A propósito del asesinato de Francisca, se elevan iracundas voces pidiendo la reinstauración de la pena de muerte en Chile. Algunos invocan las leyes divinas para justificarse; otros prefieren ponerse filosóficos y aducir que quien asesina ha perdido la condición de humanidad; aún otros vuelven (cuándo no) a hablar de los crímenes no resueltos de la Dictadura y unos muy pocos abogan por el racionalismo y la responsabilidad.
¿Qué pienso yo al respecto? ¿Prefiero que la sociedad se pronuncie respecto de la vida de un hombre y la termine, o bien estoy dispuesta a financiarle una vida de prisión a un asesino, hasta que muera?
Creo que ni lo uno ni lo otro. En tanto creo que personas así no pueden ser parte libre de la sociedad, no me queda claro que el encarcelamiento de por vida haga entrar en razón (que en poco redundaría, ya que la niñita no va a volver y desde la cárcel él puede llegar a re poca gente con su mensaje o lección) o arrepentirse. No me hace sentir muy cómoda la idea de ejecutarlo y pretender con eso paliar el daño y el sufrimiento; todos hemos tomado venganza en algún momento y sentido una satisfacción bastante menor a la que anticipábamos al ver a nuestro adversario en situación desmejorada. Ya no digamos verlo muerto, entonces. Además, como no todos tenemos la misma idea respecto de la muerte, es poco efectivo creer que una ejecución pueda ser el mejor escarmiento para ése y todos los criminales que se sientan impulsados a cometer acciones parecidas en el futuro. Hoy en día la gente es bastante más descreída de lo que era antes y un sermón apocalíptico respecto de las penurias eternas para quien haya dejado este mundo sin la gracia del Señor, cala mucho menos hondo que cuando no había tanta información, tanta experiencia extra sensorial, tanta filosofía alternativa al cristianismo y en general tanto escepticismo, tanta independencia y diversidad de pensamiento. Ya no estamos en la Edad Media (o así parece cuando uno sale a la calle, aunque a veces las apariencias engañan, sobre todo en este rincón del mundo).
¿Qué tan terrible puede ser que un grupo de personas juzgue que te toca morir y, entre esa decisión y el hecho mismo, te dejen al menos escribir cartas para expresar desahogos y atar cabos sueltos y despedirte de tu gente, te den todas las comidas del día E IGUAL VENGA UN CURA A CONFESARTE y absolverte de tus pecados, incluso el que te ha llevado a morir por ejecución? En ese sentido, ¿no es peor de todas maneras que alguien te pegue un tiro en plena calle, cuando ibas feliz pensando en cualquier cosa y no preveías que nunca más ibas a estar con quienes amabas ni podrías saldar asuntos pendientes? A lo mejor ibas camino a la Iglesia a confesarte y no llegaste. ¿Estás menos fuera de la gracia divina que el asesino ejecutado pero confeso? Porque nótese, si te condenan a morir tampoco estás eligiendo tú el momento de tu muerte, pero al menos lo sabes con antelación y puedes preparar tu conciencia y tus asuntos. Y te mandan al cura igual.
En vistas de lo anterior, la sociedad no gana nada matando a un criminal, salvo la mezquina satisfacción de haber devuelto la misma moneda. Eso no me habla de grandes cristianos ni de grandes personas. Me habla de infantilismo que sólo ve un poco más allá de sus propias narices. Aunque el dolor de parientes y conocidos es infinito y lo comparto, me parece haber descartado una de las alternativas sobre qué hacer con el asesino.
El encierro de por vida, entonces. Al margen de que el sistema judicial es un poco “especial” y que otorga rebajas de pena y libertad condicional casi arbitrariamente (o sea un veredicto de chorrocientos años en prisión no es garantía de nada), la teoría de privar de libertad a alguien es ideal. En teoría. Por falta de libertad se entiende que el gallo no es dueño de ir a donde le parezca cuando quiera; que no puede elegir ni siquiera dónde vivir (a diferencia de otros afortunados que viven en “arresto domiciliario” en su propia casa, con juicios por asesinatos mútiples). Más allá de eso, el preso se mete en una emulación a escala de la sociedad, con limitantes (léase mujeres, esparcimiento) que se suplen de alguna u otra manera. El preso no trabaja remuneradamente, por lo que es necesario mantenerlo. ¿Quién hace eso? Todos los chilenos que pagamos impuestos. No sólo ni necesariamente su propia familia. El preso tiene techo, comida, salud y algún orden de horarios en su vida. Quizás más de lo que jamás habría tenido afuera. ¿Es eso castigo? Hoy ya no se permite esclavizar a alguien, ni torturarlo. ¿Cuál es la lección?
¿Cuál será la SOLUCIÓN? Sentimos que vamos avanzando como sociedad y humanidad, pero crímenes como éste ponen de manifiesto que nuestras leyes y sistemas se han tornado, más que neutros, incapaces de reparar ciertos daños. Hay veces en que uno querría poder recurrir a la justicia impartida por la propia mano o a una muerte en hoguera delante de toda la comunidad, con el preso traído a la plaza mayor a la rastra, atado con cuerdas, desnudo, descalzo, sufriendo azotes y recibiendo piedrazos, insultos y escupitajos de todos los ciudadanos que quieran desahogar su justa indignación. Ahí podríamos hablar con autoridad de escarmientos.
¿Qué pienso yo al respecto? ¿Prefiero que la sociedad se pronuncie respecto de la vida de un hombre y la termine, o bien estoy dispuesta a financiarle una vida de prisión a un asesino, hasta que muera?
Creo que ni lo uno ni lo otro. En tanto creo que personas así no pueden ser parte libre de la sociedad, no me queda claro que el encarcelamiento de por vida haga entrar en razón (que en poco redundaría, ya que la niñita no va a volver y desde la cárcel él puede llegar a re poca gente con su mensaje o lección) o arrepentirse. No me hace sentir muy cómoda la idea de ejecutarlo y pretender con eso paliar el daño y el sufrimiento; todos hemos tomado venganza en algún momento y sentido una satisfacción bastante menor a la que anticipábamos al ver a nuestro adversario en situación desmejorada. Ya no digamos verlo muerto, entonces. Además, como no todos tenemos la misma idea respecto de la muerte, es poco efectivo creer que una ejecución pueda ser el mejor escarmiento para ése y todos los criminales que se sientan impulsados a cometer acciones parecidas en el futuro. Hoy en día la gente es bastante más descreída de lo que era antes y un sermón apocalíptico respecto de las penurias eternas para quien haya dejado este mundo sin la gracia del Señor, cala mucho menos hondo que cuando no había tanta información, tanta experiencia extra sensorial, tanta filosofía alternativa al cristianismo y en general tanto escepticismo, tanta independencia y diversidad de pensamiento. Ya no estamos en la Edad Media (o así parece cuando uno sale a la calle, aunque a veces las apariencias engañan, sobre todo en este rincón del mundo).
¿Qué tan terrible puede ser que un grupo de personas juzgue que te toca morir y, entre esa decisión y el hecho mismo, te dejen al menos escribir cartas para expresar desahogos y atar cabos sueltos y despedirte de tu gente, te den todas las comidas del día E IGUAL VENGA UN CURA A CONFESARTE y absolverte de tus pecados, incluso el que te ha llevado a morir por ejecución? En ese sentido, ¿no es peor de todas maneras que alguien te pegue un tiro en plena calle, cuando ibas feliz pensando en cualquier cosa y no preveías que nunca más ibas a estar con quienes amabas ni podrías saldar asuntos pendientes? A lo mejor ibas camino a la Iglesia a confesarte y no llegaste. ¿Estás menos fuera de la gracia divina que el asesino ejecutado pero confeso? Porque nótese, si te condenan a morir tampoco estás eligiendo tú el momento de tu muerte, pero al menos lo sabes con antelación y puedes preparar tu conciencia y tus asuntos. Y te mandan al cura igual.
En vistas de lo anterior, la sociedad no gana nada matando a un criminal, salvo la mezquina satisfacción de haber devuelto la misma moneda. Eso no me habla de grandes cristianos ni de grandes personas. Me habla de infantilismo que sólo ve un poco más allá de sus propias narices. Aunque el dolor de parientes y conocidos es infinito y lo comparto, me parece haber descartado una de las alternativas sobre qué hacer con el asesino.
El encierro de por vida, entonces. Al margen de que el sistema judicial es un poco “especial” y que otorga rebajas de pena y libertad condicional casi arbitrariamente (o sea un veredicto de chorrocientos años en prisión no es garantía de nada), la teoría de privar de libertad a alguien es ideal. En teoría. Por falta de libertad se entiende que el gallo no es dueño de ir a donde le parezca cuando quiera; que no puede elegir ni siquiera dónde vivir (a diferencia de otros afortunados que viven en “arresto domiciliario” en su propia casa, con juicios por asesinatos mútiples). Más allá de eso, el preso se mete en una emulación a escala de la sociedad, con limitantes (léase mujeres, esparcimiento) que se suplen de alguna u otra manera. El preso no trabaja remuneradamente, por lo que es necesario mantenerlo. ¿Quién hace eso? Todos los chilenos que pagamos impuestos. No sólo ni necesariamente su propia familia. El preso tiene techo, comida, salud y algún orden de horarios en su vida. Quizás más de lo que jamás habría tenido afuera. ¿Es eso castigo? Hoy ya no se permite esclavizar a alguien, ni torturarlo. ¿Cuál es la lección?
¿Cuál será la SOLUCIÓN? Sentimos que vamos avanzando como sociedad y humanidad, pero crímenes como éste ponen de manifiesto que nuestras leyes y sistemas se han tornado, más que neutros, incapaces de reparar ciertos daños. Hay veces en que uno querría poder recurrir a la justicia impartida por la propia mano o a una muerte en hoguera delante de toda la comunidad, con el preso traído a la plaza mayor a la rastra, atado con cuerdas, desnudo, descalzo, sufriendo azotes y recibiendo piedrazos, insultos y escupitajos de todos los ciudadanos que quieran desahogar su justa indignación. Ahí podríamos hablar con autoridad de escarmientos.
4 comentarios:
El tema es complicado. Puede que con la pena de muerte la persona recién ahí frente a su propia vida que queda atrás tome conciencia del daño. El presidio perpetuo con rehabilitación garantizada sería ideal, pero acá no existe esa posibilidad. Las carceles no dan a basto y no cuentan con infraestructura neceseria. Tampoco podemos volver a pensar en una isla...Que cada uno tome la justicia en sus manos es retroceder a lo más primitivo.
Feña: ¿Y qué gana la sociedad con que el gallo se de cuenta del daño que hizo justo antes de que lo ejecuten? ¿A quién le puede transmitir su mensaje en ese momento?
En el caso de este asesinato el gallo es un taxista; no es ningún gallo que estaba tirado en la calle. No sé de qué rehabilitación podemos estar hablando. Si es piquiátrica, quizás, pero lo importante es mandar una señal al resto de la sociedad de que esos comportamientos no serán permitidos. Sólo unos pocos de los que matan son enfermos mentales y por lo demás acá se están implementando cárceles privadas, que no serán (ojalá) hacinadas ni faltas de infraestructura.
Por último, lo de la justicia personal puede ser medio brutal, pero apuesto que traería más paz a las familias perjudicadas que el actual sistema de justicia. No me parece que sea primitivo; puede ser menos cívico, pero todos tenemos derecho a desahogar el daño que nos han hecho y ese método es bastante justo, me parece.
Lo de la "justicia en las propias" manos puede ser peligroso porque es dificil definir cuando corresponde o no.
Por otro lado, yo creo que un sistema mas impersonal tenderá a ser más justo: si a mi me matan a un cercano, obvio que quiero matar de vuelta al responsable... por lo mismo soy el menos indicado para "hacer justicia": estoy cegado por la ira.
Hay algunos análisis estadísticos que muestran que penas más duras no aseguran menos crimen (ahora no encuentro el link), por lo que la pena de muerte me parece inutil... y, en lo personal, creo que la "venganza" nunca te dejará satisfecho.
Yo creo que la cadena perpetua "efectiva" (pero de verdad) es la única solución. No como un desincentivo a quienes vayan a cometer un crimen, sino como herramienta para evitar más daños.
saludos
sí yo tb estoy de acuerdo con R respecto de la cadena perpetua pero efectiva como herramienta para evitar más daños.
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