
Hoy me tocó lidiar con unos maestros que nos tienen prometidas unas obras de carpintería desde hace unos 3 meses. No sé si el hecho de que yo haya tratado con ellos –en vez de mi marido-corazón-de-abuelito- hará alguna diferencia a la hora de que cumplan con su pega, pero empezaron a ofrecer plazos concretos y se mostraron más comprometidos cuando les empecé a interceptar sus frases vagas con frías y cortas acotaciones. A veces puedo ser bien pesada. Y cuando se hicieron los mártires diciendo que no aceptaban dinero por adelantado, no les dije “no, maestro, déjeme hacerle un adelanto para facilitarle las cosas”, sino que “qué bueno, porque a estas alturas yo tampoco pago nada antes”. Silencio.
Es que ya no creo en esta gente. Su palabra vale absolutamente nada. Los plazos de entrega, la instalación, el servicio post-venta y la calidad son todos términos nebulosos y subjetivos. Y la situación es especialmente lamentable considerando que la gente que hace estos trabajos es pobre y desfavorecida. Pero hay que ver cómo echan por la borda las oportunidades de buenos negocios, de generarse recomendaciones convenientes, de organizar su tiempo con mayor eficiencia para poder hacer más trabajos. Da para pensar que quieren ser pobres.
Mi marido, idealista y siempre en shock por cómo los chilenos nos ladramos los unos a los otros, suele creer que apelar al buen sentido de la gente y hablarles en un tono amable servirá para que trabajen más gustosos y cumplan mejor con las expectativas. Durante un año y medio hemos sido testigos de que no es así: bastó que yo cambiara el tono en un minuto para que los maestros se “enderezaran”. Casi faltó que se cuadraran cuando se despidieron.
¿Por qué habrá que hablarle golpeado a la gente para que entienda que uno dice las cosas en serio? ¿No sería lógico que uno favoreciera a quien lo trata bien en vez del que lo trata con tono de patrón de fundo?
El alcalde Labbé, de Providencia, no es santo de mi devoción. Pero una vez dijo una frase genial que contiene mucho de verdad. Alguien le preguntó por qué en el ejército los que mandaban les hablaban a gritos a los que tenían que obedecer, al estilo “¡AL SUELO! ¡DOSCIENTAS FLEXIONES, AHORA!” A lo que él replicó que sería muy poco probable que alguien obedeciera con prontitud si les dijeran “tiéndete mi negro, que vamos a hacer unos ejercicios”.
A la gente le gusta que la traten al combo y la patada. Si uno no lo hace, no lo ven como una amabilidad y una perspectiva de buen vivir. Lo ven como una oportunidad de relajarse y “tomarse el codo” de la persona que les tendió una mano.
Es que ya no creo en esta gente. Su palabra vale absolutamente nada. Los plazos de entrega, la instalación, el servicio post-venta y la calidad son todos términos nebulosos y subjetivos. Y la situación es especialmente lamentable considerando que la gente que hace estos trabajos es pobre y desfavorecida. Pero hay que ver cómo echan por la borda las oportunidades de buenos negocios, de generarse recomendaciones convenientes, de organizar su tiempo con mayor eficiencia para poder hacer más trabajos. Da para pensar que quieren ser pobres.
Mi marido, idealista y siempre en shock por cómo los chilenos nos ladramos los unos a los otros, suele creer que apelar al buen sentido de la gente y hablarles en un tono amable servirá para que trabajen más gustosos y cumplan mejor con las expectativas. Durante un año y medio hemos sido testigos de que no es así: bastó que yo cambiara el tono en un minuto para que los maestros se “enderezaran”. Casi faltó que se cuadraran cuando se despidieron.
¿Por qué habrá que hablarle golpeado a la gente para que entienda que uno dice las cosas en serio? ¿No sería lógico que uno favoreciera a quien lo trata bien en vez del que lo trata con tono de patrón de fundo?
El alcalde Labbé, de Providencia, no es santo de mi devoción. Pero una vez dijo una frase genial que contiene mucho de verdad. Alguien le preguntó por qué en el ejército los que mandaban les hablaban a gritos a los que tenían que obedecer, al estilo “¡AL SUELO! ¡DOSCIENTAS FLEXIONES, AHORA!” A lo que él replicó que sería muy poco probable que alguien obedeciera con prontitud si les dijeran “tiéndete mi negro, que vamos a hacer unos ejercicios”.
A la gente le gusta que la traten al combo y la patada. Si uno no lo hace, no lo ven como una amabilidad y una perspectiva de buen vivir. Lo ven como una oportunidad de relajarse y “tomarse el codo” de la persona que les tendió una mano.
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