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jueves, 10 de diciembre de 2015

Regalitis


Con seguridad puedo decir que lo único que no me gusta de la Navidad es el tono excesivamente materialista que ha tomado. Sí, ya sé que todo el mundo se queja de lo mismo, pero parece que nadie se atreve a dar el primer paso para solucionarlo.
A mí no me importa que alguien no me haga un regalo de Navidad. No me ofendo ni me siento menos querida. Prefiero que esa persona venga a mi casa a celebrar y ojalá con algo rico que todos podamos compartir (porque, aunque yo seré la anfitriona este año, una ayudita con la comida nunca está de más). También agradezco que les traigan regalos a los niños, pero ojalá con mesura: un paquete para cada uno está bien. Si no, seguimos dándole énfasis a los regalos y después cuesta mucho más explicarles a los peques que la gracia de la fecha no es terminar con una montaña de juguetes.
En mi post anterior reconocí haber mezclado creencias y tradiciones y haber caído al influjo del Viejito Pascuero pero, ¿quién no? No es por disminuir mi culpa comparándome a los demás. Es que es virtualmente imposible hacerse el leso frente al tema en cuanto uno tiene niños que socializan con otros, quienes ya no hablan de otra cosa que las muñecas, vestidos, bicicletas y demases que han encargado/exigido. Qué mal entendida e interpretada está esa idea de que “la Navidad es de los niños”.
Creo que la clave puede estar, entonces, en minimizar la sugestión de entidades financieras, comentarios infantiles, escaparates de tiendas y comerciales de diario, radio y televisión en torno a la Navidad. Empezar a explicarles a los niños, con tiempo y en forma reiterada, que lo importante de la fecha (si es que uno elige celebrarla) es conmemorar el nacimiento de Jesús y la formación de una familia.
Típicamente uno se estaciona a un kilómetro del mall como es tradicional para estas fechas, toma por asalto una gran tienda como todo el mundo y se va para la casa lleno de bolsas que gritan ¡CONSUMISTA! a los cuatro vientos. Se siente bien poder reciprocar a todos los que alguna vez nos han regalado cosas: tíos, abuelos, primos, hermanos, padres, nanas, etc. Un caos. Pero, ¿es un gesto dedicado, preocupado, cariñoso, el impersonal paquete “jabón-espuma de baño-esponja-crema para el cuerpo” que puede no achuntarle a las preferencias del obsequiado y terminar olvidado en algún rincón o vuelto a regalar? Yo sé que muchas personas no cuentan con tiempo o paciencia para buscar en un mall atestado de gente, ese detalle que hará la diferencia. Aún en ese comprensible caso hay una solución que, entre adultos, no tiene nada de malo: preguntar a los destinatarios de regalo, qué quieren o necesitan. Mucho más eficiente para el regalador y para el regalado, quien no tiene que ir después con su “ticket de cambio” a buscar lo que realmente quería pero no recibió por falso romanticismo. Comunicación.
Hace algunos años decidí hacer, con mis propias manos y porque tengo el privilegio del tiempo, mis propios regalos. Un paquete por familia con cositas ricas que pueden disfrutar en el desayuno del 25. Más un regalo para cada niño de cada grupo, pero nada extravagante. A los nuestros les regalamos un paquete “de parte del viejito” y otro de parte nuestra, a cada uno.
Me cuesta tremendamente morderme la lengua cuando alguien llega con 2 ó 3 paquetes para cada niño (más me cuesta si no es igual cantidad de paquetes para todos, porque se generan rencillas innecesarias e inevitables). Durante mucho tiempo pedí a los otros la misma sobriedad que quiero yo misma tener, pero ya estoy entendiendo que cada uno es como es y que mi misión no es educar a adultos, sino que a mis hijos. Explicarles que los regalos no son lo importante y que al menos en esta casa siempre se valorará mucho más que estemos todos juntos y en armonía. Ojalá ellos sí puedan darle un significado más trascendental y adulto a los símbolos religiosos. Ver más allá de lo evidente y pueril.

Fragilidad

NOTA: El tema acá comentado no es feliz. Si no quiere que se le eche a perder el ánimo navideño y de fin de año, deje de leer. Todavía está a tiempo. No diga después que no le advertí.

Me ha costado escribir esta columna. Llevo diez días pensándola, redactándola, corrigiéndola y borrando todo, porque es tanto lo que me llega esto que se me atropellan las palabras, las ideas y las emociones. Me ha sido más fácil publicar anécdotas.
Yo solía jactarme de que la muerte no me producía miedo: tenía una fe inconmovible en que los que mueren están mejor que los que quedamos, que uno llora de autocompasión y que nos volveremos a ver. En parte sigo creyendo eso, pero estos años y vivencias me han abierto los ojos a tantas cosas que mis puntos de vista variaron dramáticamente y ahora debo reconocer que le tengo pavor a la muerte. Una cosa es que se me haya muerto una amiga a los veinte años y otra muy diferente es enfrentarme a que les pase algo a mis hijos, o constatar que todos somos sutil e inevitablemente vulnerables.
El sábado antepasado fui al funeral de quien fuera uno de mis compañeros de curso al entrar a la universidad. Recuerdo como si hubiera sido ayer, cuando entró a la sala el primer día y a mí se me cortó un poco la respiración, porque era tan hermoso. Sus rulos castaños, sus grandes ojos, su nariz perfecta, la asombrosa armonía de sus rasgos y lo estupendo y esbelto que era. Después, cuando lo conocí, supe que además era simpático, tímido y no muy dado al rigor de los estudios, pasando a ser uno más de los “veraneantes” que se sentaban en la última fila a conversar y a quienes un querido profesor les ofrecía caipiriñas, a modo de burla. Su funeral fue muy concurrido, tanto que ni pude acercarme a darle el pésame a su hermana –que fue compañera mía en los ramos de especialidad- y a su padre, conocido empresario. Fue una ceremonia larga, solemne, llena de palabras cariñosas de amigos que lamentaban esta temprana partida.
La muerte de este compañero mío se produjo por un violento accidente en automóvil. A las tantas de la madrugada, él se desplazaba por las calles de Vitacura a unos 160 kilómetros por hora. No sé si había tomado alcohol u otra cosa. Pero sí me llama la atención la falta de sensatez, de prudencia. ¿Es que la gente no aprende de los errores de los demás? ¿Por qué uno a veces se cree inmortal, intocable o infalible al volante? Recuerdo un accidente que tuvieron unos chiquillos de Rancagua y Santiago hace un tiempo en la Costanera Norte. El video de seguridad mostraba que el auto iba tan rápido que casi no tocaba el suelo. Terminaron todos muertos de la manera más atroz. Uno de ellos era primo de una prima mía, así que sé del dolor de sus padres.
Con esta noticia, más el recuerdo de lo que le pasó al hijo de Cristián Warnken hace un año y el regreso de mi antiguo conocido el insomnio, he pasado horas angustiada pensando en lo que puede ocurrirles a mis hijos en una simple ida a la plaza, en un leve descuido de mi parte o de otros. Me duele el corazón y a veces parto corriendo medio muerta de miedo cuando los oigo gritar de dolor, pero agradeciendo que escucho un grito y no un silencio gutural. Me he quedado horas eternas de la noche pensando en que las lecciones budistas del desapego no las puedo aplicar en este caso y no sé cómo sería mi vida con el dolor, el vacío y el sinsentido.

Foto: Wido Wanderings

martes, 27 de abril de 2010

Karadima

Tras ver y leer numerosas noticias, reportajes, entrevistas y cartas respecto a las denuncias por abuso sexual por parte del sacerdote Fernando Karadima (no me nace llamarlo “Padre” porque de mí no lo es y nunca he usado esa palabra para dirigirme a ningún sacerdote), es imposible abstraerse de tener una opinión. En mi caso, no se me ocurre una razón por la cual personas que trabajan para sustentarse, que tienen familia, hijos, amigos y conocidos y que en algún momento estuvieron en estrecho contacto con la Iglesia Católica, quieran hacerle daño a nadie porque sí al exponer situaciones personales de índole íntima y dolorosa. Menos aún respecto de una persona que supuestamente no tiene en su mira más que el bien de la sociedad y especialmente de su congregación o círculo cercano. Siento muy profundamente el sufrimiento, dolor, vergüenza y desengaño de los denunciantes.
Me molesta saber que el proceso eclesiástico ha demorado hasta ahora tres años en ver una causa que, como dice el sacerdote jesuita Marcelo Gidi, no debiera tomar tanto tiempo ni estar supeditada a otras por su naturaleza tan delicada. Me parece que el Cardenal Errázuriz metió la pata al reconocer que dejó la causa de lado a la espera de mayores antecedentes: toda vez que los denunciantes dicen no haber recibido ninguna respuesta formal de parte de la Iglesia, se ve que hay dejadez intencional, gracias a la cual pasa el tiempo en medio de la más absoluta desidia y nuevamente nos enfrentamos a la posibilidad de que el acusado muera antes de que le toque declarar o se entere al menos de su condena y la cumpla en lo que le quede de vida. Entonces da mucha rabia que la Iglesia pida que se le tenga confianza, si hay un abuso de ésta cuando recibe los antecedentes (en un gesto de buena voluntad y discreción por parte de los demandantes, que podrían haber partido por entregarlos a los tribunales civiles o a los medios de comunicación) y se los deja acumular polvo creyendo (quizás) que así los demandantes desistirán de su acción.
En lo legal, no estoy segura de que haya gran éxito en las gestiones. En primer lugar está la supuesta prescripción, que ya se cumplió. Segundo, hay poca o nula evidencia: sólo se cuenta con testimonios a favor de una u otra parte.
La mayor posibilidad de éxito reside en comprobar que los afectados eran menores de edad cuando comenzaron los abusos. Al respecto llama la atención la porfía con que uno de los abogados defensores, un Sr. Bulnes, insiste en que eran todos mayores de 18 años al entrar en contacto con el Sr. Karadima. Su hipótesis, en todo caso, es avalada por una carta firmada por seis médicos que conocieron a uno de los acusadores y que dice que ya eran todos mayores de edad al comenzar sus visitas a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en Avenida El Bosque, comuna de Providencia. Cuando la evidencia se sustenta en algo tan fácilmente comprobable es como para preocuparse por la falta de tino de dichos médicos y por su salud mental, que al parecer está deteriorada en cuanto a memoria se refiere.
Por otro lado, el hecho de que los afectados hayan tenido 16, 18 ó 21 años durante la época de los supuestos abusos es del todo irrelevante y es un argumento indigno de un abogado que se precie de ser persona decente. No sólo porque cada persona madura a ritmos diferentes en cuanto a lo sexual y a defenderse de agresiones psicológicas y sexuales -dificultando y haciendo perder gran parte de su sentido a una legislación de este tipo-, sino porque aunque haya sido sexo consensuado entre dos adultos, ello no es conducta propia de un hombre que voluntariamente hizo votos de castidad. Esto último no compete a los tribunales civiles porque depende del honor personal, pero la manipulación emocional, la amenaza y anulación de voluntad ante una figura de poder y de autoridad, de manera reiterada y masiva, no puede no ser juzgada (y con más rigor que la mera opinión) por un grupo de personas integrantes de la sociedad laica.
También me deja pensando el contingente de personas que han salido en defensa del Sr Karadima. Dejaré de lado a las mujeres porque, de ser cierto que el sacerdote es homosexual, ninguna de ellas tiene razones para acusarlo de conductas impropias en lo sexual (la única que habló en contra de él en el reportaje de TVN se refiere a su carácter dominante y totalitario). Sería posible que hubiera jóvenes que en el cura no despertaban emociones impropias y a los que pudo efectivamente guiar sin mayores sobresaltos en lo espiritual: serán ellos los que ahora salen en férrea defensa de su mentor (es posible que ellos también hayan sido objeto de acoso sexual y no quieran reconocer que, por una u otra razón, no hicieron nada al respecto y prefirieron guardar silencio; me parece que defender la propia dignidad y negar la propia debilidad es un reflejo muy esperable). Muy probablemente ejerció sobre ellos el control mental que todos quienes hablan en su contra mencionan, pero ello es difícil de esclarecer, sobre todo en una relación de guía espiritual, figura de autoridad y paternal a aprendiz joven e inocente de malas intenciones. Para no sonar condescendiente de personas adultas dotadas de criterio, no cuestionar ciertas actitudes o conductas es muy fácil valiéndose de la interpretación de humildad y obediencia que la Iglesia Católica predica en nombre de Jesús.
Es difícil no cuestionarse qué objetivo persiguen los denunciantes con hacer públicos sus testimonios. ¿Destituir al Sr. Karadima de su posición? Karadima tiene 80 años y está “jubilado”. No se sabe a ciencia cierta si su alejamiento de ser cabeza de la Iglesia de El Bosque fue por estas acusaciones. ¿Impedir que otros jóvenes sufran lo que ellos? Un poco tarde, considerando que el Sr. Karadima siguió incólume en su posición durante bastantes años después de que estos abusos tuvieran lugar. ¿Quedar con la conciencia tranquila? A lo mejor. Pero es una pobre estrategia la que han elegido, por cuanto han presentado una acción legal sobre un delito prescrito y del cual no hay evidencia. Sí se han amparado bajo la figura de un destacado y conocido abogado (Hermosilla) quizás bajo la premisa de que “quien pega primero pega más fuerte”, ya que si hubieran acudido a los medios de comunicación se les habría podido denunciar por injurias y calumnias o difamación. De hecho no es imposible que ello ocurra, ya que la solidez de su caso depende, como decíamos anteriormente, de que se compruebe la minoría de edad de los acusadores al momento de comenzar los abusos. Y que se pase por alto la prescripción. Y el éxito más grande del caso depende de que el nuevo sistema penal no se declare incompetente por la antigüedad de los casos y transfiera éstos al sistema que antes regía, cuya (falta de) eficiencia y rapidez todos conocemos.
Por último cabe preguntarse por qué los afectados decidieron hablar ahora y no antes. Las viejas a la salida de la misa dicen: “¿Y por qué entonces no dijeron nada antes?” pretendiendo restarle credibilidad a las acusaciones, cuando en realidad debieran estar dando gracias de que todo esto no haya sucedido sino ahora que el Sr. Karadima está retirado. La caja de Pandora, todos podemos estar de acuerdo en eso, habría tenido muchas más sorpresas entonces que hoy. Si miramos al acusado vemos a un señor entrado en años, cansado, investido de toda la solemnidad que su edad le confiere y todos tendemos a pensar como primera cosa que “a una persona de esa edad no hay que alterarla con algo así, por caridad”. Eso es de hecho lo que un sacerdote de la parroquia le habría dicho a uno de los acusadores, a diferencia de un jesuita (cuándo no) que lo instó a hablar cuanto antes. Pero, ¿a qué se debe el silencio de tantos años? Yo me imagino que a dolor, vergüenza, paulatina y trabajosa aceptación de lo sucedido. A todos nos ha pasado conocer a alguien, admirarle y después sentirnos decepcionados de esa persona. Es una experiencia triste, desoladora incluso. Nos sentimos más solos en un mundo hostil. Todo esto sin considerar que la persona en cuestión además nos ha hecho daño, lo que transforma la tristeza en devastación y trauma. Cuando, más encima, la persona nos amenaza con divulgar nuestros secretos (de confesión, en este caso) o con sacarnos del círculo al cual habíamos sido tan amablemente invitados (la Iglesia y su beneplácito), que nos acogió en un momento de desorientación, soledad y desconsuelo, no es de extrañar que uno se sienta atado de manos y pies y llegue a tardar años en decir algo. Pretender que surja la denuncia inmediatamente cuando se trata de jóvenes cuyo mentor ha abusado de ellos en aspectos tan íntimos, es no sólo simplificar la situación, sino tener verdadera falta de compasión por una persona que sufre, y mucho.
Ante el daño irreparable sólo cabe esperar una disculpa o explicación pública, pero mucho me temo que la Iglesia considerará aquel paso dado tras la Conferencia Episcopal en que la Iglesia Católica chilena pidió públicas disculpas a sus feligreses por los abusos cometidos por algunos sacerdotes. Lo cual hace que todo esto deje un sabor aún más amargo en la boca, porque quien predicaba que la obediencia y la sublimación del ego eran lo más importante, ahora calla cobardemente con tal de no humillarse frente a una comunidad a la cual parece haber engañado durante décadas.
Es casi imposible que muchos de nosotros volvamos a tener confianza en una institución humana que no se reconoce como tal. Una institución que encubre delitos imperdonables que ni siquiera afectan a adultos responsables, sino que a niños indefensos en proceso de formación. Por cierto que no podemos condenarlos a todos por las faltas de algunos (en qué proporción son esos algunos es algo que nunca sabremos), pero un reconocimiento llano, humilde, genuino de los errores que se cometen no estaría de más. Tampoco que se tomaran las medidas correspondientes en lo moral ya que en lo legal quedan muchos vacíos: si creen estar por encima de las leyes de los hombres, que lo justifiquen a través de una conducta si no intachable, al menos franca.

lunes, 5 de abril de 2010

Experiencias


Esto, por desgracia, no es cuento.

Estando en algún año de educación secundaria en el colegio, empecé a imaginarme cosas, aunque más bien debería decir que eran como visiones. Me veía con uniforme de colegio, con el resto de mis compañeros de curso vistiendo lo mismo, en una iglesia de Providencia que no conocía por dentro. Luego me veía parada al borde de un foso donde estaban bajando un féretro. Estas visiones me llegaban de la nada, en cualquier momento y lugar, sin que hubiera habido de por medio una historia, película o libro que me activara la imaginación siempre fértil. Después de todo, por qué un féretro, por qué yo en uniforme con mis compañeros.
Pero he aquí que un día lunes en la mañana llegó nuestro profesor jefe muy compungido, a contarnos que nuestra profesora de religión había fallecido el fin de semana en un accidente fuera de Santiago. Se nos pidió que nos pusiéramos la chaqueta y nos arregláramos la corbata y nos dirigieron a un bus para ir a la misa del funeral, que era…en la iglesia de mis visiones. Al principio sentía sólo lo típico al recibir una noticia así, pero cuando salimos de la iglesia en filita, todos impecables en nuestro uniforme acompañando al cajón, caí en cuenta y me vine abajo. Todos pensaron que yo tenía mucha pena (que algo había, porque nuestra profe era bien choriflai), pero mi malestar era más que nada por la impresión de ver mi visión casi completamente realizada.
Esto me volvió a suceder en segundo año de universidad. Empecé a verme en una iglesia a la que había ido una vez cuando chica, esta vez en la Avenida Las Condes, con todas mis amigas y un grupo de amigos muy particular. Tenía una sensación cierta de saber que alguien que yo conocía se iba a morir, pero no sabía quién, cómo ni cuándo. Esto debe haber comenzado a mediados de año y nuevamente eran escenas que me llegaban en cualquier momento, por ejemplo mientras me lavaba el pelo en la ducha. Como ya contaba con una experiencia parecida, me empecé a asustar. Sentía una ansiedad indecible que, sumada al stress de los estudios y mi espíritu competitivo, me hizo terminar con un insomnio galopante. Día tras día me pillaba sentada en la cama al amanecer, oyendo a los pajaritos cantando y muerta de angustia por tener que comenzar un nuevo día sin el beneficio de haber descansado, por no decir que tenía que interactuar con la gente, saludar a mis amistades, poner atención en clases y tomar apuntes.
Cuando ya no pude más, hidalgamente fui donde mis padres y les pedí que me tomaran una hora con un psiquiatra, porque estaba destruida. El médico me hizo un par de preguntas respecto de mis actividades, inquirió si la carrera se me hacía muy difícil (me urgía que la vieja de contabilidad se burlaba de mí delante de todo el curso, pero sacarme un siete en el examen fue un tapabocas perfecto) y si tenía algún rollo sentimental (nones). Creyendo que éste era el mejor escucha, decidí contarle de mi premonición y el miedo que me provocaba. Me miró un momento sin comentar y procedió a recetarme antidepresivos y un ansiolítico. Me dijo que no era nada con un gesto despectivo, me dio la mano y me despachó.
Obediente, me tomé los remedios y subí a la estratosfera. Miraba la vida pasar impávida, no tenía sueños, no sentía nada. Todo me daba un poco lo mismo, hasta que llegó la llamada que me despertó esa mañana de noviembre y partí a la clínica con mi amiga E. Nunca me había tocado entrar a la Unidad de Cuidados Intensivos y fue una experiencia límite, tanto que me tuve que ir a tomar un café y un mozo, viendo cómo caían las lágrimas dentro de la taza, me la retiró y me trajo un jugo muy concentrado, diciéndome que ya iba a pasar. Para hacer una historia corta, el episodio terminó a los pocos días con un funeral, que no contribuí en nada a organizar pero que tuvo lugar en…la iglesia de la Avenida Las Condes de mis visiones. Y el grupo de amigos presente era exactamente el que yo veía con estupor mientras me sacaba el shampoo del pelo.
Me costó mucho superar ese suceso, por muchas razones fáciles de adivinar pero que no viene al caso mencionar. Quedé con un miedo terrible a estos sucesos sobre los cuales no tenía control y que venían sin invitación ni provocación de mi parte.
Ya sea por mecanismos de defensa voluntarios o involuntarios, nunca más me ha sucedido algo así. Sólo han ocurrido las muertes esperables; no se me ha vuelto a manifestar el futuro con meses de anticipación. Reconozco que, tras otras experiencias poco agradables (y que yo atribuía a mi miopía, para no entrar en más detalle), me freno a la hora de hacer ciertas meditaciones o actividades de relajación (incluso cierto tipo de yoga) y que apenas abro un ojo apelo a toda mi conciencia para no ver nada de lo que suele verse en estados de semi vigilia, pero hasta acá voy invicta por varios años.

* La imagen es una ilustración del irlandés Harry Clarke para el cuento de Edgar Allan Poe, "La Máscara de la Muerte Roja".

martes, 8 de septiembre de 2009

Me importa un comino


Hasta hace poco tiempo, no tenía idea de qué era el comino ni tenía intención alguna de usarlo ever, salvo como metáfora de algo que me tenía sin cuidado. Todo eso cambió con mi incursión en el mundo del pan. Más específicamente, cuando empecé a hacer panes europeos a la antigua: sin levadura.
Suena como la solución a quien quiera hornear pan y se encuentre sin los ingredientes necesarios, pero...nones.
Los panes sin levadura se demoran.
Éste, en particular, lo empecé un día domingo en la mañana y lo horneé recién el viernes en la noche. Durante todos esos días, fui armando una masa agria (sour dough) que alimentaba cada dos días con nuevas adiciones de harina y agua. Por mientras la masa fermentaba e iba tomando un aroma ácido (agrio) que determinó la formación de un pan sabroso, aromatizado por su propio fermento más una pizca de...comino. El comino es una hierba de la que se usan las semillas levemente machacadas y otorga un sabor anisado y delicado a las preparaciones.
Sí, yo también me horroricé de entrada por la idea de comer un pan fermentado, pero no hay que equivocarse: el fermento es un cultivo de bacterias y hongos (levaduras) cuya liberación de gases al entrar la harina en contacto con el agua, hace que el pan leve (crezca durante el reposo después de ser amasado y antes de ser horneado) y tome un sabor más rico y complejo. Todos los panes, por consiguiente, llevan fermento. Para dar una idea más exacta de esto se puede citar el caso extremo opuesto: el Matzá o pan ácimo, que comen los judíos durante Pesaj (fiesta que generalmente coincide con la Pascua cristiana) y cuya característica es que no lleva harina ni es fermentado, en conmemoración de la huída de los israelitas de Egipto, en que no hubo tiempo para dejar levar el pan y por lo tanto lo comieron así, plano y con sabor a harina.
Hay otros panes fermentados que ya he preparado con anterioridad y poco éxito (Pugliese, por ejemplo), pero me enorgullezco al decir que he mejorado mi técnica y mi instinto y éste quedó en su punto de acidez y sabor. Con ayuda de algunos secretillos a la hora de hornear, la cáscara quedó crujiente y la miga, suave. Delicioso para tostar -cortado en delgadas láminas- y untar con mantequilla, o bien para comer con un queso Brie como fue el caso ayer donde mis padres.
Toda esta introducción, entonces, para plasmar detalles de lo que fue una maravillosa experiencia haciendo y probando San Francisco Sourdough Bread, famoso en su ciudad de origen y alrededor del mundo, como se puede apreciar.



jueves, 6 de agosto de 2009

Pena de muerte versus presidio perpetuo

A propósito del asesinato de Francisca, se elevan iracundas voces pidiendo la reinstauración de la pena de muerte en Chile. Algunos invocan las leyes divinas para justificarse; otros prefieren ponerse filosóficos y aducir que quien asesina ha perdido la condición de humanidad; aún otros vuelven (cuándo no) a hablar de los crímenes no resueltos de la Dictadura y unos muy pocos abogan por el racionalismo y la responsabilidad.
¿Qué pienso yo al respecto? ¿Prefiero que la sociedad se pronuncie respecto de la vida de un hombre y la termine, o bien estoy dispuesta a financiarle una vida de prisión a un asesino, hasta que muera?
Creo que ni lo uno ni lo otro. En tanto creo que personas así no pueden ser parte libre de la sociedad, no me queda claro que el encarcelamiento de por vida haga entrar en razón (que en poco redundaría, ya que la niñita no va a volver y desde la cárcel él puede llegar a re poca gente con su mensaje o lección) o arrepentirse. No me hace sentir muy cómoda la idea de ejecutarlo y pretender con eso paliar el daño y el sufrimiento; todos hemos tomado venganza en algún momento y sentido una satisfacción bastante menor a la que anticipábamos al ver a nuestro adversario en situación desmejorada. Ya no digamos verlo muerto, entonces. Además, como no todos tenemos la misma idea respecto de la muerte, es poco efectivo creer que una ejecución pueda ser el mejor escarmiento para ése y todos los criminales que se sientan impulsados a cometer acciones parecidas en el futuro. Hoy en día la gente es bastante más descreída de lo que era antes y un sermón apocalíptico respecto de las penurias eternas para quien haya dejado este mundo sin la gracia del Señor, cala mucho menos hondo que cuando no había tanta información, tanta experiencia extra sensorial, tanta filosofía alternativa al cristianismo y en general tanto escepticismo, tanta independencia y diversidad de pensamiento. Ya no estamos en la Edad Media (o así parece cuando uno sale a la calle, aunque a veces las apariencias engañan, sobre todo en este rincón del mundo).
¿Qué tan terrible puede ser que un grupo de personas juzgue que te toca morir y, entre esa decisión y el hecho mismo, te dejen al menos escribir cartas para expresar desahogos y atar cabos sueltos y despedirte de tu gente, te den todas las comidas del día E IGUAL VENGA UN CURA A CONFESARTE y absolverte de tus pecados, incluso el que te ha llevado a morir por ejecución? En ese sentido, ¿no es peor de todas maneras que alguien te pegue un tiro en plena calle, cuando ibas feliz pensando en cualquier cosa y no preveías que nunca más ibas a estar con quienes amabas ni podrías saldar asuntos pendientes? A lo mejor ibas camino a la Iglesia a confesarte y no llegaste. ¿Estás menos fuera de la gracia divina que el asesino ejecutado pero confeso? Porque nótese, si te condenan a morir tampoco estás eligiendo tú el momento de tu muerte, pero al menos lo sabes con antelación y puedes preparar tu conciencia y tus asuntos. Y te mandan al cura igual.
En vistas de lo anterior, la sociedad no gana nada matando a un criminal, salvo la mezquina satisfacción de haber devuelto la misma moneda. Eso no me habla de grandes cristianos ni de grandes personas. Me habla de infantilismo que sólo ve un poco más allá de sus propias narices. Aunque el dolor de parientes y conocidos es infinito y lo comparto, me parece haber descartado una de las alternativas sobre qué hacer con el asesino.
El encierro de por vida, entonces. Al margen de que el sistema judicial es un poco “especial” y que otorga rebajas de pena y libertad condicional casi arbitrariamente (o sea un veredicto de chorrocientos años en prisión no es garantía de nada), la teoría de privar de libertad a alguien es ideal. En teoría. Por falta de libertad se entiende que el gallo no es dueño de ir a donde le parezca cuando quiera; que no puede elegir ni siquiera dónde vivir (a diferencia de otros afortunados que viven en “arresto domiciliario” en su propia casa, con juicios por asesinatos mútiples). Más allá de eso, el preso se mete en una emulación a escala de la sociedad, con limitantes (léase mujeres, esparcimiento) que se suplen de alguna u otra manera. El preso no trabaja remuneradamente, por lo que es necesario mantenerlo. ¿Quién hace eso? Todos los chilenos que pagamos impuestos. No sólo ni necesariamente su propia familia. El preso tiene techo, comida, salud y algún orden de horarios en su vida. Quizás más de lo que jamás habría tenido afuera. ¿Es eso castigo? Hoy ya no se permite esclavizar a alguien, ni torturarlo. ¿Cuál es la lección?
¿Cuál será la SOLUCIÓN? Sentimos que vamos avanzando como sociedad y humanidad, pero crímenes como éste ponen de manifiesto que nuestras leyes y sistemas se han tornado, más que neutros, incapaces de reparar ciertos daños. Hay veces en que uno querría poder recurrir a la justicia impartida por la propia mano o a una muerte en hoguera delante de toda la comunidad, con el preso traído a la plaza mayor a la rastra, atado con cuerdas, desnudo, descalzo, sufriendo azotes y recibiendo piedrazos, insultos y escupitajos de todos los ciudadanos que quieran desahogar su justa indignación. Ahí podríamos hablar con autoridad de escarmientos.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Favor concedido

En un post anterior agradecí un muy deseado regalo que mi marido me hizo para mi cumpleaños. Aún no lo he estrenado porque, después de cocinar en abundancia para un par de amigos que vinieron a comer a nuestra casa, quedé como saturada de ingredientes y preparaciones y ni siquiera hice el guiso de garbanzos que tanto había planeado en mi cabeza. Apenas probé el que fue hecho con mis instrucciones y que, en tanto no malo, no quedó igual al original, probado en el Emporio La Rosa.
Volvamos, sin embargo, al tema de dar gracias, porque eso fue lo que me mantuvo el cerebro aceitado durante lo que se suponía sería una estupenda e inesperada siesta. El modo de redactar el mentado post fue una emulación de esas plaquitas que la gente pone a los pies de estatuas de santos, vírgenes y otras imágenes de devoción popular.
Mi pensamiento derivó a lo feas que se ven las estatuas (la mayoría de las cuales, en nuestro país, ya son de pobre calidad, en todo caso) llenas de plaquitas que han sido pegadas o clavadas y que rezan (muy ad-hoc la palabra) "GRACIAS SAN -insertar acá nombre del santo preferido- POR FAVOR CONCEDIDO".
Por razones muy otras, hace poco acompañé a mi abuela a mandar confeccionar una placa de bronce más grande que las mencionadas y me enteré de que no son para nada baratas. Ni rápidas de hacer. Ahora, uniendo las dos cosas, pienso en cuál podrá ser el beneficio de poner una placa que afea y que merma el bolsillo del devoto. ¿Ganará éste puntos en su camino al cielo por sacrificar dinero en una placa? ¿Provocará que otros se inspiren para orar y tener fe?
Se me ocurre que los billetes gastados en la famosa placa contentarían mucho más a cualquier iluminado amplio de corazón, si se destinaran a alimentar a niños pobres, por ejemplo, o a financiar un hospital público (el valor de la placa puede ser modesto en comparación a las necesidades de salud del país, pero de a poco se logran cosas). O a participar de una colecta. En general, cualquier acción que produzca una cadena benéfica para un puñado de personas y una señal de preocupación por el prójimo, un ejemplo de conciencia del existir social.
¿O no?

lunes, 22 de junio de 2009

Escarabajos

Querida Puli:

Revisando y ordenando las fotos que tengo en mi computador, encontré ésta:

Que tomé en la sección egipcia del Met cuando fui hace casi dos años.
¡La saqué especialmente para ti! ¡Y en todo este tiempo, nunca te lo dije ni te la mostré!
Pero me acordé de ti cuando vi los escarabajos, porque son como los que cuelgan de esos aros preciosos que te regaló hace siglos el hombre aquél y que siempre te celebro porque me encantan.
Me pareció curioso que los egipcios le dieran tanta importancia a estos bichitos. Averigüé que estos escarabajos, hechos en metal o en piedra, los ponían encima del pecho, en la zona del corazón de sus muertos. Este órgano era el único que no extraían al embalsamar, en la creencia de que el espíritu se aloja en el corazón. El escarabajo era un protector y se le grababa una frase del Libro de los Muertos, exhortando al corazón a no dar testimonio en contra del espíritu cuando el Juicio en el Más Allá.
Lindo, ¿no?

Ningún escarabajo y ningún órgano podrían dar nunca testimonio en contra de tu espíritu, Miss Puli. Tu amiga que siempre te admira,

Flo