
Hay que decirlo: soy una suertuda (iba a ponerlo en términos más pedestres, en güen chileno, pero la línea editorial primó).
Ayer en la tarde pensaba en lo fácil que había sido mi día, tanto así que después de que los niños comieron (en tiempo record, además, es que nada supera a la carbonada para ellos), los bañé y les lavé el pelo, a todos. Cuando daban las 8:25 pm, sonó el timbre y cuánta sería mi felicidad al ver que era Marido. Él no suele llegar a esa hora. Acto seguido pensé "qué rico, comemos juntos temprano y luego a la camita, mmmhh..." y le fui a abrir la puerta, feliz. Pero no estaba preparada para que me recordara, en ese preciso momento y circunstancia, que teníamos invitados a comer. Se me había borrado por completo de la mente y no había comprado ni mucho menos preparado nada. Y llegaban a las 9.
Sudor frío, ¿les ha pasado?
A esa hora el taco es cosa seria, por lo que ir al supermercado equivalía a llegar de regreso pasadas las 9 y ahí recién a preparar todo.
Entonces se nos ocurrió una pronta solución: ir al restorán italiano que nos queda a distancia caminable y comprar comida para llevar, como supimos que había la última vez que fuimos. Pesqué mi cartera y, como alma que lleva el diablo, partí corriendo al restorán (que es de los mismos dueños de uno famoso que había en Ñuñoa) y tuve que decidir si llevaba los platos preparados o todo crudo. Al final opté por lo segundo: sorrentinos rellenos con jamón y mozarella, salsa y queso rallado. No muy módico, pero dada la urgencia no me importó. Tener el plato principal asegurado cuando faltaban 15 minutos para las 9 me pareció que compensaba todo costo. Habría sido más rápido y más barato comprar los que estaban preparados, pero no sé qué habrían pensado los invitados de comer en envases de aluminio. Mejor no.
Iba de vuelta, caminando todo lo rápido que podía con los paquetes de comida, cuando razoné que también sería conveniente ofrecer algo de postre y que todas las frutas que había comprado estaban aún verdes. Estaba pensando en eso cuando llegué a la bomba de bencina de la esquina y se me ocurrió, para matar toda posibilidad, entrar al kiosquito a ver si había algo, queque aunque más no fuera. La verdad esperaba encontrar a lo más, helados Centella (que a estas alturas no los descartaba). Pero los astros se alinearon en alguna galaxia y ¡oh misericordia!, había de esas cajas de helados pitucos que rinden 10 porciones. Pesqué una y saqué la tarjeta de crédito. "Sólo efectivo. Son $ 2.800.-", me dijo la niña de la caja. Horror. Empecé a buscar, di vuelta todo el contenido de mi cartera sobre el mesón y sólo encontré $ 2.700.- No sé qué cara habré puesto, que la niña dejó de hablar por celular, me extendió una boleta por $ 2.800.-, me recibió la plata y me dijo "lléveselo nomás". Le di las gracias como diez veces porque, ¿cuándo los chilenos son así buena onda porque sí? y partí corriendo de nuevo a la casa.
Llegué a las 9 en punto, transpirada y con un silbido en el pecho cada vez que respiraba, pero lo logré. Nuestra nana armó unos palitos de zanahoria y apio con mayo y con eso cubrimos el aperitivo.
Y todo salió a la perfección.
Ayer en la tarde pensaba en lo fácil que había sido mi día, tanto así que después de que los niños comieron (en tiempo record, además, es que nada supera a la carbonada para ellos), los bañé y les lavé el pelo, a todos. Cuando daban las 8:25 pm, sonó el timbre y cuánta sería mi felicidad al ver que era Marido. Él no suele llegar a esa hora. Acto seguido pensé "qué rico, comemos juntos temprano y luego a la camita, mmmhh..." y le fui a abrir la puerta, feliz. Pero no estaba preparada para que me recordara, en ese preciso momento y circunstancia, que teníamos invitados a comer. Se me había borrado por completo de la mente y no había comprado ni mucho menos preparado nada. Y llegaban a las 9.
Sudor frío, ¿les ha pasado?
A esa hora el taco es cosa seria, por lo que ir al supermercado equivalía a llegar de regreso pasadas las 9 y ahí recién a preparar todo.
Entonces se nos ocurrió una pronta solución: ir al restorán italiano que nos queda a distancia caminable y comprar comida para llevar, como supimos que había la última vez que fuimos. Pesqué mi cartera y, como alma que lleva el diablo, partí corriendo al restorán (que es de los mismos dueños de uno famoso que había en Ñuñoa) y tuve que decidir si llevaba los platos preparados o todo crudo. Al final opté por lo segundo: sorrentinos rellenos con jamón y mozarella, salsa y queso rallado. No muy módico, pero dada la urgencia no me importó. Tener el plato principal asegurado cuando faltaban 15 minutos para las 9 me pareció que compensaba todo costo. Habría sido más rápido y más barato comprar los que estaban preparados, pero no sé qué habrían pensado los invitados de comer en envases de aluminio. Mejor no.
Iba de vuelta, caminando todo lo rápido que podía con los paquetes de comida, cuando razoné que también sería conveniente ofrecer algo de postre y que todas las frutas que había comprado estaban aún verdes. Estaba pensando en eso cuando llegué a la bomba de bencina de la esquina y se me ocurrió, para matar toda posibilidad, entrar al kiosquito a ver si había algo, queque aunque más no fuera. La verdad esperaba encontrar a lo más, helados Centella (que a estas alturas no los descartaba). Pero los astros se alinearon en alguna galaxia y ¡oh misericordia!, había de esas cajas de helados pitucos que rinden 10 porciones. Pesqué una y saqué la tarjeta de crédito. "Sólo efectivo. Son $ 2.800.-", me dijo la niña de la caja. Horror. Empecé a buscar, di vuelta todo el contenido de mi cartera sobre el mesón y sólo encontré $ 2.700.- No sé qué cara habré puesto, que la niña dejó de hablar por celular, me extendió una boleta por $ 2.800.-, me recibió la plata y me dijo "lléveselo nomás". Le di las gracias como diez veces porque, ¿cuándo los chilenos son así buena onda porque sí? y partí corriendo de nuevo a la casa.
Llegué a las 9 en punto, transpirada y con un silbido en el pecho cada vez que respiraba, pero lo logré. Nuestra nana armó unos palitos de zanahoria y apio con mayo y con eso cubrimos el aperitivo.
Y todo salió a la perfección.
7 comentarios:
Sudor frío sí lo he sentido muchas veces por olvidar cosas importantes, que bueno que salió todo oK al final!!! cariños
Yo creo que las personas que creen que tienen buena suerte, lo tienen justamente por esa razon. Aunque igual es inusual lo que dices tu de alguien siendo as de buena onda!
Yo creo que las personas que creen que tienen buena suerte, lo tienen justamente por esa razon. Aunque igual es inusual lo que dices tu de alguien siendo as de buena onda!
Se le envidia profundamente, doña Flo. Por acá los días no han estado de lo mejor. Como ejemplo: ayer, tarde, agotada, con un dolor de cabeza espantoso y un odio creciente a la humanidad por varios motivos distintos, terminé en una micro donde un par de cantantes "religiosos" trataron de convertirnos con una pésima canción que repetía todo el rato las mismas dos frases. Horriiiiible!
Pau no te resistas a la palabra del Señor!!!!!!!! jajajaja
Qué fome tu tarde, al menos no te equivocaste de micro, cosa que me ha pasado demasiadas veces y me resisto a reconocerlo hasta que claramente se fue para un lado nada que ver al que yo necesito y después encontrar un paradero donde pase una micro que sí me sirve...uff
saludos
Mmmm parece que eso era lo que decía la canción! jajaa
Me ha pasado también lo de las micros, me bajo antes o después, me equivoco de número e incluso una vez tomé el sentido contrario y no me di cuenta hasta que casi llegué al terminal. Al final me devolví conversando con el chofer y aprendí un montón sobre la real implementación del Transantiago (era la época en que estaba empezando... uf).
jajaja, ya, ahora me enchufé. Esto es lo último que había leído :)
Publicar un comentario