
Esto, por desgracia, no es cuento.
Estando en algún año de educación secundaria en el colegio, empecé a imaginarme cosas, aunque más bien debería decir que eran como visiones. Me veía con uniforme de colegio, con el resto de mis compañeros de curso vistiendo lo mismo, en una iglesia de Providencia que no conocía por dentro. Luego me veía parada al borde de un foso donde estaban bajando un féretro. Estas visiones me llegaban de la nada, en cualquier momento y lugar, sin que hubiera habido de por medio una historia, película o libro que me activara la imaginación siempre fértil. Después de todo, por qué un féretro, por qué yo en uniforme con mis compañeros.
Pero he aquí que un día lunes en la mañana llegó nuestro profesor jefe muy compungido, a contarnos que nuestra profesora de religión había fallecido el fin de semana en un accidente fuera de Santiago. Se nos pidió que nos pusiéramos la chaqueta y nos arregláramos la corbata y nos dirigieron a un bus para ir a la misa del funeral, que era…en la iglesia de mis visiones. Al principio sentía sólo lo típico al recibir una noticia así, pero cuando salimos de la iglesia en filita, todos impecables en nuestro uniforme acompañando al cajón, caí en cuenta y me vine abajo. Todos pensaron que yo tenía mucha pena (que algo había, porque nuestra profe era bien choriflai), pero mi malestar era más que nada por la impresión de ver mi visión casi completamente realizada.
Esto me volvió a suceder en segundo año de universidad. Empecé a verme en una iglesia a la que había ido una vez cuando chica, esta vez en la Avenida Las Condes, con todas mis amigas y un grupo de amigos muy particular. Tenía una sensación cierta de saber que alguien que yo conocía se iba a morir, pero no sabía quién, cómo ni cuándo. Esto debe haber comenzado a mediados de año y nuevamente eran escenas que me llegaban en cualquier momento, por ejemplo mientras me lavaba el pelo en la ducha. Como ya contaba con una experiencia parecida, me empecé a asustar. Sentía una ansiedad indecible que, sumada al stress de los estudios y mi espíritu competitivo, me hizo terminar con un insomnio galopante. Día tras día me pillaba sentada en la cama al amanecer, oyendo a los pajaritos cantando y muerta de angustia por tener que comenzar un nuevo día sin el beneficio de haber descansado, por no decir que tenía que interactuar con la gente, saludar a mis amistades, poner atención en clases y tomar apuntes.
Cuando ya no pude más, hidalgamente fui donde mis padres y les pedí que me tomaran una hora con un psiquiatra, porque estaba destruida. El médico me hizo un par de preguntas respecto de mis actividades, inquirió si la carrera se me hacía muy difícil (me urgía que la vieja de contabilidad se burlaba de mí delante de todo el curso, pero sacarme un siete en el examen fue un tapabocas perfecto) y si tenía algún rollo sentimental (nones). Creyendo que éste era el mejor escucha, decidí contarle de mi premonición y el miedo que me provocaba. Me miró un momento sin comentar y procedió a recetarme antidepresivos y un ansiolítico. Me dijo que no era nada con un gesto despectivo, me dio la mano y me despachó.
Obediente, me tomé los remedios y subí a la estratosfera. Miraba la vida pasar impávida, no tenía sueños, no sentía nada. Todo me daba un poco lo mismo, hasta que llegó la llamada que me despertó esa mañana de noviembre y partí a la clínica con mi amiga E. Nunca me había tocado entrar a la Unidad de Cuidados Intensivos y fue una experiencia límite, tanto que me tuve que ir a tomar un café y un mozo, viendo cómo caían las lágrimas dentro de la taza, me la retiró y me trajo un jugo muy concentrado, diciéndome que ya iba a pasar. Para hacer una historia corta, el episodio terminó a los pocos días con un funeral, que no contribuí en nada a organizar pero que tuvo lugar en…la iglesia de la Avenida Las Condes de mis visiones. Y el grupo de amigos presente era exactamente el que yo veía con estupor mientras me sacaba el shampoo del pelo.
Me costó mucho superar ese suceso, por muchas razones fáciles de adivinar pero que no viene al caso mencionar. Quedé con un miedo terrible a estos sucesos sobre los cuales no tenía control y que venían sin invitación ni provocación de mi parte.
Ya sea por mecanismos de defensa voluntarios o involuntarios, nunca más me ha sucedido algo así. Sólo han ocurrido las muertes esperables; no se me ha vuelto a manifestar el futuro con meses de anticipación. Reconozco que, tras otras experiencias poco agradables (y que yo atribuía a mi miopía, para no entrar en más detalle), me freno a la hora de hacer ciertas meditaciones o actividades de relajación (incluso cierto tipo de yoga) y que apenas abro un ojo apelo a toda mi conciencia para no ver nada de lo que suele verse en estados de semi vigilia, pero hasta acá voy invicta por varios años.
* La imagen es una ilustración del irlandés Harry Clarke para el cuento de Edgar Allan Poe, "La Máscara de la Muerte Roja".
4 comentarios:
Qué fuerte! Eso son premoniciones. Algunos las consideran un don. Yo no. Prefiero ir por la vida un poco a ciegas, aunque a veces presiento cosas y me angustio de la nada hasta que...pasa!
Tú tuviste la mala suerte de que el médico que te trató no creía en esas cosas, demasiado racional el hombre y sólo te dopó. A veces, unas buenas terapias sirven para ayudar a vivir con eso y aprender a enfrentarlas bien, cuando pasan. Me imagino que, con los años tú solita lo fuiste aceptando y manejando, y decides cuánta importancia concederle, porque uno como que se va curtiendo y preparando mejor para la muerte.
Un abrazo
Síiii, Kuky, yo también prefiero vivir al día, pero fíjate que al contrario, ahora que me han tocado muertes cercanas, como que me cuesta cada vez más verlo como algo que es parte de la vida.
Como digo de alguna manera bloqueo estas sensaciones apenas empiezan, ojalá ninguno de mis hijos herede esta lesera.
Abrazo, ojalá te hayas mejorado.
Qué choro, Flo. O sea, penca igual, obvio, te angustia, quizás sientes que si tienes esa visión deberías poder hacer algo para evitar que lo que viste pase???
Pero en el fondo, el tiempo no es lineal dicen, aunque nos lo parezca, y tienes el don de poder percibir cosas que van a pasar igual, las veas o no.
Mejor que ahora no te pase igual, vives más tranquila. No sé si em gustaría tener premoniciones, supongo que no, es mejor no saber.
Fuerte, fuerte, fuerte y aunque preferiría que no, te creo TODO.
Es más, me inspiraste para comentar sobre un tema parecido, que había querido evitar para que no crean que una es loca. No me pasa a mí, pero es algo que he obbservado en una de mis niñas. Me carga, es como la típica que cree que su niña es "especial", pero no.
Ahora, lo tuyo es muuuucho más heavy. Pucha que nos falta entender como funcionan las cosas en el universo .
Un abrazo
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