lunes, 23 de agosto de 2010

El fomingo


Cómo odiaba los domingos cuando era chica. Por alguna razón el ambiente cambiaba totalmente en comparación al día anterior y la tarde se pasaba en lavarse el pelo, verificar que hubiera blusa y calcetines limpios, que el delantal estuviera en la mochila y las comunicaciones de la libreta firmadas y las tareas hechas (lo que rara vez cumplí, tengo que reconocer).
Yo padecía los domingos. En las mañanas no se iba de paseo o de compras como el sábado, sino que a misa y después visita a la casa de algún pariente; después de almuerzo no se podía poner música fuerte o jugar a gritos porque mis papás dormían siesta. En la tele daban puras mugres como esa serie para pudrirse de lata del gallo que caminaba y caminaba y hacía Kung Fu o el Happening con Ja, que se fue poniendo más y más fome hasta que murió. Al anochecer, hacer todos esos trámites odiosos que recordaban que al día siguiente había que ir a clases. Algunas veces me libraba de parte del achaque acompañando a mi papá al supermercado, panorama en sí poco excitante pero que ocasionalmente incluía la sorpresa de ir a comer “algo por ahí”, lo que rompía toda la monotonía y subía harto la moral. Apenas mis hermanos cacharon la onda, se unieron a nuestro paseo de ir pasillo por pasillo viendo si necesitábamos algo de ahí, para puro beneficiarse de la comida afuera después. Pero eso no era siempre y después acarrear todas las bolsas y guardarlas con la eficiencia del multitasking maternal también era una lata.
Cuando entré a la universidad el domingo dejó de ser lo más fome del mundo porque me juntaba con amistades en el Museo de Bellas Artes (lo bueno de tener amigas artishtas) y luego tomábamos un café en el barrio o nos quedábamos en la feria que hacían en el Parque Forestal; a veces íbamos al mall como todos los chilenos y otras simplemente nos juntábamos en alguna casa a echar la talla. O había grupo de estudio. Mi favorito era donde mi amiga M., cuya mamá matuteaba ropa gringa preciosa, entonces nos probábamos todo y cuando llegaban nuestros amigos les desfilábamos en la más pendeja hasta que nos daba cargo de conciencia verlos estudiando mientras nosotras craneábamos en qué ocasión nos podíamos poner esos vestidos largos y glamorosos. Good times.
Ahora que tengo niños, trato de que el domingo no sea un día odiable, llevándolos a cuanto paseo se nos ocurre y relajándonos un poco con los horarios y el aporte nutricional. A veces nos explota en la cara porque igual salimos harto y terminan reventados y llorando por todo. Lidiar con los llantos de sueño, los tironeos y los manotazos a las cucharas llenas de comida nos deja más cansados, pero no lo cambiaría por nada. Es cuando tenemos la mejor oportunidad de hacer cosas juntos y observar sus aprendizajes, interacción y desarrollo psicomotor.
Hasta hoy nunca se me había ocurrido pensar que estoy haciendo con ellos lo que me gustaría que hubieran hecho por mí: mi hiperactividad dominical es una proyección más de mi propia infancia sobre mis niños. Ellos perfectamente el día de mañana pueden decir “¿se acuerdan que la mamá y el papá no nos daban tregua los domingos, justo cuando queríamos estar tranquilos en la casa?”

5 comentarios:

Fer dijo...

De chica mis domingos era re parecidos a los tuyos, sólo que mis viejos no iban a misa, con el tiempo empecé a ir sola con la familia de una amiga. La guata mem dolía desde la tarde cuando me acordaba a última hora de que no había comprado los materiales para labor o algo así y se transformaba en la histeria de mis viejos tratando de econtrar algo abierto. En la U tb por fin mis domingos cambiaron xq había más panoramas o grupos de estudio o salía en bici con compañeros al cerro San Cristobal. Cuando definitivamente se transformaron en algo lindo lindo fue cuando conocí a M y era día de subir cerros, salir a caminar y aprender muchísimas cosas nuevas. Ahora que Picolina es tan chica se extraña un poco eso, pero tratamos de hacer lo posible!

Marce dijo...

Mucho de lo que uno hace con lo hijos es un tratando de reivindicar la propia infancia, qué atroz, no sé hasta qué punto será sano.
Mi mamá no me hacía peinado y me molestaban por chascona y claro, a mi pobre hija mayor la mando al colegio con unas colas de caballo que parece china de lo tirantes. El otro día mi mamá me decía que cuando grande, mi hija me reprocharía por cómo le tiré el pelo todas las mañanas. En fin...

Yo creo que los domingos aburridos fueron un problema generacional, a todos nos pasaba cuando chicos. Yo tb siempre trato de inventar panoramas para que no parezca fomingo

Flo dijo...

Y dónde estará el famoso punto medio, digo yo????
Quizás hay que aprender a mirar mejor a los hijos en vez de rememorar lo que uno vivió. Pero pucha que cuesta, es imposible no proyectarse.
Qué miedo decirles "niños, ¿qué les gustaría hacer?" y que te digan que quieren ir a andar en bici al cerro o algo que no te interesa (a pesar que el socio feliz los lleva al cerro, pero a mí me da ataque de terror pensar en que se pueden caer o algo así, qué gallina).
Es duro ser madre.

Fer dijo...

Te entiendo siempre imagino con terror el día que Picolina decida escalar o algo peor!

María José dijo...

Jajajaja... si yo le pregunto a Gui, sin duda dice quedarse en la casa jugando PlayStation!!! y toda la semana, no sólo los domingo. Terrible.

Yo creo que siendo paseo, les va a quedar un recuerdo lindo.