jueves, 10 de diciembre de 2015

Mazapán


Cuando mi hermana y yo éramos chicas, teníamos casi todas las "cassettes" (así de antiguas somos) de este grupo musical infantil chileno. Y nos encantaban. Las oíamos todos los días, nos sabíamos todas las canciones. Y claro, veíamos Masamigos, el programa que tenían estas chiquillas en el canal 11, religiosamente. Después pretendíamos que nosotras también teníamos una alfombra mágica y lo pasábamos chancho, jugando tardes enteras. Si no, cruzábamos la calle y tocábamos el timbre de nuestra vecina, que era hija de una de las integrantes del grupo y tenía un cajón enorme con disfraces, pelucas, pinturas y zapatos con taco. Lo más entretenido.
Después de unos años, misteriosamente las cassettes desaparecieron. Sospecho que mi mamá, que revolvía un poco los ojos cuando oía las melodías, tuvo algo que ver. Pero no la puedo culpar. Porque cuando nació mi hermano, se volvieron a comprar las cassettes (sí, también va adquiriendo algo de pátina el niño), al igual que los desechados libros de Papelucho (los teníamos TODOS). Tras unos cuantos años todo volvió a desaparecer. Thou shalt not accumulate.
Pero tuve mi venganza y me reventó en la cara.
El año que nació mi Pollo, estando yo aún en post natal y sin saber qué hacer con mi tiempo, fui un día a la Feria del Disco y no se me ocurrió nada mejor que regalarle a mi hijita hermosísima una compilación de Mazapán. Bueno ya, me la regalé a mí, en el fondo. Pero envolví el CD (subí de pelo) en papel de regalo, le puse una tarjetita que decía "Para Pollito" y todo.
Claro, las primeras veces que puse las canciones me saltaban las lágrimas y pescaba a la guagua y nos íbamos a pasear por el viejo barrio, al cual había vuelto después de tanto tiempo. Ah, qué nostalgia, me acordaba de las tardes de verano en la plaza y andando en bicicleta, jugando al "rin-raja", comprando esos sobres de jugo en polvo bien rojos, comiendo marraquetas rellenas con tomate y queso derretido en horno convencional, que eran tan crocantes que rompían todo el paladar pero eran deliciosas, viviendo en ese barrio que estaba decayendo un poco y que de noche era más oscuro que boca de lobo, lleno de casas viejas deshabitadas. Nada que ver con el presente, en que hay cafecitos elegantes, familias jóvenes, iluminación enceguecedora, edificios de departamentos de lujo y bastante más congestión vehicular. Todo eso pensaba yo sentada con mi guagua en uno de los mesmos locales, comiendo una medialuna argentina o un helado artesanal de bayas (berries no, por favor) con chocolate.
Poco me imaginaba que mis niños le tomarían una fascinación igual o mayor que la mía a Mazapán. Resulta que lo piden todos los días de Dios, tanto así que ya ni sacamos los CD del equipo de música y, en el momento más inesperado, se acaba el CD que yo estaba oyendo y empieza "La Chinita Margarita" o "La Cuncuna Amarilla" y pobre de mí si oso bajarle el columen o, peor aún, cambiarlo.
Me he pillado canturreando "Las Payas del Rezongo" en el auto o cantando "Sauce Llorón" a viva voz en público para distraer a alguien de alguna maña. A lo que he llegado.
Pero recomiendo a todos los padres y/o abuelos que les compren esta música a los niños. No sólo son melodías lindas, sino que además utilizan todos los instrumentos musicales (estas niñas se conocieron estudiando música en la Universidad Católica, si no me equivoco) y varios estilos de música tradicionales, no sólo chilenos.
Incluso hay una página web donde se pueden comprar todos los discos y unos libros. Si alguien más disfrutó de Mazapán en su infancia, puede hacerse miembro del fan club. Yo opté por dejar pasar la oportunidad, pero no juzgo a nadie si decide tomarla.

No hay comentarios: