Mostrando entradas con la etiqueta mis fotos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mis fotos. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de diciembre de 2015

Lenta y Dolorosa Destrucción de un Barrio



Con indignación observo el desmantelamiento de las casas aledañas a la plaza Las Lilas (“Parque” Las Lilas como estúpidamente publicita la constructora Penta en el barrio que fue) por calle Jorge Matte. También de las emblemáticas y encantadoras casas de calle Tomás Guevara.
¿Hasta cuándo se permite que las constructoras de viviendas masivas sigan arruinando el barrio?
Bueno, ya lo arruinaron, así que éstos son los lamentos de quien hace rato mira la muerte de parte de su pasado con pena, rabia e impotencia.
Muchos son los que dicen que el alcalde de Providencia es corrupto. Anónimos plasman grafittis en las construcciones del sector denunciando sus “lazos” con los dueños de constructoras e inmobiliarias que sistemáticamente compran grupos de casas y construyen edificios que colapsan el tráfico, roban luz del sol y destruyen lo poco que queda del barrio.
No tengo evidencia de tal corrupción. Pero al menos ese escenario incluiría ganancias para el alcalde. Porque la alternativa es que sea tan imbécil como a primera vista parece y estuviera permitiendo gratuitamente, desde su escritorio de alcalde, que las “oportunidades de inversión” se lleven a cabo. Sin tomar en cuenta, una vez más, la opinión de quienes más importan en esta contienda: los vecinos y residentes del sector. O incluso algo más perdurable: el sentido urbanístico y estético que toda ciudad bella y con los atributos que él pretende darle a la comuna, debe tener.
Es una vergüenza el slogan que la Municipalidad ha puesto a la comuna: Agradable para vivir, atractiva para invertir. Francamente no le veo el agrado a vivir en un lugar donde constantemente se oyen los ruidos de máquinas y camiones levantando nuevos adefesios; donde las plazas son centro de reunión nocturna para grupos que dejan botadas botellas de alcohol y colillas de cigarrillos (gracias a Dios por ahora no he visto jeringas usadas, pero falta poco); donde por las noches los mismos grupos alborotan el descanso de los vecinos al pasar profiriendo gritos y todo tipo de garabatos; donde uno tiene que levantar coches de niños, sillas de ruedas y bicicletas en todas las esquinas porque para poner declives convenientes, al alcalde no le da la imaginación o el presupuesto. Un lugar donde las “áreas verdes” que publicitan las constructoras son manchones de pasto que no sirven para que nuestros hijos jueguen ni para que nuestros ancianos y nosotros mismos nos sentemos a disfrutar de un jardín como se entiende tal concepto.
Respecto a la segunda parte del slogan, sobran los comentarios. Si la inversión significa romper todo lo que había y que formaba parte de la historia de nuestra ciudad y de nuestras familias y vidas, para poner en su lugar edificios anónimos e incongruentes y torres que amenazan la calidad de vida de todos los vecinos y sobrepasan la densidad poblacional óptima, entonces el alcalde tiene serios problemas de entendimiento en cuanto a sus funciones y a los objetivos que persigue su ejercicio. ¿O es cierto entonces que sus metas son otras, que seguramente atentan contra quienes vivimos aquí?

En cuanto a mí...


Qué copiona soy.
Tuve el blog botado durante un mes, período durante el cual no encontré tema que me inspirara lo suficiente para escribir al respecto o que, de publicarlo, no vulnerara mi celosamente cuidado metro cuadrado secreto.
Porque soy muy introvertida y me cuesta expresar mis sentimientos. Los que me llegan al corazón, al menos, porque los que me llegan a la cabeza afloran hasta por mis poros y hay que ser muy ciego para no captar. Eso me han dicho toda la vida.
Pero no es que no tuviera conciencia de que estaba siendo inconstante. Igual seguía abriendo la página a ver si alguien había comentado algo de mis posts antiguos o si me pedían que escribiera de nuevo. No pasó nada de eso, para gran desaire de mi ego.
Hay un par de personas muy importantes para mí que me leen sin opinar. Ya recibí apreciaciones suyas acerca de lo último que publiqué, que fue escrito con el corazón en la mano y con gran emoción.
Y es que siempre hay un lector objetivo, estimado señor entrópico. O más que objetivo, alguien cuya opinión nos importa, aunque sepamos que no tiene un punto de vista imparcial. Es un verdadero placer cuando uno recibe comentarios de personas que no esperaba, incluso mejor si uno no los conoce, porque quiere decir que algo de uno le llegó a otro y ese otro se dio la molestia de decirlo, de darnos “feedback”. Y que aún otros terceros se enteren ya es total, ¿o no?
Yo sé que soy muy críptica en mis escritos y que poco se puede deducir de mi vida privada en mi blog, salvo lo que estoy dispuesta a dar a conocer. Por lo cual me alegro el doble cuando leo comentarios de personas que no conozco, ya que la gente muy llena de secretos suele ser aburrida (a la larga, porque al principio uno se fascina con la “copucha”). Por eso es que de a poquito he ido soltando más la pluma (¡¿cómo decirlo cuando se escribe en un teclado?!) y me he permitido publicar una que otra notita más personal.
Parece, en todo caso, que estoy rodeada de gente tan cerrada como yo, porque ni mis propias amistades comentan en este sitio. Yo sé que no todos son grandes lectores y que muchos le hacen el quite a los temas “polémicos” de la vida, lo cual también explicaría en parte mi necesidad para con este blog: por algún lado hay que sacar a la luz lo que uno piensa y quiere discutir o depurar (no se trata de andar lateando y mareando a los padres, los hermanos y el marido todo el rato). Y como yo no escribo de farándula, de minos o de la vida de mis conocidos, por desgracia muchos quedan fuera de mi órbita. Lo sabía antes de abrir el blog, presintiendo poca participación de dichas personas. Porque yo, aunque tenga más tiempo libre que otros, también he escrito a las horas miles y me quedo leyendo diversas cosas hasta que me doy cuenta de que la voy a pagar al día siguiente. Tiene que ver con intereses y prioridades.
Otra cosa de la que me río (porque siempre tengo el radar prendido en torno al resto de la gente) es la siutiquería. Yo misma peco de ella al escribir títulos en inglés y al usar frases en ese mismo idioma. No pretendo barsearme ni que la gente piense “ah, es que esta mina cacha de inglich”, sino que simplemente me siento a gusto con los dos idiomas y hay expresiones precisas que no son del todo traducibles. Por último, eso sí que me importa un huevo. Mejor usar otro idioma que las clásicas muletillas en que caen los periodistas y los chilenos en general, pobres en vocabulario hasta sacar chispas de rabia en gente que ha leído toda su vida como yo. Además que manejar pocas palabras incide en pensar peor, estoy segura. Nos aleja de lo que nos hace humanos. Y eso sin considerar que algunos animales tienen un sistema de comunicación sofisticado, como las ballenas. Mr. CAE, siéntase con derecho a expresar lo que cree al respecto. Estoy pelando el cable acá.
Yo, la que obtuvo mención de honor en marketing y sus “ciencias” afines, no he podido sacarme de la cabeza el pudor al escribir. No soy todo lo explícita que es el resto ni me atrevo a decir de frente “esto está mal” o “este gallo no tiene vuelta” o cosas así. Pero bueno, por eso el blog se llama como se llama, porque sólo contiene mi punto de vista y no pretendo ser dueña de la verdad. Sí pretendo hinchar un poco a los que me parece dicen y hacen leseras (que son HARTOS), haciéndoles ver su tontera con palabras de uso diario, otras un poco menos del dominio de la gallada y con una visión franca, analítica y que de verdad creo abre un espacio de discusión. La lata es que a veces abro y cierro mis propios debates, porque hay gente que me encuentra demasiado terminante. O sea, que mis argumentos no dan lugar a dudas, jajaja. Puede ser que para el gusto de algunos toque tan sólo la punta del iceberg e ilustrarme sea una lata o una arrogancia. Pero no creo. He recibido comentarios de personas que me parecen bien choras e interesantes, incluso sin conocernos más que de leernos mutuamente.
Yo he aprendido a que me importen menos las opiniones de los demás. Este blog ha sido un ejercicio de ello. Pospuse su apertura por miedo a lo que dirían de mí, pero como ha sido poco, en primer lugar, debo pensar que no estoy tan loca. Segundo, me siento muy a gusto conmigo misma por atreverme a publicar lo que pienso, al margen de las reacciones. Siempre había tenido diario de vida y siempre me había sentido ambivalente con él, porque tiene re poco sentido escribir y escribir si nadie va a leer lo que uno escribe. En la más Papelucho, siempre pensaba que se lo daría a mi albacea y que, transcurrido cierto tiempo desde mi muerte, se podría publicar todo, con nombres y fechas. Pero a quién le iba a interesar, me preguntaba a continuación. No es que ahora publique mis pelambres o mis rabias hacia ciertas personas, repito, pero al menos mi desahogo tiene un cauce más interesante. Además la vida me enseñó una amarga lección cuando hace ya casi una década, se murió el computador donde en ese entonces escribía y no atiné a salvar mis escritos, salvo un trabajo de econometría que tenía que entregar en unos días más y con el que me había quemado las pestañas. Tonta. Nunca me he repuesto del todo, porque fue una época super entretenida y, en términos de vivencias, carretes y pelambres, el documento en cuestión valía oro. So much for the value of a secret diary. Traducción: no me sirvió de nada tanto secreto. En ese tiempo no existían los blogs, pero me estaba aferrando a algo que no conduciría a nada y que tenía alto riesgo de perderse. Así fue.
Felicito y agradezco a los que han llegado a leer hasta acá. Ahora sí que me largué con las divagaciones. Y se me cortó la inspiración de golpe con un ídem, seguido de un llanto infantil que me retuerce el corazón de angustia.

Vecinos

Estoy tan contenta que me pareció buena idea publicar lo que me provocó esta alegría.
Yo, corta de carácter y rencorosa como soy, me atreví a tocar el timbre de la puerta de mi vecino (que en realidad es una campana preciosa, como de casa de campo, que envidio con toda mi alma) por primera vez en todos estos meses.
El motivo es que tenía unos almácigos de eyser japónico de sobra y no me dio el corazón para botarlos, luego de que en la semana que los tuve plantados crecieran y echaran hojitas por doquier, como agradeciendo los mínimos cuidados que se les dieron.
Entonces, como he observado que este señor cuida su precioso jardín con un cariño y un esmero admirables, me pareció buena idea ofrecérselos.
Tenía un miedo enorme, reconozco, de que me atendiera con actitud fría y cortante, luego de todos los problemas que tuvimos con él durante la construcción de la casa y que llegaron hasta a amenazas de acusarnos a la Municipalidad o la autoridad que corresponda, que no sé cuál es. Además transcurrieron todos estos meses en que nos topábamos en la calle y ni nos mirábamos; ahora me doy cuenta de que era timidez por los dos lados.
Porque fue un encanto. En reconociéndome me sonrió, me tendió la mano, me dio un beso en la mejilla y me dijo que era fantástico conocernos por fin; me preguntó cómo estaba la guagua y me agradeció enormemente los arbolitos, que a su mujer le fascinan. Como eran hartos, me dijo que los repartiría con inmenso placer a sus conocidos con jardines grandes y nuevamente me dio las gracias. Incluso me ofreció pasar a la casa, cosa que no hice por falta de tiempo, pero me dejó invitada junto a mi familia para ir a una bienvenida en forma al barrio. Le devolví la invitación porque me parece que los que tenemos que invitar somos nosotros que somos los nuevos: ya tenemos los contactos hechos con los otros vecinos, menos con la del otro lado que ha sido un poco histérica (y que tiene un perro tan antipático, de ésos que no se les distingue el cuello de la cabeza porque son del mismo ancho) y con el importante del frente que está ocupado en menesteres políticos.
Esto de tener jardín y plantar en él todo lo que me gusta (que va desde apio hasta una buganvilla; me falta mi matita de tomate, que todavía no aparece en viveros ni tiendas del rubro) ha sido exquisito y altamente terapéutico. Me pillo hablándoles a las rosas, celebrando cada brote y cada botón, fijándome en la exposición al sol y sacando fotos como las que muestro. Mis gusanitos hacen su tarea con dedicación y ya tengo una pequeña montañita de tierra negra fértil o humus. Cualquiera de estos días esparzo el saco de café, que sirve de abono, que me llevé de mi cafetería favorita.

Se supone que en estos días finalmente vendrán a instalar el bendito horno de una vez por todas, también, así que podré nuevamente comenzar a hacer mis panes adorados. Y pensar que a ratos me consume la ansiedad y el stress por esa chiquitita tan delicada y con ese reflujo tan endemoniado, entre otras causas. Lo que me pasó hoy y la noticia de que nuestro voluble electricista se dignará visitarnos son el balance que necesitaba en estos intensos días. Los dejo con el botón más delicioso que tengo en mi casa. Ya no tiene color zapallo, en todo caso.


Era Inquilina...

Y rescindió su contrato de manera bastante adelantada y unilateral, a pesar de que tratamos de negociar. Pero cumplió con que fuera el último día del mes. Apurete la niña, por suerte salió todo maravillosamente bien.
Bienvenida chiquilina preciosa a nuestras vidas.

Pasatiempo

No cabe duda de que una de las actividades más sanadoras y terapéuticas para cualquier persona es un pasatiempo; algo que se hace por mero gusto en el tiempo libre.
Hace unos años me dio algún achaque emocional (tuve tantos que no recuerdo la causa de éste en particular) y, para distraerme, me puse a cuidar las plantas de mi mamá que estaban en la terraza todas escuálidas y famélicas. Partí limpiándoles las hojitas con el dedo; después me di la molestia de ir a buscar un poco de papel húmedo al baño y al fin de semana siguiente ya les había comprado un spray con vitaminas y nutrientes y tenía guantes, palitas, píldoras para la floración, un paño especial para limpiarles las hojas y una mascarilla por si acaso. Así soy: obsesiva. Y ellas crecieron lindas, frondosas y sanas y dieron de esas flores con olor asqueroso por doquier. Cuando se me pasó la pena, confieso con pesar que también quedó atrás mi interés por las plantas. Pero fue un aprendizaje valioso.
Hay gente cuyo pasatiempo es hacer puzzles o crucigramas, y eso no tiene nada de malo (tampoco mucho de útil salvo para el que vende los puzzles o crucigramas). Yo tuve un período de adicción al Sudoku cuando estaba esperando a Gordo. Un día fui a sacar la revisión técnica del auto y me llevé un librito de Sudokus. Gracias a Dios también llevé lápiz a mina y goma para borrar por si me equivocaba: la cola fue tan larga, que alcancé a borrar buena parte de los puzzles que ya había hecho y los hice otra vez. Cuando –por fin- me tocó el turno para que me atendieran, me dijeron que la revisión todavía estaba vigente por otros seis meses y que me fuera. Y yo con mi panza de siete meses. Rico. También hubo un tiempo en que me dio por hacer yoga. Para que la plata me cundiera al máximo (en ese tiempo pagar la mensualidad me significaba desembolsar una proporción significativa de mis escuálidos ingresos de recién titulada), iba todos los días de Dios. Si tenía mucho que hacer en el día, iba a la primera clase de la mañana: a las 7. Todo bien, por fin empecé a comer nutritivamente, andaba feliz y en forma (un poco adormilada, nomás) y por supuesto me leí todo lo habido y por haber respecto al yoga que cayó en mis manos. Podría haber sido profesora (instructora, le llaman), pero justo entonces encontré mi primera pega. Estoica, seguí yendo a clases de amanecida. Hasta que un buen día me desperté de la relajación final con mi propio ronquido y ahí no volví más. No en ese horario, al menos. Qué plancha.
Pero siento que los pasatiempos adquieren otro carácter y otra importancia cuando tienen como resultado, algo útil. Por ejemplo, hay gente que teje. Otras personas sacan fotografías (¿habrá algo más entretenido que ver imágenes lindas, evocadoras, inspiradoras, acompañadas de un texto? Yo puedo pasar horas leyendo cosas así: ¡blogs!). He sabido de gente que hace trabajos en madera. Mi cuñado arma aviones a escala. No sé qué uso tendrán, pero debe ser muy valioso, a juzgar por la pasión con que los resguarda de los niños. Hay gente que fuma. Hay gente que toma. Pero ése es otro tema.
Yo hago pan. Todo tipo de pan.

En términos más amplios, horneo. La otra vez tuve que darles buen uso a unos arándanos maravillosos que nos regalaron unos amigos exportadores y de ahí salieron estos muffins que le dan la gorda a los del Starbucks.

También, como soy amante de las frambuesas, me apliqué a esto.

Pero queda igual de rico con frutillas.
El famoso queque de zanahoria.

Desapareció a las pocas horas de salir del horno. En mi barrio hay chacales.

Este es un queque de mantequilla. Sí, de mantequilla. ¿Light? No. ¿Delicioso? Sí.


Se nota.

Mi semana está lista

1. Una frase: “Mamá, quiero que me eches talco para quedar blanquita como una nube”
2. A propósito de las restricciones a las ventas cortas: “What do you say to a hedge fund manager who can’t hedge? Quarter pounder and fries, please” – James Mackintosh, The Financial Times
3. Para sorprender a los amigos: unas cuantas ramitas de romero fresco en las brasas hacen un asado aromático


4. Un sitio que no se pueden perder: Mujeres contra Sarah Palin (en inglés)
5. Para meditar, pensar, mirar lindos jardines, estar en paz y silencio: Casa de Ejercicios de Punta de Tralca






6. Otro abono gratis: en Starbucks Coffee hay paquetes de café usado que los clientes se pueden llevar sin costo para echar en la tierra y abonar plantas de todo tipo. La única precaución es esparcirlo bien y justo antes de regar, porque el café es ácido y puede quemar las plantas
7. Peeling natural y efectivo: esponja de mar. Inigualable.


8. Algo que amé ayer y que hoy mi hígado odia: Churros con chocolate caliente


9. Ya la han pelado, pero no me importa; me uno: el sitio web de Gwyneth Paltrow (¿cuál es el punto?)
10. Sorpresa: es primavera pero el clima no nos acompaña. Bu.

Budapest

Cuando trabajaba en el encantador barrio El Golf, solía almorzar acá:


Este petit bistrot está ubicado, muy apropiadamente, en un reducido par de cuadras de estilo francés:








Hace unos años los mayordomos de estos edificios eran los más pudientes, porque la gente les pagaba para que avisaran cuando un departamento se desocupaba. Ello, claro está, antes de la fiebre inmobiliaria que ha azotado a Santiago:


Tengo fe en que la crisis económica obligará a la industria a darnos una tregua.
Pero vuelvo al Budapest. Tenía un chef directamente importado de Francia, un rucio flacuchento y muy serio que trabajaba sin parar. Hacía una quiche Lorraine deliciosa con una masa delicadísima que se deshacía en la boca y con la que además nos deleitaba en el postre, a merced de una tarta de almendras con salsa inglesa para llorar de emoción por lo irresistible. He tratado de emular esta masa pero aún estoy a años luz, aunque me voy acercando:

Hace años que no he vuelto a comer ahí. No sé si se ha mantenido la calidad y no me da el corazón para sufrir la decepción de que no sea así. En su tiempo hasta mi papá llegó desde el lejano campus a acompañarme a almorzar (entablando conversación instantáneamente en impecable francés, digno de un nativo, con el chef) y mi mamá desde el centro. También pololeé ahí con mi marido (ah, qué tiempos aquéllos en que éramos sólo dos) un par de veces y no creo errar si digo que en parte nos inspiramos en esa rica comida para elegir el menú de nuestro matrimonio, que merece publicarse y que en otra oportunidad compartiré en este espacio.

Me presento


No, no soy yo.
Es mi bisabuela Laura. Pero según todos quienes me conocen y han visto el cuadro, nos parecemos mucho. Claro, yo no tengo los ojos verdes ni me veo tan elegante y además en general mi pelo es más chascón. Bastante más chascón. Pero es igual, oscurísimo y crespo, en contraste con piel muy blanca. Y mi cara es también redonda, con la misma nariz y boca y ojos con apariencia de sueño.
Este tesoro, desde siempre mi favorito (y secretamente anhelado), me llegó en condiciones malitas hace un par de semanas. De hecho, eran suficientemente malas como para que hubiera un nuevo accidente (lo colgué y PAFFF se vino al suelo un rato después, separándose la tela del marco ya bien venido a menos) y así me fue inevitable y -es más-, urgente, mandarlo a restaurar.
A propósito de que Maco me encontró parecida a una linda dama de épocas pasadas encarnada por una actriz brasileña (el ojito de mi amiga, que sólo me ha visto en las esquivas fotos de su servidora que hay en este sitio), aprovecho de mostrar una foto del mencionado retrato, fechado en 1888 y pintado por un autor misterioso cuya identidad espero poder develar tras ir al Museo de Bellas Artes y la Escuela de Arte de mi universidad con una fotografía de la firma. Por cierto que si hay un entendido en pintura chilena del siglo 19 entre mis lectores, puede ponerse en contacto conmigo vía un comentario a este post o un e-mail a floblogger@gmail.com.
Ya ves, Maco, efectivamente hay un parecido notable. Te felicito.

Secuencia: En la plaza

Uds. perdonarán que los atiborre con imágenes de mis hijos, pero es que son TAN HERMOSOS que no puede ser de otra manera.
Estas fotos las tomé en primavera un día que fuimos a la plaza.
No parecen haberlo pasado mal.

"¿En qué estará Kikito?"


"¿Será buena gente conmigo este perrito?"



(esto en medio de una pichanga ajena)


"A que no me pillas"


"Me gusta ese camión tan grande y ruidoso"


"¿Por qué le gustarán los camiones grandes y ruidosos?"

"Mejor me columpio"

Hace dos años

Gordo y yo

Crónica de un nacimiento, parte II

La primera parte, acá

El lunes y el martes vino mi abuela a pincharme y a decirme, por tercera vez en mi vida, que los niños tienen mucho aguante y que sólo debía tranquilizarme. Tiene excelente mano de arsenalera, pero el líquido era grueso y dolía. Menos que las contracciones, así que era un relajo, además que me apaciguaba la conciencia saber que con él, tú podías estar en mejores condiciones de enfrentarte al mundo. Conversaba con mis amigas sabias y meditaba mucho, centrando mi atención en la respiración, en calmar la mente para que no se liberaran demasiados cortisoles a causa del miedo y el dolor y en imaginarte dentro mío: chiquita, asustada, apretujada y quizás ya molesta con tanto movimiento. No sabía que eras niñita, pero lo intuía por lo mucho que te movías y lo pequeña que te mostraban las ecografías.
El martes en la noche ya era un estropajo. Me dolían todos los músculos y las contracciones nocturnas me dificultaban enormemente dormir y descansar. Hacerlo en el día, con tus hermanos gritando y jugando, era también casi imposible. El sueño y yo no somos amigos, así de simple. Por lo que me rendí y le dije a tu padre, al amanecer, que por favor me llevara a que me viera Max, porque ya no podía más y alguien iba a morir por mi mano si no se hacía nada. Pesqué
-->nuestra maleta (hecha con anticipación pero aún así sin pantuflas ni artículos de aseo ni pañales ni tutos). Me vio Max. Me dijo que el trabajo de parto estaba bien avanzado, pero que estábamos a tiempo de detenerlo y que eso nos convenía por cuanto sólo tenías 35 semanas de gestación. Le explicamos nuestra incierta situación financiera y nos mandó a una clínica un poco más lejana, pero igual de respetable y más económica. Excelente elección.Salvo porque no tenía la disciplina germánica que yo conocía y odiaba, ésta era mucho más acogedora, tranquila y cálida en su aporte humano. Se demoraron un poco en darme una habitación, ponerme el catéter con el líquido milagroso y conectar mi guata a esos sensores con agujas (mientras yo transpiraba de agotamiento, dolor y hambre, porque no había tenido tiempo y después permiso para comer), pero después de eso las horas transcurrieron serenas y, milagro, ¡sin dolor! Al atardecer un ángel con uniforme blanco me trajo una bandeja con comida y tras agradecer a Dios por su misericordia, me dispuse a devorar, pero no pude. El remedio que corría por mis venas alteraba mi pulso al punto de que parecía una adicta en rehabilitación: hacía un esfuerzo por poner comida en el tenedor, pero cuando éste llegaba a mi boca estaba vacío y la comida regada en mi pecho y en la cama. El temblor incluso alcanzaba a mi voz, lo que me hacía reir a gritos con tu papá. Al final él me tuvo que dar la comida en la boca y se llevó sus buenos retos por no hacerlo con suficiente rapidez.
Por desgracia mi noche no fue muy distinta a las anteriores. Las contracciones eran seguidas y muy intensas. Para poder dormir un rato me tuvieron que subir la dosis del catéter al máximo y la matrona no se lo pudo ocultar a Max, que llamó temprano al día siguiente para saber cómo iban las cosas. Lo ideal con ese fármaco era disminuir la dosis después de unas horas; no subirla. Mandaría a la matrona de su equipo para que me revisara.
Era pasadito del medio día cuando llegó la matrona de Max (la que trabaja con él; no es que él sea su paciente, aclaro). Me revisó y me miró con cara de circunstancia: “tienes 4 centímetros de dilatación, no hay rastros de cuello (uterino) y se te está a punto de caer el tapón mucoso”. Pescó su celular, llamó a Max, le contó y a continuación llamó al neonatólogo, anestesista (estaba claro que con dos cesáreas previas tan seguidas, no podía ser parto normal), pidió pabellón, etc. Yo hice lo propio y le avisé a tu papá, tu abuela, mis hermanos y algunas amigas. Y me lancé a tenerte. Me quitaron los remedios, nuevamente se me prohibió comer (¡a la hora de almuerzo! Qué falta de compasión) y retomamos el dolor.
Creo que amé al anestesista cuando se presentó. Fue mi ídolo. Además estaban todos de buen humor, o puede que yo haya estado alucinando a esas alturas tras casi una semana de dolor ininterrumpido. Max pidió yodo y le pasaron una caja de ésas de aluminio con tapa de papel en que viene la comida china. Cuando me dijo “ya, Flo, ahora te voy a poner salsa de soya en la guata” y todos estallamos en carcajadas, me relajé. Después llegó tu papá en su traje semi espacial esterilizado y procedieron. No sentí dolor, pero sí a Max tirándose piqueros encima mío para que tú bajaras y salieras. Por un segundo temí que a todo mi malestar se sumara una costilla quebrada. Pero no. Silencio. Y más silencio. Hasta que pregunté, furiosa “¿y?” y lloraste, mi pobre chica obediente…luego te acercaron a mí y te di un besito entre mis lágrimas. Estabas calientita y eras tan, tan pequeña…como una muñeca de tu hermana. Pero perfecta. Hermosa. Te fuiste a Neonatología y yo a mi pieza.
Los días que siguieron fueron mejores que los precedentes porque, a pesar de que había tenido una cesárea, ya el dolor no era constante y además tú habías cumplido con tu parte de la misión: eras un punto minúsculo, pero tus pulmones estaban perfectamente listos y no necesitaste ni medio minuto de incubadora. Las enfermeras me decían que pocas veces habían visto a una guagua tan chica y tan despierta, porque tenías los ojos abiertos todo el rato. Mi ánimo iba de lo bueno a lo malo, con frecuentes momentos de cuasi depresión porque echaba de menos a tus hermanos y me sentía tan sola en esa pieza blanca, sin siquiera tenerte a ti porque estabas en fototerapia. Recibimos muchas visitas y regalos.
Tuvimos que quedarnos un día más en la clínica, porque tus niveles de bilirrubina no bajaban a un punto que dejara tranquila a tu pediatra y yo no concebía irme de ahí con los brazos vacíos. Menos, ir y venir para darte leche y con eso zumbarme el poco descanso que podía y necesitaba tener. Tus hermanos, aunque me moría un poco cuando partían a la casa, habrían sido demasiada carga para mí en ese momento.
Y con eso termino mi relato de tu nacimiento. Intenso, ¿no? Pero feliz para todos nosotros.


¡Feliz Cumpleaños mi Jaci Luz!

Convidadita de piedra

Hoy, como ya se me ha hecho rutina, fui a cerrar la puerta de entrada a mi casa. Había visto una ráfaga blanca por la ventana y creí que era efecto del cansancio, pero un rato después me fue a buscar la Emi, emocionadísima porque lo que yo creía era una alucinación era en realidad esto:


Hicimos el chequeo de rigor para conocer un poco mejor a nuestro huésped y un minuto después, ya tenía nombre: Catalina Nami. Pollito y yo aún no hemos discutido los detalles ortográficos del apellido con que ella bautizó a la perrita.


Como no sabemos si tiene dueño u otros datos importantes que C. N. no quiso informarnos, le dije al Pollo que fuéramos a imprimir su foto y la pusiéramos fuera de la casa. Acongojada, me preguntó con su voz más aguda "¿Pero puede ser nuestra un rato????" y cuando accedí, deduje que un collar sería una buena idea, por lo de las pulgas. Nuevamente Pollo intervino para anunciar "Yo le presto uno de los míos, mamita". La ternura.
Así las cosas, tenemos una perrita hasta nuevo aviso.


Quisiera aprovechar este momento para agradecer a Jaci y sus laboriosos deditos que aprietan los botones del citófono de mi pieza, por haber considerado que mi vida no era todavía suficientemente agotadora y permitir que un perrito patudo entrara a nuestra casa cual Pedro por la suya.

Recuerdos y ambientes

Cuando me toca ir a dejar a la Pollo al colegio, me las arreglo para que pasemos por una casa que me encanta. Tiene una entrada boscosa, con flores azules y helechos y árboles de hojas perennes, y la casa en sí es de un piso, color amarillo y vigas de madera. Desde la reja hay un caminito de piedras que lleva a la puerta de entrada y lo rodean macizos de plantas y flores que son toda mi envidia.
Mi casa me encanta y estoy del todo "aguachá" en ella, pero no creo que pueda optar a esa entrada exhuberante, oscura y que no puedo describir de otra manera que "mágica" de la casa que describo. Porque ahora tenemos en el jardín delantero a la Cata que, ya superado el episodio de sacar el riego subterráneo a tirones y comerse los tubos que protegen los cables que van a la casa (y sólo porque hubby puso unas piedras que los cubren), corretea encima de los cubresuelos que con tanto amor elegí y hace pipí en ellos, con el resultado de que ya no crece vegetación en algunos antiestéticos manchones. Adiós a mis románticos proyectos de plantar frutillas y cercar con white picket fences. Pero hay que reconocerle el lado amoroso a la perrita y cómo me sirve de babysitter cuando los niños juegan durante los maestreos del hombre. Todos estuvimos un poco de muerte cuando, hace casi un mes, la muy pilla se escapó un viernes a medio día y apareció el domingo en la mañana. Aunque en algún rincón de mi mente me sentía aliviada, al saber que un alma caritativa la había dejado en la clínica veterinaria (gracias a la medallita que lleva siempre puesta), me emocioné y dejé todo botado para ir a buscarla yo misma.
Pero me alejo del punto que comenzó este post.

El cual era mi intención de crear un hogar cálido, sin grandes lujos pero cómodo, acogedor y bonito, que los niños recuerden con cariño y alegría cuando sean grandes. Con la lluvia de ayer me acordé de la casa de mi tía en el sur, situada en medio del campo. Las primeras veces que fui con mis abuelos (compadres de los dueños de casa), todavía no había ni alumbrado en el camino, por lo que mirar el cielo de noche era un verdadero privilegio, enteramente surcado de estrellas y oscuro y misterioso con los lejanos sonidos de las vacas en la lechería y los caballos en el establo de la casa próxima, a cosa de un kilómetro de distancia con potreros y tierras cultivadas de por medio. La casa es un oasis de calma, con los típicos muebles de pesadas maderas y grandes dimensiones, los cubiertos y juegos de loza antiguos, cuadros del campo chileno y retratos de parientes, la grande y maravillosa cocina donde siempre se está cocinando y horneando algo delicioso, suelo de tablas que crujen, frazadas de lana sin teñir siquiera y un continuo ir y venir de personas que se congregan en torno a esa familia que adoro como si fuera la mía.
Entonces miré a mi alrededor y me di cuenta de que voy por buen camino, porque los que fueran los soportes del techo original de mi casa, todos de roble, los hemos utilizado para la mesa del comedor, la mesa de centro del living (hecha por nadie menos que mi marido con todas las máquinas que me muestra con gran orgullo y que yo lo miré comprar sin entender para qué eran), las estanterías en obra de éste y próximamente los veladores para todos los dormitorios. Asimismo, reciclé varios maceteros de greda dados de baja y los puse a la vista en la terraza; he puesto todas las cosas de la casa de mi abuela (paterna) que recibí cuando se desmanteló lo que fue su precioso departamento a una cuadra de La Moneda; he adornado todos los rincones con cosas especiales y nos hemos resistido a comprar, privilegiando recibir de nuestras familias y reflotar cosas que estaban en desuso.

Ahora estoy trabajando en mi estado de ánimo para que acompañe al ambiente y no sea un factor de quiebre a la armonía en que quiero criar a estos niños. Lástima que los días que vienen, aunque entre ellos está mi cumpleaños, no son de los más felices: a la operación de mi papá mañana se suma el aniversario de la muerte de mi abuelo. Oh well, habrá que hacer de tripas corazón y esperar que todo salga bien, sobre todo los resultados de la "intervención quirúrgica".

P.S.: Les recuerdo que pueden ver el blog "inFLOrmaciones" para saber cuándo he publicado un nuevo post.

Un año nuevito por delante


Gracias a mi no celebración de anoche, tuve una de las vísperas de Año Nuevo más agradables de mi vida. Sólo vino mi hermano a comer, pero nada elaborado, sino que una sencilla comida de casa que él me ayudó a preparar (nota mental: enseñarle de hierbas para que no vuelva a ir cinco veces a buscar romero). Por mientras, el cocinero habitual se hacía cargo de los niños, que estaban bastante eléctricos. Estoy segura de que captan todos los estados de ánimo de nosotros. Yo estaba un poco nerviosa porque, como ya es de conocimiento general, me carga la noche de Año Nuevo. En cuanto a los peques, finalmente el cansancio les ganó a las mañas y se durmieron. Tarde pero en suficiente profundidad como para que ni los fuegos artificiales ni los gritos ni las cumbias les alteraran su descanso en lo más mínimo.
Yo tampoco interrumpí mi reunión con mi almohada al sonido de las fiestas y las explosiones en el cielo. Estoy segura de que fueron preciosas, como siempre, pero no me levanté a mirar. No me podía el cuerpo y me dio lata moverme y tener que ponerme zapatos para no ensuciarme los pies en el balcón de mi pieza. Filo. Ya había recibido noticia de que mi hermano había llegado bien a su casa y estaba bastante feliz, debo decir, de su responsable declinación a usar nuestro auto. Me pareció de lo mejor, no por mi auto (que yo ya me he preocupado de desvalorizar aceleradamente), sino por su seguridad.
No es que haya dormido de un tirón; Su Pequeña Majestad exigió leche a las tres y a las 8 de la mañana y además tuve que bajar a apagar ese regador desquiciado que se prende a las horas más estrambóticas y con unas programaciones que no recuerdo haberle puesto. Quizás mi super aura magnética está haciendo de las suyas nuevamente. Alcancé a despertar lo suficiente como para captar la música en las pequeñas fiestas aledañas y ponerme a cantar bajito, pero después me dormí y soñé que cantaba a todo pulmón.
Así que ahora sí. Feliz año nuevo a todos los que leen estas líneas. Espero que les vaya bonito en el amosh, las finanzas, el trabajo, el alma y la familia. Sin orden particular. Ojalá se tome conciencia de que debemos cuidar nuestro planeta y nuestra interacción con los demás y nuestra alimentación y hábitos. Más que eso no puedo pedir. Agradezco la sintonía y nos leemos otro día en este mismo canal.

P.S.: Los invito a que hagan click sobre la foto, tomada por mi marido en agosto del 2007. Las retratadas somos Pollito y la fiel servidora de Uds. (y de Pollito y cía.). En la ampliación se aprecia toda la serenidad, paz, bienestar y amor con que espero que todos enfrentemos el 2009.

Incidente

Gordo despertó de su siesta con las mejillas rosadas, calientito y delicioso como siempre. Se me acercó y me pidió agua. Le di en el vaso del baño, pero el pobre estaba tan dormido que no calculó la fuerza y...se lo echó encima de la ropa, frío y repentino.

Como pude entre gritos y manotazos, le saqué su ropa mojada y lo envolví en los numerosos tutos que arrastraba. Luego lo vestí y pude regalonear con él a mis anchas porque hoy tuvimos el infrecuente privilegio de estar solos un rato.
Pobre guagüín de mi corazón...pero qué rica oportunidad de hacerle cariñito y darle besitos sin que nadie se pronunciara en contra por celos...