Con indignación observo el desmantelamiento de las casas aledañas a la plaza Las Lilas (“Parque” Las Lilas como estúpidamente publicita la constructora Penta en el barrio que fue) por calle Jorge Matte. También de las emblemáticas y encantadoras casas de calle Tomás Guevara.
¿Hasta cuándo se permite que las constructoras de viviendas masivas sigan arruinando el barrio?
Bueno, ya lo arruinaron, así que éstos son los lamentos de quien hace rato mira la muerte de parte de su pasado con pena, rabia e impotencia.
Muchos son los que dicen que el alcalde de Providencia es corrupto. Anónimos plasman grafittis en las construcciones del sector denunciando sus “lazos” con los dueños de constructoras e inmobiliarias que sistemáticamente compran grupos de casas y construyen edificios que colapsan el tráfico, roban luz del sol y destruyen lo poco que queda del barrio.
No tengo evidencia de tal corrupción. Pero al menos ese escenario incluiría ganancias para el alcalde. Porque la alternativa es que sea tan imbécil como a primera vista parece y estuviera permitiendo gratuitamente, desde su escritorio de alcalde, que las “oportunidades de inversión” se lleven a cabo. Sin tomar en cuenta, una vez más, la opinión de quienes más importan en esta contienda: los vecinos y residentes del sector. O incluso algo más perdurable: el sentido urbanístico y estético que toda ciudad bella y con los atributos que él pretende darle a la comuna, debe tener.
Es una vergüenza el slogan que la Municipalidad ha puesto a la comuna: Agradable para vivir, atractiva para invertir. Francamente no le veo el agrado a vivir en un lugar donde constantemente se oyen los ruidos de máquinas y camiones levantando nuevos adefesios; donde las plazas son centro de reunión nocturna para grupos que dejan botadas botellas de alcohol y colillas de cigarrillos (gracias a Dios por ahora no he visto jeringas usadas, pero falta poco); donde por las noches los mismos grupos alborotan el descanso de los vecinos al pasar profiriendo gritos y todo tipo de garabatos; donde uno tiene que levantar coches de niños, sillas de ruedas y bicicletas en todas las esquinas porque para poner declives convenientes, al alcalde no le da la imaginación o el presupuesto. Un lugar donde las “áreas verdes” que publicitan las constructoras son manchones de pasto que no sirven para que nuestros hijos jueguen ni para que nuestros ancianos y nosotros mismos nos sentemos a disfrutar de un jardín como se entiende tal concepto.
Respecto a la segunda parte del slogan, sobran los comentarios. Si la inversión significa romper todo lo que había y que formaba parte de la historia de nuestra ciudad y de nuestras familias y vidas, para poner en su lugar edificios anónimos e incongruentes y torres que amenazan la calidad de vida de todos los vecinos y sobrepasan la densidad poblacional óptima, entonces el alcalde tiene serios problemas de entendimiento en cuanto a sus funciones y a los objetivos que persigue su ejercicio. ¿O es cierto entonces que sus metas son otras, que seguramente atentan contra quienes vivimos aquí?
¿Hasta cuándo se permite que las constructoras de viviendas masivas sigan arruinando el barrio?
Bueno, ya lo arruinaron, así que éstos son los lamentos de quien hace rato mira la muerte de parte de su pasado con pena, rabia e impotencia.
Muchos son los que dicen que el alcalde de Providencia es corrupto. Anónimos plasman grafittis en las construcciones del sector denunciando sus “lazos” con los dueños de constructoras e inmobiliarias que sistemáticamente compran grupos de casas y construyen edificios que colapsan el tráfico, roban luz del sol y destruyen lo poco que queda del barrio.
No tengo evidencia de tal corrupción. Pero al menos ese escenario incluiría ganancias para el alcalde. Porque la alternativa es que sea tan imbécil como a primera vista parece y estuviera permitiendo gratuitamente, desde su escritorio de alcalde, que las “oportunidades de inversión” se lleven a cabo. Sin tomar en cuenta, una vez más, la opinión de quienes más importan en esta contienda: los vecinos y residentes del sector. O incluso algo más perdurable: el sentido urbanístico y estético que toda ciudad bella y con los atributos que él pretende darle a la comuna, debe tener.
Es una vergüenza el slogan que la Municipalidad ha puesto a la comuna: Agradable para vivir, atractiva para invertir. Francamente no le veo el agrado a vivir en un lugar donde constantemente se oyen los ruidos de máquinas y camiones levantando nuevos adefesios; donde las plazas son centro de reunión nocturna para grupos que dejan botadas botellas de alcohol y colillas de cigarrillos (gracias a Dios por ahora no he visto jeringas usadas, pero falta poco); donde por las noches los mismos grupos alborotan el descanso de los vecinos al pasar profiriendo gritos y todo tipo de garabatos; donde uno tiene que levantar coches de niños, sillas de ruedas y bicicletas en todas las esquinas porque para poner declives convenientes, al alcalde no le da la imaginación o el presupuesto. Un lugar donde las “áreas verdes” que publicitan las constructoras son manchones de pasto que no sirven para que nuestros hijos jueguen ni para que nuestros ancianos y nosotros mismos nos sentemos a disfrutar de un jardín como se entiende tal concepto.
Respecto a la segunda parte del slogan, sobran los comentarios. Si la inversión significa romper todo lo que había y que formaba parte de la historia de nuestra ciudad y de nuestras familias y vidas, para poner en su lugar edificios anónimos e incongruentes y torres que amenazan la calidad de vida de todos los vecinos y sobrepasan la densidad poblacional óptima, entonces el alcalde tiene serios problemas de entendimiento en cuanto a sus funciones y a los objetivos que persigue su ejercicio. ¿O es cierto entonces que sus metas son otras, que seguramente atentan contra quienes vivimos aquí?
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