Hoy me pasó algo insólito: llegué a la caja preferencial del supermercado con mi carro y me encontré con una señora que claramente no estaba en edad de estar embarazada, pero que era suficientemente joven como para no ser considerada “tercera edad”. Tampoco le vi muletas, yeso ni nada que ameritara clasificarla como discapacitada.
Entonces, con la mayor amabilidad que pude, le hice notar que la caja era para embarazadas y personas mayores o con movilidad limitada, por lo que lo sentía en el alma pero yo debía pasar antes. Ella me miró como si la hubiera insultado, me dijo que ya había descargado la mayoría de sus cosas (¡pero todavía le quedaba una cantidad terrible! Más de lo que yo podía esperar de pie tras recorrer el supermercado en cuestión) y que no se había dado cuenta de que la caja era preferencial (como si eso la eximiera de correrse). No sé qué cara habré puesto, pero por suerte justo llegó el hijo adolescente de la señora, le dijo sin tapujos que se corriera y empezó a retarla por ser tan desconsiderada. Yo le había dicho a la señora que iba a apilar un poco sus cosas en la cinta para poner las mías antes, pero el gallo me hizo una señal de detenerme y rápidamente procedió a meter todas sus cosas en el carro. Plop.
¡Ojalá la gente fuera siempre así!
Con los estacionamientos especiales es lo mismo. Muchas veces me ha tocado ver autos deportivos o camionetas llenas de tierra (ambos vehículos improbable propiedad de futuras madres o personas mayores) en los lugares reservados por ley. Una vez incluso confronté al guardia del estacionamiento de una ¡clínica! respecto de por qué si ellos estaban observando todo, no hacían nada por evitar que la gente se estacionara donde no debe. El hombre me contestó que ya no sabía qué hacer; que lo habían amenazado con hacerlo echar o con sacarle la mugre si osaba llamar a los carabineros o a seguridad, siquiera. De hecho a mí me ha pasado estar saliendo del estacionamiento reservado y encontrarme con que un gallo equis me espera inmutable para ponerse en mi lugar. En esas ocasiones me he puesto pesada y, mirando al gallo, llamo a alguien por teléfono o hago como que me peino o cambio la radio. NUNCA me ha pasado que el otro se baje a decirme que tiene sus razones para estacionar ahí, lo cual prueba mi hipótesis de que lo hacen por patudos, por caminar menos y porque les importa un huevo el resto de la gente que sí puede necesitar estas facilidades.
O sea pónganse en el lugar de alguien que, como yo, de verdad termina agotada con el solo paseo por el supermercado o mall (y yo voy sólo a lo que necesito, a veces con niños). Piensen en las personas que tienen que desplazarse con muletas o bastón (muchas veces con incomodidad constante o dolor) o bien en silla de ruedas y no tienen suficiente espacio para plegarla en un estacionamiento común. Es realmente vergonzoso que hombres y mujeres que no tienen ningún impedimento sean tan egoístas. Si están cansados o con lata, francamente no es problema mío, porque yo no fui la que le puso el cono bloqueador al estacionamiento, pero pucha que fue buena idea que alguien lo hiciera.
Ni siquiera me voy a extender demasiado en los asientos preferenciales del metro y las micros: no porque no suela usarlos (que los uso, sólo que evito las horas peak) sino porque me irrita sobremanera la mala educación de la gente. Me tiene harta entrar con mi panza indisimulable o ver que alguna otra mujer lo hace y que todos miren concentradísimos por la ventana (a un túnel negro en el caso del metro) o que el chofer parta a todo chancho sin fijarse si alcancé a pescarme de algún asiento o fierro (en el caso de las micros; he llegado a agarrarme de otras personas, muerta de plancha). Qué creerán, que estamos menos cansadas que ellos o que no corremos ningún riesgo si alguien nos empuja o nos aplasta. Lo mismo (peor, incluso, porque yo al menos tengo las dos manos libres y no acarreo ninguna cabecita vulnerable) para las mujeres que van con sus hijos ya nacidos.
Es hora de civilizarse y de retar a grito pelado al que no se ubique, como lo hago yo sin ninguna vergüenza. Funciona todas las veces: la actitud chorita se va ligerito a las pailas cuando uno sube la voz. La gente tiene que cachar que los derechos de uno terminan donde empiezan los del otro y que ese otro puede estar en una posición más necesitada.
Entonces, con la mayor amabilidad que pude, le hice notar que la caja era para embarazadas y personas mayores o con movilidad limitada, por lo que lo sentía en el alma pero yo debía pasar antes. Ella me miró como si la hubiera insultado, me dijo que ya había descargado la mayoría de sus cosas (¡pero todavía le quedaba una cantidad terrible! Más de lo que yo podía esperar de pie tras recorrer el supermercado en cuestión) y que no se había dado cuenta de que la caja era preferencial (como si eso la eximiera de correrse). No sé qué cara habré puesto, pero por suerte justo llegó el hijo adolescente de la señora, le dijo sin tapujos que se corriera y empezó a retarla por ser tan desconsiderada. Yo le había dicho a la señora que iba a apilar un poco sus cosas en la cinta para poner las mías antes, pero el gallo me hizo una señal de detenerme y rápidamente procedió a meter todas sus cosas en el carro. Plop.
¡Ojalá la gente fuera siempre así!
Con los estacionamientos especiales es lo mismo. Muchas veces me ha tocado ver autos deportivos o camionetas llenas de tierra (ambos vehículos improbable propiedad de futuras madres o personas mayores) en los lugares reservados por ley. Una vez incluso confronté al guardia del estacionamiento de una ¡clínica! respecto de por qué si ellos estaban observando todo, no hacían nada por evitar que la gente se estacionara donde no debe. El hombre me contestó que ya no sabía qué hacer; que lo habían amenazado con hacerlo echar o con sacarle la mugre si osaba llamar a los carabineros o a seguridad, siquiera. De hecho a mí me ha pasado estar saliendo del estacionamiento reservado y encontrarme con que un gallo equis me espera inmutable para ponerse en mi lugar. En esas ocasiones me he puesto pesada y, mirando al gallo, llamo a alguien por teléfono o hago como que me peino o cambio la radio. NUNCA me ha pasado que el otro se baje a decirme que tiene sus razones para estacionar ahí, lo cual prueba mi hipótesis de que lo hacen por patudos, por caminar menos y porque les importa un huevo el resto de la gente que sí puede necesitar estas facilidades.
O sea pónganse en el lugar de alguien que, como yo, de verdad termina agotada con el solo paseo por el supermercado o mall (y yo voy sólo a lo que necesito, a veces con niños). Piensen en las personas que tienen que desplazarse con muletas o bastón (muchas veces con incomodidad constante o dolor) o bien en silla de ruedas y no tienen suficiente espacio para plegarla en un estacionamiento común. Es realmente vergonzoso que hombres y mujeres que no tienen ningún impedimento sean tan egoístas. Si están cansados o con lata, francamente no es problema mío, porque yo no fui la que le puso el cono bloqueador al estacionamiento, pero pucha que fue buena idea que alguien lo hiciera.
Ni siquiera me voy a extender demasiado en los asientos preferenciales del metro y las micros: no porque no suela usarlos (que los uso, sólo que evito las horas peak) sino porque me irrita sobremanera la mala educación de la gente. Me tiene harta entrar con mi panza indisimulable o ver que alguna otra mujer lo hace y que todos miren concentradísimos por la ventana (a un túnel negro en el caso del metro) o que el chofer parta a todo chancho sin fijarse si alcancé a pescarme de algún asiento o fierro (en el caso de las micros; he llegado a agarrarme de otras personas, muerta de plancha). Qué creerán, que estamos menos cansadas que ellos o que no corremos ningún riesgo si alguien nos empuja o nos aplasta. Lo mismo (peor, incluso, porque yo al menos tengo las dos manos libres y no acarreo ninguna cabecita vulnerable) para las mujeres que van con sus hijos ya nacidos.
Es hora de civilizarse y de retar a grito pelado al que no se ubique, como lo hago yo sin ninguna vergüenza. Funciona todas las veces: la actitud chorita se va ligerito a las pailas cuando uno sube la voz. La gente tiene que cachar que los derechos de uno terminan donde empiezan los del otro y que ese otro puede estar en una posición más necesitada.
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