Finalmente nuestros “representantes” se han civilizado y aceptado mayoritariamente que el ejercicio de un derecho no puede ser obligatorio: está tramitándose una reforma constitucional para que la inscripción electoral sea automática y el voto, voluntario.
Me gustaría recalcar que quienes aprobaron dicha reforma no pertenecen a un sector definido de nuestro mundillo político. Lo cual elimina de plano cualquier crítica partidista que se pueda hacer. Una muletilla menos para los quejones de uno u otro bando.
Quienes hayan leído mi breve análisis estadístico respecto a la selección que se produce bajo modalidad voluntaria de sufragio en el verano, sabrán que éste es un tema que me interesa sobremanera. Como los números no mienten, me apoyo en ellos nuevamente para parafrasear de EMOL el otro lado de la moneda: la selección que las leyes han producido en la población chilena que sí vota. Dice: “Adicionalmente, hay más de tres millones de personas -jóvenes en su mayoría- que podrían inscribirse pero no lo hacen, porque ello les significaría verse obligados a votar en cada elección, y no cuando a ellos les parezca apropiado. Esto ha ido sesgando el padrón electoral hacia segmentos de población de mayor edad: en 1988, el 36 por ciento de los inscritos tenía entre 18 y 29 años de edad; hoy, sólo el 8,5 por ciento corresponde a ese segmento etario (sic), lo que modifica los temas de las campañas y es crecientemente inconveniente para la democracia”.
I rest my case.
Queda en el tintero un análisis a otros derechos que uno debe ejercer obligatoriamente, como por ejemplo el prenatal en las mujeres que trabajan a contrato. Tal derecho es irrenunciable, pero todos sabemos que en realidad son muchas las que prefieren (con justa razón) trabajar hasta que ya no dan más (he sabido de mujeres que van a trabajar un día y al siguiente tienen la guagua: valientes ellas) y después recuperan esos días en el post natal, donde tiene mucho más sentido quedarse en la casa si médicamente no hubo razón antes del parto. El empleador enfrenta multas si no “obliga” a sus empleadas a acogerse al prenatal: recuerdo que cuando redacté mi carta de renuncia tuve que mencionar explícitamente que se me habían respetado todos mis derechos como “madre”. Pero esto es Chilito y a la hora de los quiubos todo queda entre jefe y subalterna. Por suerte. Estamos esperando que la ley se flexibilice en eso también y permita que las mujeres tomen el descanso maternal cuando quieran, siempre y cuando su médico no diga lo contrario. La guagua la tienen ellas y la tienen que dejar con menos de tres meses de edad, ellas. No la ley.
Me gustaría recalcar que quienes aprobaron dicha reforma no pertenecen a un sector definido de nuestro mundillo político. Lo cual elimina de plano cualquier crítica partidista que se pueda hacer. Una muletilla menos para los quejones de uno u otro bando.
Quienes hayan leído mi breve análisis estadístico respecto a la selección que se produce bajo modalidad voluntaria de sufragio en el verano, sabrán que éste es un tema que me interesa sobremanera. Como los números no mienten, me apoyo en ellos nuevamente para parafrasear de EMOL el otro lado de la moneda: la selección que las leyes han producido en la población chilena que sí vota. Dice: “Adicionalmente, hay más de tres millones de personas -jóvenes en su mayoría- que podrían inscribirse pero no lo hacen, porque ello les significaría verse obligados a votar en cada elección, y no cuando a ellos les parezca apropiado. Esto ha ido sesgando el padrón electoral hacia segmentos de población de mayor edad: en 1988, el 36 por ciento de los inscritos tenía entre 18 y 29 años de edad; hoy, sólo el 8,5 por ciento corresponde a ese segmento etario (sic), lo que modifica los temas de las campañas y es crecientemente inconveniente para la democracia”.
I rest my case.
Queda en el tintero un análisis a otros derechos que uno debe ejercer obligatoriamente, como por ejemplo el prenatal en las mujeres que trabajan a contrato. Tal derecho es irrenunciable, pero todos sabemos que en realidad son muchas las que prefieren (con justa razón) trabajar hasta que ya no dan más (he sabido de mujeres que van a trabajar un día y al siguiente tienen la guagua: valientes ellas) y después recuperan esos días en el post natal, donde tiene mucho más sentido quedarse en la casa si médicamente no hubo razón antes del parto. El empleador enfrenta multas si no “obliga” a sus empleadas a acogerse al prenatal: recuerdo que cuando redacté mi carta de renuncia tuve que mencionar explícitamente que se me habían respetado todos mis derechos como “madre”. Pero esto es Chilito y a la hora de los quiubos todo queda entre jefe y subalterna. Por suerte. Estamos esperando que la ley se flexibilice en eso también y permita que las mujeres tomen el descanso maternal cuando quieran, siempre y cuando su médico no diga lo contrario. La guagua la tienen ellas y la tienen que dejar con menos de tres meses de edad, ellas. No la ley.
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