Mostrando entradas con la etiqueta familia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta familia. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de diciembre de 2015

Era Inquilina...

Y rescindió su contrato de manera bastante adelantada y unilateral, a pesar de que tratamos de negociar. Pero cumplió con que fuera el último día del mes. Apurete la niña, por suerte salió todo maravillosamente bien.
Bienvenida chiquilina preciosa a nuestras vidas.

Regalitis


Con seguridad puedo decir que lo único que no me gusta de la Navidad es el tono excesivamente materialista que ha tomado. Sí, ya sé que todo el mundo se queja de lo mismo, pero parece que nadie se atreve a dar el primer paso para solucionarlo.
A mí no me importa que alguien no me haga un regalo de Navidad. No me ofendo ni me siento menos querida. Prefiero que esa persona venga a mi casa a celebrar y ojalá con algo rico que todos podamos compartir (porque, aunque yo seré la anfitriona este año, una ayudita con la comida nunca está de más). También agradezco que les traigan regalos a los niños, pero ojalá con mesura: un paquete para cada uno está bien. Si no, seguimos dándole énfasis a los regalos y después cuesta mucho más explicarles a los peques que la gracia de la fecha no es terminar con una montaña de juguetes.
En mi post anterior reconocí haber mezclado creencias y tradiciones y haber caído al influjo del Viejito Pascuero pero, ¿quién no? No es por disminuir mi culpa comparándome a los demás. Es que es virtualmente imposible hacerse el leso frente al tema en cuanto uno tiene niños que socializan con otros, quienes ya no hablan de otra cosa que las muñecas, vestidos, bicicletas y demases que han encargado/exigido. Qué mal entendida e interpretada está esa idea de que “la Navidad es de los niños”.
Creo que la clave puede estar, entonces, en minimizar la sugestión de entidades financieras, comentarios infantiles, escaparates de tiendas y comerciales de diario, radio y televisión en torno a la Navidad. Empezar a explicarles a los niños, con tiempo y en forma reiterada, que lo importante de la fecha (si es que uno elige celebrarla) es conmemorar el nacimiento de Jesús y la formación de una familia.
Típicamente uno se estaciona a un kilómetro del mall como es tradicional para estas fechas, toma por asalto una gran tienda como todo el mundo y se va para la casa lleno de bolsas que gritan ¡CONSUMISTA! a los cuatro vientos. Se siente bien poder reciprocar a todos los que alguna vez nos han regalado cosas: tíos, abuelos, primos, hermanos, padres, nanas, etc. Un caos. Pero, ¿es un gesto dedicado, preocupado, cariñoso, el impersonal paquete “jabón-espuma de baño-esponja-crema para el cuerpo” que puede no achuntarle a las preferencias del obsequiado y terminar olvidado en algún rincón o vuelto a regalar? Yo sé que muchas personas no cuentan con tiempo o paciencia para buscar en un mall atestado de gente, ese detalle que hará la diferencia. Aún en ese comprensible caso hay una solución que, entre adultos, no tiene nada de malo: preguntar a los destinatarios de regalo, qué quieren o necesitan. Mucho más eficiente para el regalador y para el regalado, quien no tiene que ir después con su “ticket de cambio” a buscar lo que realmente quería pero no recibió por falso romanticismo. Comunicación.
Hace algunos años decidí hacer, con mis propias manos y porque tengo el privilegio del tiempo, mis propios regalos. Un paquete por familia con cositas ricas que pueden disfrutar en el desayuno del 25. Más un regalo para cada niño de cada grupo, pero nada extravagante. A los nuestros les regalamos un paquete “de parte del viejito” y otro de parte nuestra, a cada uno.
Me cuesta tremendamente morderme la lengua cuando alguien llega con 2 ó 3 paquetes para cada niño (más me cuesta si no es igual cantidad de paquetes para todos, porque se generan rencillas innecesarias e inevitables). Durante mucho tiempo pedí a los otros la misma sobriedad que quiero yo misma tener, pero ya estoy entendiendo que cada uno es como es y que mi misión no es educar a adultos, sino que a mis hijos. Explicarles que los regalos no son lo importante y que al menos en esta casa siempre se valorará mucho más que estemos todos juntos y en armonía. Ojalá ellos sí puedan darle un significado más trascendental y adulto a los símbolos religiosos. Ver más allá de lo evidente y pueril.

Paciencia y Perseverancia

Estas dos palabritas deberían acompañarme más a menudo en mi vida diaria, especialmente en lo que a crianza de niños se refiere.
Porque en este momento estoy oyendo a los niños en su round de la hora de almuerzo y la Nanny, sin inmutarse, es capaz de pedirles diez veces que se coman la comida sin que se le altere la voz y les repite igual cantidad de veces que tienen que ser buenos niños, que si comen bien van a crecer grandes, fuertes e inteligentes, que no sean mañositos, etc.
Yo hace quince minutos los habría mandado de un grito a sus piezas castigados y habría levantado todo vestigio de comida de la mesa. Y estaríamos todos furiosos y lloriqueando. Lo usual.
Una amiga mía me pidió hace un tiempo que le colaborara en su blog sobre crianza y maternidad. Dijo que yo, con tres críos al hombro, era la más indicada de sus amigas para hablar de estos temas y aconsejar a las pobres que recién se enfrentan a llantos, vómitos, cambio de pañales casi constante, mañas, negativas a abrir la boca, empujones a los hermanos, total apego a “sus” cosas, celos, preguntas repetitivas e incisivas, etc.
Una suave sonrisa se dibujó en mi cara.
Todos los días tengo mi momento de sentirme una extraterrestre. Es frecuente que tenga experiencias extra corpóreas en que me miro interactuando o forcejeando con estas pequeñas personas y me pregunto cómo llegué acá, si realmente soy yo y ésta es mi vida y si no estaré soñando y cuando despierte me pondré mis ropas elegantes y a la moda y partiré con mis zapatos carísimos a mi exclusiva oficina en el sector de El Golf y almorzaré cualquier tontera y llamaré a mis clientes y pensaré en los mercados financieros y el estado de la economía mundial y las burbujas especulativas, la cobertura con derivados, la estructura de tasas de interés en el tiempo, la paridad de monedas, las decisiones de los entes monetarios más importantes, las noticias que aparecen en Bloomberg y Reuters.
En esas voladas estoy cuando la criatura se despierta llorando y mi corazón da un salto. Se acabó el recreo. Hora de volver a enseñarle a sentarse, a que pesque cosas con sus manitas redondas y preciosas. A conversar con los otros dos de que les picaron los “zangudos”, que quieren “leche calentita y con mucho chocolate”, “tuto y tete”, “prrrrr prrrrr” (el camión), el por qué de todo el universo. A oler y acariciar sus cuerpitos transpirados de calor y de correr y de jugar; a tropezarme con los innumerables juguetes que cubren toda la superficie construida; a arbitrar cuando uno quiere jugar con lo que tiene el otro; cuando los cariños a la guagua se tornan un poco más violentos que lo recomendable; a conciliar que debo dejarlos jugar y destrozar y desordenar solos porque debo alimentar a la pequeña o debo calentar la comida que probablemente tomará más de una discusión que se traguen, o porque simplemente el cuerpo me recuerda que no he ido al baño en más de 6 horas.
Paciencia. Para no enojarme cuando compiten por un mismo pedazo de plástico; para no entregárselos a los carabineros cuando la comida vuela por los aires y aterriza en el suelo, las paredes y los muebles de un puro manotazo; para no gritar cuando ya no doy más de desesperación y frustración porque no abren la boca y han pasado una hora con los platos intactos; para no tirarles el pelo cuando una vez más, contra mis ruegos, órdenes y amenazas, se han subido a los muebles del living y desinflado los cojines, que terminan esparcidos por todo el suelo junto a cajas de CD, zapatos y montones de tierra o piedras. En mi casa nueva.
Perseverancia. Para no ceder y seguir intentando que entiendan que la comida les hace bien. Para explicarles que deben ser cariñosos y compasivos y por lo tanto a los hermanos no se les pega ni se les empuja ni se les quitan los juguetes, sin levantar la voz. Para contestar sus insistentes preguntas con respeto y sin recurrir al poco empático “no sé” o "porque sí". Para recordarme que es importante que sólo vean televisión un rato y ni un minuto más, aunque se revienten llorando cuando la apago. Para que no tenga que traérmelos de la plaza convertidos en engrudo humano de barro, con tierra en el pelo y los ojos llenos de pus verde, sólo porque no pude enfrentarme a sus ganas de jugar con el maldito grifo que han puesto y que literalmente inunda toda la plaza y la llena de mosquitos que ya los tienen llenos de picaduras.

¡¡¡Lo logré!!!

Me creo la muerte.
Hoy salí sola, con los tres críos, a pie.
La misión fue exitosa, aunque los dos más grandes llegaron agotados (pero mis plegarias fueron oídas porque, a diferencia de otras veces, hoy el cansancio NO le ganó al hambre y se zamparon el almuerzo).
Aprendí mucho. Por ejemplo, fue buena idea ponerles sombrero y embetunarnos todos con factor 60, porque la marcha no era expedita todo el rato. Debo recordar también llevarles sus vasos con agua, un chal para poner a Chiquitina en el pasto y su arnés para traerla de vuelta y así liberar el asiento del coche, más el asiento accesorio para sentar al otro transeúnte. Porque Pollito y Gordo igual se cansan y piden ser llevados en “upa” o sentados. No puedo exponer a la sociedad a otro de los berrinches de ese niño…qué vergüenza ajena. Grita como si le estuviera metiendo agujas debajo de las uñas. Se tira al suelo, clama al cielo por misericordia y se revuelca como si lo hubiera hecho caminar desde San Bernardo. Pollito es más estoica, pero sólo llevó y trajo de vuelta su coche de muñecas porque le advertí (yo no amenazo) que, si esta vez no lo traía ella misma, quedaba en la calle.
Ahora ya sé que puedo. Me siento casi todopoderosa. Fue una buena práctica para las ricas dos semanas que se me avecinan alone. Además ya tengo una cartita bajo la manga para la hora de la comida. No, no es McDonald’s; es el brillante consejo de mi amiga P.
¿Qué más puede pedir una madre? Una semana en la playa con mi marido, por favor. Ni siquiera tanto: con un fin de semana quedo feliz. Pero en la playa que a mí me gusta…



Foto: Marginalia

Aún existo

Me siento tan feliz de que 2 (dos) personas me hayan preguntado qué onda con el blog, si seguía o no. Estos pequeños éxitos me bastan.
El blog sigue, pero no he podido escribir.
Razón: estoy agotada.
Sé que siempre digo lo mismo pero es verdad.
Entonces resumo por partes.
Polito: Postulando a colegios. ¡Ha sido intenso para la madre, incluyendo palpitaciones al volver a su propio colegio! La hija ni se ha enterado hasta ahora. Resultados el 15 de mayo. ¡Valor! No sé si pueda resistir tanto tiempo sin asesinar a alguien.
Gordo: Yendo al jardín infantil. No ha sido fácil. Es lejos el más regalón del curso y todavía me persigue a gritos cuando me voy, pero dicen las tías que ya no llora tanto durante la mañana. Se me rompe un poco el corazón todas las mañanas y cuando lo vi esperándome pegadito a la reja de entrada con su mochila puesta y una lágrima casi seca en la mejilla, me sentí un vil gusano. Con perdón de los gusanos que qué culpa tienen.
Chiquitina: Engordando y creciendo en encanto y zagacidad. Es una pilla coqueta que sonríe todo el tiempo y me derrite. Ha estado un poco enferma de la garganta, lo que le dificultó comer, lo que le dificultó dormir, lo que me dificultó seguir viva.
Lo otro relevante es mi marido y el resto de mi familia. De ellos puedo decir que apreciarían un poco de tiempo libre, salvo mis padres que vienen llegando de una semanita de descanso, pero no exenta de malos ratos. Por favor recuerden cerrar sus casas cuando salgan y no dejar objetos de valor en lugares vulnerables a personas de manos rápidas.
El directorio de blogs: Está en camino. Lento pero seguro.

Destete

Qué depresión.
Chiquitina ya no quiere mi leche.
Salvo cuando le bajan sus mañas a las 21 hrs. y ahí me olfatea como perrito y me tironea la ropa y quién soy yo para resistirme.
Esto me pasa todas las veces. Un conflicto bilateral, porque el asunto es oferta y demanda.
Me veré obligada a tener OTRO.
No, es broma.

Me presento


No, no soy yo.
Es mi bisabuela Laura. Pero según todos quienes me conocen y han visto el cuadro, nos parecemos mucho. Claro, yo no tengo los ojos verdes ni me veo tan elegante y además en general mi pelo es más chascón. Bastante más chascón. Pero es igual, oscurísimo y crespo, en contraste con piel muy blanca. Y mi cara es también redonda, con la misma nariz y boca y ojos con apariencia de sueño.
Este tesoro, desde siempre mi favorito (y secretamente anhelado), me llegó en condiciones malitas hace un par de semanas. De hecho, eran suficientemente malas como para que hubiera un nuevo accidente (lo colgué y PAFFF se vino al suelo un rato después, separándose la tela del marco ya bien venido a menos) y así me fue inevitable y -es más-, urgente, mandarlo a restaurar.
A propósito de que Maco me encontró parecida a una linda dama de épocas pasadas encarnada por una actriz brasileña (el ojito de mi amiga, que sólo me ha visto en las esquivas fotos de su servidora que hay en este sitio), aprovecho de mostrar una foto del mencionado retrato, fechado en 1888 y pintado por un autor misterioso cuya identidad espero poder develar tras ir al Museo de Bellas Artes y la Escuela de Arte de mi universidad con una fotografía de la firma. Por cierto que si hay un entendido en pintura chilena del siglo 19 entre mis lectores, puede ponerse en contacto conmigo vía un comentario a este post o un e-mail a floblogger@gmail.com.
Ya ves, Maco, efectivamente hay un parecido notable. Te felicito.

Twenty four seven

Es lo que dura mi pega.
Y yo que estaba tan chata de mi pega de oficina.
Tanto, que renuncié y me dediqué a ser madre.
No es que me arrepienta...(de ser madre. De renunciar, tampoco, la verdad).
Pero puchas que cansa (ser madre).
Van varios días en que debo recostarme un rato para recuperar energía gastada (o no renovada) durante la noche.
Por favor mejórense luego y vayan a su jardín infantil, ¿quieren?
¡Pero no se enfermen más!
Ahora, a sanarme yo, porque de cansancio se me fueron las defensas al suelo y tengo achaques por doquier.
Excusa para no haber escrito.

Seguimos en marcha blanca.

A Un Año

Todavía lo puedo ver en su sillón, con un codo apoyado en el apoyabrazos, con el dedo índice en la sien y el pulgar en la quijada, leyendo. Todavía lo veo con el mismo gesto haciendo sus puzzles, o comiendo.
A veces me salta el corazón en la calle cuando veo a alguien parecido a él, caminando con su misma gallardía. Ese caminar que se veía altivo pero que daba paso fácil al saludo, la sonrisa amistosa y el cordial apretón de manos.
Si estuviera en el campo del sur no me costaría nada encontrarlo de pie mirando los sembradíos o los caballos y las vacas en la lechería, comentándolo todo con la comadre, el compadre y sus hijos. Con su sombrero de huaso y su pasado glorioso en ese quehacer que tanto aborrezco: el rodeo.
Me acuerdo de su voz como si la hubiera oído ayer. "Hola, mija" y su invariable "Adiós" con un apretón de mejillas para los más chicos.
Sus bromas, las que nos sacaban carcajadas y las que sacaban pica a los chicos. Los mismos a los que después entregaba un caramelo pa callao, porque era irremediablemente guaguatero. Tanto los del sur como los de acá lo sentían su abuelo, siempre enterado de todas las novedades y preguntando por ellas como si no hubiera más nietos de los que preocuparse.
Sus libros de castillos, de historia, de análisis y críticas religiosas. Sus cuentos y escritos varios, incluso las cartas que me enviara cuando era niña y que aún atesoro. Sus anécdotas después del almuerzo, sus conversaciones siempre amenas y corteses aún para con los contrincantes, pero sólo los inteligentes que dieran argumentos a la altura.
Su hermoso pelo ensortijado, pero bien peinado luciendo unas canas muy interesantes y una espesura que ya se la querría la mayoría de los hombres. Su porte distinguido gracias al trabajo en el campo y el tenis de tantos años y su inglés de Lord, intachable al paso del tiempo.
Un año que parece una semana.

Secuencia: En la plaza

Uds. perdonarán que los atiborre con imágenes de mis hijos, pero es que son TAN HERMOSOS que no puede ser de otra manera.
Estas fotos las tomé en primavera un día que fuimos a la plaza.
No parecen haberlo pasado mal.

"¿En qué estará Kikito?"


"¿Será buena gente conmigo este perrito?"



(esto en medio de una pichanga ajena)


"A que no me pillas"


"Me gusta ese camión tan grande y ruidoso"


"¿Por qué le gustarán los camiones grandes y ruidosos?"

"Mejor me columpio"

Hace dos años

Gordo y yo

MCA

No puedes ir en cuanto te avisan que ha comenzado.
Entonces, cuando tu hermano dice que va en camino, le pides que compre un par de litros de jugo y un queque, para que quienes vayan llegando tengan algo que comer y tomar.
Apenas te desocupas, viene la tranquilidad. Puedes ir, te sientes mejor.
Una vez allá te encuentras con la presencia tranquila de tu madre, serena y compuesta siempre.
Dispones una bandeja con vasos, abres uno de los jugos y partes el queque. Todo va al comedor, donde ya se congregan los hijos, un par de nietos y la matriarca. En su habitación, él ya en sopor. Pero notas una respuesta cuando le tomas la mano fría.
Vuelve el dolor. ¿Más morfina? Hay un riesgo, hay un riesgo…
Pero a estas alturas es más importante que él esté tranquilo y cómodo, sin dolor. El desenlace viene, más temprano o más tarde pero viene.
Entonces morfina.
Y lo vas a ver en un momento en que parece despertar. Le tomas la mano, le dices algo. Parece que te viera; te aprieta la mano que le tomaste. Cuando suenan tus palabras se calma un poco. ¿Sabrá que estamos todos acá, acompañándolo, honrándolo? Sí, no te cabe duda.
Luego conversas un rato, entre las pausas de lavar vasos, servir diminutas tazas de café, saludar a los recién llegados, atender el teléfono.
Te sientas.
Calladamente, ante un sutil gesto, los hijos van donde su padre con la madre y la nuera que atiende en calidad de enfermera. Ni te diste cuenta, porque estabas hablando con el nieto de los compadres, amigo de años.
Un poco de alboroto. Vas a ver y justo sale tu madre a pedirte que llames a quien corresponda para que venga a certificar el fallecimiento.

***

Súbitamente se agolpan las visitas. Llegan apurados, llorosos, pidiendo se les cuente cómo sucedió. Se llena el espacio y ya no dan abasto el jugo y el queque. Como autómata, consuelas primos chicos, sigues atendiendo llamadas y avisando a los que no están ahí, llevas vasos a la cocina, abres una nueva botella de jugo, abres la puerta. Pones agua a hervir, arreglas una bandeja con tacitas y otra con el juego de té.
De repente sientes un cansancio, una debilidad en las piernas. Ya no te llegan llantos, saludos, conversaciones. Sientes el vacío. Comprendes.
Lo vas a ver. Está lindo, tranquilo, dormido y pálido. En paz.
Te sientas y empiezan a caer: una, dos, varias, tac tac tac, tibias sobre tu pierna.
Lo mejor es irse a la pieza de la matriarca donde el primo sensible que está conmocionado como tú. Recién ahí puedes desahogarte un poco, pero no mucho.
Más visitas.
Más cansancio.
Lo vas a ver nuevamente, porque empiezas a tomar conciencia de que se ha ido, de que ya no habrá más paseos al sur, ya no más cartas, ya no más comentarios agudos, ya no más lecturas en ese inglés británico precioso.

***

Ah. Se fue.
Silencio.

***

Adiós tata.

Crónica de un nacimiento, parte II

La primera parte, acá

El lunes y el martes vino mi abuela a pincharme y a decirme, por tercera vez en mi vida, que los niños tienen mucho aguante y que sólo debía tranquilizarme. Tiene excelente mano de arsenalera, pero el líquido era grueso y dolía. Menos que las contracciones, así que era un relajo, además que me apaciguaba la conciencia saber que con él, tú podías estar en mejores condiciones de enfrentarte al mundo. Conversaba con mis amigas sabias y meditaba mucho, centrando mi atención en la respiración, en calmar la mente para que no se liberaran demasiados cortisoles a causa del miedo y el dolor y en imaginarte dentro mío: chiquita, asustada, apretujada y quizás ya molesta con tanto movimiento. No sabía que eras niñita, pero lo intuía por lo mucho que te movías y lo pequeña que te mostraban las ecografías.
El martes en la noche ya era un estropajo. Me dolían todos los músculos y las contracciones nocturnas me dificultaban enormemente dormir y descansar. Hacerlo en el día, con tus hermanos gritando y jugando, era también casi imposible. El sueño y yo no somos amigos, así de simple. Por lo que me rendí y le dije a tu padre, al amanecer, que por favor me llevara a que me viera Max, porque ya no podía más y alguien iba a morir por mi mano si no se hacía nada. Pesqué
-->nuestra maleta (hecha con anticipación pero aún así sin pantuflas ni artículos de aseo ni pañales ni tutos). Me vio Max. Me dijo que el trabajo de parto estaba bien avanzado, pero que estábamos a tiempo de detenerlo y que eso nos convenía por cuanto sólo tenías 35 semanas de gestación. Le explicamos nuestra incierta situación financiera y nos mandó a una clínica un poco más lejana, pero igual de respetable y más económica. Excelente elección.Salvo porque no tenía la disciplina germánica que yo conocía y odiaba, ésta era mucho más acogedora, tranquila y cálida en su aporte humano. Se demoraron un poco en darme una habitación, ponerme el catéter con el líquido milagroso y conectar mi guata a esos sensores con agujas (mientras yo transpiraba de agotamiento, dolor y hambre, porque no había tenido tiempo y después permiso para comer), pero después de eso las horas transcurrieron serenas y, milagro, ¡sin dolor! Al atardecer un ángel con uniforme blanco me trajo una bandeja con comida y tras agradecer a Dios por su misericordia, me dispuse a devorar, pero no pude. El remedio que corría por mis venas alteraba mi pulso al punto de que parecía una adicta en rehabilitación: hacía un esfuerzo por poner comida en el tenedor, pero cuando éste llegaba a mi boca estaba vacío y la comida regada en mi pecho y en la cama. El temblor incluso alcanzaba a mi voz, lo que me hacía reir a gritos con tu papá. Al final él me tuvo que dar la comida en la boca y se llevó sus buenos retos por no hacerlo con suficiente rapidez.
Por desgracia mi noche no fue muy distinta a las anteriores. Las contracciones eran seguidas y muy intensas. Para poder dormir un rato me tuvieron que subir la dosis del catéter al máximo y la matrona no se lo pudo ocultar a Max, que llamó temprano al día siguiente para saber cómo iban las cosas. Lo ideal con ese fármaco era disminuir la dosis después de unas horas; no subirla. Mandaría a la matrona de su equipo para que me revisara.
Era pasadito del medio día cuando llegó la matrona de Max (la que trabaja con él; no es que él sea su paciente, aclaro). Me revisó y me miró con cara de circunstancia: “tienes 4 centímetros de dilatación, no hay rastros de cuello (uterino) y se te está a punto de caer el tapón mucoso”. Pescó su celular, llamó a Max, le contó y a continuación llamó al neonatólogo, anestesista (estaba claro que con dos cesáreas previas tan seguidas, no podía ser parto normal), pidió pabellón, etc. Yo hice lo propio y le avisé a tu papá, tu abuela, mis hermanos y algunas amigas. Y me lancé a tenerte. Me quitaron los remedios, nuevamente se me prohibió comer (¡a la hora de almuerzo! Qué falta de compasión) y retomamos el dolor.
Creo que amé al anestesista cuando se presentó. Fue mi ídolo. Además estaban todos de buen humor, o puede que yo haya estado alucinando a esas alturas tras casi una semana de dolor ininterrumpido. Max pidió yodo y le pasaron una caja de ésas de aluminio con tapa de papel en que viene la comida china. Cuando me dijo “ya, Flo, ahora te voy a poner salsa de soya en la guata” y todos estallamos en carcajadas, me relajé. Después llegó tu papá en su traje semi espacial esterilizado y procedieron. No sentí dolor, pero sí a Max tirándose piqueros encima mío para que tú bajaras y salieras. Por un segundo temí que a todo mi malestar se sumara una costilla quebrada. Pero no. Silencio. Y más silencio. Hasta que pregunté, furiosa “¿y?” y lloraste, mi pobre chica obediente…luego te acercaron a mí y te di un besito entre mis lágrimas. Estabas calientita y eras tan, tan pequeña…como una muñeca de tu hermana. Pero perfecta. Hermosa. Te fuiste a Neonatología y yo a mi pieza.
Los días que siguieron fueron mejores que los precedentes porque, a pesar de que había tenido una cesárea, ya el dolor no era constante y además tú habías cumplido con tu parte de la misión: eras un punto minúsculo, pero tus pulmones estaban perfectamente listos y no necesitaste ni medio minuto de incubadora. Las enfermeras me decían que pocas veces habían visto a una guagua tan chica y tan despierta, porque tenías los ojos abiertos todo el rato. Mi ánimo iba de lo bueno a lo malo, con frecuentes momentos de cuasi depresión porque echaba de menos a tus hermanos y me sentía tan sola en esa pieza blanca, sin siquiera tenerte a ti porque estabas en fototerapia. Recibimos muchas visitas y regalos.
Tuvimos que quedarnos un día más en la clínica, porque tus niveles de bilirrubina no bajaban a un punto que dejara tranquila a tu pediatra y yo no concebía irme de ahí con los brazos vacíos. Menos, ir y venir para darte leche y con eso zumbarme el poco descanso que podía y necesitaba tener. Tus hermanos, aunque me moría un poco cuando partían a la casa, habrían sido demasiada carga para mí en ese momento.
Y con eso termino mi relato de tu nacimiento. Intenso, ¿no? Pero feliz para todos nosotros.


¡Feliz Cumpleaños mi Jaci Luz!

Crónica de un nacimiento, parte I

La historia de tu llegada al mundo tiene poco de romanticismo y harto de suspenso y aventura y acción. Resulta que mientras te esperábamos nos cambiamos de casa, tu papá se quedó sin trabajo, tuvimos que cambiar de nana puertas adentro porque la que teníamos era un peligro y tus dos hermanos mayores se pescaron el virus sincicial, terror de la temporada otoño invierno. Además tu hermana se pegó una bajada de peso salvaje, que me remeció por dentro.
Con estos antecedentes podrás imaginarte que yo, tu nunca relajada madre, estaba como loro en el alambre. Subía y bajaba escaleras como si nada, sin embargo, e iba al supermercado como siempre e iba a dejar y a buscar a tu hermana al jardín infantil todos los días. Por suerte tu abuela había ya tenido la brillante idea de cambiarse a otro edificio, esta vez con ascensor. Así que ir a verla ya no significaba tener que mentalizarme antes de salir de la casa y llegar acezando a tocar el timbre con todos los niños y bártulos colgando a duras penas.
En fin. Un buen día viernes en la noche fui a una fiestita que organizaron para mí mis amigas y que consistía en juntarnos a comer algo y entregarme regalos varios para tu llegada. Fui al supermercado a comprar las viandas que me tocaban, sintiéndome regia con mis botas de taco alto. Me quedé celebrando hasta la medianoche y me retiré feliz con muchos paquetes, de los cuales he atesorado una tina celeste para bañarte que me entregaron en préstamo y que me ha salvado la vida y la espalda todos estos meses.
Lo bueno comenzó mientras dormía. Me dolían los lados de la espalda (como si hubiera levantado mucho peso en el día) y no encontraba posición cómoda. Me levanté millones de veces para caminar; me metí al baño para no despertar a tu papá, al closet a respirar y apretar los dientes de dolor, etc. Al final tu padre se despertó igual y me hizo masajes, que sólo aliviaron el dolor a ratos.
Bien tempranito en la mañana del sábado llamé a Max (ese hombre grande y cariñoso que te sacó a tirones de mi cuerpo) y le conté las novedades. Sin arrugarse me mandó a acostarme y ponerme un supositorio. Cuento viejo. A las 3 ó 4 horas lo llamé para decirle que no disminuía el dolor. Me dijo que comprara un remedio con un nombre extrañísimo, que encargué a la farmacia y me costó una miseria. ¡Me sentí estafada! Preví que algo tan barato no iba a quitarme el malestar. Pero fui obediente y por suerte el dolor pasó. Vi toda la programación del cable ese día y me deshidraté con el guatero en mi espalda. Esa noche no fue mejor que la anterior, por desgracia. Dolor constante, masajes, angustia y cansancio, un poco de descanso.
El domingo amanecí como lechuga. Vino mi cuñada y me bajó la formalidad, así que bajé a recibirla, comimos algo en la cocina y nos sentamos en el living. Sentía algo de molestia, pero lo disimulaba y me distraía conversando. Vaya si la pagué caro: en la tarde gritaba de dolor y tuve que llamar nuevamente a Max (que, si no fuera porque le he permitido perfeccionarse en su práctica estos tres años, tendría que haber tirado su celular al excusado cuando veía que lo llamaba yo). Me dijo que lo sentía en el alma, pero iba a tener que inyectarme corticoides para que se desarrollaran tus pulmoncitos, puesto que mi historial le hacía sospechar que el desenlace estaba cercano. Llamé a mi abuela (como siempre que tengo que lidiar con cosas médicas) y la contraté de enfermera. Tu padre partió a comprar los elementos y nos aprestamos para otra noche infernal. No fuimos defraudados.
A todo esto yo ya no tenía permiso para levantarme, por lo que tus hermanos se pusieron salvajes en el reino del primer piso y en mi pieza reinaba el sonido de la televisión, el teclado del computador y el teléfono.
¿Cuántas noches espantosas llevamos? ¿Tres? Falta la mitad todavía.

A petición del público, reposteado: Un funeral la raja

Originalmente publicado el 30/07/2009, en relación a este evento

Yo sé que la frase es inusual porque, ¿cuántas veces recuerda uno un funeral como algo que lo hizo sentirse más feliz?
Pero no encuentro otra palabra para describir el que se mandó mi abuelo. Creo que muchos de los asistentes estarán de acuerdo conmigo en que lo pasamos salvaje de bien. Y no quiero ser irrespetuosa ni sonar irreverente; entiendo la solemnidad y seriedad del asunto (era que no, si era MI ABUELO) y estoy segura de que para mi abuela no fue ná tan divertido. Yo misma no me reí todo el rato, ni mucho menos. Como comentario al margen, cada vez me cuesta más llorar en público, como que me da plancha, siento que es como privado. Piensen nomás que estoy medio rallada, puede ser.
Es que fue TAN agradable ver al “lado de la familia” del sur…pucha que fue reconfortante verlos llegar a todos, cada familia en su auto, cariñosos a presentar sus respetos y a acompañar a mi abuela y a conversarnos de lo que mi abuelo fue para todos ellos, "nuestra competencia", según una de mis primas hermanas.
También fue rico estar con los primos (a quienes no pesco mucho en otras ocasiones), unidos por una causa común. Que sí, para algunos era más íntima que para otros, pero la idea de ser parte de este grupo de personas se hizo sentir y eso me dio alegría. Yo me siento una de las dolientes más cercanas.
Yo creía que iba a llegar a fundar esta mañana donde mi abuela pero varios tan queridos y cuya temprana presencia tanto me sorprendió me habían ganado el quién vive. Con cuatro horas de viaje en auto en el cuerpo, debo decir que me parecen admirables. Después fueron llegando más y al final fuimos un verdadero cortejo hasta el cementerio.
El saludo más notable fue el que recibí del don a quien el Pollo le tiembla: “así es la hueá, poh”. Sip, así es.
Si bien creo que se me frió parte del cerebro de tanto hablar por teléfono celular, se me reveló que la voluntad de mi abuelo era férrea: a pesar de nuestros denostados esfuerzos por conseguir un sacerdote (yo traté de ubicar a seis; la tía V. a cuatro), no hubo caso. Mi abuela tuvo que saber aceptar que el responso lo hiciera el diácono de la capilla. Y lo hizo de lo más bien, debo decir.
Hice una pequeña pausa a medio día para ir a buscar a los peques al jardín, comer algo y volví a las andanzas, esta vez a comprar algunas viandas para los viajeros que insistieron en no dejar solo a mi abuelo a la hora de almuerzo. Con todo lo respetable que me parece el Quitapena, la verdad es que sentí alguna incongruencia entre el local y mis elegantes tías abuelas. Como que no pegaban con el ambiente.
Mi abuela y mi mamá hicieron unos sánguches fantásticos con pollo, huevo y queso y yo llevé sendos termos con agua y té y café (más el endulzante y el azucarero de mi casa), unos jugos, Coca Colas y queques. Las dos señoras me retaron por el exceso, pero no les dije nada. Debí haber llevado una cámara de fotos para sacárselos en cara: viejas, señores, niños y jóvenes zampándose los pancitos, peleándose los pedazos de queque y sirviéndose café como que había. Ah, qué retrato memorable. La Chica me dijo, y creo que tiene TODA la razón, que ese puro momento habría sido el favorito de mi abuelo: vernos a todos juntos en su nombre, compartiendo comida rica y un rato agradable. El mejor homenaje. Faltó, como ella agregó, la cabeza de cordero encima del cajón y el vino tinto.
Después de eso empezó a llegar más y más gente. Considerando que no hubo aviso en el diario, o sea que se corrió la voz nomás, creo que la concurrencia fue espectacular: unas 150 personas llenaron el recinto y hubo que abrir de par en par todas las puertas de la capilla.
Mi abuelo fue un hombre querido, amigo de sus amigos. Para robarles las palabras a quienes se pronunciaron (desde que esto comenzó nunca, nunca fui capaz de escribirle algo), fue un hombre culto, mediador objetivo y justo, tolerante, muy convencido de sus ideas pero nunca tratando de convencer a otros (lo que sólo contribuyó a aumentar su número de seguidores) y con un sentido del humor más bien sarcástico, pero nunca antipático. Siempre dueño de sí mismo, poco dado al contacto físico y con una presencia marcada por su educación inglesa (“Cuídese, mija” y un apretón de manos a la hija que se iba a vivir al otro lado del mundo). Abuelo cariñoso, enfermo de guaguatero y formador (no dudaba en retar sin ceremonia a algún nieto pillado en falta y sobre todo los más chicos, recordarán con terror EL MONO), siempre leyendo libros de historia (escritos por hombres) y mirando fotos de los castillos de Europa (los cuales visité porque él me lo dijo y financió con indisimulada admiración por esta nieta loca que se iba sola). En su juventud, asiduo participante de los rodeos con su compadre, cuando no estaba saltando de los trenes en movimiento envuelto en su manta de Castilla para no recorrer más de lo necesario. Muy dado a los embutidos y fiambres y los buenos asados de campo con todo tipo de interiores, los que infructuosamente trató de hacerme probar cuando me llevaba al sur, lo que me valió el comentario “es que esta niñita es tonta”. Bueno para escribir cuentos, los que me entregaba escritos con su caligrafía cuadrada tan varonil en esos blocs café con líneas para que yo se los pasara en computador muerta de la risa e imprimiera. Siempre contrabandeando libros “herejes” para callao con mi mamá, afición que debo decir se me está pegando pero mi abuela no puede enterarse. Comecura impenitente, solía bromearme con que estaba cansado porque había ido hasta la iglesia de rodillas leyendo la Biblia. Los helados de agua, el turrón y los puzzles. Su boina española que más de una broma le permitió hacer a los desprevenidos.
Lo veo siendo recibido por el tío R., quien a continuación le dice que lo estaba esperando qué rato, p’iñor. Sí, compadre, pero ya llegué.

Convidadita de piedra

Hoy, como ya se me ha hecho rutina, fui a cerrar la puerta de entrada a mi casa. Había visto una ráfaga blanca por la ventana y creí que era efecto del cansancio, pero un rato después me fue a buscar la Emi, emocionadísima porque lo que yo creía era una alucinación era en realidad esto:


Hicimos el chequeo de rigor para conocer un poco mejor a nuestro huésped y un minuto después, ya tenía nombre: Catalina Nami. Pollito y yo aún no hemos discutido los detalles ortográficos del apellido con que ella bautizó a la perrita.


Como no sabemos si tiene dueño u otros datos importantes que C. N. no quiso informarnos, le dije al Pollo que fuéramos a imprimir su foto y la pusiéramos fuera de la casa. Acongojada, me preguntó con su voz más aguda "¿Pero puede ser nuestra un rato????" y cuando accedí, deduje que un collar sería una buena idea, por lo de las pulgas. Nuevamente Pollo intervino para anunciar "Yo le presto uno de los míos, mamita". La ternura.
Así las cosas, tenemos una perrita hasta nuevo aviso.


Quisiera aprovechar este momento para agradecer a Jaci y sus laboriosos deditos que aprietan los botones del citófono de mi pieza, por haber considerado que mi vida no era todavía suficientemente agotadora y permitir que un perrito patudo entrara a nuestra casa cual Pedro por la suya.

Yo, la decidida

Hoy fue el primer día de nuevo jardín infantil para los tres niños. Pollito, ante la posibilidad de estar con su prima, entró feliz, o al menos tranquila. Con Gordo fue volver a los primeros días de marzo, porque lloró y se aferró a nosotros como si no nos fuéramos a volver a ver. La Chiqui también lloró porque se la llevaron al segundo piso en brazos y se me olvidó llevarle su conejo o algo que la acompañara. De lujo, la madre.
Ahora estoy dudando si fue buena idea dejarla, porque en realidad las cosas de la casa las puedo hacer con ella revoloteando igual; por lo demás hoy, en la presión del momento, me di cuenta de que prefiero tener a la chica feliz a mi lado antes que estar sola toda la mañana dando rienda suelta a mi perfeccionismo inútil y de corta vida ya que los niños no lo respetan. Es verdad que me desespera estar con los niños todo el día, pero que la Porota se sienta abandonada a su suerte en un lugar extraño es peor.
Peor porque tengo la opción de tenerla conmigo y hacer con ella lo mismo que hice con sus hermanos: cobijarla y besuquearla a gusto hasta que cumpla dos o casi dos y ahí recién mandarla al jardín. Ella es, de los tres, la que menos me ha tenido para sí de manera exclusiva y ahora resulta que la mando al jardín mucho antes de lo que mandé a los otros, sólo para poder “hacer las cosas de la casa”. Mi corazón me dice que es mejor un poco de desorden y mugre pero una madre y una hija felices y tranquilas.
Ahora, si sólo van a ir los dos mayores, la pregunta es por qué no los mandé al mismo jardín de siempre, donde me ahorraba los llantos e ir a buscarlos. La respuesta es que, como no me visualicé feliz sin al menos un momento de soledad, siempre quise incluir a los tres en el paquete. Tenía que pasar por el momento de separación para realmente saber lo que sentiría. Además racionalicé que las peleas y el stress serían menos si no tenía que darles yo todas las comidas y en eso el jardín de siempre no me ayudaba, pero este jardín sí.
Al final del día, lo importante es que el goce de estar con otros niños y comer otras cosas sea mayor que la angustia porque el lugar donde obtienen todo eso es extraño a ellos. Para mí, el descanso mental y emocional de las mañanas tiene que superar a la culpa por mandarlos a un jardín infantil y a la posible pena de estar sola en esta gran casa.

P.S.: Tras sentirme miserable un buen rato, decidí en conjunto con mi marido que no enviaremos a la pequeñina a ninguna parte donde los ojos de su madre no la vean. Los mayores, por otro lado, irán al mismo jardín de siempre y sabrán almorzar acá lo que yo les dé. He disho.

Recuerdos y ambientes

Cuando me toca ir a dejar a la Pollo al colegio, me las arreglo para que pasemos por una casa que me encanta. Tiene una entrada boscosa, con flores azules y helechos y árboles de hojas perennes, y la casa en sí es de un piso, color amarillo y vigas de madera. Desde la reja hay un caminito de piedras que lleva a la puerta de entrada y lo rodean macizos de plantas y flores que son toda mi envidia.
Mi casa me encanta y estoy del todo "aguachá" en ella, pero no creo que pueda optar a esa entrada exhuberante, oscura y que no puedo describir de otra manera que "mágica" de la casa que describo. Porque ahora tenemos en el jardín delantero a la Cata que, ya superado el episodio de sacar el riego subterráneo a tirones y comerse los tubos que protegen los cables que van a la casa (y sólo porque hubby puso unas piedras que los cubren), corretea encima de los cubresuelos que con tanto amor elegí y hace pipí en ellos, con el resultado de que ya no crece vegetación en algunos antiestéticos manchones. Adiós a mis románticos proyectos de plantar frutillas y cercar con white picket fences. Pero hay que reconocerle el lado amoroso a la perrita y cómo me sirve de babysitter cuando los niños juegan durante los maestreos del hombre. Todos estuvimos un poco de muerte cuando, hace casi un mes, la muy pilla se escapó un viernes a medio día y apareció el domingo en la mañana. Aunque en algún rincón de mi mente me sentía aliviada, al saber que un alma caritativa la había dejado en la clínica veterinaria (gracias a la medallita que lleva siempre puesta), me emocioné y dejé todo botado para ir a buscarla yo misma.
Pero me alejo del punto que comenzó este post.

El cual era mi intención de crear un hogar cálido, sin grandes lujos pero cómodo, acogedor y bonito, que los niños recuerden con cariño y alegría cuando sean grandes. Con la lluvia de ayer me acordé de la casa de mi tía en el sur, situada en medio del campo. Las primeras veces que fui con mis abuelos (compadres de los dueños de casa), todavía no había ni alumbrado en el camino, por lo que mirar el cielo de noche era un verdadero privilegio, enteramente surcado de estrellas y oscuro y misterioso con los lejanos sonidos de las vacas en la lechería y los caballos en el establo de la casa próxima, a cosa de un kilómetro de distancia con potreros y tierras cultivadas de por medio. La casa es un oasis de calma, con los típicos muebles de pesadas maderas y grandes dimensiones, los cubiertos y juegos de loza antiguos, cuadros del campo chileno y retratos de parientes, la grande y maravillosa cocina donde siempre se está cocinando y horneando algo delicioso, suelo de tablas que crujen, frazadas de lana sin teñir siquiera y un continuo ir y venir de personas que se congregan en torno a esa familia que adoro como si fuera la mía.
Entonces miré a mi alrededor y me di cuenta de que voy por buen camino, porque los que fueran los soportes del techo original de mi casa, todos de roble, los hemos utilizado para la mesa del comedor, la mesa de centro del living (hecha por nadie menos que mi marido con todas las máquinas que me muestra con gran orgullo y que yo lo miré comprar sin entender para qué eran), las estanterías en obra de éste y próximamente los veladores para todos los dormitorios. Asimismo, reciclé varios maceteros de greda dados de baja y los puse a la vista en la terraza; he puesto todas las cosas de la casa de mi abuela (paterna) que recibí cuando se desmanteló lo que fue su precioso departamento a una cuadra de La Moneda; he adornado todos los rincones con cosas especiales y nos hemos resistido a comprar, privilegiando recibir de nuestras familias y reflotar cosas que estaban en desuso.

Ahora estoy trabajando en mi estado de ánimo para que acompañe al ambiente y no sea un factor de quiebre a la armonía en que quiero criar a estos niños. Lástima que los días que vienen, aunque entre ellos está mi cumpleaños, no son de los más felices: a la operación de mi papá mañana se suma el aniversario de la muerte de mi abuelo. Oh well, habrá que hacer de tripas corazón y esperar que todo salga bien, sobre todo los resultados de la "intervención quirúrgica".

P.S.: Les recuerdo que pueden ver el blog "inFLOrmaciones" para saber cuándo he publicado un nuevo post.

Un año nuevito por delante


Gracias a mi no celebración de anoche, tuve una de las vísperas de Año Nuevo más agradables de mi vida. Sólo vino mi hermano a comer, pero nada elaborado, sino que una sencilla comida de casa que él me ayudó a preparar (nota mental: enseñarle de hierbas para que no vuelva a ir cinco veces a buscar romero). Por mientras, el cocinero habitual se hacía cargo de los niños, que estaban bastante eléctricos. Estoy segura de que captan todos los estados de ánimo de nosotros. Yo estaba un poco nerviosa porque, como ya es de conocimiento general, me carga la noche de Año Nuevo. En cuanto a los peques, finalmente el cansancio les ganó a las mañas y se durmieron. Tarde pero en suficiente profundidad como para que ni los fuegos artificiales ni los gritos ni las cumbias les alteraran su descanso en lo más mínimo.
Yo tampoco interrumpí mi reunión con mi almohada al sonido de las fiestas y las explosiones en el cielo. Estoy segura de que fueron preciosas, como siempre, pero no me levanté a mirar. No me podía el cuerpo y me dio lata moverme y tener que ponerme zapatos para no ensuciarme los pies en el balcón de mi pieza. Filo. Ya había recibido noticia de que mi hermano había llegado bien a su casa y estaba bastante feliz, debo decir, de su responsable declinación a usar nuestro auto. Me pareció de lo mejor, no por mi auto (que yo ya me he preocupado de desvalorizar aceleradamente), sino por su seguridad.
No es que haya dormido de un tirón; Su Pequeña Majestad exigió leche a las tres y a las 8 de la mañana y además tuve que bajar a apagar ese regador desquiciado que se prende a las horas más estrambóticas y con unas programaciones que no recuerdo haberle puesto. Quizás mi super aura magnética está haciendo de las suyas nuevamente. Alcancé a despertar lo suficiente como para captar la música en las pequeñas fiestas aledañas y ponerme a cantar bajito, pero después me dormí y soñé que cantaba a todo pulmón.
Así que ahora sí. Feliz año nuevo a todos los que leen estas líneas. Espero que les vaya bonito en el amosh, las finanzas, el trabajo, el alma y la familia. Sin orden particular. Ojalá se tome conciencia de que debemos cuidar nuestro planeta y nuestra interacción con los demás y nuestra alimentación y hábitos. Más que eso no puedo pedir. Agradezco la sintonía y nos leemos otro día en este mismo canal.

P.S.: Los invito a que hagan click sobre la foto, tomada por mi marido en agosto del 2007. Las retratadas somos Pollito y la fiel servidora de Uds. (y de Pollito y cía.). En la ampliación se aprecia toda la serenidad, paz, bienestar y amor con que espero que todos enfrentemos el 2009.

Sensación de felicidad




En este momento estoy sentada escribiendo mientras a mi lado mi resfriado Pollo se come un pan con mantequilla y ve monitos en la tele. Afuera suenan lejanos aviones, cantan los pajaritos, se siente el suave murmullo de hojas moviéndose con una ligera brisa y, si uno mira por la ventana, se ve luminoso el sol que calienta moderada y agradablemente esta mañana de otoño. En la pieza de al lado duerme plácida mi otra niña hermosa. Para que el cuadro estuviera completo faltan los dos hombres de mi vida. Uno partió a trabajar un poco más tarde que de costumbre, novedad rica al volver de ir a dejar a mi Gordo hermoso al jardín infantil. Dicho pequeñín quedó lloriqueando, como siempre, pero ya no siento la angustia de los primeros días porque, apenas cierro la puerta de su sala, se aboca a jugar con la tía. Y al ir a buscarlo, lo veo feliz con su mochila a la espalda, practicando sus recién aprendidos saltos y sintiéndose seguro, contento.
Paz. Armonía. ¿Qué más se le puede pedir a la vida, aunque sea por un momento?
Estoy tan agradecida de que las cosas hayan salido bien con A., quien ya está en su casa con su madre como corresponde. Tan feliz de haber tenido la oportunidad de volver al querido reducto en la playa, amabilidad infinita de mis padres. Y de haber llevado a los niños, quienes se mejoraron de respirar aire sucio y de la rutina. Engordaron y pasearon buscando conchitas con su abuela. Durmieron tranquilos y calientitos en el silencio sólo roto por las cercanas olas.
No sé si le he dejado claro a mi mamá cuán importantes fueron esos días en la playa con ella. No dejo de recordar incluso los momentos en que preparaba viandas y maletas, muerta de ganas de llegar cuanto antes, después de tanto tiempo. Cuando enfilamos en el trecho final del camino, ya inconfundiblemente orientados hacia allá. La fascinación de los niños con la casita de madera en el jardín.
Hacía tiempo que no tenía conciencia inmediata de ser feliz. Pero lo soy, y me siento muy bendecida y privilegiada. Y agradecida a Dios.