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jueves, 10 de diciembre de 2015

Crónica de un nacimiento, parte II

La primera parte, acá

El lunes y el martes vino mi abuela a pincharme y a decirme, por tercera vez en mi vida, que los niños tienen mucho aguante y que sólo debía tranquilizarme. Tiene excelente mano de arsenalera, pero el líquido era grueso y dolía. Menos que las contracciones, así que era un relajo, además que me apaciguaba la conciencia saber que con él, tú podías estar en mejores condiciones de enfrentarte al mundo. Conversaba con mis amigas sabias y meditaba mucho, centrando mi atención en la respiración, en calmar la mente para que no se liberaran demasiados cortisoles a causa del miedo y el dolor y en imaginarte dentro mío: chiquita, asustada, apretujada y quizás ya molesta con tanto movimiento. No sabía que eras niñita, pero lo intuía por lo mucho que te movías y lo pequeña que te mostraban las ecografías.
El martes en la noche ya era un estropajo. Me dolían todos los músculos y las contracciones nocturnas me dificultaban enormemente dormir y descansar. Hacerlo en el día, con tus hermanos gritando y jugando, era también casi imposible. El sueño y yo no somos amigos, así de simple. Por lo que me rendí y le dije a tu padre, al amanecer, que por favor me llevara a que me viera Max, porque ya no podía más y alguien iba a morir por mi mano si no se hacía nada. Pesqué
-->nuestra maleta (hecha con anticipación pero aún así sin pantuflas ni artículos de aseo ni pañales ni tutos). Me vio Max. Me dijo que el trabajo de parto estaba bien avanzado, pero que estábamos a tiempo de detenerlo y que eso nos convenía por cuanto sólo tenías 35 semanas de gestación. Le explicamos nuestra incierta situación financiera y nos mandó a una clínica un poco más lejana, pero igual de respetable y más económica. Excelente elección.Salvo porque no tenía la disciplina germánica que yo conocía y odiaba, ésta era mucho más acogedora, tranquila y cálida en su aporte humano. Se demoraron un poco en darme una habitación, ponerme el catéter con el líquido milagroso y conectar mi guata a esos sensores con agujas (mientras yo transpiraba de agotamiento, dolor y hambre, porque no había tenido tiempo y después permiso para comer), pero después de eso las horas transcurrieron serenas y, milagro, ¡sin dolor! Al atardecer un ángel con uniforme blanco me trajo una bandeja con comida y tras agradecer a Dios por su misericordia, me dispuse a devorar, pero no pude. El remedio que corría por mis venas alteraba mi pulso al punto de que parecía una adicta en rehabilitación: hacía un esfuerzo por poner comida en el tenedor, pero cuando éste llegaba a mi boca estaba vacío y la comida regada en mi pecho y en la cama. El temblor incluso alcanzaba a mi voz, lo que me hacía reir a gritos con tu papá. Al final él me tuvo que dar la comida en la boca y se llevó sus buenos retos por no hacerlo con suficiente rapidez.
Por desgracia mi noche no fue muy distinta a las anteriores. Las contracciones eran seguidas y muy intensas. Para poder dormir un rato me tuvieron que subir la dosis del catéter al máximo y la matrona no se lo pudo ocultar a Max, que llamó temprano al día siguiente para saber cómo iban las cosas. Lo ideal con ese fármaco era disminuir la dosis después de unas horas; no subirla. Mandaría a la matrona de su equipo para que me revisara.
Era pasadito del medio día cuando llegó la matrona de Max (la que trabaja con él; no es que él sea su paciente, aclaro). Me revisó y me miró con cara de circunstancia: “tienes 4 centímetros de dilatación, no hay rastros de cuello (uterino) y se te está a punto de caer el tapón mucoso”. Pescó su celular, llamó a Max, le contó y a continuación llamó al neonatólogo, anestesista (estaba claro que con dos cesáreas previas tan seguidas, no podía ser parto normal), pidió pabellón, etc. Yo hice lo propio y le avisé a tu papá, tu abuela, mis hermanos y algunas amigas. Y me lancé a tenerte. Me quitaron los remedios, nuevamente se me prohibió comer (¡a la hora de almuerzo! Qué falta de compasión) y retomamos el dolor.
Creo que amé al anestesista cuando se presentó. Fue mi ídolo. Además estaban todos de buen humor, o puede que yo haya estado alucinando a esas alturas tras casi una semana de dolor ininterrumpido. Max pidió yodo y le pasaron una caja de ésas de aluminio con tapa de papel en que viene la comida china. Cuando me dijo “ya, Flo, ahora te voy a poner salsa de soya en la guata” y todos estallamos en carcajadas, me relajé. Después llegó tu papá en su traje semi espacial esterilizado y procedieron. No sentí dolor, pero sí a Max tirándose piqueros encima mío para que tú bajaras y salieras. Por un segundo temí que a todo mi malestar se sumara una costilla quebrada. Pero no. Silencio. Y más silencio. Hasta que pregunté, furiosa “¿y?” y lloraste, mi pobre chica obediente…luego te acercaron a mí y te di un besito entre mis lágrimas. Estabas calientita y eras tan, tan pequeña…como una muñeca de tu hermana. Pero perfecta. Hermosa. Te fuiste a Neonatología y yo a mi pieza.
Los días que siguieron fueron mejores que los precedentes porque, a pesar de que había tenido una cesárea, ya el dolor no era constante y además tú habías cumplido con tu parte de la misión: eras un punto minúsculo, pero tus pulmones estaban perfectamente listos y no necesitaste ni medio minuto de incubadora. Las enfermeras me decían que pocas veces habían visto a una guagua tan chica y tan despierta, porque tenías los ojos abiertos todo el rato. Mi ánimo iba de lo bueno a lo malo, con frecuentes momentos de cuasi depresión porque echaba de menos a tus hermanos y me sentía tan sola en esa pieza blanca, sin siquiera tenerte a ti porque estabas en fototerapia. Recibimos muchas visitas y regalos.
Tuvimos que quedarnos un día más en la clínica, porque tus niveles de bilirrubina no bajaban a un punto que dejara tranquila a tu pediatra y yo no concebía irme de ahí con los brazos vacíos. Menos, ir y venir para darte leche y con eso zumbarme el poco descanso que podía y necesitaba tener. Tus hermanos, aunque me moría un poco cuando partían a la casa, habrían sido demasiada carga para mí en ese momento.
Y con eso termino mi relato de tu nacimiento. Intenso, ¿no? Pero feliz para todos nosotros.


¡Feliz Cumpleaños mi Jaci Luz!

Crónica de un nacimiento, parte I

La historia de tu llegada al mundo tiene poco de romanticismo y harto de suspenso y aventura y acción. Resulta que mientras te esperábamos nos cambiamos de casa, tu papá se quedó sin trabajo, tuvimos que cambiar de nana puertas adentro porque la que teníamos era un peligro y tus dos hermanos mayores se pescaron el virus sincicial, terror de la temporada otoño invierno. Además tu hermana se pegó una bajada de peso salvaje, que me remeció por dentro.
Con estos antecedentes podrás imaginarte que yo, tu nunca relajada madre, estaba como loro en el alambre. Subía y bajaba escaleras como si nada, sin embargo, e iba al supermercado como siempre e iba a dejar y a buscar a tu hermana al jardín infantil todos los días. Por suerte tu abuela había ya tenido la brillante idea de cambiarse a otro edificio, esta vez con ascensor. Así que ir a verla ya no significaba tener que mentalizarme antes de salir de la casa y llegar acezando a tocar el timbre con todos los niños y bártulos colgando a duras penas.
En fin. Un buen día viernes en la noche fui a una fiestita que organizaron para mí mis amigas y que consistía en juntarnos a comer algo y entregarme regalos varios para tu llegada. Fui al supermercado a comprar las viandas que me tocaban, sintiéndome regia con mis botas de taco alto. Me quedé celebrando hasta la medianoche y me retiré feliz con muchos paquetes, de los cuales he atesorado una tina celeste para bañarte que me entregaron en préstamo y que me ha salvado la vida y la espalda todos estos meses.
Lo bueno comenzó mientras dormía. Me dolían los lados de la espalda (como si hubiera levantado mucho peso en el día) y no encontraba posición cómoda. Me levanté millones de veces para caminar; me metí al baño para no despertar a tu papá, al closet a respirar y apretar los dientes de dolor, etc. Al final tu padre se despertó igual y me hizo masajes, que sólo aliviaron el dolor a ratos.
Bien tempranito en la mañana del sábado llamé a Max (ese hombre grande y cariñoso que te sacó a tirones de mi cuerpo) y le conté las novedades. Sin arrugarse me mandó a acostarme y ponerme un supositorio. Cuento viejo. A las 3 ó 4 horas lo llamé para decirle que no disminuía el dolor. Me dijo que comprara un remedio con un nombre extrañísimo, que encargué a la farmacia y me costó una miseria. ¡Me sentí estafada! Preví que algo tan barato no iba a quitarme el malestar. Pero fui obediente y por suerte el dolor pasó. Vi toda la programación del cable ese día y me deshidraté con el guatero en mi espalda. Esa noche no fue mejor que la anterior, por desgracia. Dolor constante, masajes, angustia y cansancio, un poco de descanso.
El domingo amanecí como lechuga. Vino mi cuñada y me bajó la formalidad, así que bajé a recibirla, comimos algo en la cocina y nos sentamos en el living. Sentía algo de molestia, pero lo disimulaba y me distraía conversando. Vaya si la pagué caro: en la tarde gritaba de dolor y tuve que llamar nuevamente a Max (que, si no fuera porque le he permitido perfeccionarse en su práctica estos tres años, tendría que haber tirado su celular al excusado cuando veía que lo llamaba yo). Me dijo que lo sentía en el alma, pero iba a tener que inyectarme corticoides para que se desarrollaran tus pulmoncitos, puesto que mi historial le hacía sospechar que el desenlace estaba cercano. Llamé a mi abuela (como siempre que tengo que lidiar con cosas médicas) y la contraté de enfermera. Tu padre partió a comprar los elementos y nos aprestamos para otra noche infernal. No fuimos defraudados.
A todo esto yo ya no tenía permiso para levantarme, por lo que tus hermanos se pusieron salvajes en el reino del primer piso y en mi pieza reinaba el sonido de la televisión, el teclado del computador y el teléfono.
¿Cuántas noches espantosas llevamos? ¿Tres? Falta la mitad todavía.

lunes, 22 de junio de 2009

Escarabajos

Querida Puli:

Revisando y ordenando las fotos que tengo en mi computador, encontré ésta:

Que tomé en la sección egipcia del Met cuando fui hace casi dos años.
¡La saqué especialmente para ti! ¡Y en todo este tiempo, nunca te lo dije ni te la mostré!
Pero me acordé de ti cuando vi los escarabajos, porque son como los que cuelgan de esos aros preciosos que te regaló hace siglos el hombre aquél y que siempre te celebro porque me encantan.
Me pareció curioso que los egipcios le dieran tanta importancia a estos bichitos. Averigüé que estos escarabajos, hechos en metal o en piedra, los ponían encima del pecho, en la zona del corazón de sus muertos. Este órgano era el único que no extraían al embalsamar, en la creencia de que el espíritu se aloja en el corazón. El escarabajo era un protector y se le grababa una frase del Libro de los Muertos, exhortando al corazón a no dar testimonio en contra del espíritu cuando el Juicio en el Más Allá.
Lindo, ¿no?

Ningún escarabajo y ningún órgano podrían dar nunca testimonio en contra de tu espíritu, Miss Puli. Tu amiga que siempre te admira,

Flo