jueves, 10 de diciembre de 2015

Vecinos

Estoy tan contenta que me pareció buena idea publicar lo que me provocó esta alegría.
Yo, corta de carácter y rencorosa como soy, me atreví a tocar el timbre de la puerta de mi vecino (que en realidad es una campana preciosa, como de casa de campo, que envidio con toda mi alma) por primera vez en todos estos meses.
El motivo es que tenía unos almácigos de eyser japónico de sobra y no me dio el corazón para botarlos, luego de que en la semana que los tuve plantados crecieran y echaran hojitas por doquier, como agradeciendo los mínimos cuidados que se les dieron.
Entonces, como he observado que este señor cuida su precioso jardín con un cariño y un esmero admirables, me pareció buena idea ofrecérselos.
Tenía un miedo enorme, reconozco, de que me atendiera con actitud fría y cortante, luego de todos los problemas que tuvimos con él durante la construcción de la casa y que llegaron hasta a amenazas de acusarnos a la Municipalidad o la autoridad que corresponda, que no sé cuál es. Además transcurrieron todos estos meses en que nos topábamos en la calle y ni nos mirábamos; ahora me doy cuenta de que era timidez por los dos lados.
Porque fue un encanto. En reconociéndome me sonrió, me tendió la mano, me dio un beso en la mejilla y me dijo que era fantástico conocernos por fin; me preguntó cómo estaba la guagua y me agradeció enormemente los arbolitos, que a su mujer le fascinan. Como eran hartos, me dijo que los repartiría con inmenso placer a sus conocidos con jardines grandes y nuevamente me dio las gracias. Incluso me ofreció pasar a la casa, cosa que no hice por falta de tiempo, pero me dejó invitada junto a mi familia para ir a una bienvenida en forma al barrio. Le devolví la invitación porque me parece que los que tenemos que invitar somos nosotros que somos los nuevos: ya tenemos los contactos hechos con los otros vecinos, menos con la del otro lado que ha sido un poco histérica (y que tiene un perro tan antipático, de ésos que no se les distingue el cuello de la cabeza porque son del mismo ancho) y con el importante del frente que está ocupado en menesteres políticos.
Esto de tener jardín y plantar en él todo lo que me gusta (que va desde apio hasta una buganvilla; me falta mi matita de tomate, que todavía no aparece en viveros ni tiendas del rubro) ha sido exquisito y altamente terapéutico. Me pillo hablándoles a las rosas, celebrando cada brote y cada botón, fijándome en la exposición al sol y sacando fotos como las que muestro. Mis gusanitos hacen su tarea con dedicación y ya tengo una pequeña montañita de tierra negra fértil o humus. Cualquiera de estos días esparzo el saco de café, que sirve de abono, que me llevé de mi cafetería favorita.

Se supone que en estos días finalmente vendrán a instalar el bendito horno de una vez por todas, también, así que podré nuevamente comenzar a hacer mis panes adorados. Y pensar que a ratos me consume la ansiedad y el stress por esa chiquitita tan delicada y con ese reflujo tan endemoniado, entre otras causas. Lo que me pasó hoy y la noticia de que nuestro voluble electricista se dignará visitarnos son el balance que necesitaba en estos intensos días. Los dejo con el botón más delicioso que tengo en mi casa. Ya no tiene color zapallo, en todo caso.


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