jueves, 10 de diciembre de 2015

¡¡¡Lo logré!!!

Me creo la muerte.
Hoy salí sola, con los tres críos, a pie.
La misión fue exitosa, aunque los dos más grandes llegaron agotados (pero mis plegarias fueron oídas porque, a diferencia de otras veces, hoy el cansancio NO le ganó al hambre y se zamparon el almuerzo).
Aprendí mucho. Por ejemplo, fue buena idea ponerles sombrero y embetunarnos todos con factor 60, porque la marcha no era expedita todo el rato. Debo recordar también llevarles sus vasos con agua, un chal para poner a Chiquitina en el pasto y su arnés para traerla de vuelta y así liberar el asiento del coche, más el asiento accesorio para sentar al otro transeúnte. Porque Pollito y Gordo igual se cansan y piden ser llevados en “upa” o sentados. No puedo exponer a la sociedad a otro de los berrinches de ese niño…qué vergüenza ajena. Grita como si le estuviera metiendo agujas debajo de las uñas. Se tira al suelo, clama al cielo por misericordia y se revuelca como si lo hubiera hecho caminar desde San Bernardo. Pollito es más estoica, pero sólo llevó y trajo de vuelta su coche de muñecas porque le advertí (yo no amenazo) que, si esta vez no lo traía ella misma, quedaba en la calle.
Ahora ya sé que puedo. Me siento casi todopoderosa. Fue una buena práctica para las ricas dos semanas que se me avecinan alone. Además ya tengo una cartita bajo la manga para la hora de la comida. No, no es McDonald’s; es el brillante consejo de mi amiga P.
¿Qué más puede pedir una madre? Una semana en la playa con mi marido, por favor. Ni siquiera tanto: con un fin de semana quedo feliz. Pero en la playa que a mí me gusta…



Foto: Marginalia

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