viernes, 22 de octubre de 2010

Chorita de las playas

ADVERTENCIA: Post denso.

Una de las cosas que más afectan mi percepción de mi misma o autoestima, es reconocer que necesito pedir ayuda. Y pedirla. Y aceptarla. Me hace sentir débil, incapaz y francamente odio sentirme así, pero las razones las dejaré para mis sesiones de terapia.
Este mismo tratamiento es una ayuda a la que me negué durante mucho tiempo, excusándome con que había madurado, que la maternidad me había enseñado a ver ciertas cosas con otros ojos y claro, que con tanta guagua no tenía tiempo para hacerme ver con nadie que no fuera el ginecólogo. Pero estas cosas de la psiquis son medio mariconas y lo vienen a buscar a uno tarde o temprano, sin falta. Y a mí me vinieron a buscar manifestándose en mi relación y trato con mi hija mayor, y de pasadita con los otros niños y con mi marido. Entonces no me podía dejar estar: tenía que enfrentar mis conflictos y, con mi escasa inteligencia emocional para estas cosas, reconocer que no me la podía sola y que tenía que asesorarme con alguien que sí cachara.
Mi relación con los terapeutas nunca ha sido muy buena: tengo un marcado ciclo dentro del año en que me bajoneo durante el invierno (¿falta de luz?) y, cuando llega la primavera, renazco y ando a saltitos cantando por todos lados, convencida de que fue sólo un trago amargo y que de ahora en adelante es borrón y cuenta nueva.
Pero no es así, déjenme decirles. Nunca es así. Si las razones para bajonearse son suficientemente profundas y reiterativas, es que hay algo más que un día asoleado no solucionará. Sí lo alejará, pero sólo hasta que pase la temporada, o quizás un poco más si se es astuto y se domina el arte de la evasión.
Hace muchos años leí un artículo sobre Halloween del que me quedó dando vueltas en la cabeza un párrafo que decía que uno de los simbolismos de la fiesta era el fin de la época de actividades físicas al aire libre (originalmente la cosecha) y el comienzo de la temporada fría (en el hemisferio norte, claro está), oscura, que invitaba a la reflexión e introspección. Asocié esto con mi "depresión" invernal y concluí que, si mis pensamientos y mi introspección me hacían sentir triste, confundida o irritada, era porque había algún conflicto interno mío por analizar. Entonces la cosa va más allá de que haya luz solar o no; se relaciona más bien a que, cuando se le da espacio a la mente para hablar, ésta dice cosas que uno no quiso escuchar antes, llenándose de actividades externas (vida social, fiestas de fin de año, vacaciones, viajes). Evasiones, en otras palabras.
Ahora, no se trata de ponerse grave y pensar que cada vez que uno lo pasa bien y arma panoramas se está evadiendo; para nada. Pero a veces hay que "asosegarse" un rato y atreverse a pensar, a analizar las emociones, reacciones y actitudes. Y puede doler y dar vergüenza, pero hay que hacerlo. Y si se produce confusión, paralización o ansiedad, lo más probable es que una buena conversación ayude a esclarecer la cosa en alguna medida.
Yo vi esto (y me lo hicieron ver, no muy diplomáticamente porque de verdad estaba MAL) y me di cuenta de que ninguna conversación con una amiga tomando café me iba a ayudar más que muy superficialmente (porque aparte que la mayoría de mis amigas anda en otra y, las que no, están rodeadas de críos como yo y cero posibilidad de que tengamos una conversación coherente de estos temas en esas circunstancias). Entonces pedí hora y heme aquí en medio de un tratamiento formal. El cual odio y me ha sacado más de un improperio a mi terapeuta (nunca frente suyo, of course) porque me duele, me da rabia, me da vergüenza, me acuerdo de huevás que he hecho y dicho y de oportunidades que me he perdido por miedo o por dignidad excesiva. Y me da miedo, porque en mis momentos de pesimismo pienso que nunca voy a cambiar y que voy a terminar cagando mis relaciones y en los momentos buenos en que "fluyo" con el mundo y con la gente, pienso que no necesito esta terapia humillante y que soy poderosísima y me la puedo y esos mismos cambios de percepción tan extremos me hielan de miedo porque me imagino que me estoy enfermando de la cabeza y que voy a terminar en el Psiquiátrico en el patio de los crónicos. Y si no fuera por la terapia, quizás no vería las cosas tan claras y podría seguir mi día a día nebuloso y con pocos pies y cabeza, entonces me baja la tentación de darme de alta como lo he hecho ya dos veces antes.
Tengo el firme propósito esta vez de mantener el tratamiento por el tiempo que dure, aunque me cagó un poco el otro día que una amiga ¡psicóloga! me dijo que para qué me había metido en esto, que iba a estar en tratamiento toda la vida, que qué lata galla, tan cagá estai? (gracias). Y después se extrañan de que no cuente mis cosas, si con amigas así para qué quiere uno a Impuestos Internos...A lo mejor me lo tomé más en serio de lo que iba: es una de mis mejores amigas pero a veces le patina la empatía y quizás quiso decirme cheer up, takeiteasáte y no seái tan densa. Es lo más probable. ¿Ven que le estoy trabajando a no sentirme atacada constantemente?

5 comentarios:

PauS dijo...

Ay Flo, siento que este post fue escrito directamente a mi conciencia, así que no sé por donde empezar a comentarte. Lo único que te puedo decir por ahora es que si algún día nos encontramos en el Psiquiátrico nos podemos juntar a tomar café y hablar de la vida.

Marce dijo...

Ahí nos vemos chiquillas!.

Flo, me llama la atención que digas que la terapia es humillante, que varías veces haya hablado de "vergüenza".
Está segura de que el terapeuta es el apropiado?

Flo dijo...

Jajaja, parece que vamos a ser legiones internadas, lo vamos a pasar bomba!!!
Alice, yo digo lo de vergüenza y humillación precisamente por el "tema" que tengo de que me cuesta pedir ayuda y me siento disminuida cuando lo hago. Yo creo que es el terapeuta adecuado (si es que existe un terapeuta perfecto, que me queda la duda porque las personas somos dinámicas y cambiantes); no dejaría de sentirme mal con ningún otro. Es el hecho de permitir que alguien se inmiscuya en mis cosas al contárselas y darme cuenta de mis errores, temores, percepciones y que alguien me contraste eso con más objetividad que yo misma. No sé si se entiende, pero en todo caso no es que mi terapeuta me someta a vejaciones de ningún tipo ni se ría de mí, quería aclarar eso...

Fer dijo...

Por razones similares a las tuyas yo tb esta vez decidí que necesito ayuda y a mucha honra! Es mina tu terapeuta? A veces el genero opuesto ayuda mejor igual que el ginecologo, no es por ser pero ma´s vale que si vas sea un hombre y mucho mejor si es regio :-)

María José dijo...

Que no te de vergüenza po Flo! Yo encuentro que asumir que uno está mal es ser lo más responsable que hay, y eso está súper bien! Además, es poca, casi nadie yo creo, la gente que se salva de necesitar terapia. Así que tampoco es que seas un bicho raro...Y no tiene que ver con la madurez, creo yo.