Originalmente publicado el 30/07/2009, en relación a este evento
Yo sé que la frase es inusual porque, ¿cuántas veces recuerda uno un funeral como algo que lo hizo sentirse más feliz?
Pero no encuentro otra palabra para describir el que se mandó mi abuelo. Creo que muchos de los asistentes estarán de acuerdo conmigo en que lo pasamos salvaje de bien. Y no quiero ser irrespetuosa ni sonar irreverente; entiendo la solemnidad y seriedad del asunto (era que no, si era MI ABUELO) y estoy segura de que para mi abuela no fue ná tan divertido. Yo misma no me reí todo el rato, ni mucho menos. Como comentario al margen, cada vez me cuesta más llorar en público, como que me da plancha, siento que es como privado. Piensen nomás que estoy medio rallada, puede ser.
Es que fue TAN agradable ver al “lado de la familia” del sur…pucha que fue reconfortante verlos llegar a todos, cada familia en su auto, cariñosos a presentar sus respetos y a acompañar a mi abuela y a conversarnos de lo que mi abuelo fue para todos ellos, "nuestra competencia", según una de mis primas hermanas.
También fue rico estar con los primos (a quienes no pesco mucho en otras ocasiones), unidos por una causa común. Que sí, para algunos era más íntima que para otros, pero la idea de ser parte de este grupo de personas se hizo sentir y eso me dio alegría. Yo me siento una de las dolientes más cercanas.
Yo creía que iba a llegar a fundar esta mañana donde mi abuela pero varios tan queridos y cuya temprana presencia tanto me sorprendió me habían ganado el quién vive. Con cuatro horas de viaje en auto en el cuerpo, debo decir que me parecen admirables. Después fueron llegando más y al final fuimos un verdadero cortejo hasta el cementerio.
El saludo más notable fue el que recibí del don a quien el Pollo le tiembla: “así es la hueá, poh”. Sip, así es.
Si bien creo que se me frió parte del cerebro de tanto hablar por teléfono celular, se me reveló que la voluntad de mi abuelo era férrea: a pesar de nuestros denostados esfuerzos por conseguir un sacerdote (yo traté de ubicar a seis; la tía V. a cuatro), no hubo caso. Mi abuela tuvo que saber aceptar que el responso lo hiciera el diácono de la capilla. Y lo hizo de lo más bien, debo decir.
Hice una pequeña pausa a medio día para ir a buscar a los peques al jardín, comer algo y volví a las andanzas, esta vez a comprar algunas viandas para los viajeros que insistieron en no dejar solo a mi abuelo a la hora de almuerzo. Con todo lo respetable que me parece el Quitapena, la verdad es que sentí alguna incongruencia entre el local y mis elegantes tías abuelas. Como que no pegaban con el ambiente.
Mi abuela y mi mamá hicieron unos sánguches fantásticos con pollo, huevo y queso y yo llevé sendos termos con agua y té y café (más el endulzante y el azucarero de mi casa), unos jugos, Coca Colas y queques. Las dos señoras me retaron por el exceso, pero no les dije nada. Debí haber llevado una cámara de fotos para sacárselos en cara: viejas, señores, niños y jóvenes zampándose los pancitos, peleándose los pedazos de queque y sirviéndose café como que había. Ah, qué retrato memorable. La Chica me dijo, y creo que tiene TODA la razón, que ese puro momento habría sido el favorito de mi abuelo: vernos a todos juntos en su nombre, compartiendo comida rica y un rato agradable. El mejor homenaje. Faltó, como ella agregó, la cabeza de cordero encima del cajón y el vino tinto.
Después de eso empezó a llegar más y más gente. Considerando que no hubo aviso en el diario, o sea que se corrió la voz nomás, creo que la concurrencia fue espectacular: unas 150 personas llenaron el recinto y hubo que abrir de par en par todas las puertas de la capilla.
Mi abuelo fue un hombre querido, amigo de sus amigos. Para robarles las palabras a quienes se pronunciaron (desde que esto comenzó nunca, nunca fui capaz de escribirle algo), fue un hombre culto, mediador objetivo y justo, tolerante, muy convencido de sus ideas pero nunca tratando de convencer a otros (lo que sólo contribuyó a aumentar su número de seguidores) y con un sentido del humor más bien sarcástico, pero nunca antipático. Siempre dueño de sí mismo, poco dado al contacto físico y con una presencia marcada por su educación inglesa (“Cuídese, mija” y un apretón de manos a la hija que se iba a vivir al otro lado del mundo). Abuelo cariñoso, enfermo de guaguatero y formador (no dudaba en retar sin ceremonia a algún nieto pillado en falta y sobre todo los más chicos, recordarán con terror EL MONO), siempre leyendo libros de historia (escritos por hombres) y mirando fotos de los castillos de Europa (los cuales visité porque él me lo dijo y financió con indisimulada admiración por esta nieta loca que se iba sola). En su juventud, asiduo participante de los rodeos con su compadre, cuando no estaba saltando de los trenes en movimiento envuelto en su manta de Castilla para no recorrer más de lo necesario. Muy dado a los embutidos y fiambres y los buenos asados de campo con todo tipo de interiores, los que infructuosamente trató de hacerme probar cuando me llevaba al sur, lo que me valió el comentario “es que esta niñita es tonta”. Bueno para escribir cuentos, los que me entregaba escritos con su caligrafía cuadrada tan varonil en esos blocs café con líneas para que yo se los pasara en computador muerta de la risa e imprimiera. Siempre contrabandeando libros “herejes” para callao con mi mamá, afición que debo decir se me está pegando pero mi abuela no puede enterarse. Comecura impenitente, solía bromearme con que estaba cansado porque había ido hasta la iglesia de rodillas leyendo la Biblia. Los helados de agua, el turrón y los puzzles. Su boina española que más de una broma le permitió hacer a los desprevenidos.
Lo veo siendo recibido por el tío R., quien a continuación le dice que lo estaba esperando qué rato, p’iñor. Sí, compadre, pero ya llegué.
Yo sé que la frase es inusual porque, ¿cuántas veces recuerda uno un funeral como algo que lo hizo sentirse más feliz?
Pero no encuentro otra palabra para describir el que se mandó mi abuelo. Creo que muchos de los asistentes estarán de acuerdo conmigo en que lo pasamos salvaje de bien. Y no quiero ser irrespetuosa ni sonar irreverente; entiendo la solemnidad y seriedad del asunto (era que no, si era MI ABUELO) y estoy segura de que para mi abuela no fue ná tan divertido. Yo misma no me reí todo el rato, ni mucho menos. Como comentario al margen, cada vez me cuesta más llorar en público, como que me da plancha, siento que es como privado. Piensen nomás que estoy medio rallada, puede ser.
Es que fue TAN agradable ver al “lado de la familia” del sur…pucha que fue reconfortante verlos llegar a todos, cada familia en su auto, cariñosos a presentar sus respetos y a acompañar a mi abuela y a conversarnos de lo que mi abuelo fue para todos ellos, "nuestra competencia", según una de mis primas hermanas.
También fue rico estar con los primos (a quienes no pesco mucho en otras ocasiones), unidos por una causa común. Que sí, para algunos era más íntima que para otros, pero la idea de ser parte de este grupo de personas se hizo sentir y eso me dio alegría. Yo me siento una de las dolientes más cercanas.
Yo creía que iba a llegar a fundar esta mañana donde mi abuela pero varios tan queridos y cuya temprana presencia tanto me sorprendió me habían ganado el quién vive. Con cuatro horas de viaje en auto en el cuerpo, debo decir que me parecen admirables. Después fueron llegando más y al final fuimos un verdadero cortejo hasta el cementerio.
El saludo más notable fue el que recibí del don a quien el Pollo le tiembla: “así es la hueá, poh”. Sip, así es.
Si bien creo que se me frió parte del cerebro de tanto hablar por teléfono celular, se me reveló que la voluntad de mi abuelo era férrea: a pesar de nuestros denostados esfuerzos por conseguir un sacerdote (yo traté de ubicar a seis; la tía V. a cuatro), no hubo caso. Mi abuela tuvo que saber aceptar que el responso lo hiciera el diácono de la capilla. Y lo hizo de lo más bien, debo decir.
Hice una pequeña pausa a medio día para ir a buscar a los peques al jardín, comer algo y volví a las andanzas, esta vez a comprar algunas viandas para los viajeros que insistieron en no dejar solo a mi abuelo a la hora de almuerzo. Con todo lo respetable que me parece el Quitapena, la verdad es que sentí alguna incongruencia entre el local y mis elegantes tías abuelas. Como que no pegaban con el ambiente.
Mi abuela y mi mamá hicieron unos sánguches fantásticos con pollo, huevo y queso y yo llevé sendos termos con agua y té y café (más el endulzante y el azucarero de mi casa), unos jugos, Coca Colas y queques. Las dos señoras me retaron por el exceso, pero no les dije nada. Debí haber llevado una cámara de fotos para sacárselos en cara: viejas, señores, niños y jóvenes zampándose los pancitos, peleándose los pedazos de queque y sirviéndose café como que había. Ah, qué retrato memorable. La Chica me dijo, y creo que tiene TODA la razón, que ese puro momento habría sido el favorito de mi abuelo: vernos a todos juntos en su nombre, compartiendo comida rica y un rato agradable. El mejor homenaje. Faltó, como ella agregó, la cabeza de cordero encima del cajón y el vino tinto.
Después de eso empezó a llegar más y más gente. Considerando que no hubo aviso en el diario, o sea que se corrió la voz nomás, creo que la concurrencia fue espectacular: unas 150 personas llenaron el recinto y hubo que abrir de par en par todas las puertas de la capilla.
Mi abuelo fue un hombre querido, amigo de sus amigos. Para robarles las palabras a quienes se pronunciaron (desde que esto comenzó nunca, nunca fui capaz de escribirle algo), fue un hombre culto, mediador objetivo y justo, tolerante, muy convencido de sus ideas pero nunca tratando de convencer a otros (lo que sólo contribuyó a aumentar su número de seguidores) y con un sentido del humor más bien sarcástico, pero nunca antipático. Siempre dueño de sí mismo, poco dado al contacto físico y con una presencia marcada por su educación inglesa (“Cuídese, mija” y un apretón de manos a la hija que se iba a vivir al otro lado del mundo). Abuelo cariñoso, enfermo de guaguatero y formador (no dudaba en retar sin ceremonia a algún nieto pillado en falta y sobre todo los más chicos, recordarán con terror EL MONO), siempre leyendo libros de historia (escritos por hombres) y mirando fotos de los castillos de Europa (los cuales visité porque él me lo dijo y financió con indisimulada admiración por esta nieta loca que se iba sola). En su juventud, asiduo participante de los rodeos con su compadre, cuando no estaba saltando de los trenes en movimiento envuelto en su manta de Castilla para no recorrer más de lo necesario. Muy dado a los embutidos y fiambres y los buenos asados de campo con todo tipo de interiores, los que infructuosamente trató de hacerme probar cuando me llevaba al sur, lo que me valió el comentario “es que esta niñita es tonta”. Bueno para escribir cuentos, los que me entregaba escritos con su caligrafía cuadrada tan varonil en esos blocs café con líneas para que yo se los pasara en computador muerta de la risa e imprimiera. Siempre contrabandeando libros “herejes” para callao con mi mamá, afición que debo decir se me está pegando pero mi abuela no puede enterarse. Comecura impenitente, solía bromearme con que estaba cansado porque había ido hasta la iglesia de rodillas leyendo la Biblia. Los helados de agua, el turrón y los puzzles. Su boina española que más de una broma le permitió hacer a los desprevenidos.
Lo veo siendo recibido por el tío R., quien a continuación le dice que lo estaba esperando qué rato, p’iñor. Sí, compadre, pero ya llegué.
3 comentarios:
Hola Flo,
es que no hay como la familia y sucede generalmente que las ves entera para los matrimonios y funerales. Qué linda relación tenías con él!
cariños
Si, correspondía tenerlo aquí, querida. Que bueno lo resubiste en tu blog PRIVADO. Que se quede aquí también. Ojala me resulte en Septiembre todo bien.
"Ahora si, señor capataz, sale la última collera C******* L*******..."
Dios mío, ya hace falta.
Me habría gustado estar ahí, Flo, aunque no sea parte de la familia. Pero tu hermano ni me contó (...)Pongo en mi cabeza lo que describes y realmente debe haber sido muy interesante. Debo reconocer que en muchos momentos del responso me sentí ajena, mal que mal, conocía a menos de diez personas de las presentes, pero fui porque les tengo mucho cariño y bueno, tenía que apoyar a mi chancho.
Muchos cariños
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