domingo, 3 de octubre de 2010

Fatalista

El lunes pasado en la noche entraron a robar a mi casa. Nos enteramos a la mañana siguiente cuando Marido quiso salir a correr y se encontró con una puerta aledaña a la principal abierta de par en par, todo desordenado y varias herramientas caras y una bicicleta, desaparecidas. Sin detallar mayormente, que alguien entre a robar donde yo vivo significa que i. los ladrones son muy secos y/o no valoran en mucho sus vidas; o ii. la otrora férrea vigilancia está guateando en mala. No sé a qué atribuirlo, pero el hecho es que entraron y se llevaron todo lo que detallé junto con mi tranquilidad. La lista de potenciales sospechosos es demasiado larga; no puedo mirar feo a toda la gente pero tampoco sé ya en quién confiar y por tanto con quién bajar un poco la guardia. No sé si existirán los antisicóticos, porque quiero pedirle a mi terapeuta que me dé una receta para comprarlos: si antes yo era perseguida, ahora mi nivel de paranoia rebasó todos los límites de lo razonable. Duermo con un ojo abierto (o sea como el forro) y por mí haría simulacros de alarma todo el día, deseando que eso alerte a estos flaites de que al menos ya no es llegar y entrar.
No es que me importen las cosas que se llevaron. Las únicas pertenencias cuya desaparición me cagaría son el contenido de mi computador (que respaldaré a la brevedad) y un anillo. Sin todo lo demás puedo vivir. Llegada la circunstancia, también puedo vivir cagada de la risa sin el anillo. Lo único en que no transo es que mis niños estén bien y mi marido sano y salvo a mi lado. Entonces comparando lo que se llevaron con que no supimos nada mientras sucedía y que no entraron a la casa, somos inmensamente afortunados. Aprendimos una valiosísima lección: no ser huevones y cuidarnos nuestras propias espaldas.
Pero una cosa así caga harto el mate. Harto. Que ya no hay luz a cierta hora, que disminuyó el tráfico en la calle, que aumentó, que no va a haber nadie en la casa, que van a estar los niños y yo no, en fin, los escenarios son infinitos y para todos los gustos.
Hoy en la noche, por ejemplo, veníamos todos en el auto de regreso a la casa. Una cuadra antes de llegar, a la sombra de un árbol, había dos gallos tomándose una cerveza. Y lo que voy a decir suena atroz, pero no se veían como del barrio. Más el jockey en uno de ellos, la ropa oscura, zapatillas, poca edad y un compadre que venía también con pinta de merodeador a sumarse al grupo, saltaron todas las alarmas internas del marido y llamamos altiro a Seguridad Ciudadana y a los Carabineros. Acto seguido tuve esa conocida sensación de tener la boca seca y la voz temblona, de hecho temblaba entera a pesar de que no tenía frío. Onda me castañeteaban los dientes.
En general me abstengo de escribir acá cuando no logro sobreponerme al mal ánimo o pesimismo (otras veces no escribo por otras razones, pero se entiende a lo que voy). Pero esto tengo que procesarlo ahora ya. Claramente no puedo vivir para siempre chequeando que cada puerta y ventana esté bien cerrada y con llave y que la alarma esté armada. Igual lo voy a hacer, pero ojalá que no me acompañe esta angustia sideral que me produce, bueno, los síntomas que ya he mencionado en otras ocasiones: náuseas, insomnio, agotamiento mental con todas sus consecuencias anímicas y físicas y ganas de llorar compulsivamente.
Y ahora a otra noche. Ufff.

7 comentarios:

Kyle dijo...

Flo, lo siento mucho, mucho, mucho :(

Es terrible sentir que te tienes que cuidar la espalda. Es terrible no saber en quien puedes confiar.

Y incluso si las cosas pueden ser reemplazadas es esa sensacion de violacion total que te queda que es lo peor.

Lo siento.

Flo dijo...

Gracias Kyle, por suerte fue más que nada un llamado de atención, pero igual lo pasamos mal.
Cariños

Marce dijo...

Mmmm, yo creo que claro, hay dos temas aquí. Uno es la sensación real de vulnerabilidad que les quedó después del robo, de lo cuál se tienen que hacer cargo tal cómo lo están haciendo, tomando algunas medidas para volver a sentirse seguros.

Lo otro es eso en ti que hace que una situación como esta se te escape de las manos y tu organismo y psiquis sobre reaccionen, por así decirlo. Para qué te digo que a mí también me pasa, lo que a estas alturas es un hecho de la causa más que un consuelo. Para la imaginación fatalista incontrolable que me ataca no he encontrado otra cura que los medicamentos. Y de los químicos no alternativos.

Me demoré en comentar, ojalá ya estés más tranquila

Flo dijo...

Alice, estoy achacadísima porque claro, mi terapeuta me recetó lo que yo decía medio en broma: un tranquilizante antisicótico. Creo que me ayudaría a estar más tranquila y sobrellevar mejor esto, pero gastar 20 lucas en un remedio que usaré unos días me hace doler la guata y además qué debilucha tener que tomar eso cuando otras personas se han visto expuestas a lo mismo o peor y lo superan sin medicamentos.
Igual espero con re pocas ganas que se haga de noche, pero estoy tratando de mentalizarme. A ver si esta noche me resulta...
Cariños

Marce dijo...

Puuucha Flo, tómate la pastilla no más, tranquila y sin culpas. Él que no necesite medicarse de vez en cuando que lance la primera piedra.
Evolutivamente estamos programados para vivir en otros ambientes, es normal que nos tengamos que "ayudar" de repente para sobrevivir en la ciudad. Tú estás lejos de ser una psicótica por lo demás.
Qué pases buenas noches hoy.

María José dijo...

Te tomas el remedio y san se acabó!

A dijo...

Coincido, tomate la pastilla y con unos dias veras que la sensación de vulnerabilidad va haciendose más pequeña. Sino duermes estarás peor y pasaras las noches inquieta, sospechando ante cualquier ruido.
Lo siento mucho. Ánimo y un beso.