Anoche Marido me contaba que había tenido audiencia con el gobernador de una remotísima provincia del extremo sur de Chile. Ahí, le contó el gobernador, viven como 20.000 personas, de las cuales aproximadamente 60 habitan las pequeñas islas de los archipiélagos frente a la ciudad más cercana en tierra firme. El gobernador le contó que estas 60 personas son hombres que viven de hacer hoyos en la playa, donde meten choros, centollas y otros y los crían. Cada 6 meses o cuando el clima lo permite, pasa una lancha (léase bote de madera con una pequeña cubierta y motor fuera de borda, no muy distante a lo que uno encontraría en la caleta de Algarrobo) que lleva a los que quieran vender su mercadería al continente. El viaje es de unas 30 horas por el circuito que debe hacer y las corrientes, tormentas de viento y el peso de la mercadería y los tripulantes. Una vez en la ciudad, estos hombres ganan unos $300 (menos de un dólar) por cada docena de unidades que venden a las empresas japonesas (que luego revenden a un precio equivalente a su peso en oro) y vuelven a las islas en la lancha con su escuálido ingreso convertido en agua, alcohol y cigarros.
Luego el gobernador le contó que él había decidido viajar en la lancha para ver con sus propios ojos cómo era el viaje y el hábitat de estos hombres. El relato era del terror: el capitán del bote era prácticamente ciego; el ayudante iba borracho como zapato y el tercer tripulante tenía unos 70 años. Para mantenerse algo calientes, llevaban prendido un brasero en el suelo del bote que, como mencioné, es de madera. Cuando desembarcaron en las islas, se encontraron con seres casi subhumanos, hoscos en extremo y con la irritabilidad a flor de piel. Vivían parapetados entre roqueríos con un plástico de techo y alguna plancha de zinc que habían ajustado en su lugar con piedras de la playa. Comían algas, choros y centollas con aceite y harina.
Marido preguntó, entre otras cosas, si no podía haber un sistema alternativo mediante el cual los hombres no estuvieran tan aislados y en condiciones tan precarias: los que se enferman o se meten en peleas no tienen más opción que saber mejorarse o aguantar hasta que pase el bote, que los llevará en un viaje infernal a un hospital desabastecido. No todos llegan. Nadie tiene registro de quiénes han fallecido ahí, cómo ni dónde están sepultados. La respuesta fue que muchos son fugados de la justicia, prófugos que saben que a esas lejanías no los va a ir a buscar nadie, pero que si arman una actividad comercial formal serán rastreados.
Hace un par de semanas Marido me había dicho, en relación al mismo tema central, que en su oficina están haciendo un catastro de todos los lugares remotos habitados en nuestro gran Chile, que son muchos más de los que uno piensa o ve cuando va de viaje de estudios al Lago Chungará o a carretear a San Pedro de Atacama, si del Norte se trata. El "grupo objetivo" del catastro es precisamente el caserío al cual no llega señal de celular; que no tiene luz eléctrica ni agua potable y donde viven antiquísimas familias (que a estas alturas tienen una endogamia alarmante), descendientes sin duda del imperio Inca y de otros habitantes indígenas de nuestras tierras. Esos lugares donde el castellano no se habla y donde los niños que van a la escuela tienen que caminar 20 ó 30 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta para aprender a leer y contar. Donde el médico va una vez al trimestre. Personas que no se han asimilado a la sociedad actual y que probablemente viven hoy igual que lo hicieron sus ancestros hace 300 ó 400 años.
Ya en los lugares conocidos o más cercanos a poblados importantes, también hay situaciones difíciles que Marido me cuenta cuando llega de noche agotado en la mente y el espíritu: niños que viven internos toda la semana porque la casa les queda demasiado lejos de la escuela. Yo no sabía que aún había tantos internados en Chile (¡tantos!), pero con el famoso terremoto ha quedado expuesto que muchos niños han perdido buena parte del año escolar no porque su escuela se haya derrumbado (problema del Sr. Lavín y su team, por lo demás) o porque no haya camino, sino porque no tienen dónde alojarse durante la semana, ya que el internado se cayó porque el edificio tenía más de 100 años.
Tremendo. Apabullante. Sórdido y tenebroso.
Es como para pensarlo seriamente antes de volver a llenarnos la boca con eso de que estamos avanzando, que tenemos tecnología de punta en cuanto a conexiones y comunicaciones y que la población tiene un nivel de vida decente.
Luego el gobernador le contó que él había decidido viajar en la lancha para ver con sus propios ojos cómo era el viaje y el hábitat de estos hombres. El relato era del terror: el capitán del bote era prácticamente ciego; el ayudante iba borracho como zapato y el tercer tripulante tenía unos 70 años. Para mantenerse algo calientes, llevaban prendido un brasero en el suelo del bote que, como mencioné, es de madera. Cuando desembarcaron en las islas, se encontraron con seres casi subhumanos, hoscos en extremo y con la irritabilidad a flor de piel. Vivían parapetados entre roqueríos con un plástico de techo y alguna plancha de zinc que habían ajustado en su lugar con piedras de la playa. Comían algas, choros y centollas con aceite y harina.
Marido preguntó, entre otras cosas, si no podía haber un sistema alternativo mediante el cual los hombres no estuvieran tan aislados y en condiciones tan precarias: los que se enferman o se meten en peleas no tienen más opción que saber mejorarse o aguantar hasta que pase el bote, que los llevará en un viaje infernal a un hospital desabastecido. No todos llegan. Nadie tiene registro de quiénes han fallecido ahí, cómo ni dónde están sepultados. La respuesta fue que muchos son fugados de la justicia, prófugos que saben que a esas lejanías no los va a ir a buscar nadie, pero que si arman una actividad comercial formal serán rastreados.
Hace un par de semanas Marido me había dicho, en relación al mismo tema central, que en su oficina están haciendo un catastro de todos los lugares remotos habitados en nuestro gran Chile, que son muchos más de los que uno piensa o ve cuando va de viaje de estudios al Lago Chungará o a carretear a San Pedro de Atacama, si del Norte se trata. El "grupo objetivo" del catastro es precisamente el caserío al cual no llega señal de celular; que no tiene luz eléctrica ni agua potable y donde viven antiquísimas familias (que a estas alturas tienen una endogamia alarmante), descendientes sin duda del imperio Inca y de otros habitantes indígenas de nuestras tierras. Esos lugares donde el castellano no se habla y donde los niños que van a la escuela tienen que caminar 20 ó 30 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta para aprender a leer y contar. Donde el médico va una vez al trimestre. Personas que no se han asimilado a la sociedad actual y que probablemente viven hoy igual que lo hicieron sus ancestros hace 300 ó 400 años.
Ya en los lugares conocidos o más cercanos a poblados importantes, también hay situaciones difíciles que Marido me cuenta cuando llega de noche agotado en la mente y el espíritu: niños que viven internos toda la semana porque la casa les queda demasiado lejos de la escuela. Yo no sabía que aún había tantos internados en Chile (¡tantos!), pero con el famoso terremoto ha quedado expuesto que muchos niños han perdido buena parte del año escolar no porque su escuela se haya derrumbado (problema del Sr. Lavín y su team, por lo demás) o porque no haya camino, sino porque no tienen dónde alojarse durante la semana, ya que el internado se cayó porque el edificio tenía más de 100 años.
Tremendo. Apabullante. Sórdido y tenebroso.
Es como para pensarlo seriamente antes de volver a llenarnos la boca con eso de que estamos avanzando, que tenemos tecnología de punta en cuanto a conexiones y comunicaciones y que la población tiene un nivel de vida decente.
6 comentarios:
Pfff... y lo más terrible es que, aún leyéndote, me parece que estuvieras hablando de otro país, otro continente, otro planeta.
He visto reportajes sobre "pueblos" del norte, totalmente aislados, con una población de 15 personas, todos de la tercera edad, en la mitad de la montaña, en terrenos áridos, sin luz, con poquisima agua, y con el servicio básico más cercano a un par de horas. Y reconozco que me angustia.
Claro. Ahí uno se pregunta de que modernidad estamos hablando, si en le contexto en el cual ahora vivimos todos deberían tener un techa, luz, agua, teléfono, comida, educacion y salud al alcance de la mano.
wow....
El terremoto nos dejó en evidencia: se nos cae una antena de celular y perdemos todas las posibilidades de comunicarnos. ¡Todas! Nadie tiene idea de nada, nadie se hace responsable. Me da risa y pena que se haga tanta propaganda con tanto proyecto de conectividad, de internet y de tecnología, cuando hay un montón de gente que ni siquiera puede acceder a la electricidad. Y la gente que no sabe leer... uf, otro tema. Las decisiones se toman en una oficina de Santiago pensando que todo el mundo es igual al vecino.
Ya. Qué rabia, voy por un armonyl.
Cariños.
Yo conocí ese CHile en misiones hace muchos años, usamos lancha, caballos y caminamos por plena selva virgen para llegar a la casa y miseria más pobre que he visto con mis propios ojos. El cura de la zona ni sabía de su existencia...
No conocía de cosas tan extremas como el caso de esos hombres que cuentas... wow.
Pero sí sabía de los niñitos ultra peques internos (sé q en algunas partes con 4 añitos a algunos les toca cambiar sus sábanas si se han hecho pipí ponte tú), y en fin, del Chile pobre, las casitas con ventana de plástico, el hoyo que usan por baño... todo eso me es muy conocido, siempre he sabido que existe, y me indigna que esas cosas que he visto desde niña sigan existiendo aún.
Ay, Almudena, qué terrible lo de los internos tan pequeños y con vida tan dura, creo que eso es lo que más me llega porque imagínate despedirte de tus niños todos los domingos sabiendo que los verás de nuevo recién el viernes...y que mientras tanto serán ignorados o incluso maltratados por quizás quién, es algo para lo que ya no tengo resistencia.
Qué atroz.
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