
Antes de ir a la Vega pensaba que sólo los valientes podían atreverse a entrar en ese lugar inmundo, atestado, peligroso y fome.
Después de ir, mi opinión cambió de forma radical.
Es cierto que basura hay mucha, demasiada para mi gusto. Los tenderos cortan tallos, hojas, ramas y demases y los botan al suelo como si nada; hay que reconocer que la concurrencia, en buena medida, no es la que mejores modales tiene, por lo que es común verlos a ellos también botar los restos de algo que ya se han comido, ya sea la cáscara de un plátano o el envoltorio de un helado o el pañuelo con el que se acaban de sonar (horror). PERO…hay personas cuyo trabajo es ir despejando esta basura continuamente y lo hacen de manera muy eficiente. Podría extenderme en el tema diciendo que la Vega se haría la América si reciclara su basura, pero eso lo dejaré para una misiva al alcalde de la comuna o algún vecino astuto que vea la oportunidad de negocio.
Tampoco exagero al referirme a los mares de gente convertida en rebaño, que impiden una circulación ya no digamos cómoda, sino que prudente. Los golpes en las costillas con bolsas llenas de repollos o choclos en su coronta; los tropezones y atropellamientos con carritos; los empujones masivos cuando hay un auto que tiene que pasar. Más de una vez estuve a punto de caer encima de un cajón de tomates o una linda exhibición de frutillas BIEN maduritas o -lo que habría sido peor-, dentro de uno de esos toneles plásticos donde guardan pickles de todo tipo. El olor…
En cuanto a peligro, no hay tal. Siempre y cuando uno tenga sus pertenencias cerca y no ande con cara de turista, creo que las probabilidades de ser asaltado son bajas. O sea, el asaltante no tendría ni cómo salir arrancando, con tantas personas…sería como escena de película en que los gallos destrozan los puestos al pasar, la mercadería sale volando por los aires, la gente cae de sus sillas y después es empujada sin piedad por el gallo que persigue al “ratero”. Un hurto por aquí y por allá debe ser frecuente, pero por eso reitero: estar alerta a la cartera, billetera, celular. El que anda paveando sale perdiendo en la Vega o en el Alto Las Condes. Sobre todo en estas épocas de gran afluencia. Por suerte uno puede contratar a uno de los empleados de la Vega que andan con sus carretas destinadas al transporte de las compras. Me reí hasta las lágrimas con uno que la había pintado como micro, con máquina para la tarjeta Bip (“recibe sólo billete”, decía) y letrero “Troncal Vega”.
La Vega es cualquier cosa menos fome. La misma gente da como para un reportaje en profundidad: la “lola” dark, el “flaite”, la dueña de casa, el jubilado, los tenderos, los niños que corren con una naranja usurpada de una esquinita (entre los cuales tengo que incluir a Pollito, jajaja), las familias, los que uno adivina son cocineros eligiendo las materias primas para sus creaciones del día. No se puede dejar de mencionar la mercadería: frutas, verduras y vegetales de todo tipo aromatizan el aire (no tanto cuando hace un calor del demonio hacia el medio día); deleitan la vista con sus colores, formas y variedad. Los granos y las legumbres, en sus sacos y cuando son sacados con cucharones y pesados, tienen un encanto propio. Cereales, productos traídos del Perú (incluyendo choclos de variados colores y concentrados un tanto dudosos de frutas exóticas), carnicerías, tostadurías (que, en mi ojo medianamente conocedor, es mejor evitar al menos en lo que a productos molidos se refiere) y algunos puestos donde venden “completos”, churrascos, café (en tazones únicos; acá no le hacen al juego de vajilla) y bebidas frías. Y hacia la “Vega Chica”, un cambio en el giro, porque uno se encuentra con ollas de diversas formas y tamaños, artefactos plásticos para la cocina y el hogars, ropa interior y exterior, juguetes, remedios naturales, etc.
Algo que me llamó la atención de la Vega es la dispersión de precios. Lo que sea, puede tener una diferencia de hasta 50% tan sólo dos puestos más allá. Hay que armarse de paciencia, concentrarse y mirar mucho antes de comprar, porque la ira que uno siente cuando cree haber hecho una regia compra y se encuentra a la vuelta con lo mismo más barato, es atroz. Es un mito eso de que todo es más barato: me encontré con precios iguales a los del supermercado. Quizás más variedad, puede que un poco más de frescura, pero el costo de ir hasta allá y buscar un buen “casero” pueden fácilmente compensarlo, si uno tiene poca tolerancia a las multitudes o escaso tiempo. Hay que saber comprar, como siempre en el mercado informal (y el formal también, para qué andamos con cosas).
Toda una experiencia, ir a la feria. Una que no vivía desde que era chica e iba a la que se instalaba en Tobalaba cerca de Bilbao. Pero que pienso repetir, con mis bolsitas ecológicas de lona y una buena dosis de humor (no me bajaron del "reina" y "princesa") y de efectivo.
Después de ir, mi opinión cambió de forma radical.
Es cierto que basura hay mucha, demasiada para mi gusto. Los tenderos cortan tallos, hojas, ramas y demases y los botan al suelo como si nada; hay que reconocer que la concurrencia, en buena medida, no es la que mejores modales tiene, por lo que es común verlos a ellos también botar los restos de algo que ya se han comido, ya sea la cáscara de un plátano o el envoltorio de un helado o el pañuelo con el que se acaban de sonar (horror). PERO…hay personas cuyo trabajo es ir despejando esta basura continuamente y lo hacen de manera muy eficiente. Podría extenderme en el tema diciendo que la Vega se haría la América si reciclara su basura, pero eso lo dejaré para una misiva al alcalde de la comuna o algún vecino astuto que vea la oportunidad de negocio.
Tampoco exagero al referirme a los mares de gente convertida en rebaño, que impiden una circulación ya no digamos cómoda, sino que prudente. Los golpes en las costillas con bolsas llenas de repollos o choclos en su coronta; los tropezones y atropellamientos con carritos; los empujones masivos cuando hay un auto que tiene que pasar. Más de una vez estuve a punto de caer encima de un cajón de tomates o una linda exhibición de frutillas BIEN maduritas o -lo que habría sido peor-, dentro de uno de esos toneles plásticos donde guardan pickles de todo tipo. El olor…
En cuanto a peligro, no hay tal. Siempre y cuando uno tenga sus pertenencias cerca y no ande con cara de turista, creo que las probabilidades de ser asaltado son bajas. O sea, el asaltante no tendría ni cómo salir arrancando, con tantas personas…sería como escena de película en que los gallos destrozan los puestos al pasar, la mercadería sale volando por los aires, la gente cae de sus sillas y después es empujada sin piedad por el gallo que persigue al “ratero”. Un hurto por aquí y por allá debe ser frecuente, pero por eso reitero: estar alerta a la cartera, billetera, celular. El que anda paveando sale perdiendo en la Vega o en el Alto Las Condes. Sobre todo en estas épocas de gran afluencia. Por suerte uno puede contratar a uno de los empleados de la Vega que andan con sus carretas destinadas al transporte de las compras. Me reí hasta las lágrimas con uno que la había pintado como micro, con máquina para la tarjeta Bip (“recibe sólo billete”, decía) y letrero “Troncal Vega”.
La Vega es cualquier cosa menos fome. La misma gente da como para un reportaje en profundidad: la “lola” dark, el “flaite”, la dueña de casa, el jubilado, los tenderos, los niños que corren con una naranja usurpada de una esquinita (entre los cuales tengo que incluir a Pollito, jajaja), las familias, los que uno adivina son cocineros eligiendo las materias primas para sus creaciones del día. No se puede dejar de mencionar la mercadería: frutas, verduras y vegetales de todo tipo aromatizan el aire (no tanto cuando hace un calor del demonio hacia el medio día); deleitan la vista con sus colores, formas y variedad. Los granos y las legumbres, en sus sacos y cuando son sacados con cucharones y pesados, tienen un encanto propio. Cereales, productos traídos del Perú (incluyendo choclos de variados colores y concentrados un tanto dudosos de frutas exóticas), carnicerías, tostadurías (que, en mi ojo medianamente conocedor, es mejor evitar al menos en lo que a productos molidos se refiere) y algunos puestos donde venden “completos”, churrascos, café (en tazones únicos; acá no le hacen al juego de vajilla) y bebidas frías. Y hacia la “Vega Chica”, un cambio en el giro, porque uno se encuentra con ollas de diversas formas y tamaños, artefactos plásticos para la cocina y el hogars, ropa interior y exterior, juguetes, remedios naturales, etc.
Algo que me llamó la atención de la Vega es la dispersión de precios. Lo que sea, puede tener una diferencia de hasta 50% tan sólo dos puestos más allá. Hay que armarse de paciencia, concentrarse y mirar mucho antes de comprar, porque la ira que uno siente cuando cree haber hecho una regia compra y se encuentra a la vuelta con lo mismo más barato, es atroz. Es un mito eso de que todo es más barato: me encontré con precios iguales a los del supermercado. Quizás más variedad, puede que un poco más de frescura, pero el costo de ir hasta allá y buscar un buen “casero” pueden fácilmente compensarlo, si uno tiene poca tolerancia a las multitudes o escaso tiempo. Hay que saber comprar, como siempre en el mercado informal (y el formal también, para qué andamos con cosas).
Toda una experiencia, ir a la feria. Una que no vivía desde que era chica e iba a la que se instalaba en Tobalaba cerca de Bilbao. Pero que pienso repetir, con mis bolsitas ecológicas de lona y una buena dosis de humor (no me bajaron del "reina" y "princesa") y de efectivo.
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