fue escrito con el corazón en la mano y con gran emoción.
Y es que siempre hay un lector objetivo, estimado señor entrópico. O más que objetivo, alguien cuya opinión nos importa, aunque sepamos que no tiene un punto de vista imparcial. Es un verdadero placer cuando uno recibe comentarios de personas que no esperaba, incluso mejor si uno no los conoce, porque quiere decir que algo de uno le llegó a otro y ese otro se dio la molestia de decirlo, de darnos “feedback”. Y que aún otros terceros se enteren ya es total, ¿o no?
Yo sé que soy muy críptica en mis escritos y que poco se puede deducir de mi vida privada en mi blog, salvo lo que estoy dispuesta a dar a conocer. Por lo cual me alegro el doble cuando leo comentarios de personas que no conozco, ya que la gente muy llena de secretos suele ser aburrida (a la larga, porque al principio uno se fascina con la “copucha”). Por eso es que de a poquito he ido soltando más la pluma (¡¿cómo decirlo cuando se escribe en un teclado?!) y me he permitido publicar una que otra notita más personal.
Parece, en todo caso, que estoy rodeada de gente tan cerrada como yo, porque ni mis propias amistades comentan en este sitio. Yo sé que no todos son grandes lectores y que muchos le hacen el quite a los temas “polémicos” de la vida, lo cual también explicaría en parte mi necesidad para con este blog: por algún lado hay que sacar a la luz lo que uno piensa y quiere discutir o depurar (no se trata de andar lateando y mareando a los padres, los hermanos y el marido todo el rato). Y como yo no escribo de farándula, de minos o de la vida de mis conocidos, por desgracia muchos quedan fuera de mi órbita. Lo sabía antes de abrir el blog, presintiendo poca participación de dichas personas. Porque yo, aunque tenga más tiempo libre que otros, también he escrito a las horas miles y me quedo leyendo diversas cosas hasta que me doy cuenta de que la voy a pagar al día siguiente. Tiene que ver con intereses y prioridades.
Otra cosa de la que me río (porque siempre tengo el radar prendido en torno al resto de la gente) es la siutiquería. Yo misma peco de ella al escribir títulos en inglés y al usar frases en ese mismo idioma. No pretendo barsearme ni que la gente piense “ah, es que esta mina cacha de inglich”, sino que simplemente me siento a gusto con los dos idiomas y hay expresiones precisas que no son del todo traducibles. Por último, eso sí que me importa un huevo. Mejor usar otro idioma que las clásicas muletillas en que caen los periodistas y los chilenos en general, pobres en vocabulario hasta sacar chispas de rabia en gente que ha leído toda su vida como yo. Además que manejar pocas palabras incide en pensar peor, estoy segura. Nos aleja de lo que nos hace humanos. Y eso sin considerar que algunos animales tienen un sistema de comunicación sofisticado, como las ballenas. Mr. CAE, siéntase con derecho a expresar lo que cree al respecto. Estoy pelando el cable acá.
Yo, la que obtuvo mención de honor en marketing y sus “ciencias” afines, no he podido sacarme de la cabeza el pudor al escribir. No soy todo lo explícita que es el resto ni me atrevo a decir de frente “esto está mal” o “este gallo no tiene vuelta” o cosas así. Pero bueno, por eso el blog se llama como se llama, porque sólo contiene mi punto de vista y no pretendo ser dueña de la verdad. Sí pretendo hinchar un poco a los que me parece dicen y hacen leseras (que son HARTOS), haciéndoles ver su tontera con palabras de uso diario, otras un poco menos del dominio de la gallada y con una visión franca, analítica y que de verdad creo abre un espacio de discusión. La lata es que a veces abro y cierro mis propios debates, porque hay gente que me encuentra demasiado terminante. O sea, que mis argumentos no dan lugar a dudas, jajaja. Puede ser que para el gusto de algunos toque tan sólo la punta del iceberg e ilustrarme sea una lata o una arrogancia. Pero no creo. He recibido comentarios de personas que me parecen bien choras e interesantes, incluso sin conocernos más que de leernos mutuamente.
Yo he aprendido a que me importen menos las opiniones de los demás. Este blog ha sido un ejercicio de ello. Pospuse su apertura por miedo a lo que dirían de mí, pero como ha sido poco, en primer lugar, debo pensar que no estoy tan loca. Segundo, me siento muy a gusto conmigo misma por atreverme a publicar lo que pienso, al margen de las reacciones. Siempre había tenido diario de vida y siempre me había sentido ambivalente con él, porque tiene re poco sentido escribir y escribir si nadie va a leer lo que uno escribe. En la más Papelucho, siempre pensaba que se lo daría a mi albacea y que, transcurrido cierto tiempo desde mi muerte, se podría publicar todo, con nombres y fechas. Pero a quién le iba a interesar, me preguntaba a continuación. No es que ahora publique mis pelambres o mis rabias hacia ciertas personas, repito, pero al menos mi desahogo tiene un cauce más interesante. Además la vida me enseñó una amarga lección cuando hace ya casi una década, se murió el computador donde en ese entonces escribía y no atiné a salvar mis escritos, salvo un trabajo de econometría que tenía que entregar en unos días más y con el que me había quemado las pestañas. Tonta. Nunca me he repuesto del todo, porque fue una época super entretenida y, en términos de vivencias, carretes y pelambres, el documento en cuestión valía oro. So much for the value of a secret diary. Traducción: no me sirvió de nada tanto secreto. En ese tiempo no existían los blogs, pero me estaba aferrando a algo que no conduciría a nada y que tenía alto riesgo de perderse. Así fue.
Felicito y agradezco a los que han llegado a leer hasta acá. Ahora sí que me largué con las divagaciones. Y se me cortó la inspiración de golpe con un ídem, seguido de un llanto infantil que me retuerce el corazón de angustia.

Ejercicio Simple

En mi carrera por ganarle al Alzheimer, toda actividad que conlleve clasificar y ordenar me es interesante. La lista que les presento a continuación la saqué de este entretenido y sensible blog que he estado leyendo en los últimos días.
La idea es completar los encabezados en negrita con un aporte propio. A los seguidores se les agradecerá citar, como yo, de dónde sacaron esta iniciativa.
Aquí va lo mío.
  • Yo soy una mujer pensativa y pensadora; de pocas pero íntimas amistades, hogareña y enojona.
  • Yo leo lo más que puedo pero menos de lo que debiera; muchos blogs, porque me gusta saber qué piensan y cómo escriben otras personas; mucho de psicología infantil y crianza a ver si obtengo algo de esa cualidad que llaman inteligencia emocional; un poco de historia, medicina, farándula extranjera y noticias. Ya no tengo tiempo para novelas o libros largos.
  • Yo llevo puesto algo cómodo, que no me importe si se ensucia, pero que pueda combinarse con un detallito o dos y verse bien en casi cualquier lugar; ya no zapatos caros y elegantes y por suerte tampoco ropa de oficina.
  • Yo tengo 3 hijos maravillosos que llenan mis días y –por desgracia- buena parte de mis noches; un hogar que considero sagrado; un marido paciente; un auto que aperra en todas; una cocina perfecta salvo porque aún no tiene horno; un sueño terrible; un desastre en mis cuentas; muchos amigos y amigas injustamente dejados de lado y a quienes ansío ver pero en qué momento.
  • Yo vivo en un barrio de lindas casas cerca del metro; con lo menos posible; adelantándome a cada peligro potencial; yendo al supermercado o haciendo listas para el mismo; ordenando mis cosas y volviéndolas a desordenar.
  • Yo escucho desde música clásica hasta rock semi pesado; muchas series y películas en inglés y francés; vocecitas, gritos y llantos infantiles y mis pensamientos que no dan tregua.
  • Yo huelo comidas en preparación; olorcitos de guaguas juguetonas; no suficientes plantas y flores; ropa limpia; solía oler pan recién hecho en casa; en general todo porque tengo olfato de perro.
  • Yo bebo jugo en cantidades industriales (últimamente); agua a todas horas; de repente un poco de vino tinto. Quisiera más Coca Cola.
  • Yo creo que Dios existe pero que ningún humano lo interpreta correctamente; que si todos colaboramos mínimamente, el mundo puede salvarse; que las cosas no son blanco o negro; que debería haber Wi-Fi en todos lados; que las mujeres manejamos pésimo pero que podemos pensar y hacer más cosas al mismo tiempo que los hombres; que fue para mejor y que saldremos adelante de lo más bien.
  • Yo como lo más sanamente posible, pero jamás pasaré las guatitas, los sesos, los fiambres ni el cordero ni los repollos de Bruselas; chocolates a escondidas, aunque mis proveedores lo saben; quesillo con compulsión.
  • Yo me acuesto tempranito para aprovechar cada minuto de sueño; añorando mi propia cama ahora que me cambié de pieza para atender a la recién nacida; con pijama de verano todo el año porque muero de calor.
  • Yo me río con las películas y actuaciones de Ben Stiller; con programas tipo “Video Loco”; con los chistes y cuentos de mis parientes, en especial mis primos; de la tontera y de la ceguera mental; con el humor sarcástico.
  • Yo no entiendo cómo hay gente que tiene paciencia para trabajar con niños; que haya personas que se convencen de cosas que a todas luces no tienen sentido ni conducen a nada bueno; las ganas de figurar y de ascender en una ridícula montaña social y económica; que los propios vecinos de uno sean desconsiderados y antipáticos; que en este país a nadie le interese atender bien a quienes les dan de comer: sus clientes.
  • Yo miro demasiada tele para el gusto de mi marido; las intenciones en la mirada y el lenguaje corporal de la gente; cómo van descubriendo y aprendiendo cosas mis hijos; cómo el cielo se torna celeste, rosado y morado al atardecer desde la ventana de mi pieza.
  • Me gusta estar con amigos mientras los niños juegan; recibir gente en mi casa y atenderlos; tener un ratito de tranquilidad sólo para mí en el día; salir con mi marido; escribir (dah); mi pelo largo y frondoso, aunque me molesta en la noche porque es demasiado abundante; oír cantar a mis niños y darles muchos besitos.
  • Me gustaría que cierto niñito gritara menos y hablara más; que disminuyera la contaminación de esta ciudad; tomarme las cosas con más calma; tener la lucidez para enseñar con menos retos; que el transporte público en esta ciudad fuera decente.
  • Yo escribo desde que aprendí a los 3 años; todo lo que siento y pienso; porque me cuesta menos decir las cosas por escrito que verbalmente; para ordenar mis ideas y calmar mi mente; para recordar detalles intrascendentes pero decidores para mí.
  • Yo espero que se me haga caso en lo que pido en mi casa o se me presenten alternativas razonables y conversadas; que estos hermanos se lleven bien y sean pilares los unos para los otros, o que al menos se respeten; poder retomar mis actividades profesionales y laborales algún día, en algún grado.
  • Yo sé que me falta un montón por aprender y cada día me esfuerzo concientemente por acercarme al ideal de persona que quiero ser, pero nunca llego porque ese ideal va cambiando conforme la vida me presenta nuevas circunstancias; que nada tiene sentido sin mi marido y mis hijos; que me sería muy difícil vivir en otro país, más por aspectos prácticos y sentimentales que otra cosa.

Vecinos

Estoy tan contenta que me pareció buena idea publicar lo que me provocó esta alegría.
Yo, corta de carácter y rencorosa como soy, me atreví a tocar el timbre de la puerta de mi vecino (que en realidad es una campana preciosa, como de casa de campo, que envidio con toda mi alma) por primera vez en todos estos meses.
El motivo es que tenía unos almácigos de eyser japónico de sobra y no me dio el corazón para botarlos, luego de que en la semana que los tuve plantados crecieran y echaran hojitas por doquier, como agradeciendo los mínimos cuidados que se les dieron.
Entonces, como he observado que este señor cuida su precioso jardín con un cariño y un esmero admirables, me pareció buena idea ofrecérselos.
Tenía un miedo enorme, reconozco, de que me atendiera con actitud fría y cortante, luego de todos los problemas que tuvimos con él durante la construcción de la casa y que llegaron hasta a amenazas de acusarnos a la Municipalidad o la autoridad que corresponda, que no sé cuál es. Además transcurrieron todos estos meses en que nos topábamos en la calle y ni nos mirábamos; ahora me doy cuenta de que era timidez por los dos lados.
Porque fue un encanto. En reconociéndome me sonrió, me tendió la mano, me dio un beso en la mejilla y me dijo que era fantástico conocernos por fin; me preguntó cómo estaba la guagua y me agradeció enormemente los arbolitos, que a su mujer le fascinan. Como eran hartos, me dijo que los repartiría con inmenso placer a sus conocidos con jardines grandes y nuevamente me dio las gracias. Incluso me ofreció pasar a la casa, cosa que no hice por falta de tiempo, pero me dejó invitada junto a mi familia para ir a una bienvenida en forma al barrio. Le devolví la invitación porque me parece que los que tenemos que invitar somos nosotros que somos los nuevos: ya tenemos los contactos hechos con los otros vecinos, menos con la del otro lado que ha sido un poco histérica (y que tiene un perro tan antipático, de ésos que no se les distingue el cuello de la cabeza porque son del mismo ancho) y con el importante del frente que está ocupado en menesteres políticos.
Esto de tener jardín y plantar en él todo lo que me gusta (que va desde apio hasta una buganvilla; me falta mi matita de tomate, que todavía no aparece en viveros ni tiendas del rubro) ha sido exquisito y altamente terapéutico. Me pillo hablándoles a las rosas, celebrando cada brote y cada botón, fijándome en la exposición al sol y sacando fotos como las que muestro. Mis gusanitos hacen su tarea con dedicación y ya tengo una pequeña montañita de tierra negra fértil o humus. Cualquiera de estos días esparzo el saco de café, que sirve de abono, que me llevé de mi cafetería favorita.

Se supone que en estos días finalmente vendrán a instalar el bendito horno de una vez por todas, también, así que podré nuevamente comenzar a hacer mis panes adorados. Y pensar que a ratos me consume la ansiedad y el stress por esa chiquitita tan delicada y con ese reflujo tan endemoniado, entre otras causas. Lo que me pasó hoy y la noticia de que nuestro voluble electricista se dignará visitarnos son el balance que necesitaba en estos intensos días. Los dejo con el botón más delicioso que tengo en mi casa. Ya no tiene color zapallo, en todo caso.


La flacura

Hace mucho tiempo que me debato entre escribir sobre esto o no. Es de una seriedad enorme, aunque son muy escasas las mujeres que reconocen cuánto pesa en su diario vivir. Y muchas menos son las sinceras en decir que el tema se les escapa de las manos, en menor o mayor medida.
Empiezo mi raconto personal.
Siempre fui flacuchenta y esmirriada, tanto así que de chica me decían que si no comía iba a terminar como la Karen Carpenter (razón por la cual me revienta oir de pasada siquiera, cualquier canción de ella). Con el tiempo se me fue generando un complejo espantoso de fea e insignificante. Lo cual, por supuesto, nunca redundó en un mayor apetito.
He aquí que llegó la adolescencia y, cuando la mayoría de mis amigas y compañeras de curso ostentaba enormes pechugas, caderas y demases, yo seguía viéndome como una niñita. Es fácil comprender que nada de ello mejoró mi situación.
Pero recuerdo muy bien que en esa época las mujeres de mi familia me empezaron a alabar precisamente por ser tan “delgadita”. Ya en esos años las mujeres empiezan a obsesionarse con rollos, celulitis y dietas, de los cuales yo no sabía nada porque no estaban en mis vivencias y porque nunca fui tan pretenciosa. Con suerte me peinaba.
Un día de cuarto medio lo pasé con un grupo de amigas en la piscina de una de ellas. Yo apenas rellenaba el traje de baño, mientras que otras lo lucían con gran hermosura y otras pocas lucían, para qué estamos con cosas, unos kilitos de más, ya sea por genética o por haber comido queques, papas fritas y dulces para la colación durante años. Pero recuerdo que una de mis amigas, a quien siempre consideré bonita por su piel oscura, ojos verdes y largas pestañas, me confesó gran envidia por poder tenderme de lado sin que se me abultara nada en la cintura. Quedé plop.
Un par de años más tarde, otra amiga a la que siempre he considerado preciosa (rubia de ojos azules, voluptuosa y brillante, además) también me elogió, diciendo que mi cuerpo era “perfecto”.
Para entonces yo llevaba años lidiando con la ropa, que parecía colgarme del cuerpo y llenarse de pliegues. Imposible era que no usara cinturón. Por suerte a algún genio se le ocurrió traer a Chile las marcas Zara y MNG, de las cuales, hasta los 26 años, usé la talla S.
Habiendo recibido piropos varios en la universidad (donde el look semi anoréxico se llevaba mucho, como siempre ha sido en cierto sector socio económico de nuestra sociedad) y algunos fuera de ella, entendí que yo era como era nomás y que al parecer era una gran privilegiada, porque me podía zampar dos combos del McDonald’s en una semana, comer puro pan con mantequilla los otros días y aún así no subir ni un gramo. Así que dejé de sentirme cohibida y me empecé a querer más en lo físico. Con lo cual, por supuesto, me empezó a ir aún mejor, porque una buena impresión en los demás comienza por tenerla uno de sí mismo.
Lo cual no significa que me nutriera ni cuidara como era apropiado. Yo me imagino que nadie se daba cuenta de que a veces estaba aún más flaca que de costumbre, porque nunca usé ropa especialmente apretada o escotada o reveladora (aparte que para revelar tan re poco, qué fome). Pero el hecho es que ya a los 19, cuando el stress de los estudios o el de la vida misma aumentaban, pasaba días sin comer nada, porque no tenía hambre y simplemente se me olvidaba. Cuando ya estaba desfalleciendo y al borde del desmayo, sacaba algo del refrigerador y seguía mi día. Nunca fueron ensaladas ni productos dietéticos, pero tampoco eran cantidades ni nutrientes suficientes.
De todo eso me vine a dar cuenta mucho después. Tengo que reconocer que entre los 18 y los 24 años, más o menos, mi mente funcionaba de manera bastante intensa y emocional, lo que me hacía despreocuparme de muchas cosas que a otras mujeres les quitan el sueño. En lo meramente físico, me preocupaba de vestirme bien y chao. Mi aspecto era tan generalizadamente aceptado (y envidiado, he sabido) que nunca sentí la necesidad de “producirme”. Tampoco estaba en mi carácter.
En fin. Conservé mi cuerpo de adolescente hasta mi primer embarazo, a los 27. Ni la equitación ni el yoga ni las largas horas sentada trabajando habían logrado sacarme cuerpo como lo logró el estricto control mensual (y a veces quincenal) al que me sometió el médico y al que feliz se sumó mi marido, a quien doy las gracias por haber despertado en mí el gusto y placer por comer.
Ahora, después de casi cuatro años y con unos buenos kilos más encima, puedo decir que me siento orgullosa de mi cuerpo. Aunque tenga un poco de celulitis y depósitos de grasa que sólo saldrían con una actividad física que no tengo interés en llevar a cabo. Por supuesto que hay otros factores influyentes, pero hoy me siento más tranquila, menos nerviosa y más segura de mí misma: más bonita. No desearía volver a ser un espárrago, porque ahora disfruto comiendo y porque la ropa me queda mejor. Tengo más curvas y lo que veo en el espejo es una cara saludable; cansada pero reflejando bienestar y cuidado. Ya no ese rostro demacrado, macilento y reseco.
Irónicamente la mayoría de las mujeres de mi edad o cercanas andan en la onda contraria. Si pueden, no comen (pero hay que ver cómo toman y fuman) y se lamentan de cada gramo extra que les muestra la pesa, indiferentes a lo que les digan los ojos y el nunca excusable barómetro del sex appeal.
Me encantaría apoyarlas en su cruzada por ser “regias”, pero no puedo. No me parece que una mujer de más de 30 años se vea bien cultivando lo flaca. Cuando se es adolescente nada que hacerle si se es flaca, porque el cuerpo cambia casi a diario, sin orden ni concierto y la afortunada de ser siempre bella es la excepción. A esa edad uno todavía se está deshaciendo de la gordura infantil de la cara, los brazos y las piernas. O bien está adquiriendo la grasa corporal que la acompañará durante la adultez, como fue mi caso. Pero pasada cierta edad el panorama varía mucho. Porque el cuerpo va perdiendo su redondez juvenil, para adquirir una figura adulta. La que antes tenía caderas sensuales, ahora las tiene marcadas. La que usaba un escote hasta el ombligo y se lucía, ahora parece arpa. La que tenía brazos y piernas delgadas, ahora se ve huesuda. La que tenía pómulos definidos, ahora tiene una cara angulosa. La que lucía una hermosa sonrisa con dientes parejos y blancos, ahora muestra una mueca de calavera (más aún si fuma y los dientes se le han ido manchando). Todo esto es más frecuente en las que hacen dieta y van al gimnasio como enfermas del mate (que algo de eso hay, por cierto); lamento que algunas otras de nosotras podamos hacer tan re poco por subir de peso considerablemente.
Es posible que alguna de mis amigas lea esto y me odie por ser tan despiadada. Mal que mal, alguna puede haber luchado todos estos años por ser flaca y, ahora que lo consiguió, vengo yo con mi lengua de serpiente venenosa y le embarro la onda. No es mi intención: sólo estoy siendo sincera. Hay logros que no se pueden celebrar porque están fuera de plazo. Y si lo que les importa es verse bien, tendrán a ídem mirarse al espejo con honestidad, borrándose de la cabeza las imágenes de modelos andróginas y desnutridas de las revistas. Lo mismo pasa con la moda, queridas: no se trata de usar “lo que se lleva”: la clave es usar “lo que una lleva bien”.
Iba a poner una foto mía de viaje por Ecuador cuando tenía 20 años y estaba en un estado de flacura francamente alarmante. Pero no lo haré, porque he visto que abundan los sitios de Internet hechos por personas indudablemente enfermas, que veneran imágenes como la que menciono y buscan parecerse por todos los medios, así les cueste la vida. No quiero para nada fomentar comportamientos tan estúpidos.

Era Inquilina...

Y rescindió su contrato de manera bastante adelantada y unilateral, a pesar de que tratamos de negociar. Pero cumplió con que fuera el último día del mes. Apurete la niña, por suerte salió todo maravillosamente bien.
Bienvenida chiquilina preciosa a nuestras vidas.

Regalitis


Con seguridad puedo decir que lo único que no me gusta de la Navidad es el tono excesivamente materialista que ha tomado. Sí, ya sé que todo el mundo se queja de lo mismo, pero parece que nadie se atreve a dar el primer paso para solucionarlo.
A mí no me importa que alguien no me haga un regalo de Navidad. No me ofendo ni me siento menos querida. Prefiero que esa persona venga a mi casa a celebrar y ojalá con algo rico que todos podamos compartir (porque, aunque yo seré la anfitriona este año, una ayudita con la comida nunca está de más). También agradezco que les traigan regalos a los niños, pero ojalá con mesura: un paquete para cada uno está bien. Si no, seguimos dándole énfasis a los regalos y después cuesta mucho más explicarles a los peques que la gracia de la fecha no es terminar con una montaña de juguetes.
En mi post anterior reconocí haber mezclado creencias y tradiciones y haber caído al influjo del Viejito Pascuero pero, ¿quién no? No es por disminuir mi culpa comparándome a los demás. Es que es virtualmente imposible hacerse el leso frente al tema en cuanto uno tiene niños que socializan con otros, quienes ya no hablan de otra cosa que las muñecas, vestidos, bicicletas y demases que han encargado/exigido. Qué mal entendida e interpretada está esa idea de que “la Navidad es de los niños”.
Creo que la clave puede estar, entonces, en minimizar la sugestión de entidades financieras, comentarios infantiles, escaparates de tiendas y comerciales de diario, radio y televisión en torno a la Navidad. Empezar a explicarles a los niños, con tiempo y en forma reiterada, que lo importante de la fecha (si es que uno elige celebrarla) es conmemorar el nacimiento de Jesús y la formación de una familia.
Típicamente uno se estaciona a un kilómetro del mall como es tradicional para estas fechas, toma por asalto una gran tienda como todo el mundo y se va para la casa lleno de bolsas que gritan ¡CONSUMISTA! a los cuatro vientos. Se siente bien poder reciprocar a todos los que alguna vez nos han regalado cosas: tíos, abuelos, primos, hermanos, padres, nanas, etc. Un caos. Pero, ¿es un gesto dedicado, preocupado, cariñoso, el impersonal paquete “jabón-espuma de baño-esponja-crema para el cuerpo” que puede no achuntarle a las preferencias del obsequiado y terminar olvidado en algún rincón o vuelto a regalar? Yo sé que muchas personas no cuentan con tiempo o paciencia para buscar en un mall atestado de gente, ese detalle que hará la diferencia. Aún en ese comprensible caso hay una solución que, entre adultos, no tiene nada de malo: preguntar a los destinatarios de regalo, qué quieren o necesitan. Mucho más eficiente para el regalador y para el regalado, quien no tiene que ir después con su “ticket de cambio” a buscar lo que realmente quería pero no recibió por falso romanticismo. Comunicación.
Hace algunos años decidí hacer, con mis propias manos y porque tengo el privilegio del tiempo, mis propios regalos. Un paquete por familia con cositas ricas que pueden disfrutar en el desayuno del 25. Más un regalo para cada niño de cada grupo, pero nada extravagante. A los nuestros les regalamos un paquete “de parte del viejito” y otro de parte nuestra, a cada uno.
Me cuesta tremendamente morderme la lengua cuando alguien llega con 2 ó 3 paquetes para cada niño (más me cuesta si no es igual cantidad de paquetes para todos, porque se generan rencillas innecesarias e inevitables). Durante mucho tiempo pedí a los otros la misma sobriedad que quiero yo misma tener, pero ya estoy entendiendo que cada uno es como es y que mi misión no es educar a adultos, sino que a mis hijos. Explicarles que los regalos no son lo importante y que al menos en esta casa siempre se valorará mucho más que estemos todos juntos y en armonía. Ojalá ellos sí puedan darle un significado más trascendental y adulto a los símbolos religiosos. Ver más allá de lo evidente y pueril.

Superación

Nunca me percibí como tan nula que permitiera que otros me vieran así. Mientras a algunos compañeros los molestaban, imitaban con burla, humillaban y abusaban de ellos, yo siempre tuve muy claro que cualquier huevón/a que viniera a hacerme la vida imposible se iba a ir de venganza hasta que entendiera que yo era tan persona como él/ella y que a mí nadie me venía con tonteras. Si había un período en que no me llovían amigas, pasaba el recreo sola, pero con la frente en alto. Nunca me ha molestado estar callada.
Nunca me compliqué por salir poco. Lo pasaba chancho en mi casa viendo películas, conversando con mis padres o leyendo. También lo pasaba bien saliendo y de ahí guardo incontables anécdotas y recuerdos y amistades y qué sé yo, pero no se me iba la vida en tener algo emocionante que contar el lunes, como me da la impresión les sucedía a muchos de mis compañeros. De colegio y de universidad.
Por supuesto que hubo malas amigas que me hicieron daño y confieso que hasta el día de hoy les guardo rencor y les tengo recelo. Pero aún así me doy el mérito de verles el lado bueno, humano y también sufriente, que podría justificar los daños que en su momento me hicieron a mí y a mis amigos. Todos sufrimos; nadie se las lleva peladas. No me sentiría mejor odiando a esas personas con todo mi corazón y sintiendo pena de mi misma por haber sido víctima de sus engaños o falsedades.
Es posible que yo no haya sido víctima de bullying, por ejemplo, porque siempre sentí el respaldo de alguien más. Nunca sentí que tendría que pelear sola. Ya fueran mis padres, hermanos o mi familia, o incluso el cuerpo de profesores del colegio los que me defendieran. Ya mencioné que ellos seguramente no habrían hecho nada por detener el problema, pero estoy segura de que me habrían acogido en su círculo hasta que todo pasara, lo cual ya es un apoyo explícito suficientemente fuerte como para disuadir a los tontitos que se quieren sentir mejor que el resto. De hecho lo hicieron. No por bullying sino porque yo me sentía tan sola, tan distinta a mis compañeros y por lo tanto tan incomprendida. También mencioné al querido Mr. Pérez, quien me amonestó por un par de estupideces que hice (contestar una prueba de historia libro en mano y saltar la pandereta hacia el estadio en horas de clase), pero después nos quedábamos largo rato conversando de la vida. La mejor manera de perder clases: nadie me habría retado por estar en la oficina con el Headmaster.
A mí me han pateado (que el novio termine la relación, para los no chilenos), me han ignorado, me han fallado y me han mentido. Ni más ni menos veces que a otras personas. He caído en la cómoda posición de sentir conmiseración de mi personita y me he permitido la tentación de culpar a los otros mientras que yo soy una blanca paloma. Pero al final la he cortado, porque ¿qué gano con sentir que me fallaron? ¿A dónde voy a llegar sintiendo desengaño, si puedo hacer muchas más cosas y llegar mucho más lejos cuando me siento chora, capaz, fuerte e interesante? El cambio de mentalidad puede llegar de a poco, o de un plumazo.
Cuando murió mi amiga Carola, quedamos todas en shock. Estuvimos muy unidas en las semanas inmediatamente posteriores, pero después yo me retraje. Seguí sufriendo y llorando sola. No quería contarles nada a mis amigas porque las veía tan tristes y desoladas, que prefería no achacarles mi propia pena también, que era infinita. Era capaz de escucharlas y contener pero no decía mucho. Mi filosofía era que cada una tenía suficiente sobre su plato, para qué iba yo a complicarle más la vida a alguna. Hasta que un día fui a la casa de una de ellas y, al verla hablar del tema con naturalidad y secarse las lágrimas con simpleza, de repente me pareció obvio que yo también podía hablar de mi pena y llorar hasta que me diera fiebre. Ahí, lentamente y sin presión, terminó mi conmoción y empezó mi duelo.
Hoy estaba leyendo un reportaje a un niño que había sido víctima de bullying en su colegio durante largo tiempo. De sentirse al borde del precipicio, pasó a “mejorarse” de su situación mediante un simple mensaje de texto que le envió la polola (novia) del hermano, diciéndole que había gente que lo quería y que no era el único que había pasado por eso.
Está en uno. Nadie puede venir a salvarnos cuando nos pasa algo malo; finalmente somos nosotros los que nos damos cuenta de que hemos llegado al final del camino y que debemos reinventarnos, porque nadie más lo hará por nosotros. A lo más, podemos saber que contamos con apoyo, pero es un proceso interno, individual. Solo. Cuando nos damos cuenta de que hemos saltado una valla con victoria, por lo demás, nos convertimos en mejores amigos de nosotros mismos y nos damos cuenta de que queríamos algo que ya no necesitamos tanto: la aceptación de los demás.

Pasatiempo

No cabe duda de que una de las actividades más sanadoras y terapéuticas para cualquier persona es un pasatiempo; algo que se hace por mero gusto en el tiempo libre.
Hace unos años me dio algún achaque emocional (tuve tantos que no recuerdo la causa de éste en particular) y, para distraerme, me puse a cuidar las plantas de mi mamá que estaban en la terraza todas escuálidas y famélicas. Partí limpiándoles las hojitas con el dedo; después me di la molestia de ir a buscar un poco de papel húmedo al baño y al fin de semana siguiente ya les había comprado un spray con vitaminas y nutrientes y tenía guantes, palitas, píldoras para la floración, un paño especial para limpiarles las hojas y una mascarilla por si acaso. Así soy: obsesiva. Y ellas crecieron lindas, frondosas y sanas y dieron de esas flores con olor asqueroso por doquier. Cuando se me pasó la pena, confieso con pesar que también quedó atrás mi interés por las plantas. Pero fue un aprendizaje valioso.
Hay gente cuyo pasatiempo es hacer puzzles o crucigramas, y eso no tiene nada de malo (tampoco mucho de útil salvo para el que vende los puzzles o crucigramas). Yo tuve un período de adicción al Sudoku cuando estaba esperando a Gordo. Un día fui a sacar la revisión técnica del auto y me llevé un librito de Sudokus. Gracias a Dios también llevé lápiz a mina y goma para borrar por si me equivocaba: la cola fue tan larga, que alcancé a borrar buena parte de los puzzles que ya había hecho y los hice otra vez. Cuando –por fin- me tocó el turno para que me atendieran, me dijeron que la revisión todavía estaba vigente por otros seis meses y que me fuera. Y yo con mi panza de siete meses. Rico. También hubo un tiempo en que me dio por hacer yoga. Para que la plata me cundiera al máximo (en ese tiempo pagar la mensualidad me significaba desembolsar una proporción significativa de mis escuálidos ingresos de recién titulada), iba todos los días de Dios. Si tenía mucho que hacer en el día, iba a la primera clase de la mañana: a las 7. Todo bien, por fin empecé a comer nutritivamente, andaba feliz y en forma (un poco adormilada, nomás) y por supuesto me leí todo lo habido y por haber respecto al yoga que cayó en mis manos. Podría haber sido profesora (instructora, le llaman), pero justo entonces encontré mi primera pega. Estoica, seguí yendo a clases de amanecida. Hasta que un buen día me desperté de la relajación final con mi propio ronquido y ahí no volví más. No en ese horario, al menos. Qué plancha.
Pero siento que los pasatiempos adquieren otro carácter y otra importancia cuando tienen como resultado, algo útil. Por ejemplo, hay gente que teje. Otras personas sacan fotografías (¿habrá algo más entretenido que ver imágenes lindas, evocadoras, inspiradoras, acompañadas de un texto? Yo puedo pasar horas leyendo cosas así: ¡blogs!). He sabido de gente que hace trabajos en madera. Mi cuñado arma aviones a escala. No sé qué uso tendrán, pero debe ser muy valioso, a juzgar por la pasión con que los resguarda de los niños. Hay gente que fuma. Hay gente que toma. Pero ése es otro tema.
Yo hago pan. Todo tipo de pan.

En términos más amplios, horneo. La otra vez tuve que darles buen uso a unos arándanos maravillosos que nos regalaron unos amigos exportadores y de ahí salieron estos muffins que le dan la gorda a los del Starbucks.

También, como soy amante de las frambuesas, me apliqué a esto.

Pero queda igual de rico con frutillas.
El famoso queque de zanahoria.

Desapareció a las pocas horas de salir del horno. En mi barrio hay chacales.

Este es un queque de mantequilla. Sí, de mantequilla. ¿Light? No. ¿Delicioso? Sí.


Se nota.

Bien


Entre los libros que recibí de sorpresiva “herencia”, está el de Daniela García. Ella es la que se cayó por un agujero entre dos vagones de un tren de EFE, en 2002. Empecé a leerlo por encimita, con curiosidad, pero a poco andar me metí de veras en la lectura y terminé emocionada, inspirada, admirada y feliz.
No me parece que sea coincidencia que haya caído este libro en mis manos justo cuando la vida no me ha querido sonreír mucho en más de un mes (salvo porque mis hijos están sanos, gracias a Dios y porque mis relaciones con quienes quiero están bien). Es como si me hubieran susurrado al oído con cariño, con suavidad y aún así con enorme seguridad, que la cortara con andar mal genio, que dejara de verle el lado malo a las cosas, que me esforzara por ser más cariñosa y caritativa y más positiva.
Este año ha sido fuerte, para qué estamos con cosas. Cambio de casa, cambios de nana, cambio de pega de mi marido, virus sincicial, parto adelantado, enfermedades y operaciones en dos miembros de mi familia inmediata y una muerte inesperada. Glup.
A pesar de todo esto, no se justifica si he sido una bruja por escrito y en vivo y en directo con muchas personas, pero ya está hecho; dudo que a muchos les interesen mis disculpas (no mi retracción, sin embargo; la forma no me acompaña pero el fondo es inalterable) y por lo demás, estoy en un camino de aprendizaje, como todos. Tener un blog ha sido una liberación y una satisfacción inmensas para mí, y no quiero echarlo a perder por tener opiniones “intimidantes”, como me dijo alguien en un sincero comentario que agradezco mucho. Pero tampoco quiero quedarme callada: en la medida que se puedan armar discusiones, debates y conversaciones que despejen tabúes o que permitan conocer mejor otras visiones del mundo y de las personas, yo feliz. El espíritu constructivo debería primar, aunque todos sabemos que a veces hay gente que no lo posee (nada en contra de la gente convencida de sus opiniones; la lata es cuando tratan de imponérselas a los demás o descalifican por estar en desacuerdo, o bien cuando no son capaces de ir afinando el debate y dejando de lado los argumentos accesorios, débiles y subjetivos).
En fin. Me alejé mucho del inicio, que giraba en torno a Daniela García. De ella supe hace poco (al igual que todo Chile, qué horror ser “famosa”) que se casó con su pololo de siempre. Me llena de felicidad saber eso y que además ya es una doctora en medicina, como siempre soñó. Admirable una persona cuya actitud frente a la vida es de coraje, fuerza y agradecimiento por tener personas que la aman y la acompañan. Quisiera ser más como ella y sentir menos penita de mi misma cuando me pasa algo, además que en comparación a lo que le pasó a ella (perder las dos manos y los dos pies, más parte de una pierna al ser atropellada por un tren), mis problemas son una porquería. Ojalá mi fuerza de voluntad no flaqueara cuando se trata de salir adelante con una dificultad, desearía no perder mi norte de convertirme en mejor persona y mejor madre, esposa, amiga, profesional (algún día) y mejor hermana e hija.
Es bien probable que yo nunca llegue a conocer a esta niña, pero si la viera en la calle prometo que me acercaría para expresarle mi admiración (ya lo he hecho antes con otros personajes de culto).
Por un nuevo comienzo en la vida de Duda Razonable.

Mi semana está lista

1. Una frase: “Mamá, quiero que me eches talco para quedar blanquita como una nube”
2. A propósito de las restricciones a las ventas cortas: “What do you say to a hedge fund manager who can’t hedge? Quarter pounder and fries, please” – James Mackintosh, The Financial Times
3. Para sorprender a los amigos: unas cuantas ramitas de romero fresco en las brasas hacen un asado aromático


4. Un sitio que no se pueden perder: Mujeres contra Sarah Palin (en inglés)
5. Para meditar, pensar, mirar lindos jardines, estar en paz y silencio: Casa de Ejercicios de Punta de Tralca






6. Otro abono gratis: en Starbucks Coffee hay paquetes de café usado que los clientes se pueden llevar sin costo para echar en la tierra y abonar plantas de todo tipo. La única precaución es esparcirlo bien y justo antes de regar, porque el café es ácido y puede quemar las plantas
7. Peeling natural y efectivo: esponja de mar. Inigualable.


8. Algo que amé ayer y que hoy mi hígado odia: Churros con chocolate caliente


9. Ya la han pelado, pero no me importa; me uno: el sitio web de Gwyneth Paltrow (¿cuál es el punto?)
10. Sorpresa: es primavera pero el clima no nos acompaña. Bu.

Fin de año

Estoy agotada. No, en serio, reventada; no puedo más. Puede que me haya llegado el temido viejazo. Considerando mi relativamente tierna edad, esa posibilidad es bastante lamentable. Pero también ha sido un año difícil, como no he dejado de repetir en estas “páginas” (una está acostumbrada a escribir un diario de vida, vous savez).
El otro día comentaba con alguien (¡no puedo recordar quién! No les digo yo…) que en este hemisferio la cosa es especialmente dura, porque no sólo hay que organizar y celebrar Navidad y Año Nuevo, sino que también tocan los cierres contables en las empresas, el fin del año académico (en la otra mitad de la naranja es sólo fin de semestre), hace un calor del demonio y uno ya está pensando en las vacaciones de verano, que de por sí conllevan también su propia organización de presupuesto, fecha, arriendo de casa si corresponde, preparación de viandas no perecibles, revisión del auto, etc. Pasada esa pausa en que muchos no alcanzan a descansar (tres semanas no es mucho, que digamos, para dejar atrás la neurosis trabajólica de que sufren muchos compatriotas), vamos comprando útiles, uniformes, pagando matrículas, dejando cheques a fecha, elaborando presupuestos, planes de negocio, revisando papeles para el pago de impuestos, etc.
Por mi parte estoy a punto de sacarle giro comercial a la casa, que ha sido sede de infinitos almuerzos, tés, comidas, cocktails y demases desde que empezaron los calorcitos. He tenido la posibilidad, eso sí, de practicar tanto que ya soy una bala de eficiencia y puedo organizar una comida para 12 personas en cuatro horas, incluyendo las compras y la preparación del menú. Todavía no me resulta salir mucho rato de la cocina, así que en realidad de vida social yo no he tenido demasiado, pero tengo mi lado perfeccionista y sé que si me desentiendo salen todos los aperitivos al mismo tiempo y se juntan los vasos vacíos en las esquinas y la comida se recuece.
En todo caso ya anuncié mi jubilación temporal del rubro de banquetería. No sólo me ha tocado comer las sobras durante días (porque, por muy elegante que sea, uno no quiere comer las carnes más finas con acompañamientos exóticos tres veces seguidas) sino que tengo que andar haciendo malabares para que pasteles, tortas y postres quepan en el refrigerador junto a las necesarias verduras y otras comidas más corrientes pero básicas en la alimentación diaria de estos niños. Se apilan también botellas de pisco sour, cola de mono (guac), bebidas y otros que no puedo dejar a la intemperie. Pero me quitan espacio. A lo mejor voy a instaurar un aperitivo antes del almuerzo, aunque corro el riesgo de terminar alcohólica, porque los grupos de gente que frecuentan mi casa no toman tanto como yo creo cada vez que voy al supermercado.
No puedo dejar de mencionar mis galletitas de Navidad. Fueron un éxito entre los vecinos. Mi nana se pasó, porque me ayudó a hacer unas encantadoras cajitas de papel con motivos de hojas verdes por un lado y rojas por el otro. Como retribución recibí un frasco de mermelada de damascos (mi favorita) hecha por mi vecina (con los mismos damascos que yo codiciaba desde mi lado de la pandereta y que un día no amanecieron más en el árbol, así de misterioso) y una bandeja enorme de pasteles finísimos de parte de doña M., quien se hizo tiempo en la apretada agenda de ella y su marido para acordarse de nosotros. Me inspiraron, para que Uds. sepan y hagan su propia obra, estas hermosas galletas (con receta en inglés, pero muy fácil).

¡Felicidades a todos!

Foto: Design*Sponge

Fragilidad

NOTA: El tema acá comentado no es feliz. Si no quiere que se le eche a perder el ánimo navideño y de fin de año, deje de leer. Todavía está a tiempo. No diga después que no le advertí.

Me ha costado escribir esta columna. Llevo diez días pensándola, redactándola, corrigiéndola y borrando todo, porque es tanto lo que me llega esto que se me atropellan las palabras, las ideas y las emociones. Me ha sido más fácil publicar anécdotas.
Yo solía jactarme de que la muerte no me producía miedo: tenía una fe inconmovible en que los que mueren están mejor que los que quedamos, que uno llora de autocompasión y que nos volveremos a ver. En parte sigo creyendo eso, pero estos años y vivencias me han abierto los ojos a tantas cosas que mis puntos de vista variaron dramáticamente y ahora debo reconocer que le tengo pavor a la muerte. Una cosa es que se me haya muerto una amiga a los veinte años y otra muy diferente es enfrentarme a que les pase algo a mis hijos, o constatar que todos somos sutil e inevitablemente vulnerables.
El sábado antepasado fui al funeral de quien fuera uno de mis compañeros de curso al entrar a la universidad. Recuerdo como si hubiera sido ayer, cuando entró a la sala el primer día y a mí se me cortó un poco la respiración, porque era tan hermoso. Sus rulos castaños, sus grandes ojos, su nariz perfecta, la asombrosa armonía de sus rasgos y lo estupendo y esbelto que era. Después, cuando lo conocí, supe que además era simpático, tímido y no muy dado al rigor de los estudios, pasando a ser uno más de los “veraneantes” que se sentaban en la última fila a conversar y a quienes un querido profesor les ofrecía caipiriñas, a modo de burla. Su funeral fue muy concurrido, tanto que ni pude acercarme a darle el pésame a su hermana –que fue compañera mía en los ramos de especialidad- y a su padre, conocido empresario. Fue una ceremonia larga, solemne, llena de palabras cariñosas de amigos que lamentaban esta temprana partida.
La muerte de este compañero mío se produjo por un violento accidente en automóvil. A las tantas de la madrugada, él se desplazaba por las calles de Vitacura a unos 160 kilómetros por hora. No sé si había tomado alcohol u otra cosa. Pero sí me llama la atención la falta de sensatez, de prudencia. ¿Es que la gente no aprende de los errores de los demás? ¿Por qué uno a veces se cree inmortal, intocable o infalible al volante? Recuerdo un accidente que tuvieron unos chiquillos de Rancagua y Santiago hace un tiempo en la Costanera Norte. El video de seguridad mostraba que el auto iba tan rápido que casi no tocaba el suelo. Terminaron todos muertos de la manera más atroz. Uno de ellos era primo de una prima mía, así que sé del dolor de sus padres.
Con esta noticia, más el recuerdo de lo que le pasó al hijo de Cristián Warnken hace un año y el regreso de mi antiguo conocido el insomnio, he pasado horas angustiada pensando en lo que puede ocurrirles a mis hijos en una simple ida a la plaza, en un leve descuido de mi parte o de otros. Me duele el corazón y a veces parto corriendo medio muerta de miedo cuando los oigo gritar de dolor, pero agradeciendo que escucho un grito y no un silencio gutural. Me he quedado horas eternas de la noche pensando en que las lecciones budistas del desapego no las puedo aplicar en este caso y no sé cómo sería mi vida con el dolor, el vacío y el sinsentido.

Foto: Wido Wanderings

Budapest

Cuando trabajaba en el encantador barrio El Golf, solía almorzar acá:


Este petit bistrot está ubicado, muy apropiadamente, en un reducido par de cuadras de estilo francés:








Hace unos años los mayordomos de estos edificios eran los más pudientes, porque la gente les pagaba para que avisaran cuando un departamento se desocupaba. Ello, claro está, antes de la fiebre inmobiliaria que ha azotado a Santiago:


Tengo fe en que la crisis económica obligará a la industria a darnos una tregua.
Pero vuelvo al Budapest. Tenía un chef directamente importado de Francia, un rucio flacuchento y muy serio que trabajaba sin parar. Hacía una quiche Lorraine deliciosa con una masa delicadísima que se deshacía en la boca y con la que además nos deleitaba en el postre, a merced de una tarta de almendras con salsa inglesa para llorar de emoción por lo irresistible. He tratado de emular esta masa pero aún estoy a años luz, aunque me voy acercando:

Hace años que no he vuelto a comer ahí. No sé si se ha mantenido la calidad y no me da el corazón para sufrir la decepción de que no sea así. En su tiempo hasta mi papá llegó desde el lejano campus a acompañarme a almorzar (entablando conversación instantáneamente en impecable francés, digno de un nativo, con el chef) y mi mamá desde el centro. También pololeé ahí con mi marido (ah, qué tiempos aquéllos en que éramos sólo dos) un par de veces y no creo errar si digo que en parte nos inspiramos en esa rica comida para elegir el menú de nuestro matrimonio, que merece publicarse y que en otra oportunidad compartiré en este espacio.

Paciencia y Perseverancia

Estas dos palabritas deberían acompañarme más a menudo en mi vida diaria, especialmente en lo que a crianza de niños se refiere.
Porque en este momento estoy oyendo a los niños en su round de la hora de almuerzo y la Nanny, sin inmutarse, es capaz de pedirles diez veces que se coman la comida sin que se le altere la voz y les repite igual cantidad de veces que tienen que ser buenos niños, que si comen bien van a crecer grandes, fuertes e inteligentes, que no sean mañositos, etc.
Yo hace quince minutos los habría mandado de un grito a sus piezas castigados y habría levantado todo vestigio de comida de la mesa. Y estaríamos todos furiosos y lloriqueando. Lo usual.
Una amiga mía me pidió hace un tiempo que le colaborara en su blog sobre crianza y maternidad. Dijo que yo, con tres críos al hombro, era la más indicada de sus amigas para hablar de estos temas y aconsejar a las pobres que recién se enfrentan a llantos, vómitos, cambio de pañales casi constante, mañas, negativas a abrir la boca, empujones a los hermanos, total apego a “sus” cosas, celos, preguntas repetitivas e incisivas, etc.
Una suave sonrisa se dibujó en mi cara.
Todos los días tengo mi momento de sentirme una extraterrestre. Es frecuente que tenga experiencias extra corpóreas en que me miro interactuando o forcejeando con estas pequeñas personas y me pregunto cómo llegué acá, si realmente soy yo y ésta es mi vida y si no estaré soñando y cuando despierte me pondré mis ropas elegantes y a la moda y partiré con mis zapatos carísimos a mi exclusiva oficina en el sector de El Golf y almorzaré cualquier tontera y llamaré a mis clientes y pensaré en los mercados financieros y el estado de la economía mundial y las burbujas especulativas, la cobertura con derivados, la estructura de tasas de interés en el tiempo, la paridad de monedas, las decisiones de los entes monetarios más importantes, las noticias que aparecen en Bloomberg y Reuters.
En esas voladas estoy cuando la criatura se despierta llorando y mi corazón da un salto. Se acabó el recreo. Hora de volver a enseñarle a sentarse, a que pesque cosas con sus manitas redondas y preciosas. A conversar con los otros dos de que les picaron los “zangudos”, que quieren “leche calentita y con mucho chocolate”, “tuto y tete”, “prrrrr prrrrr” (el camión), el por qué de todo el universo. A oler y acariciar sus cuerpitos transpirados de calor y de correr y de jugar; a tropezarme con los innumerables juguetes que cubren toda la superficie construida; a arbitrar cuando uno quiere jugar con lo que tiene el otro; cuando los cariños a la guagua se tornan un poco más violentos que lo recomendable; a conciliar que debo dejarlos jugar y destrozar y desordenar solos porque debo alimentar a la pequeña o debo calentar la comida que probablemente tomará más de una discusión que se traguen, o porque simplemente el cuerpo me recuerda que no he ido al baño en más de 6 horas.
Paciencia. Para no enojarme cuando compiten por un mismo pedazo de plástico; para no entregárselos a los carabineros cuando la comida vuela por los aires y aterriza en el suelo, las paredes y los muebles de un puro manotazo; para no gritar cuando ya no doy más de desesperación y frustración porque no abren la boca y han pasado una hora con los platos intactos; para no tirarles el pelo cuando una vez más, contra mis ruegos, órdenes y amenazas, se han subido a los muebles del living y desinflado los cojines, que terminan esparcidos por todo el suelo junto a cajas de CD, zapatos y montones de tierra o piedras. En mi casa nueva.
Perseverancia. Para no ceder y seguir intentando que entiendan que la comida les hace bien. Para explicarles que deben ser cariñosos y compasivos y por lo tanto a los hermanos no se les pega ni se les empuja ni se les quitan los juguetes, sin levantar la voz. Para contestar sus insistentes preguntas con respeto y sin recurrir al poco empático “no sé” o "porque sí". Para recordarme que es importante que sólo vean televisión un rato y ni un minuto más, aunque se revienten llorando cuando la apago. Para que no tenga que traérmelos de la plaza convertidos en engrudo humano de barro, con tierra en el pelo y los ojos llenos de pus verde, sólo porque no pude enfrentarme a sus ganas de jugar con el maldito grifo que han puesto y que literalmente inunda toda la plaza y la llena de mosquitos que ya los tienen llenos de picaduras.

¡¡¡Lo logré!!!

Me creo la muerte.
Hoy salí sola, con los tres críos, a pie.
La misión fue exitosa, aunque los dos más grandes llegaron agotados (pero mis plegarias fueron oídas porque, a diferencia de otras veces, hoy el cansancio NO le ganó al hambre y se zamparon el almuerzo).
Aprendí mucho. Por ejemplo, fue buena idea ponerles sombrero y embetunarnos todos con factor 60, porque la marcha no era expedita todo el rato. Debo recordar también llevarles sus vasos con agua, un chal para poner a Chiquitina en el pasto y su arnés para traerla de vuelta y así liberar el asiento del coche, más el asiento accesorio para sentar al otro transeúnte. Porque Pollito y Gordo igual se cansan y piden ser llevados en “upa” o sentados. No puedo exponer a la sociedad a otro de los berrinches de ese niño…qué vergüenza ajena. Grita como si le estuviera metiendo agujas debajo de las uñas. Se tira al suelo, clama al cielo por misericordia y se revuelca como si lo hubiera hecho caminar desde San Bernardo. Pollito es más estoica, pero sólo llevó y trajo de vuelta su coche de muñecas porque le advertí (yo no amenazo) que, si esta vez no lo traía ella misma, quedaba en la calle.
Ahora ya sé que puedo. Me siento casi todopoderosa. Fue una buena práctica para las ricas dos semanas que se me avecinan alone. Además ya tengo una cartita bajo la manga para la hora de la comida. No, no es McDonald’s; es el brillante consejo de mi amiga P.
¿Qué más puede pedir una madre? Una semana en la playa con mi marido, por favor. Ni siquiera tanto: con un fin de semana quedo feliz. Pero en la playa que a mí me gusta…



Foto: Marginalia

Quiero uno de éstos


Lo vi en EE.UU. y fui tan tonta (y apretada) que no atiné a comprármelo...
Y desde entonces sufro porque no tengo uno.
De hecho lo busqué en los malls pitucos y costaba EL DOBLE que en Williams Sonoma, que ya es bastante caro y además me perseguía donde fuera, lo juro, incluso caminando por la calle, en esos barriecitos simpaticones que hay en el lado nor este de Manhattan (amo esa tienda. Y esa ciudad. Y esos barriecitos).
Ah...las maravillas que podría hacer con él.
Y ahora regalan ¡3! en uno de mis blogs favoritos...
Pero como vivo en el poto del mundo...
Alguien quiere sacarme pica y lo logró.
Porque nadie podrá consolarme con que los de marcas nacionales son tan buenos como el KitchenAid. ¡No lo son! Yo soy chiquilla que hace sus tareas y averigüé y miré y son una mugre, al lado de esta preciosura. Con suerte se pueden hacer tres tazas de harina por vez y la paleta para amasar es casi artesanal. Patética. La "mía" tiene capacidad para un kilo de harina y todos los agregados necesarios y se pueden elegir movimientos y velocidades para todas las paletas. Leru leru.
Mejor voy a ver ElGourmet.com mientras lloro de rabia y pena.

Foto: The Pioneer Woman

Día del Amor

En frío solía pensar que este día era medio cursi, pero igual me juntaba con mis amigas cuando no teníamos ni perro que nos ladrara (coincidió que, hasta que conocí a mi marido, nunca estuve emparejada en esta fecha, así que básicamente he pasado los 14 de febrero con toda la combinatoria de amigas que tengo) y entonces nos comprábamos helados en caja y arrendábamos películas de terror o con gallos "minos" y así pasábamos las horas.
Años después, otra amiga me invitó en este día a su casa para lo mismo: pasar la fecha lo más dignamente posible, rodeada de gente que también quería preservar su amor propio a falta de mejor compañía sentimental. Se organizó un regio almuerzo de personas solteras y ¡zas!, por esas vueltas de la vida terminé conociendo al que sería mi marido.
Por lo que el 14 de febrero es una fecha especial para mí, después de todo.
Espero que para Uds. también conmemore cosas felices. Si no, no importa. Este día se trata de decirles a quienes queremos, que los queremos. De estar con quienes nos hacen felices. De dar cosas buenas.
Mis mejores deseos para todos. ¡Éste es el día para expresar buenos sentimientos! Y yo los siento hacia todos los que leen estas líneas. Muchas felicidades y pásenlo bien, salgan a comer algo rico (o prepárenlo en sus hogares), regaloneen.

Matriarcas II

En mi entrada anterior, María Paz comentó que las mujeres tratan de dominar a los hombres en un intento de "vengarse" por el machismo que reina en el país. En base a ello, he sacado otra conclusión espeluznante. Si somos tan brujas con los hombres que los hacemos sentir incapaces (a pesar de que contribuyen mayoritaria o completamente a poner el pan sobre la mesa), claro que nos resienten. Es fácil entender, en ese contexto, la alta tasa de homicidios de mujeres a manos de sus parejas; se capta altiro por qué existe la discriminación laboral femenina. Los hombres no quieren seguir oyendo nuestros retos, críticas y mandoneos. Entonces nos asesinan o nos cierran las puertas de sus oficinas y negocios.
No justifico ni los "femicidios" ni la discriminación laboral femenina. Por cierto que hay maneras más civilizadas de lidiar con estos asuntos y solucionarlos. Es algo que tomará varias generaciones, sin embargo, porque cada "parte" (hombres versus mujeres) se aferra a su posición y perpetúa la brecha de entendimiento.
Pero da para pensar. Hay mujeres que quieren dominarlo todo y consideran que nada queda bien hecho si no es hecho o supervisado por ellas, incluso lo que concierne a su marido en lo personal e individual. Porque él espere que así sea o porque a ella la criaron para hacerlo, a estas alturas da lo mismo. El punto es que es ancestral.
Mientras escribo pienso que fijo mi marido lee esto y pone el grito en el cielo por mi manera de retratar a los hombres. Pero él sabe por qué me fijé en él y no en cualquier hijo de vecino chileno. Asimismo, él sabe cómo soy yo y dudo que haya olvidado los años en los cuales llegaba reventado de la oficina y me cocinaba la comida a mí. Le amo.

Me presento


No, no soy yo.
Es mi bisabuela Laura. Pero según todos quienes me conocen y han visto el cuadro, nos parecemos mucho. Claro, yo no tengo los ojos verdes ni me veo tan elegante y además en general mi pelo es más chascón. Bastante más chascón. Pero es igual, oscurísimo y crespo, en contraste con piel muy blanca. Y mi cara es también redonda, con la misma nariz y boca y ojos con apariencia de sueño.
Este tesoro, desde siempre mi favorito (y secretamente anhelado), me llegó en condiciones malitas hace un par de semanas. De hecho, eran suficientemente malas como para que hubiera un nuevo accidente (lo colgué y PAFFF se vino al suelo un rato después, separándose la tela del marco ya bien venido a menos) y así me fue inevitable y -es más-, urgente, mandarlo a restaurar.
A propósito de que Maco me encontró parecida a una linda dama de épocas pasadas encarnada por una actriz brasileña (el ojito de mi amiga, que sólo me ha visto en las esquivas fotos de su servidora que hay en este sitio), aprovecho de mostrar una foto del mencionado retrato, fechado en 1888 y pintado por un autor misterioso cuya identidad espero poder develar tras ir al Museo de Bellas Artes y la Escuela de Arte de mi universidad con una fotografía de la firma. Por cierto que si hay un entendido en pintura chilena del siglo 19 entre mis lectores, puede ponerse en contacto conmigo vía un comentario a este post o un e-mail a floblogger@gmail.com.
Ya ves, Maco, efectivamente hay un parecido notable. Te felicito.