Cuando trabajaba en el encantador barrio El Golf, solía almorzar acá:

Este petit bistrot está ubicado, muy apropiadamente, en un reducido par de cuadras de estilo francés:




Hace unos años los mayordomos de estos edificios eran los más pudientes, porque la gente les pagaba para que avisaran cuando un departamento se desocupaba. Ello, claro está, antes de la fiebre inmobiliaria que ha azotado a Santiago:

Tengo fe en que la crisis económica obligará a la industria a darnos una tregua.
Pero vuelvo al Budapest. Tenía un chef directamente importado de Francia, un rucio flacuchento y muy serio que trabajaba sin parar. Hacía una quiche Lorraine deliciosa con una masa delicadísima que se deshacía en la boca y con la que además nos deleitaba en el postre, a merced de una tarta de almendras con salsa inglesa para llorar de emoción por lo irresistible. He tratado de emular esta masa pero aún estoy a años luz, aunque me voy acercando:
Hace años que no he vuelto a comer ahí. No sé si se ha mantenido la calidad y no me da el corazón para sufrir la decepción de que no sea así. En su tiempo hasta mi papá llegó desde el lejano campus a acompañarme a almorzar (entablando conversación instantáneamente en impecable francés, digno de un nativo, con el chef) y mi mamá desde el centro. También pololeé ahí con mi marido (ah, qué tiempos aquéllos en que éramos sólo dos) un par de veces y no creo errar si digo que en parte nos inspiramos en esa rica comida para elegir el menú de nuestro matrimonio, que merece publicarse y que en otra oportunidad compartiré en este espacio.
Este petit bistrot está ubicado, muy apropiadamente, en un reducido par de cuadras de estilo francés:
Hace unos años los mayordomos de estos edificios eran los más pudientes, porque la gente les pagaba para que avisaran cuando un departamento se desocupaba. Ello, claro está, antes de la fiebre inmobiliaria que ha azotado a Santiago:
Tengo fe en que la crisis económica obligará a la industria a darnos una tregua.
Pero vuelvo al Budapest. Tenía un chef directamente importado de Francia, un rucio flacuchento y muy serio que trabajaba sin parar. Hacía una quiche Lorraine deliciosa con una masa delicadísima que se deshacía en la boca y con la que además nos deleitaba en el postre, a merced de una tarta de almendras con salsa inglesa para llorar de emoción por lo irresistible. He tratado de emular esta masa pero aún estoy a años luz, aunque me voy acercando:
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