jueves, 10 de diciembre de 2015

Clemente

Cristián Warnken

Llora por ti tu jardín, que siempre insistías en llamar "mi jardín". Llora el intruso gato blanco y negro, que merodeaba por las tardes y que tú llamabas mi gato amigo. Llora el cerro Manquehue, que veías desde la ventana de tu pieza. Llora la plaza de Almirante Acevedo, alrededor de la cual corrías una y otra vez, como un Forrest Gump de tres años. Lloran los resbalines que te vieron crecer en temeridad y por los que te lanzabas con gozo. Llora la montaña del camino de La Pirámide, destrozada por la construcción de autopistas y a la que decías "pobre montaña". Llora tu nana, a la que llamabas "mi reina", "mi Karencita hermosa", piropero precoz.
Lloran las fuentes de agua, ante las que te quedabas en éxtasis mirando caer el agua, el agua que te asombró más que nada en el mundo, el agua de los ríos, el agua de las llaves de agua de la casa, que abrías sin cesar, el agua del mar, oh, tu locura por el agua, Clemente, toda el agua del mundo llora por ti, y mana en nuestras lágrimas.
Lloran por ti Whinnie the Poo y Tigret y Christopher Robbin, y todos sus amigos, porque en sus libros de aventuras te sentías en familia. Tú eras como Whinnie the Poo, tierno, goloso, amical. Llora por ti tu chupete gastado y fiel, que intentamos vanamente botar tantas veces y que ahora te espera sobre la almohada vacía. Lloran por ti las esculturas del Parque de las Esculturas de Pedro de Valdivia, donde fuimos el día antes de tu partida, a correr, a subir al olmo gigante; llora por ti la escultura del ángel sin cabeza que miraste extrañado, llora por ti la librería Ulises, donde estuvimos esa misma tarde y donde hojeaste libros sobre un sillón de cuero. Llora por ti el libro de "Willie, el oso", que te regaló esa tarde Benjamín, el librero, y que no alcancé a leerte.
Llora la escalera de madera de nuestra casa, que bajaste todas las mañanas de tus días. Llora el espejo del baño hacia el cual te empinabas para mirarte, como si fuera extraño tu propio rostro, oh, hermoso, demasiado hermoso para durar aquí, al otro lado del reflejo. Llora la canción "Cangrejito" del grupo Zapallo, que bailaste tantas veces y querías volver a escuchar, pero que se perdió en algun rincón de nuestro bello desorden. Llorará la lluvia en invierno cuando no te encuentre debajo del panel de vidrio, mirándola gota a gota. Lloran los caballos del Club de Polo que siempre venías a espiar. Lloran los cuadros de Santos Guerra que cuelgan de nuestras murallas, y el pueblo de cuento y sus personajes a los que saludábamos como si fueran reales, el hombre del paraguas verde, tus amigos al otro lado del sueño. Llora la playa de Wailandia, donde corrimos mojándonos los pies con las olas, qué fiesta, qué gritos, qué risa. Lloran las gaviotas que pasaban por ahí, llora el restaurant Caleuche, donde fuimos a ver la puesta de sol con Angélica y Laura, llora el rayo verde que nunca se hizo ver. Llora el Estadio Santa Rosa de Las Condes, donde apenas empezabas a ir a clases de fútbol, estadio que desaparecerá, como desaparece todo y todos, porque somos un duelo sin fin. Llora el Parque Forestal donde naciste, llora la calle Ismael Valdés Vergara. Lloran los taxis en los que te gustaba que te llevara en las mañanas a tu jardín. Lloran los tres cojines que tú mismo instalabas obsesivo, hasta que quedaran perfectos (y tu decías "perfecto"), adonde posabas tu cabecita llena de rulos para tomarte tu mamadera. Todos lloran, también tu piscina amada, que te vio, dichoso, nadar, ¡cómo llora desconsolada! Lloran las cosas que tocaste, los lugares donde anduviste, y lloramos nosotros, ya sin lágrimas.
Entonces, ¿por qué ríes, por qué tu cara pura de niño muerto insiste en reír, mientras todos lloran sin consuelo? ¿Por qué ríes, Clemente, amor mío, dolor nuestro?

Por Un Voto Voluntario

En las elecciones para Presidente de EE.UU. de 2004, votó un 64% de la población registrada para sufragar. Ello se tradujo en aproximadamente 126 millones de votos, equivalentes a un 46% de la población en edad de votar en ese país (el 54% restante no votó o no estaba inscrito en los registros electorales).
Muchos pueden caer en la falacia de argüir que, debido a esta baja participación en los comicios, los resultados son los que todos conocemos y lamentamos actualmente. Pero si nos remitimos a las leyes de probabilidad y estadística y suponemos que las preferencias políticas de quienes decidieron no votar no difieren mayormente de quienes sí participaron en las elecciones, no tenemos por qué pensar que los resultados hubieran sido diferentes si a los ciudadanos registrados para sufragar de Estados Unidos los hubieran obligado a votar como sucede acá en Chile. Más aún: habiéndose también analizado las características etáreas, civiles, raciales y de otras índoles de los votantes, no se muestran pruebas concluyentes que respalden una falta de representatividad en quienes dieron su preferencia a Junior. Y por último, aunque la hubiera, ello sería un producto de las decisiones personales de las personas. Quienes optaron por no votar en noviembre de 2004 sabían que la decisión se tomaría igual, a manos ajenas. Quienes sí votaron, muestran en el detalle su heterogeneidad en variados aspectos, asegurando una gama amplia de preferencias (dentro de lo posible en un sistema político bi-partidario donde además se hacen elecciones primarias).
Con lo cual queda claro que en cuanto a elecciones populares, lo que prima es el derecho a pronunciarse respecto de las preferencias hacia un candidato. No se puede afirmar que la obligatoriedad del voto permita obtener resultados dramáticamente diferentes.
El escenario electoral en Chile difiere bastante del norteamericano. Ya en la Constitución Política del Estado, en su artículo 15º, se establece que el voto es obligatorio para todos los ciudadanos. En la Ley Orgánica Constitucional 18.700 se enumeran todas las causales para excusarse de votar, no siendo una de ellas la falta de ganas o la indecisión. También se detallan las sanciones a quienes no cumplan con su “deber cívico”, que van desde multas hasta reclusión. Y sólo por informar a los amables lectores, resulta que uno también puede ser elegido arbitrariamente como vocal de mesa, hasta dos veces seguidas. O las que invoque “el solo ministerio de la ley”, en su defecto.
Dudo seriamente que el espíritu detrás del artículo 15º de la Constitución, sea contar con un espectro lo más amplio posible de las preferencias de la población. No olvidemos que esta “carta legal” se redactó durante el gobierno de facto de Pinochet, quien no tenía el menor interés en considerar opiniones ajenas. Con lo que podemos concluir que ése es tan sólo otro ejemplo del autoritarismo que ha marcado el carácter de nuestra nación. Recuerdo cuánto me chocó que una muy amiga mía, hablando de estos temas, mencionara que se había inscrito en los registros electorales inmediatamente después de cumplir 18 años, puesto que su padre (ex integrante del Ejército) la había obligado al igual que a su hermano.
Mi llamado es a que el voto sea voluntario. No me interesa si la inscripción es automática o no (como promete lograr el candidato Piñera). Pero no se puede seguir obligando a la gente a hacer cosas que está en su derecho a no hacer, sin darle explicaciones a nadie. Me produce risa saber de la “preocupación” que autoridades y personas comunes y corrientes sienten por la baja participación política de los jóvenes. Lamento decir que los desasosegados son parte del rebaño que obedece sin pensar. Porque los jóvenes (y ya no tanto) que no votamos sí participamos de la política, por cuanto somos parte de la sociedad y nos regimos por sus reglas y trabajamos y pagamos impuestos (alguna vez lo hicimos, al menos). Simplemente me revienta cuando alguien dice que el que no vota no tiene derecho a opinar. A ellos les contesto que tengo todo el derecho no sólo a opinar, sino también a cuestionar y criticar. Y que mi resistencia a votar no pasa por desinterés ni desconocimiento (de hecho creo tener mucho más que varias personas que me han venido con la dichosa frase). Pasa por resistirme al sistema. Pasa por respetar mi derecho a expresarme y mi autonomía para elegir. Y no es gratis, pero creo que el costo vale la pena. Porque es hora de que este país avance un poco y cambie su mentalidad de una vez por todas.

El Piropo

Estaba leyendo una carta enviada a El Mercurio por una gringa que se quejaba de que los chilenos "piropean" a las mujeres en la calle.
Luego me puse a leer los comentarios de hombres y mujeres respecto del tema (opiniones que temo la gringa nunca leyó, aun cuando muchas estaban dirigidas a ella: qué plancha ajena).
Por cierto que muchos hombres me dejaron admirada al defender nuestro derecho a ir por la calle o en la micro o donde sea, tranquilas y sin tener que soportar ordinarieces, miradas impertinentes, comentarios no deseados o "galanterías", como algunos les llamaban. Me sentí muy identificada con las respuestas y opiniones de algunas mujeres bien plantadas, sobre todo una señora de apellido alemán que al parecer es chilena pero no vive acá.
Sin embargo, siempre está el lado flaco. Y lo acepto con resignación y tristeza cuando viene de parte de los "perpetradores". Ejemplifico: participa en el debate, un hombre que defiende esta "tradición" diciendo que un buen piropo no hace daño a las mujeres. Lo apoya un abogado conocido de tiempos pasados (y que nunca fue santo de mi devoción por su patudez), explicándonos que es parte de nuestra idiosincracia y que hay que dejarlo ser.
Lo indignante es cuando salen "ellas" a defender lo que a muchas de nosotras nos parece una rotería, una demostración de tercermundismo y una falta de consideración hacia nuestro género. Sobre todo porque da la impresión de que las defensoras no están en lo que uno consideraría la flor de la juventud, por lo tanto no "inspiran" las mismas frases que una niña de veintitantos o treintitantos que no se viste con traje de dos piezas o un severo vestido. Así cualquiera aceptara un piropo, si probablemente es lo único que sustenta el ego tras mirarse al espejo y ver una cara amargada, una pinta reprimida y el reflejo de una personalidad machista, retrógrada y auto-censurada.
No puedo creer que haya gente que culpe a las mujeres de provocar los piropos. ¿Es que nadie se da cuenta del enorme insulto que eso supone hacia los hombres? O sea que ellos se mueven por un instinto sexual irreprimible. No son dueños de si mismos. No influyen los años de educación; no importan las palabras y miradas de rabia frente a una conducta más propia de cavernícola que de persona civilizada...pero no me extenderé más en este punto porque no soy hombre y no tengo por qué defender una posición que muchos de ellos adoptan solitos. Sí quiero decir que no apoyo para nada a las mujeres que opinan lo mismo. Tendrán que explicarme con qué sentido de consecuencia entonces siguen interactuando con hombres en sus vidas personales. ¿También corre para ellas el incontrolable sexual drive?
Otras mujeres (¡!) se apresuraban a decir que es la escasa ropa que usan algunas mujeres lo que gatilla esta situación. Habiendo desvirtuado el argumento de los instintos (sí, agradezcan, boys), hay que pasar a revisar los derechos individuales. En este caso, la supremacía indiscutible que hay en este país (hasta que se convierta en estado musulmán) a que cada uno se ponga lo que le venga en merecida gana. Si yo quiero salir en bikini a la calle, no tengo por qué sufrir comentario alguno por parte de nadie. Créanme que por mi mente han pasado todo tipo de apreciaciones frente a las pintas de la gente pero, por ese sentido de urbanismo al que apelo, me quedo callada. Buena sería si uno se la pasara diciéndole a los demás "agranda una talla más los pantalones"; "pide hora en la peluquería YA"; "midamos los pancitos con mantequilla" y cosas así. Con la ropa escasa es lo mismo. Es asunto de cada cual y los hombres tienen que quedarse calladitos porque el objetivo de una mujer al ponerse esa ropa no es coleccionar el mayor número posible de comentarios y miradas. Quizás de algunas sí, pero como uno no sabe cuáles, mejor no arriesgarse a molestar a nadie.
Yo misma me he reído un par de veces con algún obrero que me ha dicho algo galante pero no exento de respeto; he agradecido frases educadas y dichas con buen gusto y me encanta cuando me dicen que me veo regia y buenamoza. Mi problema es con las miradas asquerosas, las frases cochinas dichas cobardemente al oído cuando "una" pasa y las vulgaridades dichas a grito pelado en una construcción en que "una" no puede pararle el carro al roto sin que los demás agarren papa. Entiendo que para defender este derecho es casi imposible no irse a los extremos. Pero cuando tratamos con imbéciles como los que florecen el debate mencionado, parece que hay que ser más enfático que lo mínimo requerido por personas con dos dedos de frente para que entiendan. Por lo mismo es de una gravedad preocupante que haya personas (sobre todo si son mujeres) que aceptan esta conducta sin detallar a qué nos estamos refiriendo. Pero claro, en vistas de lo que comento más arriba respecto de la selección del piropo de acuerdo a lo que se ve, cómo no va a suceder esto.

Rude People

Estos días he tenido la valiosa oportunidad de observar a una fauna del todo distinta a la que suelo frecuentar, ya que estamos de house-sitters para unos amigos en una regia casa del barrio alto de nuestra capital.
Siendo tan afortunada de haber paseado por barrios elegantes en otras ciudades del mundo y de haberme allí también instalado a mirar a la gente (hábito muy mío que me ha provisto, entre otros, de conocimiento sobre parques, cafecitos y moda), no puedo evitar hacer un paralelo y sacar unas cuantas conclusiones.
Debo decir que la gente en este país es clasista, resentida y mal educada.
Me he topado con mucho espécimen en auto descapotable (no es que eso tenga nada de malo per se; yo no tendría uno por un asunto de manejo capilar, pero bien por el que no quede como león electrocutado). Dejando aparte el hecho de que es más fácil salir volando de un auto sin techo en caso de accidente, estas personas se creen los campeones del mundo. Tiran su auto encima de los transeúntes en las esquinas, se estacionan en dos espacios, andan a velocidades suicidas y además te miran con un aire de insolencia que a mí, siempre con la pluma parada, me enfurece. El otro día uno me hizo una encerrona sólo para chantar 10 metros más adelante, en la misma luz roja que yo. Lo más divertido es que coincidimos en tres luces rojas más: yo manejando con la prudencia de siempre y este “lolosaurio” (pelo canoso cortado a lo conscripto y anteojos de marco rojo) dándoselas de bacán. Me di el lujo de burlarme de su apuro haciéndole muecas de reloj.
En otra oportunidad estaba subiendo a mi hija a su sillita del auto, cuando noté que llegó la niña del auto estacionado al lado nuestro. Tonta yo, apuré a la chiquilina en vistas de la impaciencia de esta persona y la dejé subirse a su cacharro. Ni gracias me dio, ante lo cual le dije “de nada, cuando quieras”. Me miró como si le hubiera hablado en ruso, cerró la puerta y se fue. La ordinaria habrá creído que tiene derecho adquirido a que le cedan el paso.
La fila del supermercado para pesar las verduras es otro cuento. Cierto es que la pega del gallo es pesar las bolsas con vegetales, ponerle el sticker y listo, pero no creo que atente contra la majestuosidad de nadie, decir “buenos días” y “gracias”. Yo lo hago siempre y esta vez no fue la excepción: el gallo se me quedó mirando y cuando se recuperó de su impresión, me devolvió el saludo. Las viejas rubias y llenas de joyas antes y después que yo, ni lo miraban. Como si no fuera persona, el empleado.
También he tenido los clásicos episodios de la tontona que anda en SUV y no se da la molestia de señalizar que va a doblar, o no respeta el ceda el paso, o frena encima del caminito para que crucen los peatones. Insufribles, las estúpidas.
Pareciera que la resentida soy yo. Confieso serlo, pero no por no tener la media casa en la pre cordillera ni el auto último modelo o el mismo anillo Mosso que todas. Mi rabia hacia esta gente es porque no permiten que el país avance. No me refiero a lo económico o político (aunque eso da para varios costales de harina; algún día haré el análisis correspondiente), sino a “todo lo que es” la convivencia civilizada.
Todos se creen tan importantes. Los que han surgido y han pasado de barrios populares a estos más “exclusivos” (meritorios como son), parecen olvidar que algún día quisieron ser respetados y envidiados y tratan con la punta del pie a quienes los sirven y atienden. Como fueron tratados ellos antes, por cierto. Los otros son los que siempre han tenido, en palabras de Mafalda, “la sartén por el mango”. No son menos irrespetuosos o descorteces, ya que tienen formateado desde siempre en el cerebro que son la “aristocracia”, la “clase dominante”. Se les debe respeto por defecto, como si fueran realeza (y aunque lo fueran…).
En una entrevista que leí hace un tiempo, don Hernán Somerville decía que no tenía por qué apocarse diciendo que se había encontrado sus dos autos Jaguar botados en la calle. Toda la razón. Vengan sus pañuelos de seda, sus vistosos trajes y cuanto boato quiera mostrar. Allá él.
Mi punto es que no es lo mismo disfrutar sin pudor de las riquezas y comodidades, que echárselas en cara al resto como si uno tuviera la culpa de que el otro hubiera pasado estrecheces y vivido en la pobreza.
Los socialistas saldrán con su argumento del trabajador explotado y el pueblo oprimido.
Pero no podemos limitar las razones de nuestro actuar a eso. Por lo mismo que he visto cómo las personas se desenvuelven en otras sociedades, sé que algunas actitudes de las que relato más arriba (y otras que todos hemos vivido en algún momento, que no va al caso mencionar) son estrictamente “chilensis”. En otros países la gente puede ser más amiga de mostrar su fortuna y hablar de ella, pero no con un espíritu resentido. Puede trabajar como esclava y vivir con simpleza, pero no se queja de ser víctima del sistema. Se hacen más responsables de la manera en que les han resultado las cosas, a diferencia de acá, en que es deporte nacional echarle la culpa a alguien más y creer que “se nos debe”.
Uno pensaría que con un prolongado período de gobiernos de centro izquierda, la gente estaría más contenta, ya que Chile es socialista de corazón. Y no lo está. Creo que en parte es porque la cosa se está chacreando a ojos vistas y en parte, porque somos unos inconformistas mediocres. Nos quejamos y vivimos sintiéndonos desgraciados, pero no hacemos mucho a la hora de los quiubo.

Gracias, Cristóbal Orrego y Hermógenes Pérez de Arce

Hoy quiero agradecer al diario El Mercurio por darles tribuna a estos dos hombres.
Hay quienes consideran que derechamente deberían dejar de publicar; otros se apresuran a leer sus columnas para discutirles, paso a paso, cada párrafo y cada idea.
But not me!
Creo de verdad que ellos me han permitido, con sus columnas, apreciar con más claridad y profundidad la manera en que otros escriben, opinan y expresan ideas. Y por eso quiero agradecer a Cristóbal y Hermógenes (perdonando la supuesta confianza, pero más adelante verán que no es eso).
Dicen que una buena manera de catalogar, juzgar o en definitiva obtener un parecer acerca de algo, es el contraste.
Y contrastando es que, gracias a Cristóbal y Hermógenes, he podido darme cuenta de lo poéticas y delicadas que son las palabras de Cristián Warnken, por ejemplo. O de lo simples pero lógicas que son las ideas de Álvaro Bardón, que siempre me saca una sonrisa. Por último, de lo rigurosos que son los análisis de Karin Ebensperger.
Sí, queridos lectores. Porque basta con leer dos columnas del señor Pérez de Arce, para darse cuenta de que su cuento está gastado y que sus argumentos para criticar al Gobierno y a la Concertación en general, ya rayan en lo ridículo e infantil (para qué hablar de su defensa al golpe de estado y “gobierno” militar). No es necesario extenderse latas horas en leer a Orrego para quedar con una sensación de espanto por su anacrónica, discriminadora y a ratos paternalista visión de las cosas.
En resumen, después de leer a estos dos, uno no puede menos que maravillarse de que, habiendo personas que escriben cabezas de pescado de esa magnitud y además tienen el “desplante” de publicarlas (como ellos dos), haya otros que escriben pensando, sintiendo y analizando.
No me parece que valga la pena rebatirles sus penosos esfuerzos por elaborar una idea fuerte de comienzo a fin, pero sí quería expresar que, aunque digan puras pelotudeces, se agradece su aporte, porque nos muestran un espectro más amplio de lo que la gente es capaz de ser, decir y opinar. No es que yo esté en completo acuerdo siempre con lo que dicen los otros columnistas, pero al menos se deja ver, como mencionaba antes, un poco de actividad intelectual antes de empezar a meter los dedos en el teclado.
Ah, no quería dejar de invitar a quienes me hacen el honor de leer mis desvaríos, a leer el…"llamativo", llamémoslo, comentario del Sr. Orrego a Cristián Warnken a propósito de la muerte de su hijo Clemente (pueden leer acá mismo lo que escribió Warnken himself). Una sola palabra: disturbing!