Estaba leyendo una carta enviada a El Mercurio por una gringa que se quejaba de que los chilenos "piropean" a las mujeres en la calle.
Luego me puse a leer los comentarios de hombres y mujeres respecto del tema (opiniones que temo la gringa nunca leyó, aun cuando muchas estaban dirigidas a ella: qué plancha ajena).
Por cierto que muchos hombres me dejaron admirada al defender nuestro derecho a ir por la calle o en la micro o donde sea, tranquilas y sin tener que soportar ordinarieces, miradas impertinentes, comentarios no deseados o "galanterías", como algunos les llamaban. Me sentí muy identificada con las respuestas y opiniones de algunas mujeres bien plantadas, sobre todo una señora de apellido alemán que al parecer es chilena pero no vive acá.
Sin embargo, siempre está el lado flaco. Y lo acepto con resignación y tristeza cuando viene de parte de los "perpetradores". Ejemplifico: participa en el debate, un hombre que defiende esta "tradición" diciendo que un buen piropo no hace daño a las mujeres. Lo apoya un abogado conocido de tiempos pasados (y que nunca fue santo de mi devoción por su patudez), explicándonos que es parte de nuestra idiosincracia y que hay que dejarlo ser.
Lo indignante es cuando salen "ellas" a defender lo que a muchas de nosotras nos parece una rotería, una demostración de tercermundismo y una falta de consideración hacia nuestro género. Sobre todo porque da la impresión de que las defensoras no están en lo que uno consideraría la flor de la juventud, por lo tanto no "inspiran" las mismas frases que una niña de veintitantos o treintitantos que no se viste con traje de dos piezas o un severo vestido. Así cualquiera aceptara un piropo, si probablemente es lo único que sustenta el ego tras mirarse al espejo y ver una cara amargada, una pinta reprimida y el reflejo de una personalidad machista, retrógrada y auto-censurada.
No puedo creer que haya gente que culpe a las mujeres de provocar los piropos. ¿Es que nadie se da cuenta del enorme insulto que eso supone hacia los hombres? O sea que ellos se mueven por un instinto sexual irreprimible. No son dueños de si mismos. No influyen los años de educación; no importan las palabras y miradas de rabia frente a una conducta más propia de cavernícola que de persona civilizada...pero no me extenderé más en este punto porque no soy hombre y no tengo por qué defender una posición que muchos de ellos adoptan solitos. Sí quiero decir que no apoyo para nada a las mujeres que opinan lo mismo. Tendrán que explicarme con qué sentido de consecuencia entonces siguen interactuando con hombres en sus vidas personales. ¿También corre para ellas el incontrolable sexual drive?
Otras mujeres (¡!) se apresuraban a decir que es la escasa ropa que usan algunas mujeres lo que gatilla esta situación. Habiendo desvirtuado el argumento de los instintos (sí, agradezcan, boys), hay que pasar a revisar los derechos individuales. En este caso, la supremacía indiscutible que hay en este país (hasta que se convierta en estado musulmán) a que cada uno se ponga lo que le venga en merecida gana. Si yo quiero salir en bikini a la calle, no tengo por qué sufrir comentario alguno por parte de nadie. Créanme que por mi mente han pasado todo tipo de apreciaciones frente a las pintas de la gente pero, por ese sentido de urbanismo al que apelo, me quedo callada. Buena sería si uno se la pasara diciéndole a los demás "agranda una talla más los pantalones"; "pide hora en la peluquería YA"; "midamos los pancitos con mantequilla" y cosas así. Con la ropa escasa es lo mismo. Es asunto de cada cual y los hombres tienen que quedarse calladitos porque el objetivo de una mujer al ponerse esa ropa no es coleccionar el mayor número posible de comentarios y miradas. Quizás de algunas sí, pero como uno no sabe cuáles, mejor no arriesgarse a molestar a nadie.
Yo misma me he reído un par de veces con algún obrero que me ha dicho algo galante pero no exento de respeto; he agradecido frases educadas y dichas con buen gusto y me encanta cuando me dicen que me veo regia y buenamoza. Mi problema es con las miradas asquerosas, las frases cochinas dichas cobardemente al oído cuando "una" pasa y las vulgaridades dichas a grito pelado en una construcción en que "una" no puede pararle el carro al roto sin que los demás agarren papa. Entiendo que para defender este derecho es casi imposible no irse a los extremos. Pero cuando tratamos con imbéciles como los que florecen el debate mencionado, parece que hay que ser más enfático que lo mínimo requerido por personas con dos dedos de frente para que entiendan. Por lo mismo es de una gravedad preocupante que haya personas (sobre todo si son mujeres) que aceptan esta conducta sin detallar a qué nos estamos refiriendo. Pero claro, en vistas de lo que comento más arriba respecto de la selección del piropo de acuerdo a lo que se ve, cómo no va a suceder esto.




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