jueves, 10 de diciembre de 2015

Rude People

Estos días he tenido la valiosa oportunidad de observar a una fauna del todo distinta a la que suelo frecuentar, ya que estamos de house-sitters para unos amigos en una regia casa del barrio alto de nuestra capital.
Siendo tan afortunada de haber paseado por barrios elegantes en otras ciudades del mundo y de haberme allí también instalado a mirar a la gente (hábito muy mío que me ha provisto, entre otros, de conocimiento sobre parques, cafecitos y moda), no puedo evitar hacer un paralelo y sacar unas cuantas conclusiones.
Debo decir que la gente en este país es clasista, resentida y mal educada.
Me he topado con mucho espécimen en auto descapotable (no es que eso tenga nada de malo per se; yo no tendría uno por un asunto de manejo capilar, pero bien por el que no quede como león electrocutado). Dejando aparte el hecho de que es más fácil salir volando de un auto sin techo en caso de accidente, estas personas se creen los campeones del mundo. Tiran su auto encima de los transeúntes en las esquinas, se estacionan en dos espacios, andan a velocidades suicidas y además te miran con un aire de insolencia que a mí, siempre con la pluma parada, me enfurece. El otro día uno me hizo una encerrona sólo para chantar 10 metros más adelante, en la misma luz roja que yo. Lo más divertido es que coincidimos en tres luces rojas más: yo manejando con la prudencia de siempre y este “lolosaurio” (pelo canoso cortado a lo conscripto y anteojos de marco rojo) dándoselas de bacán. Me di el lujo de burlarme de su apuro haciéndole muecas de reloj.
En otra oportunidad estaba subiendo a mi hija a su sillita del auto, cuando noté que llegó la niña del auto estacionado al lado nuestro. Tonta yo, apuré a la chiquilina en vistas de la impaciencia de esta persona y la dejé subirse a su cacharro. Ni gracias me dio, ante lo cual le dije “de nada, cuando quieras”. Me miró como si le hubiera hablado en ruso, cerró la puerta y se fue. La ordinaria habrá creído que tiene derecho adquirido a que le cedan el paso.
La fila del supermercado para pesar las verduras es otro cuento. Cierto es que la pega del gallo es pesar las bolsas con vegetales, ponerle el sticker y listo, pero no creo que atente contra la majestuosidad de nadie, decir “buenos días” y “gracias”. Yo lo hago siempre y esta vez no fue la excepción: el gallo se me quedó mirando y cuando se recuperó de su impresión, me devolvió el saludo. Las viejas rubias y llenas de joyas antes y después que yo, ni lo miraban. Como si no fuera persona, el empleado.
También he tenido los clásicos episodios de la tontona que anda en SUV y no se da la molestia de señalizar que va a doblar, o no respeta el ceda el paso, o frena encima del caminito para que crucen los peatones. Insufribles, las estúpidas.
Pareciera que la resentida soy yo. Confieso serlo, pero no por no tener la media casa en la pre cordillera ni el auto último modelo o el mismo anillo Mosso que todas. Mi rabia hacia esta gente es porque no permiten que el país avance. No me refiero a lo económico o político (aunque eso da para varios costales de harina; algún día haré el análisis correspondiente), sino a “todo lo que es” la convivencia civilizada.
Todos se creen tan importantes. Los que han surgido y han pasado de barrios populares a estos más “exclusivos” (meritorios como son), parecen olvidar que algún día quisieron ser respetados y envidiados y tratan con la punta del pie a quienes los sirven y atienden. Como fueron tratados ellos antes, por cierto. Los otros son los que siempre han tenido, en palabras de Mafalda, “la sartén por el mango”. No son menos irrespetuosos o descorteces, ya que tienen formateado desde siempre en el cerebro que son la “aristocracia”, la “clase dominante”. Se les debe respeto por defecto, como si fueran realeza (y aunque lo fueran…).
En una entrevista que leí hace un tiempo, don Hernán Somerville decía que no tenía por qué apocarse diciendo que se había encontrado sus dos autos Jaguar botados en la calle. Toda la razón. Vengan sus pañuelos de seda, sus vistosos trajes y cuanto boato quiera mostrar. Allá él.
Mi punto es que no es lo mismo disfrutar sin pudor de las riquezas y comodidades, que echárselas en cara al resto como si uno tuviera la culpa de que el otro hubiera pasado estrecheces y vivido en la pobreza.
Los socialistas saldrán con su argumento del trabajador explotado y el pueblo oprimido.
Pero no podemos limitar las razones de nuestro actuar a eso. Por lo mismo que he visto cómo las personas se desenvuelven en otras sociedades, sé que algunas actitudes de las que relato más arriba (y otras que todos hemos vivido en algún momento, que no va al caso mencionar) son estrictamente “chilensis”. En otros países la gente puede ser más amiga de mostrar su fortuna y hablar de ella, pero no con un espíritu resentido. Puede trabajar como esclava y vivir con simpleza, pero no se queja de ser víctima del sistema. Se hacen más responsables de la manera en que les han resultado las cosas, a diferencia de acá, en que es deporte nacional echarle la culpa a alguien más y creer que “se nos debe”.
Uno pensaría que con un prolongado período de gobiernos de centro izquierda, la gente estaría más contenta, ya que Chile es socialista de corazón. Y no lo está. Creo que en parte es porque la cosa se está chacreando a ojos vistas y en parte, porque somos unos inconformistas mediocres. Nos quejamos y vivimos sintiéndonos desgraciados, pero no hacemos mucho a la hora de los quiubo.

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