jueves, 10 de diciembre de 2015

Superación

Nunca me percibí como tan nula que permitiera que otros me vieran así. Mientras a algunos compañeros los molestaban, imitaban con burla, humillaban y abusaban de ellos, yo siempre tuve muy claro que cualquier huevón/a que viniera a hacerme la vida imposible se iba a ir de venganza hasta que entendiera que yo era tan persona como él/ella y que a mí nadie me venía con tonteras. Si había un período en que no me llovían amigas, pasaba el recreo sola, pero con la frente en alto. Nunca me ha molestado estar callada.
Nunca me compliqué por salir poco. Lo pasaba chancho en mi casa viendo películas, conversando con mis padres o leyendo. También lo pasaba bien saliendo y de ahí guardo incontables anécdotas y recuerdos y amistades y qué sé yo, pero no se me iba la vida en tener algo emocionante que contar el lunes, como me da la impresión les sucedía a muchos de mis compañeros. De colegio y de universidad.
Por supuesto que hubo malas amigas que me hicieron daño y confieso que hasta el día de hoy les guardo rencor y les tengo recelo. Pero aún así me doy el mérito de verles el lado bueno, humano y también sufriente, que podría justificar los daños que en su momento me hicieron a mí y a mis amigos. Todos sufrimos; nadie se las lleva peladas. No me sentiría mejor odiando a esas personas con todo mi corazón y sintiendo pena de mi misma por haber sido víctima de sus engaños o falsedades.
Es posible que yo no haya sido víctima de bullying, por ejemplo, porque siempre sentí el respaldo de alguien más. Nunca sentí que tendría que pelear sola. Ya fueran mis padres, hermanos o mi familia, o incluso el cuerpo de profesores del colegio los que me defendieran. Ya mencioné que ellos seguramente no habrían hecho nada por detener el problema, pero estoy segura de que me habrían acogido en su círculo hasta que todo pasara, lo cual ya es un apoyo explícito suficientemente fuerte como para disuadir a los tontitos que se quieren sentir mejor que el resto. De hecho lo hicieron. No por bullying sino porque yo me sentía tan sola, tan distinta a mis compañeros y por lo tanto tan incomprendida. También mencioné al querido Mr. Pérez, quien me amonestó por un par de estupideces que hice (contestar una prueba de historia libro en mano y saltar la pandereta hacia el estadio en horas de clase), pero después nos quedábamos largo rato conversando de la vida. La mejor manera de perder clases: nadie me habría retado por estar en la oficina con el Headmaster.
A mí me han pateado (que el novio termine la relación, para los no chilenos), me han ignorado, me han fallado y me han mentido. Ni más ni menos veces que a otras personas. He caído en la cómoda posición de sentir conmiseración de mi personita y me he permitido la tentación de culpar a los otros mientras que yo soy una blanca paloma. Pero al final la he cortado, porque ¿qué gano con sentir que me fallaron? ¿A dónde voy a llegar sintiendo desengaño, si puedo hacer muchas más cosas y llegar mucho más lejos cuando me siento chora, capaz, fuerte e interesante? El cambio de mentalidad puede llegar de a poco, o de un plumazo.
Cuando murió mi amiga Carola, quedamos todas en shock. Estuvimos muy unidas en las semanas inmediatamente posteriores, pero después yo me retraje. Seguí sufriendo y llorando sola. No quería contarles nada a mis amigas porque las veía tan tristes y desoladas, que prefería no achacarles mi propia pena también, que era infinita. Era capaz de escucharlas y contener pero no decía mucho. Mi filosofía era que cada una tenía suficiente sobre su plato, para qué iba yo a complicarle más la vida a alguna. Hasta que un día fui a la casa de una de ellas y, al verla hablar del tema con naturalidad y secarse las lágrimas con simpleza, de repente me pareció obvio que yo también podía hablar de mi pena y llorar hasta que me diera fiebre. Ahí, lentamente y sin presión, terminó mi conmoción y empezó mi duelo.
Hoy estaba leyendo un reportaje a un niño que había sido víctima de bullying en su colegio durante largo tiempo. De sentirse al borde del precipicio, pasó a “mejorarse” de su situación mediante un simple mensaje de texto que le envió la polola (novia) del hermano, diciéndole que había gente que lo quería y que no era el único que había pasado por eso.
Está en uno. Nadie puede venir a salvarnos cuando nos pasa algo malo; finalmente somos nosotros los que nos damos cuenta de que hemos llegado al final del camino y que debemos reinventarnos, porque nadie más lo hará por nosotros. A lo más, podemos saber que contamos con apoyo, pero es un proceso interno, individual. Solo. Cuando nos damos cuenta de que hemos saltado una valla con victoria, por lo demás, nos convertimos en mejores amigos de nosotros mismos y nos damos cuenta de que queríamos algo que ya no necesitamos tanto: la aceptación de los demás.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Oye, Flo, tremendo post!
O sea, más sinceridad que aquí, imposible.
Tienes razón en que está en uno cambiar sus esquemas mentales, no siempre es fácil y a veces yo creo que se necesita ayuda de otros (un mensajito, una mirada, una red de apoyo, un psicólogo, depende de la gravedad del asunto y de la persona y sus herramientas), pero se puede salir.
Me identifiqué con más de una cosa de tu post, en serio.
No entraré en detalles, pero sí, depende de uno!

Flo dijo...

¡Qué bueno que leiste esta columna! A mí me gustó mucho escribirla.
Por desgracia, como la importé de mi blog antiguo, perdí los comentarios.
Pero uno nuevo siempre es bueno, gracias!