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jueves, 10 de diciembre de 2015

El Piropo

Estaba leyendo una carta enviada a El Mercurio por una gringa que se quejaba de que los chilenos "piropean" a las mujeres en la calle.
Luego me puse a leer los comentarios de hombres y mujeres respecto del tema (opiniones que temo la gringa nunca leyó, aun cuando muchas estaban dirigidas a ella: qué plancha ajena).
Por cierto que muchos hombres me dejaron admirada al defender nuestro derecho a ir por la calle o en la micro o donde sea, tranquilas y sin tener que soportar ordinarieces, miradas impertinentes, comentarios no deseados o "galanterías", como algunos les llamaban. Me sentí muy identificada con las respuestas y opiniones de algunas mujeres bien plantadas, sobre todo una señora de apellido alemán que al parecer es chilena pero no vive acá.
Sin embargo, siempre está el lado flaco. Y lo acepto con resignación y tristeza cuando viene de parte de los "perpetradores". Ejemplifico: participa en el debate, un hombre que defiende esta "tradición" diciendo que un buen piropo no hace daño a las mujeres. Lo apoya un abogado conocido de tiempos pasados (y que nunca fue santo de mi devoción por su patudez), explicándonos que es parte de nuestra idiosincracia y que hay que dejarlo ser.
Lo indignante es cuando salen "ellas" a defender lo que a muchas de nosotras nos parece una rotería, una demostración de tercermundismo y una falta de consideración hacia nuestro género. Sobre todo porque da la impresión de que las defensoras no están en lo que uno consideraría la flor de la juventud, por lo tanto no "inspiran" las mismas frases que una niña de veintitantos o treintitantos que no se viste con traje de dos piezas o un severo vestido. Así cualquiera aceptara un piropo, si probablemente es lo único que sustenta el ego tras mirarse al espejo y ver una cara amargada, una pinta reprimida y el reflejo de una personalidad machista, retrógrada y auto-censurada.
No puedo creer que haya gente que culpe a las mujeres de provocar los piropos. ¿Es que nadie se da cuenta del enorme insulto que eso supone hacia los hombres? O sea que ellos se mueven por un instinto sexual irreprimible. No son dueños de si mismos. No influyen los años de educación; no importan las palabras y miradas de rabia frente a una conducta más propia de cavernícola que de persona civilizada...pero no me extenderé más en este punto porque no soy hombre y no tengo por qué defender una posición que muchos de ellos adoptan solitos. Sí quiero decir que no apoyo para nada a las mujeres que opinan lo mismo. Tendrán que explicarme con qué sentido de consecuencia entonces siguen interactuando con hombres en sus vidas personales. ¿También corre para ellas el incontrolable sexual drive?
Otras mujeres (¡!) se apresuraban a decir que es la escasa ropa que usan algunas mujeres lo que gatilla esta situación. Habiendo desvirtuado el argumento de los instintos (sí, agradezcan, boys), hay que pasar a revisar los derechos individuales. En este caso, la supremacía indiscutible que hay en este país (hasta que se convierta en estado musulmán) a que cada uno se ponga lo que le venga en merecida gana. Si yo quiero salir en bikini a la calle, no tengo por qué sufrir comentario alguno por parte de nadie. Créanme que por mi mente han pasado todo tipo de apreciaciones frente a las pintas de la gente pero, por ese sentido de urbanismo al que apelo, me quedo callada. Buena sería si uno se la pasara diciéndole a los demás "agranda una talla más los pantalones"; "pide hora en la peluquería YA"; "midamos los pancitos con mantequilla" y cosas así. Con la ropa escasa es lo mismo. Es asunto de cada cual y los hombres tienen que quedarse calladitos porque el objetivo de una mujer al ponerse esa ropa no es coleccionar el mayor número posible de comentarios y miradas. Quizás de algunas sí, pero como uno no sabe cuáles, mejor no arriesgarse a molestar a nadie.
Yo misma me he reído un par de veces con algún obrero que me ha dicho algo galante pero no exento de respeto; he agradecido frases educadas y dichas con buen gusto y me encanta cuando me dicen que me veo regia y buenamoza. Mi problema es con las miradas asquerosas, las frases cochinas dichas cobardemente al oído cuando "una" pasa y las vulgaridades dichas a grito pelado en una construcción en que "una" no puede pararle el carro al roto sin que los demás agarren papa. Entiendo que para defender este derecho es casi imposible no irse a los extremos. Pero cuando tratamos con imbéciles como los que florecen el debate mencionado, parece que hay que ser más enfático que lo mínimo requerido por personas con dos dedos de frente para que entiendan. Por lo mismo es de una gravedad preocupante que haya personas (sobre todo si son mujeres) que aceptan esta conducta sin detallar a qué nos estamos refiriendo. Pero claro, en vistas de lo que comento más arriba respecto de la selección del piropo de acuerdo a lo que se ve, cómo no va a suceder esto.

Rude People

Estos días he tenido la valiosa oportunidad de observar a una fauna del todo distinta a la que suelo frecuentar, ya que estamos de house-sitters para unos amigos en una regia casa del barrio alto de nuestra capital.
Siendo tan afortunada de haber paseado por barrios elegantes en otras ciudades del mundo y de haberme allí también instalado a mirar a la gente (hábito muy mío que me ha provisto, entre otros, de conocimiento sobre parques, cafecitos y moda), no puedo evitar hacer un paralelo y sacar unas cuantas conclusiones.
Debo decir que la gente en este país es clasista, resentida y mal educada.
Me he topado con mucho espécimen en auto descapotable (no es que eso tenga nada de malo per se; yo no tendría uno por un asunto de manejo capilar, pero bien por el que no quede como león electrocutado). Dejando aparte el hecho de que es más fácil salir volando de un auto sin techo en caso de accidente, estas personas se creen los campeones del mundo. Tiran su auto encima de los transeúntes en las esquinas, se estacionan en dos espacios, andan a velocidades suicidas y además te miran con un aire de insolencia que a mí, siempre con la pluma parada, me enfurece. El otro día uno me hizo una encerrona sólo para chantar 10 metros más adelante, en la misma luz roja que yo. Lo más divertido es que coincidimos en tres luces rojas más: yo manejando con la prudencia de siempre y este “lolosaurio” (pelo canoso cortado a lo conscripto y anteojos de marco rojo) dándoselas de bacán. Me di el lujo de burlarme de su apuro haciéndole muecas de reloj.
En otra oportunidad estaba subiendo a mi hija a su sillita del auto, cuando noté que llegó la niña del auto estacionado al lado nuestro. Tonta yo, apuré a la chiquilina en vistas de la impaciencia de esta persona y la dejé subirse a su cacharro. Ni gracias me dio, ante lo cual le dije “de nada, cuando quieras”. Me miró como si le hubiera hablado en ruso, cerró la puerta y se fue. La ordinaria habrá creído que tiene derecho adquirido a que le cedan el paso.
La fila del supermercado para pesar las verduras es otro cuento. Cierto es que la pega del gallo es pesar las bolsas con vegetales, ponerle el sticker y listo, pero no creo que atente contra la majestuosidad de nadie, decir “buenos días” y “gracias”. Yo lo hago siempre y esta vez no fue la excepción: el gallo se me quedó mirando y cuando se recuperó de su impresión, me devolvió el saludo. Las viejas rubias y llenas de joyas antes y después que yo, ni lo miraban. Como si no fuera persona, el empleado.
También he tenido los clásicos episodios de la tontona que anda en SUV y no se da la molestia de señalizar que va a doblar, o no respeta el ceda el paso, o frena encima del caminito para que crucen los peatones. Insufribles, las estúpidas.
Pareciera que la resentida soy yo. Confieso serlo, pero no por no tener la media casa en la pre cordillera ni el auto último modelo o el mismo anillo Mosso que todas. Mi rabia hacia esta gente es porque no permiten que el país avance. No me refiero a lo económico o político (aunque eso da para varios costales de harina; algún día haré el análisis correspondiente), sino a “todo lo que es” la convivencia civilizada.
Todos se creen tan importantes. Los que han surgido y han pasado de barrios populares a estos más “exclusivos” (meritorios como son), parecen olvidar que algún día quisieron ser respetados y envidiados y tratan con la punta del pie a quienes los sirven y atienden. Como fueron tratados ellos antes, por cierto. Los otros son los que siempre han tenido, en palabras de Mafalda, “la sartén por el mango”. No son menos irrespetuosos o descorteces, ya que tienen formateado desde siempre en el cerebro que son la “aristocracia”, la “clase dominante”. Se les debe respeto por defecto, como si fueran realeza (y aunque lo fueran…).
En una entrevista que leí hace un tiempo, don Hernán Somerville decía que no tenía por qué apocarse diciendo que se había encontrado sus dos autos Jaguar botados en la calle. Toda la razón. Vengan sus pañuelos de seda, sus vistosos trajes y cuanto boato quiera mostrar. Allá él.
Mi punto es que no es lo mismo disfrutar sin pudor de las riquezas y comodidades, que echárselas en cara al resto como si uno tuviera la culpa de que el otro hubiera pasado estrecheces y vivido en la pobreza.
Los socialistas saldrán con su argumento del trabajador explotado y el pueblo oprimido.
Pero no podemos limitar las razones de nuestro actuar a eso. Por lo mismo que he visto cómo las personas se desenvuelven en otras sociedades, sé que algunas actitudes de las que relato más arriba (y otras que todos hemos vivido en algún momento, que no va al caso mencionar) son estrictamente “chilensis”. En otros países la gente puede ser más amiga de mostrar su fortuna y hablar de ella, pero no con un espíritu resentido. Puede trabajar como esclava y vivir con simpleza, pero no se queja de ser víctima del sistema. Se hacen más responsables de la manera en que les han resultado las cosas, a diferencia de acá, en que es deporte nacional echarle la culpa a alguien más y creer que “se nos debe”.
Uno pensaría que con un prolongado período de gobiernos de centro izquierda, la gente estaría más contenta, ya que Chile es socialista de corazón. Y no lo está. Creo que en parte es porque la cosa se está chacreando a ojos vistas y en parte, porque somos unos inconformistas mediocres. Nos quejamos y vivimos sintiéndonos desgraciados, pero no hacemos mucho a la hora de los quiubo.

Morbo, morbo

Ayer en la noche vi las noticias en el canal de la U. Católica. Por supuesto estaban hablando del trágico accidente en Putre, donde murieron 9 alumnas de 2º Medio (15 a 16 años de edad) del Colegio Cumbres Femenino de Santiago.
Quedé profundamente sorprendida e impresionada cuando mostraron imágenes “sin editar” del accidente. Un cuerpo cubierto con un plástico; otro con una frazada, del cual sobresalía un pie sin zapato pero con calcetines morados o rosados; otro donde no habían tapado o el viento había descubierto una delicada mano.
Yo sé que hay gente a la que dichas imágenes no le producen mayor emoción, ya sea porque son personas desconocidas para ellos o porque no se sienten identificados.
Pero yo no soy una de esas personas. Todavía vivo con un peso en el corazón por una experiencia que me tocó demasiado de cerca. Por si eso no bastara, puedo ponerme en el lugar de quienes sin querer tuvieron que ver en una pantalla sin censura, sin compasión ni respeto, que habla en nombre de una institución que se cree caritativa y “buena”, lo que quedaba de una hermana, amiga, prima, hija, polola (novia), etc. Sentí frío en el corazón, desolación por ver a una persona que fue amada, querida y necesitada, yaciendo sola en una carretera infame y lejana, con el cuerpo lleno de heridas por las cuales transitó de salida un alma que ya no es de este mundo.
También oí las palabras de un sacerdote, que no puede tener idea de lo que es perder un hijo, hablando de cómo éstos nos son prestados y que en momentos así debemos tener la tranquilidad y seguridad de que están en un lugar mejor.
Ninguna de esas palabras es consuelo. Nada hará sentir mejor a muchas niñas y profesoras que se enfrentarán, a partir del lunes, a una sala de clases con asientos vacíos. A familias con una cama que se mantendrá fría, con ropa y pertenencias que ya no tendrán dueña.
Por ellas y por mi propia familia siento un dolor terrible, una angustia que no me visitaba hacía muchos años. Por todos ellos ruego que seamos protegidos, consolados, acompañados y comprendidos. Que los que deban mejorarse, lo hagan a la brevedad posible y con suavidad. Que los viajeros vayan y vuelvan sin novedad. Que las viajeras sin regreso no dejen dolor y tristeza para siempre.

Legislación en torno a la muerte

El Parlamento de la Comunidad de Andalucía, en España, comenzará a debatir un controversial proyecto de ley en seis meses más.
Dicho proyecto regula los derechos y obligaciones de los pacientes terminales y de los prestadores de Salud que los atienden. Entre otros, el paciente puede negarse a recibir (o seguir recibiendo) tratamientos que puedan alargar su agonía (lo que conocemos como “medidas heroicas” de los médicos, en un mal entendido juramento de Hipócrates); tiene derecho a una habitación individual si requiere hospitalización, a fin de tener privacidad junto a sus parientes; puede determinar si quiere y cuándo quiere recibir paliativos para el dolor; la familia del paciente recibe atención y asistencia integral antes y durante el duelo; se prohíbe que los facultativos impongan su visión personal, religiosa, fisiológica o de cualquier índole (a pesar de lo cual se crearán comités de ética para abordar posibles conflictos); se multa a quien no haga la voluntad expresa del paciente, quien a su vez puede formular por adelantado su voluntad vital. Todo ello en el espíritu de no tratar de preservar la vida si no hay en ella un mínimo de calidad.
Personalmente adscribo a la voluntad individual en todo orden de cosas, siempre y cuando no haya violación a derechos ajenos.
En este caso, sin embargo, me cabe un par de preguntas en torno al tema.
Sabemos que el paciente puede decidir por adelantado si quiere que se le mate, en buenas cuentas, llegado un momento en que los síntomas no empeoren pero tampoco se detengan. ¿Qué pasa si ningún médico, enfermera u otra persona autorizada está de acuerdo con matar al paciente? ¿Quién puede juzgar esa situación? ¿Corresponde la aplicación de una multa a quien sigue su conciencia?
Otro punto es el estado anímico del paciente. Si éste recibe un diagnóstico oscuro y se deprime, ¿es válida su voluntad de morir? Esperemos que en casos como ése entre a operar el comité de ética.
La ley también determina que el paciente puede negarse a recibir información clínica veraz y comprensible acerca de su diagnóstico y pronóstico. ¿Cuán sensata y racional es una decisión tomada con pocos datos? ¿Primará aquí la tolerancia al dolor y al malestar de cada paciente? Como se puede desprender, hay una peligrosa delgada línea entre hacer la voluntad del paciente y de su familia y empezar a matar gente sin más ni más.
Por último, no puedo dejar de comentar que los médicos quedan reducidos a meros intermediarios entre el paciente y los medicamentos. El hecho de que no puedan imponer ni siquiera su visión fisiológica (que es lo que estudiaron, mal que mal) es grave, porque desvirtúa todo el criterio médico que el mismo paciente buscó en primer lugar. A menos que sea un error de sintaxis o redacción, leo que yo podría ser tan buen juez de una enfermedad determinada como cualquier hijo de vecino, en el marco de esta ley. El paciente manda y el médico acata, sin poder dar sus puntos de vista si el paciente decide hacer oídos sordos.
Da para pensar. ¡Bienvenidos todos los comentarios y opiniones!

Post Scriptum: Había olvidado mencionar que sólo pueden decidir sobre tratamientos y sobre la mantención de su vida, los mayores de 16 años. Ignoro qué sucede con menores de 16 años en cuanto a las decisiones que puedan tomar sus padres o tutores legales.

La flacura

Hace mucho tiempo que me debato entre escribir sobre esto o no. Es de una seriedad enorme, aunque son muy escasas las mujeres que reconocen cuánto pesa en su diario vivir. Y muchas menos son las sinceras en decir que el tema se les escapa de las manos, en menor o mayor medida.
Empiezo mi raconto personal.
Siempre fui flacuchenta y esmirriada, tanto así que de chica me decían que si no comía iba a terminar como la Karen Carpenter (razón por la cual me revienta oir de pasada siquiera, cualquier canción de ella). Con el tiempo se me fue generando un complejo espantoso de fea e insignificante. Lo cual, por supuesto, nunca redundó en un mayor apetito.
He aquí que llegó la adolescencia y, cuando la mayoría de mis amigas y compañeras de curso ostentaba enormes pechugas, caderas y demases, yo seguía viéndome como una niñita. Es fácil comprender que nada de ello mejoró mi situación.
Pero recuerdo muy bien que en esa época las mujeres de mi familia me empezaron a alabar precisamente por ser tan “delgadita”. Ya en esos años las mujeres empiezan a obsesionarse con rollos, celulitis y dietas, de los cuales yo no sabía nada porque no estaban en mis vivencias y porque nunca fui tan pretenciosa. Con suerte me peinaba.
Un día de cuarto medio lo pasé con un grupo de amigas en la piscina de una de ellas. Yo apenas rellenaba el traje de baño, mientras que otras lo lucían con gran hermosura y otras pocas lucían, para qué estamos con cosas, unos kilitos de más, ya sea por genética o por haber comido queques, papas fritas y dulces para la colación durante años. Pero recuerdo que una de mis amigas, a quien siempre consideré bonita por su piel oscura, ojos verdes y largas pestañas, me confesó gran envidia por poder tenderme de lado sin que se me abultara nada en la cintura. Quedé plop.
Un par de años más tarde, otra amiga a la que siempre he considerado preciosa (rubia de ojos azules, voluptuosa y brillante, además) también me elogió, diciendo que mi cuerpo era “perfecto”.
Para entonces yo llevaba años lidiando con la ropa, que parecía colgarme del cuerpo y llenarse de pliegues. Imposible era que no usara cinturón. Por suerte a algún genio se le ocurrió traer a Chile las marcas Zara y MNG, de las cuales, hasta los 26 años, usé la talla S.
Habiendo recibido piropos varios en la universidad (donde el look semi anoréxico se llevaba mucho, como siempre ha sido en cierto sector socio económico de nuestra sociedad) y algunos fuera de ella, entendí que yo era como era nomás y que al parecer era una gran privilegiada, porque me podía zampar dos combos del McDonald’s en una semana, comer puro pan con mantequilla los otros días y aún así no subir ni un gramo. Así que dejé de sentirme cohibida y me empecé a querer más en lo físico. Con lo cual, por supuesto, me empezó a ir aún mejor, porque una buena impresión en los demás comienza por tenerla uno de sí mismo.
Lo cual no significa que me nutriera ni cuidara como era apropiado. Yo me imagino que nadie se daba cuenta de que a veces estaba aún más flaca que de costumbre, porque nunca usé ropa especialmente apretada o escotada o reveladora (aparte que para revelar tan re poco, qué fome). Pero el hecho es que ya a los 19, cuando el stress de los estudios o el de la vida misma aumentaban, pasaba días sin comer nada, porque no tenía hambre y simplemente se me olvidaba. Cuando ya estaba desfalleciendo y al borde del desmayo, sacaba algo del refrigerador y seguía mi día. Nunca fueron ensaladas ni productos dietéticos, pero tampoco eran cantidades ni nutrientes suficientes.
De todo eso me vine a dar cuenta mucho después. Tengo que reconocer que entre los 18 y los 24 años, más o menos, mi mente funcionaba de manera bastante intensa y emocional, lo que me hacía despreocuparme de muchas cosas que a otras mujeres les quitan el sueño. En lo meramente físico, me preocupaba de vestirme bien y chao. Mi aspecto era tan generalizadamente aceptado (y envidiado, he sabido) que nunca sentí la necesidad de “producirme”. Tampoco estaba en mi carácter.
En fin. Conservé mi cuerpo de adolescente hasta mi primer embarazo, a los 27. Ni la equitación ni el yoga ni las largas horas sentada trabajando habían logrado sacarme cuerpo como lo logró el estricto control mensual (y a veces quincenal) al que me sometió el médico y al que feliz se sumó mi marido, a quien doy las gracias por haber despertado en mí el gusto y placer por comer.
Ahora, después de casi cuatro años y con unos buenos kilos más encima, puedo decir que me siento orgullosa de mi cuerpo. Aunque tenga un poco de celulitis y depósitos de grasa que sólo saldrían con una actividad física que no tengo interés en llevar a cabo. Por supuesto que hay otros factores influyentes, pero hoy me siento más tranquila, menos nerviosa y más segura de mí misma: más bonita. No desearía volver a ser un espárrago, porque ahora disfruto comiendo y porque la ropa me queda mejor. Tengo más curvas y lo que veo en el espejo es una cara saludable; cansada pero reflejando bienestar y cuidado. Ya no ese rostro demacrado, macilento y reseco.
Irónicamente la mayoría de las mujeres de mi edad o cercanas andan en la onda contraria. Si pueden, no comen (pero hay que ver cómo toman y fuman) y se lamentan de cada gramo extra que les muestra la pesa, indiferentes a lo que les digan los ojos y el nunca excusable barómetro del sex appeal.
Me encantaría apoyarlas en su cruzada por ser “regias”, pero no puedo. No me parece que una mujer de más de 30 años se vea bien cultivando lo flaca. Cuando se es adolescente nada que hacerle si se es flaca, porque el cuerpo cambia casi a diario, sin orden ni concierto y la afortunada de ser siempre bella es la excepción. A esa edad uno todavía se está deshaciendo de la gordura infantil de la cara, los brazos y las piernas. O bien está adquiriendo la grasa corporal que la acompañará durante la adultez, como fue mi caso. Pero pasada cierta edad el panorama varía mucho. Porque el cuerpo va perdiendo su redondez juvenil, para adquirir una figura adulta. La que antes tenía caderas sensuales, ahora las tiene marcadas. La que usaba un escote hasta el ombligo y se lucía, ahora parece arpa. La que tenía brazos y piernas delgadas, ahora se ve huesuda. La que tenía pómulos definidos, ahora tiene una cara angulosa. La que lucía una hermosa sonrisa con dientes parejos y blancos, ahora muestra una mueca de calavera (más aún si fuma y los dientes se le han ido manchando). Todo esto es más frecuente en las que hacen dieta y van al gimnasio como enfermas del mate (que algo de eso hay, por cierto); lamento que algunas otras de nosotras podamos hacer tan re poco por subir de peso considerablemente.
Es posible que alguna de mis amigas lea esto y me odie por ser tan despiadada. Mal que mal, alguna puede haber luchado todos estos años por ser flaca y, ahora que lo consiguió, vengo yo con mi lengua de serpiente venenosa y le embarro la onda. No es mi intención: sólo estoy siendo sincera. Hay logros que no se pueden celebrar porque están fuera de plazo. Y si lo que les importa es verse bien, tendrán a ídem mirarse al espejo con honestidad, borrándose de la cabeza las imágenes de modelos andróginas y desnutridas de las revistas. Lo mismo pasa con la moda, queridas: no se trata de usar “lo que se lleva”: la clave es usar “lo que una lleva bien”.
Iba a poner una foto mía de viaje por Ecuador cuando tenía 20 años y estaba en un estado de flacura francamente alarmante. Pero no lo haré, porque he visto que abundan los sitios de Internet hechos por personas indudablemente enfermas, que veneran imágenes como la que menciono y buscan parecerse por todos los medios, así les cueste la vida. No quiero para nada fomentar comportamientos tan estúpidos.

Regalitis


Con seguridad puedo decir que lo único que no me gusta de la Navidad es el tono excesivamente materialista que ha tomado. Sí, ya sé que todo el mundo se queja de lo mismo, pero parece que nadie se atreve a dar el primer paso para solucionarlo.
A mí no me importa que alguien no me haga un regalo de Navidad. No me ofendo ni me siento menos querida. Prefiero que esa persona venga a mi casa a celebrar y ojalá con algo rico que todos podamos compartir (porque, aunque yo seré la anfitriona este año, una ayudita con la comida nunca está de más). También agradezco que les traigan regalos a los niños, pero ojalá con mesura: un paquete para cada uno está bien. Si no, seguimos dándole énfasis a los regalos y después cuesta mucho más explicarles a los peques que la gracia de la fecha no es terminar con una montaña de juguetes.
En mi post anterior reconocí haber mezclado creencias y tradiciones y haber caído al influjo del Viejito Pascuero pero, ¿quién no? No es por disminuir mi culpa comparándome a los demás. Es que es virtualmente imposible hacerse el leso frente al tema en cuanto uno tiene niños que socializan con otros, quienes ya no hablan de otra cosa que las muñecas, vestidos, bicicletas y demases que han encargado/exigido. Qué mal entendida e interpretada está esa idea de que “la Navidad es de los niños”.
Creo que la clave puede estar, entonces, en minimizar la sugestión de entidades financieras, comentarios infantiles, escaparates de tiendas y comerciales de diario, radio y televisión en torno a la Navidad. Empezar a explicarles a los niños, con tiempo y en forma reiterada, que lo importante de la fecha (si es que uno elige celebrarla) es conmemorar el nacimiento de Jesús y la formación de una familia.
Típicamente uno se estaciona a un kilómetro del mall como es tradicional para estas fechas, toma por asalto una gran tienda como todo el mundo y se va para la casa lleno de bolsas que gritan ¡CONSUMISTA! a los cuatro vientos. Se siente bien poder reciprocar a todos los que alguna vez nos han regalado cosas: tíos, abuelos, primos, hermanos, padres, nanas, etc. Un caos. Pero, ¿es un gesto dedicado, preocupado, cariñoso, el impersonal paquete “jabón-espuma de baño-esponja-crema para el cuerpo” que puede no achuntarle a las preferencias del obsequiado y terminar olvidado en algún rincón o vuelto a regalar? Yo sé que muchas personas no cuentan con tiempo o paciencia para buscar en un mall atestado de gente, ese detalle que hará la diferencia. Aún en ese comprensible caso hay una solución que, entre adultos, no tiene nada de malo: preguntar a los destinatarios de regalo, qué quieren o necesitan. Mucho más eficiente para el regalador y para el regalado, quien no tiene que ir después con su “ticket de cambio” a buscar lo que realmente quería pero no recibió por falso romanticismo. Comunicación.
Hace algunos años decidí hacer, con mis propias manos y porque tengo el privilegio del tiempo, mis propios regalos. Un paquete por familia con cositas ricas que pueden disfrutar en el desayuno del 25. Más un regalo para cada niño de cada grupo, pero nada extravagante. A los nuestros les regalamos un paquete “de parte del viejito” y otro de parte nuestra, a cada uno.
Me cuesta tremendamente morderme la lengua cuando alguien llega con 2 ó 3 paquetes para cada niño (más me cuesta si no es igual cantidad de paquetes para todos, porque se generan rencillas innecesarias e inevitables). Durante mucho tiempo pedí a los otros la misma sobriedad que quiero yo misma tener, pero ya estoy entendiendo que cada uno es como es y que mi misión no es educar a adultos, sino que a mis hijos. Explicarles que los regalos no son lo importante y que al menos en esta casa siempre se valorará mucho más que estemos todos juntos y en armonía. Ojalá ellos sí puedan darle un significado más trascendental y adulto a los símbolos religiosos. Ver más allá de lo evidente y pueril.

Ir a la feria


Antes de ir a la Vega pensaba que sólo los valientes podían atreverse a entrar en ese lugar inmundo, atestado, peligroso y fome.
Después de ir, mi opinión cambió de forma radical.
Es cierto que basura hay mucha, demasiada para mi gusto. Los tenderos cortan tallos, hojas, ramas y demases y los botan al suelo como si nada; hay que reconocer que la concurrencia, en buena medida, no es la que mejores modales tiene, por lo que es común verlos a ellos también botar los restos de algo que ya se han comido, ya sea la cáscara de un plátano o el envoltorio de un helado o el pañuelo con el que se acaban de sonar (horror). PERO…hay personas cuyo trabajo es ir despejando esta basura continuamente y lo hacen de manera muy eficiente. Podría extenderme en el tema diciendo que la Vega se haría la América si reciclara su basura, pero eso lo dejaré para una misiva al alcalde de la comuna o algún vecino astuto que vea la oportunidad de negocio.
Tampoco exagero al referirme a los mares de gente convertida en rebaño, que impiden una circulación ya no digamos cómoda, sino que prudente. Los golpes en las costillas con bolsas llenas de repollos o choclos en su coronta; los tropezones y atropellamientos con carritos; los empujones masivos cuando hay un auto que tiene que pasar. Más de una vez estuve a punto de caer encima de un cajón de tomates o una linda exhibición de frutillas BIEN maduritas o -lo que habría sido peor-, dentro de uno de esos toneles plásticos donde guardan pickles de todo tipo. El olor…
En cuanto a peligro, no hay tal. Siempre y cuando uno tenga sus pertenencias cerca y no ande con cara de turista, creo que las probabilidades de ser asaltado son bajas. O sea, el asaltante no tendría ni cómo salir arrancando, con tantas personas…sería como escena de película en que los gallos destrozan los puestos al pasar, la mercadería sale volando por los aires, la gente cae de sus sillas y después es empujada sin piedad por el gallo que persigue al “ratero”. Un hurto por aquí y por allá debe ser frecuente, pero por eso reitero: estar alerta a la cartera, billetera, celular. El que anda paveando sale perdiendo en la Vega o en el Alto Las Condes. Sobre todo en estas épocas de gran afluencia. Por suerte uno puede contratar a uno de los empleados de la Vega que andan con sus carretas destinadas al transporte de las compras. Me reí hasta las lágrimas con uno que la había pintado como micro, con máquina para la tarjeta Bip (“recibe sólo billete”, decía) y letrero “Troncal Vega”.
La Vega es cualquier cosa menos fome. La misma gente da como para un reportaje en profundidad: la “lola” dark, el “flaite”, la dueña de casa, el jubilado, los tenderos, los niños que corren con una naranja usurpada de una esquinita (entre los cuales tengo que incluir a Pollito, jajaja), las familias, los que uno adivina son cocineros eligiendo las materias primas para sus creaciones del día. No se puede dejar de mencionar la mercadería: frutas, verduras y vegetales de todo tipo aromatizan el aire (no tanto cuando hace un calor del demonio hacia el medio día); deleitan la vista con sus colores, formas y variedad. Los granos y las legumbres, en sus sacos y cuando son sacados con cucharones y pesados, tienen un encanto propio. Cereales, productos traídos del Perú (incluyendo choclos de variados colores y concentrados un tanto dudosos de frutas exóticas), carnicerías, tostadurías (que, en mi ojo medianamente conocedor, es mejor evitar al menos en lo que a productos molidos se refiere) y algunos puestos donde venden “completos”, churrascos, café (en tazones únicos; acá no le hacen al juego de vajilla) y bebidas frías. Y hacia la “Vega Chica”, un cambio en el giro, porque uno se encuentra con ollas de diversas formas y tamaños, artefactos plásticos para la cocina y el hogars, ropa interior y exterior, juguetes, remedios naturales, etc.
Algo que me llamó la atención de la Vega es la dispersión de precios. Lo que sea, puede tener una diferencia de hasta 50% tan sólo dos puestos más allá. Hay que armarse de paciencia, concentrarse y mirar mucho antes de comprar, porque la ira que uno siente cuando cree haber hecho una regia compra y se encuentra a la vuelta con lo mismo más barato, es atroz. Es un mito eso de que todo es más barato: me encontré con precios iguales a los del supermercado. Quizás más variedad, puede que un poco más de frescura, pero el costo de ir hasta allá y buscar un buen “casero” pueden fácilmente compensarlo, si uno tiene poca tolerancia a las multitudes o escaso tiempo. Hay que saber comprar, como siempre en el mercado informal (y el formal también, para qué andamos con cosas).
Toda una experiencia, ir a la feria. Una que no vivía desde que era chica e iba a la que se instalaba en Tobalaba cerca de Bilbao. Pero que pienso repetir, con mis bolsitas ecológicas de lona y una buena dosis de humor (no me bajaron del "reina" y "princesa") y de efectivo.

Dr. Creído


No es envidia. Medicina es una de las últimas carreras que habría estudiado en mi vida, lo juro; antes habría estudiado hasta arte. Y sepan que esa asignatura me echaba a perder el promedio de notas (calificaciones) durante toda mi vida escolar. Biología también.
O sea, yo sé que ejercer la medicina es bonito, ayuda a la gente y dice de quien la ejerce que es mateo, que se sacó la mugre estudiando durante años y que sabe mucho.
Pero, ¿es necesario que nos lo echen en cara todo el tiempo?
En el metro, en la calle, en todas partes van caminando hombres y mujeres (pero sobre todo hombres) con un maletín o mochila, quizás un teléfono celular y la bata.
Si van a su trabajo, ¿es que no tienen un locker o una oficina donde dejarla para no acarrearla a diario? Si van a sus hogares, ¿para qué la llevan? Para lavarla, me pueden contestar. Si es así, ¿importa que la famosa bata se arrugue en el maletín o la mochila? Pero no. Tienen que llevarla en la mano, para que todos la veamos y digamos "ah, es médico, cuán importante". Aún otros podrían decir que la vistosa bata es una ayuda a la sociedad porque, si hay un accidente en la calle o alguien sufre un infarto, los transeúntes sabrán que pueden pedirle ayuda al de la bata. A lo que contesto que él, si se toma su profesión tan en serio como parece, acudirá a ayudar sin que nadie se lo pida. Mal que mal, juró hacerlo, ¿no?
También los hay que la llevan colgada en el auto, en un ordenado y -nuevamente- vistoso colgador, ojalá de lleno en la ventana. Para que todos sepamos que no es una persona común y corriente la que maneja; es un médico.
A veces, mientras alimento a la pequeña, veo "Dr. 90210" en E! Entertainment Television, el canal de la farándula por excelencia. De la verdadera; no la patética y digna de vergüenza ajena que tenemos en este pueblucho nuestro. Pero vuelvo al tema. En el mentado programa son pocos los médicos que se presentan como "Hola, soy Fulano de Tal". No; ellos dicen "Hola, soy el Doctor Fulano de Tal". Todos los televidentes sabemos que el programa se trata de médicos, por lo que la aseveración es un poco redundante. Así que no es local, el fenómeno.
Es clásico de las madres querer que sus hijas se casen con un médico; nadie pierde la oportunidad de decir que algún pariente es médico; los que son médicos consideran que tienen un status diferente al resto de los mortales.
Y es una lástima que otras profesiones no puedan hacer alarde de sí tan evidentemente. Es decir, uno puede ser un exitoso broker de la bolsa y tener los bolsillos llenos de billetes, pero a pocas personas les diría algo que esa persona anduviera con una calculadora en la mano, por ejemplo. Los abogados no se pasean por la calle con sus códigos bajo el brazo (sobre todo en un país donde los libritos de leyes se venden hasta en el kiosco de la esquina y por lo tanto no llaman la atención de nadie, como siempre nos comentaba maravillado un profesor de Derecho en la Universidad).
Pucha. Yo también quisiera que la gente, en viéndome en la calle, reconociera en mí a alguien de valor. A lo mejor lo hacen. ¿Hay algún complejo entre los médicos que los hace sentir que es necesario ayudarse con algo visual?

Fin de año

Estoy agotada. No, en serio, reventada; no puedo más. Puede que me haya llegado el temido viejazo. Considerando mi relativamente tierna edad, esa posibilidad es bastante lamentable. Pero también ha sido un año difícil, como no he dejado de repetir en estas “páginas” (una está acostumbrada a escribir un diario de vida, vous savez).
El otro día comentaba con alguien (¡no puedo recordar quién! No les digo yo…) que en este hemisferio la cosa es especialmente dura, porque no sólo hay que organizar y celebrar Navidad y Año Nuevo, sino que también tocan los cierres contables en las empresas, el fin del año académico (en la otra mitad de la naranja es sólo fin de semestre), hace un calor del demonio y uno ya está pensando en las vacaciones de verano, que de por sí conllevan también su propia organización de presupuesto, fecha, arriendo de casa si corresponde, preparación de viandas no perecibles, revisión del auto, etc. Pasada esa pausa en que muchos no alcanzan a descansar (tres semanas no es mucho, que digamos, para dejar atrás la neurosis trabajólica de que sufren muchos compatriotas), vamos comprando útiles, uniformes, pagando matrículas, dejando cheques a fecha, elaborando presupuestos, planes de negocio, revisando papeles para el pago de impuestos, etc.
Por mi parte estoy a punto de sacarle giro comercial a la casa, que ha sido sede de infinitos almuerzos, tés, comidas, cocktails y demases desde que empezaron los calorcitos. He tenido la posibilidad, eso sí, de practicar tanto que ya soy una bala de eficiencia y puedo organizar una comida para 12 personas en cuatro horas, incluyendo las compras y la preparación del menú. Todavía no me resulta salir mucho rato de la cocina, así que en realidad de vida social yo no he tenido demasiado, pero tengo mi lado perfeccionista y sé que si me desentiendo salen todos los aperitivos al mismo tiempo y se juntan los vasos vacíos en las esquinas y la comida se recuece.
En todo caso ya anuncié mi jubilación temporal del rubro de banquetería. No sólo me ha tocado comer las sobras durante días (porque, por muy elegante que sea, uno no quiere comer las carnes más finas con acompañamientos exóticos tres veces seguidas) sino que tengo que andar haciendo malabares para que pasteles, tortas y postres quepan en el refrigerador junto a las necesarias verduras y otras comidas más corrientes pero básicas en la alimentación diaria de estos niños. Se apilan también botellas de pisco sour, cola de mono (guac), bebidas y otros que no puedo dejar a la intemperie. Pero me quitan espacio. A lo mejor voy a instaurar un aperitivo antes del almuerzo, aunque corro el riesgo de terminar alcohólica, porque los grupos de gente que frecuentan mi casa no toman tanto como yo creo cada vez que voy al supermercado.
No puedo dejar de mencionar mis galletitas de Navidad. Fueron un éxito entre los vecinos. Mi nana se pasó, porque me ayudó a hacer unas encantadoras cajitas de papel con motivos de hojas verdes por un lado y rojas por el otro. Como retribución recibí un frasco de mermelada de damascos (mi favorita) hecha por mi vecina (con los mismos damascos que yo codiciaba desde mi lado de la pandereta y que un día no amanecieron más en el árbol, así de misterioso) y una bandeja enorme de pasteles finísimos de parte de doña M., quien se hizo tiempo en la apretada agenda de ella y su marido para acordarse de nosotros. Me inspiraron, para que Uds. sepan y hagan su propia obra, estas hermosas galletas (con receta en inglés, pero muy fácil).

¡Felicidades a todos!

Foto: Design*Sponge

El factor RASCA

Estoy planeando las vacaciones familiares para abril de este año y mis requisitos son:
1. una cabaña decente
2. una cabaña que no sea impagable
De acuerdo a mi standard, conciliar ambas condiciones en Chile es casi imposible. Y no porque sea cuica, sino porque ya pasé por la onda aventurera de dormir en cualquier lugar, encapsulada en mi saco, con la mochila de almohada para que no me la roben y encomendada a la mejor suerte que tener pueda. Ahora que tengo hijos y estoy raja todo el rato, no tengo ganas de andar aperrando.
Para ilustrar un poco mi idea, baste decir que inicialmente quería que fuéramos a este pedazo de cielo en la tierra.


Ya estuve en el sector tres veces y sé que lo que se publicita, efectivamente está. Las fotos muestran fielmente lo que uno va a ver. En resumen, si no fuera por el pique (que tendría que ser en avión y después en un auto arrendado para cruzar la frontera, lo que significa que igual tendríamos que llevar las sillitas de los niños, en fin, un queso), sería ideal. Gracias a EFE, que suspendió indefinidamente el auto tren y, para el caso, cualquier recorrido más allá de Talca. Super útil.
En cambio, mis opciones realistas son más o menos así.


El mismo precio por noche pero, como se puede apreciar, con una diferencia de calidad que es como para sentarse a llorar. Reconozco que me cargan los lugares y las cosas feas. Y si voy a estar pagando para irme de vacaciones, lo mínimo que pido es algo bonito y bueno. Pero vamos al detalle para que quede claro en qué baso mi crítica.
Mientras la cabaña argentina tiene un estilo arquitectónico bonito, está calefaccionada y equipada con sacacorchos, cuchillo de cocina, cuchara para escurrir tallarines y hasta copas para vino, la chilena está hecha con paneles prefabricados, con cero aislación acústica y térmica (aquí entran las clásicas estufas a parafina) y cuenta con un par de platos picados, cubiertos que no son del mismo juego y una olla con el fondo redondo de lo gastada. En Argentina uno realmente está rodeado de bosques limpios y a una distancia aceptable de la otra cabaña. En Chile las cabañas están dispuestas en una fila separadas por diez metros entre sí, en medio de un tierral espantoso y lleno de basura por los cabros chicos picantes que comen puras porquerías y después tiran el papel al suelo (tampoco suelen abundar los basureros, en beneficio de los mencionados cabros chicos picantes). En Argentina los niños juegan en un parque con entretenciones buenas; acá se tienen que conformar con un columpio roto y un resbalín oxidado. En Argentina las terminaciones son buenas y hay atención a los detalles; en Chile se nota el óxido y la corrosión en las cañerías y la mala instalación eléctrica. En Argentina las sábanas son suaves y mullidas; en Chile son tiesas y las frazadas tienen un olor a dudosa limpieza de varias temporadas atrás. En Argentina el desayuno consiste de café, pancito recién hecho y mermeladas caseras, más alguna masita dulce y mantequilla. Acá, el mismo café a lo mejor (sin leche), pero con un pan industrial y un “sachet” de mantequilla Soprole (marca que boicoteo) y otro de mermelada llena de aditivos.
Chile, en pocas palabras, tiene una infraestructura turística RASCA Y PENCA. Y cara.
Anoche me acosté francamente deprimida tras mi navegación por Internet. Ni siquiera las páginas de turismo son decentes en este país. Por lo cual, valga mencionar, retiro de mis links recomendados a Sernatur. Es una mugre.
Es cierto que el pique a Villa la Angostura es grande, pero la diferencia de calidad es tan abismante que para mí casi vale la pena el sacrificio. No sé si para mis hijos, por desgracia. Parece que el mejor negocio para el conjunto es quedarnos acá, en nuestra amada casa que es la realización de nuestros sueños y necesidades.
Yo no necesito el lujo pero sí el diseño inteligente, práctico y de buena calidad. De hecho ni siquiera necesito una cabaña. Si tuviera este Volkswagen Camper partiría donde fuera. Le he recriminado a mi marido que me hablara del tema, porque yo vivía feliz ignorando que existían estas “van-casa rodante”. Desde entonces mi vida ya no es la misma. Paso horas soñando con que estamos recorriendo Europa o Estados Unidos o la Carretera Austral, en familia. Tiene butacas para piloto y co-piloto y dos filas más de asientos. Las butacas se dan vuelta para enfrentar una mesita donde todos comen. Hay cocina con hornillas, lavaplatos, espacio para guardar las cosas de la cocina. Los asientos después se transforman en 6 camas (incluyendo una matrimonial en el "segundo piso"). Hay closets para guardar de todo. Y claro, tracción completa, GPS, equipo de música ultra sofisticado, calefacción, comandos electrohidráulicos y otros detalles técnicos increíbles (de lo que entendí traduciendo de holandés y alemán a inglés).
Esta es una versión más antigua:


Si alguien sabe de alguno que esté en venta, buen estado y no sea demasiado antiguo, AVÍSEME. En serio. En cualquier lugar de Chile. Yo compraría el Camper nuevo, pero cuesta la módica de € 50.000.- y sólo está en Europa. Ta maire, maldito sea vivir en Macondo.
Si alguien tiene sugerencias para nuestras vacaciones, también le quedaré agradecida. Ha sido el Servicio de Utilidad Pública.

El Arbolito



Ya comenzó nuestro periplo buscando colegio.
El otro día fuimos a una visita a uno de los candidatos y claro, quedamos encantados (aunque uno de nosotros va a tener que vender una córnea o un riñón para costearlo, sobre todo cuando estén todos los niños en edad escolar).
Sin ahondar en otros detalles, hubo algo que me llamó la atención. En un rincón visible del patio de los niños más chicos habían puesto una especie de poste de madera, pintado de café y con un cartón cortado y pintado como ramas y hojas de árbol en la parte de arriba.
La persona que guiaba la visita nos contó que el arbolito era para que, cuando un niño se separaba de sus amigos durante el recreo, o llegaba tarde a éste por alguna razón y no se unía a un grupo de juegos, se parara al lado del arbolito y esperara a que alguien, niño o profesora, lo fuera a buscar y así no siguiera solo/a. Para que el sistema funcionara mejor había “monitores” elegidos semanalmente de entre los alumnos, cuya función era estar atentos a si alguien estaba en el arbolito, para ir a buscarlo. Supimos también que había otro arbolito en el patio de los niños de hasta unos ocho años de edad, pero no para los mayores, porque éstos o no iban al arbolito o nadie los iba a buscar.
Me pareció una iniciativa tan linda y valiosa la del arbolito: promotora de generosidad, compasión y compañerismo. A pesar de lo positivo, no pude evitar que se me contrajera el corazón de angustia cuando miré hacia el patio durante el recreo de los chiquitines y noté que alguien estaba junto al arbolito. A medida que pasaban los minutos tuve que hacer acopio de toda mi voluntad para no ir corriendo yo misma a acompañar a ese angelito y darle un fuerte abrazo de apoyo. Para otra de las mujeres que estaban en la visita fue aún peor: se le llenaron los ojos de lágrimas. Ambas dimos un suspiro de alivio cuando miramos nuevamente hacia el arbolito y lo vimos solitario.
¿Iría alguien a buscar a estos chiquitos solos si no hubiera monitores designados? Qué lamentable me parece constatar cuán temprana y fácilmente se toma conciencia del ridículo, del ego y de la imagen frente a otros. En una edad de competencia social y de bullying, ¿cuál será la mejor fórmula para que los niños entiendan lo que es la empatía y el ponerse en los zapatos de los demás?
Yo confío y busco criar a mis hijos para que, monitores o no, sientan un llamado en sus corazones de acompañar al que está solo y consolar al que no tiene amigos; que hagan suyo el hábito de preocuparse por los demás e interrumpir su propio goce un momento a fin de acercar a él a otros menos afortunados. Pero, ¿cómo se fomenta esto entre niños que no tienen lazos de sangre entre ellos, como sucede generalmente en el colegio? Es otro misterio del ejercicio de educar y formar personas.

Matriarcas II

En mi entrada anterior, María Paz comentó que las mujeres tratan de dominar a los hombres en un intento de "vengarse" por el machismo que reina en el país. En base a ello, he sacado otra conclusión espeluznante. Si somos tan brujas con los hombres que los hacemos sentir incapaces (a pesar de que contribuyen mayoritaria o completamente a poner el pan sobre la mesa), claro que nos resienten. Es fácil entender, en ese contexto, la alta tasa de homicidios de mujeres a manos de sus parejas; se capta altiro por qué existe la discriminación laboral femenina. Los hombres no quieren seguir oyendo nuestros retos, críticas y mandoneos. Entonces nos asesinan o nos cierran las puertas de sus oficinas y negocios.
No justifico ni los "femicidios" ni la discriminación laboral femenina. Por cierto que hay maneras más civilizadas de lidiar con estos asuntos y solucionarlos. Es algo que tomará varias generaciones, sin embargo, porque cada "parte" (hombres versus mujeres) se aferra a su posición y perpetúa la brecha de entendimiento.
Pero da para pensar. Hay mujeres que quieren dominarlo todo y consideran que nada queda bien hecho si no es hecho o supervisado por ellas, incluso lo que concierne a su marido en lo personal e individual. Porque él espere que así sea o porque a ella la criaron para hacerlo, a estas alturas da lo mismo. El punto es que es ancestral.
Mientras escribo pienso que fijo mi marido lee esto y pone el grito en el cielo por mi manera de retratar a los hombres. Pero él sabe por qué me fijé en él y no en cualquier hijo de vecino chileno. Asimismo, él sabe cómo soy yo y dudo que haya olvidado los años en los cuales llegaba reventado de la oficina y me cocinaba la comida a mí. Le amo.

Preferencial

Hoy me pasó algo insólito: llegué a la caja preferencial del supermercado con mi carro y me encontré con una señora que claramente no estaba en edad de estar embarazada, pero que era suficientemente joven como para no ser considerada “tercera edad”. Tampoco le vi muletas, yeso ni nada que ameritara clasificarla como discapacitada.
Entonces, con la mayor amabilidad que pude, le hice notar que la caja era para embarazadas y personas mayores o con movilidad limitada, por lo que lo sentía en el alma pero yo debía pasar antes. Ella me miró como si la hubiera insultado, me dijo que ya había descargado la mayoría de sus cosas (¡pero todavía le quedaba una cantidad terrible! Más de lo que yo podía esperar de pie tras recorrer el supermercado en cuestión) y que no se había dado cuenta de que la caja era preferencial (como si eso la eximiera de correrse). No sé qué cara habré puesto, pero por suerte justo llegó el hijo adolescente de la señora, le dijo sin tapujos que se corriera y empezó a retarla por ser tan desconsiderada. Yo le había dicho a la señora que iba a apilar un poco sus cosas en la cinta para poner las mías antes, pero el gallo me hizo una señal de detenerme y rápidamente procedió a meter todas sus cosas en el carro. Plop.
¡Ojalá la gente fuera siempre así!
Con los estacionamientos especiales es lo mismo. Muchas veces me ha tocado ver autos deportivos o camionetas llenas de tierra (ambos vehículos improbable propiedad de futuras madres o personas mayores) en los lugares reservados por ley. Una vez incluso confronté al guardia del estacionamiento de una ¡clínica! respecto de por qué si ellos estaban observando todo, no hacían nada por evitar que la gente se estacionara donde no debe. El hombre me contestó que ya no sabía qué hacer; que lo habían amenazado con hacerlo echar o con sacarle la mugre si osaba llamar a los carabineros o a seguridad, siquiera. De hecho a mí me ha pasado estar saliendo del estacionamiento reservado y encontrarme con que un gallo equis me espera inmutable para ponerse en mi lugar. En esas ocasiones me he puesto pesada y, mirando al gallo, llamo a alguien por teléfono o hago como que me peino o cambio la radio. NUNCA me ha pasado que el otro se baje a decirme que tiene sus razones para estacionar ahí, lo cual prueba mi hipótesis de que lo hacen por patudos, por caminar menos y porque les importa un huevo el resto de la gente que sí puede necesitar estas facilidades.
O sea pónganse en el lugar de alguien que, como yo, de verdad termina agotada con el solo paseo por el supermercado o mall (y yo voy sólo a lo que necesito, a veces con niños). Piensen en las personas que tienen que desplazarse con muletas o bastón (muchas veces con incomodidad constante o dolor) o bien en silla de ruedas y no tienen suficiente espacio para plegarla en un estacionamiento común. Es realmente vergonzoso que hombres y mujeres que no tienen ningún impedimento sean tan egoístas. Si están cansados o con lata, francamente no es problema mío, porque yo no fui la que le puso el cono bloqueador al estacionamiento, pero pucha que fue buena idea que alguien lo hiciera.
Ni siquiera me voy a extender demasiado en los asientos preferenciales del metro y las micros: no porque no suela usarlos (que los uso, sólo que evito las horas peak) sino porque me irrita sobremanera la mala educación de la gente. Me tiene harta entrar con mi panza indisimulable o ver que alguna otra mujer lo hace y que todos miren concentradísimos por la ventana (a un túnel negro en el caso del metro) o que el chofer parta a todo chancho sin fijarse si alcancé a pescarme de algún asiento o fierro (en el caso de las micros; he llegado a agarrarme de otras personas, muerta de plancha). Qué creerán, que estamos menos cansadas que ellos o que no corremos ningún riesgo si alguien nos empuja o nos aplasta. Lo mismo (peor, incluso, porque yo al menos tengo las dos manos libres y no acarreo ninguna cabecita vulnerable) para las mujeres que van con sus hijos ya nacidos.
Es hora de civilizarse y de retar a grito pelado al que no se ubique, como lo hago yo sin ninguna vergüenza. Funciona todas las veces: la actitud chorita se va ligerito a las pailas cuando uno sube la voz. La gente tiene que cachar que los derechos de uno terminan donde empiezan los del otro y que ese otro puede estar en una posición más necesitada.

Quiero leer


En mi columna lateral pueden encontrar muchos blogs que siempre leo y que me encantan. Por desgracia buena parte de ellos está en inglés; desearía encontrar más blogs acerca de vida diaria y familiar, buena cocina, buena fotografía y en general buena lectura por estos lares.
¿Quién sabe de algún blog de ese tipo en castellano? No tiene que ser necesariamente de alguien que viva en Chile o sea de nacionalidad chilena.
Mi idea es, al corto y mediano plazo, hacer una agrupación o un listado de blogs latinoamericanos. Que uno entre a una página bien diseñada y bien administrada donde pueda encontrar referencias (links) a los temas que le interesan o a personas que escriban blogs y tengan actividades en común. Entre chilenos es difícil llevar a cabo estas iniciativas porque muy a menudo la gente es apática y poco comprometida, aunque tengo el honor de conocer destacadas excepciones. Pero refuerzo mi ejemplo con lo que fue la ACHIB (Asociación Chilena de Blogs), que desapareció del mapa y que era, para mi gusto, un desorden.
Por favor no se confundan. No quiero hacer una asociación gremial ni nada por el estilo; ni siquiera me interesa sacarle personalidad jurídica al tema ni nada. Es sólo el deseo de contar con un directorio donde uno pueda definir qué le interesa leer y encontrarlo. Estoy segura de que la gran mayoría de las personas que escriben blogs no lo hacen solamente para ver plasmados sus pensamientos e ideas en una página web; dentro de Internet se busca generar comunidad.
Dejo la invitación abierta a quienes se interesen en esta idea: hagan un comentario con un enlace a su sitio o al de alguien que cumpla con las características que menciono y, poco a poco, iremos uniendo puntos y creando algo entretenido.
Ah, muy importante. A MIS CONOCIDOS/AS que me leen en silencio: Si quieres escribir de algo alguna vez, pero no quieres o no tienes un blog, ponte en contacto conmigo a través de un comentario en este post, o bien escribiendo a mi e-mail personal. Estoy abierta a aceptar contribuciones periódicas de escritores/as invitados/as que tengan un punto de vista interesante de algún tema de la vida diaria, el espíritu, la sociedad, etc. Puedes usar un pseudónimo. Requisito indispensable es que lo que quieras publicar sea respetuoso de todas las opiniones y personas. Además, me reservo el derecho de corregir ortografía y redacción; si el post ya ha sido previamente publicado en otro lugar, se borra para no tener problemas de copyright.

Matriarcas


Mientras lavaba los platos, pensaba en dos blogs que me encantan pero me hacen sentir (qué tonto lo que están a punto de leer) ya no imperfecta, sino que abiertamente mediocre y dueña de casa y mamá a medias. Porque no tengo capacidad para hacerme cargo de una casa sola con tres cabros y aún así cocinar cosas increíbles, escribir un blog famoso (como las interpeladas), pololear con mi marido y cuidar mi belleza. Y eso que todavía me quedo corta en un niño en comparación y no los educo en la casa ni hago manualidades de ningún tipo.
Entonces me dije que claro, como en EE.UU. trabajan de 9 a 5, obvio que estas gallas tienen a su marido de vuelta y listo para ayudar (otra cultura, chiquillos) en las cosas domésticas a una hora decente. No como acá, en que los maridos (e incluyo al mío) llegan a las horas miles en estado de bulto.
Mi siguiente meditación (especialidad mía mientras ordeno, limpio o viajo en micro) fue que en Chile los hombres trabajan hasta más tarde no sólo por esa vieja costumbre de "sacar la vuelta" (tomar varios café al día mientras se mira por la ventana, conversar durante horas con los compañeros, etc.) o por la cultura trabajólica que tanto nos enorgullece y nos llena de enfermedades cardiovasculares, sino precisamente porque este país es un matriarcado. Háganse una imagen mental de Susanita, la amiga de Mafalda, recibiendo al marido: "Quitate el saco (chaqueta), que lo arrugás"; "vení a comer que se te enfría"; "sacate la corbata que la manchás con sopa"; "te ponés este pijama porque el otro lo lavé, estaba re sucio, cómo no te fijás si te lo he dicho tanto"; etc.
O sea: ¿quién quiere llegar a semejante bruja? Mejor quedarse en la oficina recibiendo órdenes del jefe, que no se las da de querer criarlo(a) a uno(a).
Yo siempre dije que no quería ser madre de mi marido, sino que sólo de mis hijos. Por eso me sonrío disimuladamente cuando mi suegra (a quien respeto mucho, sin embargo) me dice que le ponga tal crema a mi marido, o que lo obligue a acostarse a dormir siesta. Puede que a veces tenga razón, pero un hombre adulto sabrá lo que hace, pienso yo.
En conclusión, no es que yo no dé. Es que el sistema es diferente. La cultura es otra.

Apatronados


Hoy me tocó lidiar con unos maestros que nos tienen prometidas unas obras de carpintería desde hace unos 3 meses. No sé si el hecho de que yo haya tratado con ellos –en vez de mi marido-corazón-de-abuelito- hará alguna diferencia a la hora de que cumplan con su pega, pero empezaron a ofrecer plazos concretos y se mostraron más comprometidos cuando les empecé a interceptar sus frases vagas con frías y cortas acotaciones. A veces puedo ser bien pesada. Y cuando se hicieron los mártires diciendo que no aceptaban dinero por adelantado, no les dije “no, maestro, déjeme hacerle un adelanto para facilitarle las cosas”, sino que “qué bueno, porque a estas alturas yo tampoco pago nada antes”. Silencio.
Es que ya no creo en esta gente. Su palabra vale absolutamente nada. Los plazos de entrega, la instalación, el servicio post-venta y la calidad son todos términos nebulosos y subjetivos. Y la situación es especialmente lamentable considerando que la gente que hace estos trabajos es pobre y desfavorecida. Pero hay que ver cómo echan por la borda las oportunidades de buenos negocios, de generarse recomendaciones convenientes, de organizar su tiempo con mayor eficiencia para poder hacer más trabajos. Da para pensar que quieren ser pobres.
Mi marido, idealista y siempre en shock por cómo los chilenos nos ladramos los unos a los otros, suele creer que apelar al buen sentido de la gente y hablarles en un tono amable servirá para que trabajen más gustosos y cumplan mejor con las expectativas. Durante un año y medio hemos sido testigos de que no es así: bastó que yo cambiara el tono en un minuto para que los maestros se “enderezaran”. Casi faltó que se cuadraran cuando se despidieron.
¿Por qué habrá que hablarle golpeado a la gente para que entienda que uno dice las cosas en serio? ¿No sería lógico que uno favoreciera a quien lo trata bien en vez del que lo trata con tono de patrón de fundo?
El alcalde Labbé, de Providencia, no es santo de mi devoción. Pero una vez dijo una frase genial que contiene mucho de verdad. Alguien le preguntó por qué en el ejército los que mandaban les hablaban a gritos a los que tenían que obedecer, al estilo “¡AL SUELO! ¡DOSCIENTAS FLEXIONES, AHORA!” A lo que él replicó que sería muy poco probable que alguien obedeciera con prontitud si les dijeran “tiéndete mi negro, que vamos a hacer unos ejercicios”.
A la gente le gusta que la traten al combo y la patada. Si uno no lo hace, no lo ven como una amabilidad y una perspectiva de buen vivir. Lo ven como una oportunidad de relajarse y “tomarse el codo” de la persona que les tendió una mano.

Qué se puede decir

Reconozco que estoy triste por los resultados de las elecciones presidenciales de ayer. Los intuía, pero constatarlos es otra cosa. Aunque ninguno de los candidatos me parecía idóneo para el cargo.
Uno porque su grupo ha estado ya demasiado tiempo en el poder y, como todo, ha decaído. La corrupción, la automatización de actitudes y propuestas, el estar atado de manos por acuerdos políticos que impiden innovar en temas sociales (no de combatir la pobreza, sino de cambiar a la sociedad) y otros hace tiempo lo hicieron merecedor de irse para la casa.
El otro, por la persona que lidera. Me parece incomprensible que gente "de bien", educada y que se dice cristiana o preocupada por el prójimo y el ejemplo de Jesús, haya votado a un hombre que todos saben formó parte de su fortuna por medios menos que transparentes. Un hombre cuyo carácter arrogante, prepotente e impulsivo no dudará en enemistar a Chile con sus países vecinos en tanto él los vea como menos que nosotros.
Yo soy la primera persona en abogar por la alternancia en el poder, pero no a ciegas. No idealizando a las personas. Mirando al conjunto de quienes tendrán puestos importantes en el gabinete y en el sector público.
Tomando en cuenta la vaga respuesta del presidente electo en cuanto a dar cargos públicos a personas que apoyaron la Dictadura, siento un poco de aprensión. No son pocos los que sentirán un dedo en la llaga siempre abierta de los parientes de detenidos desaparecidos, de los exiliados, de los reprimidos. De todos los que sintieron que Chile se rompió un poco desde el año 1973. Haya sido guerra civil o no, el hecho es que el Goliat de la situación venció porque tenía más poder y más medios y además se instaló en el poder durante tantísimos años sin preguntarle nada a nadie.
En los aspectos económicos tampoco está la salvación. Quien piense así, por lo demás, deja de lado importantes aspectos valóricos que una democracia no puede ignorar. Pero sin ir a ese detalle, algunas personas se apresuran a creer que Chile será un símil de país rico gracias a que es un empresario de derecha el que gobierna. No tanto. Ese empresario, sospecho, no tardará en dar concesiones y proyectos de obras públicas a sus amigos en desmedro de otros emprendedores que no sean de su agrado. Si eso no es corrupción, entonces no sé nada. Opiniones irán y vendrán respecto del criterio de selección, pero el hecho es que la gente no cambia y quien protagonizará la imagen de Chile estos próximos cuatro años es conocido por sus triquiñuelas para salir adelante en sus negocios. ¿Alguien que me lea lo conocerá tanto para poner sus manos al fuego por él y decir que será imparcial en esto? Es mejor ir olvidándose, también, de la pobladora sonriente con la que se fotografió el entonces candidato. Ahora que ganó, es prudente suponer que sus miras están en lados muy otros que los más vulnerables de la sociedad. Este hombre también es de los que creen en el "chorreo", enfoque que ya se ha comprobado ineficaz. Podríamos igualmente matar a todos los pobres, porque la atención efectiva que se les dará en este gobierno no será mayor que la que se les dio en veinte años de gobierno concertacionista.
El hecho de que el presidente electo se proclame católico no ayuda a este país de decreciente apoyo a la Iglesia. Al margen de mi propia opinión religiosa, queda claro que un presidente así no es representativo. Sabiendo que esta persona tiene el potencial de ser represivo por carácter, es de esperar que muchas medidas que ayudarían a que este país avance quedarán en el tintero. Lo "valórico" primará por sobre lo concienzudo de la opción individual, lo que no sólo no es democrático sino que es altamente condescendiente. Se cree que la gente es imbécil y falta de criterio y por lo tanto se busca "guiarla", como un padre a su hijo de un año. Tontos hay en todos lados (de sobra), pero una persona adulta tiene derecho a cometer sus propios errores y aprender de ellos y traspasar esa experiencia a otros. Lo que digan las autoridades eclesiásticas, supuestamente alejadas de lo sexual, sólo debería primar para los feligreses que creen que un hombre alejado de este procaz mundo puede enseñarles algo que ellos, simples corderitos, no son capaces de ver por sí mismos o en diálogo con su pareja e hijos. Esa "lección" no puede ser ley para todos los chilenos, que incluyen musulmanes, judíos, protestantes, agnósticos y ateos. Y otros. Ese "proteger" valores es imponerlos, al final del día. Una cómoda solución para los que creen algo pero no se quieren dar la molestia de ir a quienes estén en situación de escucharlo y convencerse. Nos saltamos ese paso de hacerlo por las buenas. Qué fácil. Qué "fraternal", para usar las propias palabras de quien también abusó de "la generación del bicentenario" y "el futuro". Ufff.
En fin. Para este día semi otoñal, prefiero quedarme oyendo la música de cierta película semi francesa, dirigida por el sublime Luc Besson. Música evocadora de playa, de olas chocando contra las rocas, de espuma efervescente en la superficie y de obscuridad y tesoros escondidos en la profundidad. De tenderse en la arena oyendo el sonido del agua; de sentir el abrazo del sol en la espalda hasta que ya atosiga y se entrega uno a las frescas aguas saladas, para partir luego de regreso con la piel un poco tirante, pero el aroma marino en la nariz y en el pelo (también un poco tieso y necesitado de agua dulce) y el alma henchida de felicidad y gratitud por este planeta tan bello y tan silenciosamente delicado. Música que se oía en años antiguos con amistades que ya no están y que siempre se extrañan por su optimismo, simpleza y pragmatismo y lealtad. Eterna amistad.

Dibujos Animados

No es que ya no salga con mis niños y los tenga idiotizados viendo televisión; es que hemos tenido maestros en la casa y no los puedo dejar a su merced mientras nosotros jugamos en la plaza.
Pero sí, han visto más "monitos" que en otros períodos y, para asegurarme de que el contenido es adecuado, me doy la lata de verlos junto a ellos y así aprovecho de enseñarle palabras nuevas al Gordo y de hilar frases en la esperanza de que se largue a hablar y deje de hacer esas pataletas de frustración lingüística.
Mis favoritos son los monitos de Inglaterra. No sólo por el acento (trato de que oigan inglés lo más seguido posible, pero ya no me resulta tanto), sino también por la estética y porque las historias son simples sin caer en tontera. Los niños "enganchan" más con la trama e imaginan posibles eventos y desenlaces, asocian con cosas de su vida diaria. Eso lo veo en Pollito, que me comenta todo y me muestra que su cabecita piensa mientras ve los dibujos.
No voy a comentar siquiera los dibujos animados japoneses. Me parecen de una fealdad, violencia y oscuridad emocional siniestra. Los norteamericanos tienden a ser menos tóxicos, pero en general hay mucho material perdido en ellos porque inventan unas tramas enredadísimas que no logran sino hacer sentir ansiedad en los niños, que no ven la hora de que se les presente el final o "solución". Entre medio captan algunas complicadas elucubraciones de los personajes y se quedan con retazos de lo que sus ojos reciben y que indudablemente les quedan en el subconciente.
Los dibujos europeos, en cambio, son más livianos, como se supone debe ser la vida de un niño chico. Incluso uno, adulto, puede analizar cómo se siente tras ver cinco o diez minutos de un programa infantil. Hay algunos que nos hacen sentir agotados por lo que sucedió antes del final; otros nos dejan indiferentes; otros nos dejan una dulce sonrisa que refleja que vimos algo armónico, tranquilo, inocente. Como nuestros niños.
En fin. Con nombre, puedo recomendar que pidan por internet, compren cuando salgan de viaje o sintonicen en Discovery Kids (vía cable), los siguientes (ver link para horarios, porque no hice toda mi tarea esta vez):

Charlie & Lola: Dos hermanos con una imaginación riquísima, estimulada por actividades cotidianas o juguetes tradicionales. Inglesa.

Pocoyo: Inventada por españoles e ingleses, narrada en inglés por el actor Stephen Fry, quien hiciera de Oscar Wilde en Wilde. Las aventuras de un niño muy simpático y travieso y sus amigos animales.

Fluffy Gardens: Irlandés, son historias cortas de animales antropomorfizados. Siempre tienen una moraleja al final y son tan lindos que uno queda como relajado...

Miffy: Holandés, famosísimo incluso en Japón. Hay una versión nueva "a lo gringo", pero los originales eran geniales. No lo dan en Discovery Kids, por desgracia.



martes, 10 de mayo de 2011

Y no es broma...

Que tengo dos posts a medias, que me mueven mucho, pero que no puedo publicar.
Que me siento medio sola, porque estoy atada en cuanto a lo que puedo decir en las distintas esferas sociales de mi vida.
Que quisiera descansar.
Que veo una distorsión tan grande entre las vidas de algunas personas respecto de las vidas de otras personas, y me parece increíble que todos convivamos en la misma ciudad al mismo tiempo.
Que, aunque aprecio y agradezco la realidad que a mí me toca, también aprecio y a veces es como que echara de menos la otra, en algunas cosas, como la simplicidad y la falta de pretensión.
Que lamento que esas cosas (lo simple y no pretensioso) se mueran, desaparezcan, en pos de una vida más "glamorosa", moderna, agitada e impersonal. Y son proyectos como HidroAysén los que venden la idea de que así es mejor.
Que me duele que haya gente tan vulnerable, tan al margen, mientras otros tienen tanta seguridad, tanta riqueza innecesaria, tantos horizontes que no siempre ayudan, porque no se traducen en una mejora para toda la sociedad; sólo para la de ellos.
Que era cierto: salir de la casa me ha hecho bien. NOS ha hecho bien.

martes, 8 de marzo de 2011

Ya, córtenla

¿Qué tanto tenemos para celebrar hoy? ¿Que todavía no se nos paga lo mismo que a un hombre aun cuando hagamos la misma pega? ¿Que el hecho de tener hijos nos hace perder valor de mercado, como si ello equivaliera a ser más tontas? ¿Que algunas nos enfrentamos al ingrato e injusto dilema de tener hijos o tener una carrera profesional con el mismo despegue que la de nuestros colegas del otro género?
Y el resto de los días del año, díganme, ¿no vale que seamos multi tasking como nunca un hombre podría serlo? ¿No dicen nada las secuelas físicas de los embarazos y las lactancias? ¿Tiene cero peso el hecho de que nadie sino nosotras puede parir y amamantar?
Podríamos celebrar que podemos votar, que podemos estudiar cualquier carrera en la universidad, que podemos repartirnos las tareas domésticas, el cuidado de los hijos e incluso la atención de éstos cuando se enferman y tienen menos de un año de edad. Podríamos celebrar que por fin se tomó en cuenta que la lactancia dura más de 84 días corridos. Y varias otras similares. Pero nadie apoyaría esa moción, porque todos esos avances se hicieron en diferentes días del año y porque ya todas tenemos incorporados esos aspectos de la vida. Ya no son causa de celebración. Ahora son parte de las cosas “obvias”, “lógicas”, “el mínimo”. Nos sentiríamos tontas, incluso insultadas si de todas esas cosas se hiciera fiesta. Si no somos tontas, nosotras.
¿Qué estamos celebrando, entonces? ¿Por qué hoy y no todos los días? Y si es todos los días, ¿no requeriríamos trato especial siempre? ¿Es eso lo que queremos, trato especial? ¿Por ser la otra mitad del mundo? No es razón atendible, ésa. De ser así, tendríamos que celebrar el “Día del Hombre”, o el “Día de la Piedra”, ya que hay tantas. No queremos ser especiales ni distintas; queremos ser NOSOTRAS. Todos los días, ni más ni menos.
Entonces córtenla de destinar un día del año para marcar la diferencia. Déjense ya de dispararse en el pie. Hágannos a todas un favor y péguense el palmotazo en la espalda todos los días, pero sin tanto bombo. Porque somos personas como los demás, NI MÁS NI MENOS.