jueves, 10 de diciembre de 2015

El Arbolito



Ya comenzó nuestro periplo buscando colegio.
El otro día fuimos a una visita a uno de los candidatos y claro, quedamos encantados (aunque uno de nosotros va a tener que vender una córnea o un riñón para costearlo, sobre todo cuando estén todos los niños en edad escolar).
Sin ahondar en otros detalles, hubo algo que me llamó la atención. En un rincón visible del patio de los niños más chicos habían puesto una especie de poste de madera, pintado de café y con un cartón cortado y pintado como ramas y hojas de árbol en la parte de arriba.
La persona que guiaba la visita nos contó que el arbolito era para que, cuando un niño se separaba de sus amigos durante el recreo, o llegaba tarde a éste por alguna razón y no se unía a un grupo de juegos, se parara al lado del arbolito y esperara a que alguien, niño o profesora, lo fuera a buscar y así no siguiera solo/a. Para que el sistema funcionara mejor había “monitores” elegidos semanalmente de entre los alumnos, cuya función era estar atentos a si alguien estaba en el arbolito, para ir a buscarlo. Supimos también que había otro arbolito en el patio de los niños de hasta unos ocho años de edad, pero no para los mayores, porque éstos o no iban al arbolito o nadie los iba a buscar.
Me pareció una iniciativa tan linda y valiosa la del arbolito: promotora de generosidad, compasión y compañerismo. A pesar de lo positivo, no pude evitar que se me contrajera el corazón de angustia cuando miré hacia el patio durante el recreo de los chiquitines y noté que alguien estaba junto al arbolito. A medida que pasaban los minutos tuve que hacer acopio de toda mi voluntad para no ir corriendo yo misma a acompañar a ese angelito y darle un fuerte abrazo de apoyo. Para otra de las mujeres que estaban en la visita fue aún peor: se le llenaron los ojos de lágrimas. Ambas dimos un suspiro de alivio cuando miramos nuevamente hacia el arbolito y lo vimos solitario.
¿Iría alguien a buscar a estos chiquitos solos si no hubiera monitores designados? Qué lamentable me parece constatar cuán temprana y fácilmente se toma conciencia del ridículo, del ego y de la imagen frente a otros. En una edad de competencia social y de bullying, ¿cuál será la mejor fórmula para que los niños entiendan lo que es la empatía y el ponerse en los zapatos de los demás?
Yo confío y busco criar a mis hijos para que, monitores o no, sientan un llamado en sus corazones de acompañar al que está solo y consolar al que no tiene amigos; que hagan suyo el hábito de preocuparse por los demás e interrumpir su propio goce un momento a fin de acercar a él a otros menos afortunados. Pero, ¿cómo se fomenta esto entre niños que no tienen lazos de sangre entre ellos, como sucede generalmente en el colegio? Es otro misterio del ejercicio de educar y formar personas.

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