
Con seguridad puedo decir que lo único que no me gusta de la Navidad es el tono excesivamente materialista que ha tomado. Sí, ya sé que todo el mundo se queja de lo mismo, pero parece que nadie se atreve a dar el primer paso para solucionarlo.
A mí no me importa que alguien no me haga un regalo de Navidad. No me ofendo ni me siento menos querida. Prefiero que esa persona venga a mi casa a celebrar y ojalá con algo rico que todos podamos compartir (porque, aunque yo seré la anfitriona este año, una ayudita con la comida nunca está de más). También agradezco que les traigan regalos a los niños, pero ojalá con mesura: un paquete para cada uno está bien. Si no, seguimos dándole énfasis a los regalos y después cuesta mucho más explicarles a los peques que la gracia de la fecha no es terminar con una montaña de juguetes.
En mi post anterior reconocí haber mezclado creencias y tradiciones y haber caído al influjo del Viejito Pascuero pero, ¿quién no? No es por disminuir mi culpa comparándome a los demás. Es que es virtualmente imposible hacerse el leso frente al tema en cuanto uno tiene niños que socializan con otros, quienes ya no hablan de otra cosa que las muñecas, vestidos, bicicletas y demases que han encargado/exigido. Qué mal entendida e interpretada está esa idea de que “la Navidad es de los niños”.
Creo que la clave puede estar, entonces, en minimizar la sugestión de entidades financieras, comentarios infantiles, escaparates de tiendas y comerciales de diario, radio y televisión en torno a la Navidad. Empezar a explicarles a los niños, con tiempo y en forma reiterada, que lo importante de la fecha (si es que uno elige celebrarla) es conmemorar el nacimiento de Jesús y la formación de una familia.
Típicamente uno se estaciona a un kilómetro del mall como es tradicional para estas fechas, toma por asalto una gran tienda como todo el mundo y se va para la casa lleno de bolsas que gritan ¡CONSUMISTA! a los cuatro vientos. Se siente bien poder reciprocar a todos los que alguna vez nos han regalado cosas: tíos, abuelos, primos, hermanos, padres, nanas, etc. Un caos. Pero, ¿es un gesto dedicado, preocupado, cariñoso, el impersonal paquete “jabón-espuma de baño-esponja-crema para el cuerpo” que puede no achuntarle a las preferencias del obsequiado y terminar olvidado en algún rincón o vuelto a regalar? Yo sé que muchas personas no cuentan con tiempo o paciencia para buscar en un mall atestado de gente, ese detalle que hará la diferencia. Aún en ese comprensible caso hay una solución que, entre adultos, no tiene nada de malo: preguntar a los destinatarios de regalo, qué quieren o necesitan. Mucho más eficiente para el regalador y para el regalado, quien no tiene que ir después con su “ticket de cambio” a buscar lo que realmente quería pero no recibió por falso romanticismo. Comunicación.
Hace algunos años decidí hacer, con mis propias manos y porque tengo el privilegio del tiempo, mis propios regalos. Un paquete por familia con cositas ricas que pueden disfrutar en el desayuno del 25. Más un regalo para cada niño de cada grupo, pero nada extravagante. A los nuestros les regalamos un paquete “de parte del viejito” y otro de parte nuestra, a cada uno.
Me cuesta tremendamente morderme la lengua cuando alguien llega con 2 ó 3 paquetes para cada niño (más me cuesta si no es igual cantidad de paquetes para todos, porque se generan rencillas innecesarias e inevitables). Durante mucho tiempo pedí a los otros la misma sobriedad que quiero yo misma tener, pero ya estoy entendiendo que cada uno es como es y que mi misión no es educar a adultos, sino que a mis hijos. Explicarles que los regalos no son lo importante y que al menos en esta casa siempre se valorará mucho más que estemos todos juntos y en armonía. Ojalá ellos sí puedan darle un significado más trascendental y adulto a los símbolos religiosos. Ver más allá de lo evidente y pueril.
A mí no me importa que alguien no me haga un regalo de Navidad. No me ofendo ni me siento menos querida. Prefiero que esa persona venga a mi casa a celebrar y ojalá con algo rico que todos podamos compartir (porque, aunque yo seré la anfitriona este año, una ayudita con la comida nunca está de más). También agradezco que les traigan regalos a los niños, pero ojalá con mesura: un paquete para cada uno está bien. Si no, seguimos dándole énfasis a los regalos y después cuesta mucho más explicarles a los peques que la gracia de la fecha no es terminar con una montaña de juguetes.
En mi post anterior reconocí haber mezclado creencias y tradiciones y haber caído al influjo del Viejito Pascuero pero, ¿quién no? No es por disminuir mi culpa comparándome a los demás. Es que es virtualmente imposible hacerse el leso frente al tema en cuanto uno tiene niños que socializan con otros, quienes ya no hablan de otra cosa que las muñecas, vestidos, bicicletas y demases que han encargado/exigido. Qué mal entendida e interpretada está esa idea de que “la Navidad es de los niños”.
Creo que la clave puede estar, entonces, en minimizar la sugestión de entidades financieras, comentarios infantiles, escaparates de tiendas y comerciales de diario, radio y televisión en torno a la Navidad. Empezar a explicarles a los niños, con tiempo y en forma reiterada, que lo importante de la fecha (si es que uno elige celebrarla) es conmemorar el nacimiento de Jesús y la formación de una familia.
Típicamente uno se estaciona a un kilómetro del mall como es tradicional para estas fechas, toma por asalto una gran tienda como todo el mundo y se va para la casa lleno de bolsas que gritan ¡CONSUMISTA! a los cuatro vientos. Se siente bien poder reciprocar a todos los que alguna vez nos han regalado cosas: tíos, abuelos, primos, hermanos, padres, nanas, etc. Un caos. Pero, ¿es un gesto dedicado, preocupado, cariñoso, el impersonal paquete “jabón-espuma de baño-esponja-crema para el cuerpo” que puede no achuntarle a las preferencias del obsequiado y terminar olvidado en algún rincón o vuelto a regalar? Yo sé que muchas personas no cuentan con tiempo o paciencia para buscar en un mall atestado de gente, ese detalle que hará la diferencia. Aún en ese comprensible caso hay una solución que, entre adultos, no tiene nada de malo: preguntar a los destinatarios de regalo, qué quieren o necesitan. Mucho más eficiente para el regalador y para el regalado, quien no tiene que ir después con su “ticket de cambio” a buscar lo que realmente quería pero no recibió por falso romanticismo. Comunicación.
Hace algunos años decidí hacer, con mis propias manos y porque tengo el privilegio del tiempo, mis propios regalos. Un paquete por familia con cositas ricas que pueden disfrutar en el desayuno del 25. Más un regalo para cada niño de cada grupo, pero nada extravagante. A los nuestros les regalamos un paquete “de parte del viejito” y otro de parte nuestra, a cada uno.
Me cuesta tremendamente morderme la lengua cuando alguien llega con 2 ó 3 paquetes para cada niño (más me cuesta si no es igual cantidad de paquetes para todos, porque se generan rencillas innecesarias e inevitables). Durante mucho tiempo pedí a los otros la misma sobriedad que quiero yo misma tener, pero ya estoy entendiendo que cada uno es como es y que mi misión no es educar a adultos, sino que a mis hijos. Explicarles que los regalos no son lo importante y que al menos en esta casa siempre se valorará mucho más que estemos todos juntos y en armonía. Ojalá ellos sí puedan darle un significado más trascendental y adulto a los símbolos religiosos. Ver más allá de lo evidente y pueril.
No hay comentarios:
Publicar un comentario