jueves, 10 de diciembre de 2015

Un Cuento de Año Nuevo

Acerco el encendedor, pero para variar se prende sólo la mitad de la punta del cigarro, así que sólo me queda soplar para que se expanda la llama o inhalar repetidamente hasta que se prenda bien. Opto por soplar. Casi armo un incendio por la chispita que salta a la cajetilla todavía envuelta en el plástico.
Ya no queda nada para la fatídica noche de Año Nuevo, pienso mientras boto el humo como en un suspiro hastiado: “¿qué vai a hacer, galla? ¿juntémonos después de las 12 en alguna casa, nos tomamos un traguito y ahí vemos a cuál fiesta vamos?” Horror, cuál fiesta. Me queda poca tolerancia para con los chistositos que aún le ven sentido a la noche más larga y latosa del año y le embarran a uno su depresión porque comienza otro año sin planes o perspectivas mucho más brillantes que el año que se terminó, que por fin por lo demás porque ya el cansancio es atroz y de hecho por eso uno está fondeado en un sillón con una copa en la mano, con la sonrisa congelada y deseando que todo termine lo antes posible para poder irse a dormir.
Se me cae “el cabezón” del cigarro: trato de juntarlo sin presionar demasiado. Nada que hacerle, ahora sí que tengo que pegar varias aspiradas cortas pero profundas que me marean un poco. Me viene a la mente la Peca hace unos años, curada como zanja, colgada al cogote de la Caro, con un cigarro en la mano. Yo en la mía tenía un globito para amenizar la imagen de la galla producida pero lateada que se paseaba por la fiesta sorteando vómitos y chocando con los que bailaban a lo largo y ancho de toda la “pista”. Una especie de fonda electrónica con adornos plateados y Luis Miguel, en un estadio en la pre-cordillera. En fin, se me acercó la Peca para desearme feliz año nuevo por enésima vez y no encontró nada mejor que reventarme el globo con el cigarro. De ebria, le achuntó a mi mano. Todavía tengo la cicatriz.
Expectativas demasiado altas. Durante años el hecho de gastar un dineral, encontrarme en la entrada de la fiesta con medio Santiago y arreglarme como para un matrimonio me hacían creer que lo iba a pasar salvaje, que iba a conocer a un príncipe azul y que en resumen esa noche sería el mejor carrete del año. Pero en general me amanecía bailando con un gallo al que ni le entendía el nombre, con la pintura corrida, los pies inexplicablemente llenos de tierra y el ánimo por el suelo, con ganas de meterme a la cama y no salir en una semana porque me sentía vacía y desolada. Empujo el cenicero hacía mí y boto la ceniza con rabia.
La palabra que me viene a la mente es escapismo. Mientras inhalo por última vez con resignación, concluyo que la gente no necesariamente espera pasarlo bien esa noche; la mayoría debe querer simplemente borrarse la vida diaria y sus problemas y frustraciones de la cabeza, y por eso se enfrasca en tomárselo todo y celebrar como si el nuevo año fuera el fin de lo malo y el comienzo de todo lo bueno aunque no se haya hecho nada porque así sea.
Apago el cigarro. Miro la hora: el taco ya debe estar pasando. Suena el celular, es la Peca: “¡estamos abajo, amigui!”. Reviso que la diminuta cartera a juego con los zapatos tenga mis llaves, suficiente plata para la entrada y pintura por si más tarde tengo cara de sueño. Agarro la botella de champaña y salgo.

Diciembre de 2003.

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