Estas dos palabritas deberían acompañarme más a menudo en mi vida diaria, especialmente en lo que a crianza de niños se refiere.
Porque en este momento estoy oyendo a los niños en su round de la hora de almuerzo y la Nanny, sin inmutarse, es capaz de pedirles diez veces que se coman la comida sin que se le altere la voz y les repite igual cantidad de veces que tienen que ser buenos niños, que si comen bien van a crecer grandes, fuertes e inteligentes, que no sean mañositos, etc.
Yo hace quince minutos los habría mandado de un grito a sus piezas castigados y habría levantado todo vestigio de comida de la mesa. Y estaríamos todos furiosos y lloriqueando. Lo usual.
Una amiga mía me pidió hace un tiempo que le colaborara en su blog sobre crianza y maternidad. Dijo que yo, con tres críos al hombro, era la más indicada de sus amigas para hablar de estos temas y aconsejar a las pobres que recién se enfrentan a llantos, vómitos, cambio de pañales casi constante, mañas, negativas a abrir la boca, empujones a los hermanos, total apego a “sus” cosas, celos, preguntas repetitivas e incisivas, etc.
Una suave sonrisa se dibujó en mi cara.
Todos los días tengo mi momento de sentirme una extraterrestre. Es frecuente que tenga experiencias extra corpóreas en que me miro interactuando o forcejeando con estas pequeñas personas y me pregunto cómo llegué acá, si realmente soy yo y ésta es mi vida y si no estaré soñando y cuando despierte me pondré mis ropas elegantes y a la moda y partiré con mis zapatos carísimos a mi exclusiva oficina en el sector de El Golf y almorzaré cualquier tontera y llamaré a mis clientes y pensaré en los mercados financieros y el estado de la economía mundial y las burbujas especulativas, la cobertura con derivados, la estructura de tasas de interés en el tiempo, la paridad de monedas, las decisiones de los entes monetarios más importantes, las noticias que aparecen en Bloomberg y Reuters.
En esas voladas estoy cuando la criatura se despierta llorando y mi corazón da un salto. Se acabó el recreo. Hora de volver a enseñarle a sentarse, a que pesque cosas con sus manitas redondas y preciosas. A conversar con los otros dos de que les picaron los “zangudos”, que quieren “leche calentita y con mucho chocolate”, “tuto y tete”, “prrrrr prrrrr” (el camión), el por qué de todo el universo. A oler y acariciar sus cuerpitos transpirados de calor y de correr y de jugar; a tropezarme con los innumerables juguetes que cubren toda la superficie construida; a arbitrar cuando uno quiere jugar con lo que tiene el otro; cuando los cariños a la guagua se tornan un poco más violentos que lo recomendable; a conciliar que debo dejarlos jugar y destrozar y desordenar solos porque debo alimentar a la pequeña o debo calentar la comida que probablemente tomará más de una discusión que se traguen, o porque simplemente el cuerpo me recuerda que no he ido al baño en más de 6 horas.
Paciencia. Para no enojarme cuando compiten por un mismo pedazo de plástico; para no entregárselos a los carabineros cuando la comida vuela por los aires y aterriza en el suelo, las paredes y los muebles de un puro manotazo; para no gritar cuando ya no doy más de desesperación y frustración porque no abren la boca y han pasado una hora con los platos intactos; para no tirarles el pelo cuando una vez más, contra mis ruegos, órdenes y amenazas, se han subido a los muebles del living y desinflado los cojines, que terminan esparcidos por todo el suelo junto a cajas de CD, zapatos y montones de tierra o piedras. En mi casa nueva.
Perseverancia. Para no ceder y seguir intentando que entiendan que la comida les hace bien. Para explicarles que deben ser cariñosos y compasivos y por lo tanto a los hermanos no se les pega ni se les empuja ni se les quitan los juguetes, sin levantar la voz. Para contestar sus insistentes preguntas con respeto y sin recurrir al poco empático “no sé” o "porque sí". Para recordarme que es importante que sólo vean televisión un rato y ni un minuto más, aunque se revienten llorando cuando la apago. Para que no tenga que traérmelos de la plaza convertidos en engrudo humano de barro, con tierra en el pelo y los ojos llenos de pus verde, sólo porque no pude enfrentarme a sus ganas de jugar con el maldito grifo que han puesto y que literalmente inunda toda la plaza y la llena de mosquitos que ya los tienen llenos de picaduras.
Porque en este momento estoy oyendo a los niños en su round de la hora de almuerzo y la Nanny, sin inmutarse, es capaz de pedirles diez veces que se coman la comida sin que se le altere la voz y les repite igual cantidad de veces que tienen que ser buenos niños, que si comen bien van a crecer grandes, fuertes e inteligentes, que no sean mañositos, etc.
Yo hace quince minutos los habría mandado de un grito a sus piezas castigados y habría levantado todo vestigio de comida de la mesa. Y estaríamos todos furiosos y lloriqueando. Lo usual.
Una amiga mía me pidió hace un tiempo que le colaborara en su blog sobre crianza y maternidad. Dijo que yo, con tres críos al hombro, era la más indicada de sus amigas para hablar de estos temas y aconsejar a las pobres que recién se enfrentan a llantos, vómitos, cambio de pañales casi constante, mañas, negativas a abrir la boca, empujones a los hermanos, total apego a “sus” cosas, celos, preguntas repetitivas e incisivas, etc.
Una suave sonrisa se dibujó en mi cara.
Todos los días tengo mi momento de sentirme una extraterrestre. Es frecuente que tenga experiencias extra corpóreas en que me miro interactuando o forcejeando con estas pequeñas personas y me pregunto cómo llegué acá, si realmente soy yo y ésta es mi vida y si no estaré soñando y cuando despierte me pondré mis ropas elegantes y a la moda y partiré con mis zapatos carísimos a mi exclusiva oficina en el sector de El Golf y almorzaré cualquier tontera y llamaré a mis clientes y pensaré en los mercados financieros y el estado de la economía mundial y las burbujas especulativas, la cobertura con derivados, la estructura de tasas de interés en el tiempo, la paridad de monedas, las decisiones de los entes monetarios más importantes, las noticias que aparecen en Bloomberg y Reuters.
En esas voladas estoy cuando la criatura se despierta llorando y mi corazón da un salto. Se acabó el recreo. Hora de volver a enseñarle a sentarse, a que pesque cosas con sus manitas redondas y preciosas. A conversar con los otros dos de que les picaron los “zangudos”, que quieren “leche calentita y con mucho chocolate”, “tuto y tete”, “prrrrr prrrrr” (el camión), el por qué de todo el universo. A oler y acariciar sus cuerpitos transpirados de calor y de correr y de jugar; a tropezarme con los innumerables juguetes que cubren toda la superficie construida; a arbitrar cuando uno quiere jugar con lo que tiene el otro; cuando los cariños a la guagua se tornan un poco más violentos que lo recomendable; a conciliar que debo dejarlos jugar y destrozar y desordenar solos porque debo alimentar a la pequeña o debo calentar la comida que probablemente tomará más de una discusión que se traguen, o porque simplemente el cuerpo me recuerda que no he ido al baño en más de 6 horas.
Paciencia. Para no enojarme cuando compiten por un mismo pedazo de plástico; para no entregárselos a los carabineros cuando la comida vuela por los aires y aterriza en el suelo, las paredes y los muebles de un puro manotazo; para no gritar cuando ya no doy más de desesperación y frustración porque no abren la boca y han pasado una hora con los platos intactos; para no tirarles el pelo cuando una vez más, contra mis ruegos, órdenes y amenazas, se han subido a los muebles del living y desinflado los cojines, que terminan esparcidos por todo el suelo junto a cajas de CD, zapatos y montones de tierra o piedras. En mi casa nueva.
Perseverancia. Para no ceder y seguir intentando que entiendan que la comida les hace bien. Para explicarles que deben ser cariñosos y compasivos y por lo tanto a los hermanos no se les pega ni se les empuja ni se les quitan los juguetes, sin levantar la voz. Para contestar sus insistentes preguntas con respeto y sin recurrir al poco empático “no sé” o "porque sí". Para recordarme que es importante que sólo vean televisión un rato y ni un minuto más, aunque se revienten llorando cuando la apago. Para que no tenga que traérmelos de la plaza convertidos en engrudo humano de barro, con tierra en el pelo y los ojos llenos de pus verde, sólo porque no pude enfrentarme a sus ganas de jugar con el maldito grifo que han puesto y que literalmente inunda toda la plaza y la llena de mosquitos que ya los tienen llenos de picaduras.
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