Nota: Esto es un cuento. Junté detalles que sí me han sucedido e inventé la gran mayoría.
F.D.C.
Esa noche le hicimos a nuestra amiga el favor de acompañarla al cumpleaños, porque no podía no pasar a saludar a su amigo y decidió que tampoco quería quedarse llorando penas de amor en su casa. También nosotros decidimos aceptar la oferta de babysitting que nos hiciera mi hermana y así terminamos en una casa desconocida, sentados en un sofá tomando cerveza rodeados de personas que jamás habíamos visto.
Hasta que vislumbré, en la penumbra de un rincón, una cara vagamente familiar. Era una niña de mi edad y se reía y decía cosas al oído del que la tenía sentada en sus rodillas y le daba besitos en el cuello, claramente un poco pasada de tragos. Por más que traté, no pude juntar su rostro con ninguna circunstancia de mi vida. Ni mi marido ni mi amiga pudieron tampoco identificarla.
En un momento dado fui a ver qué había de comer en la mesa. Y de improviso me di cuenta de que esta niña estaba a mi lado rellenando su vaso. Definitivamente la había visto en algún lugar.
- Hola - le dije –. Perdona, pero me pareces cara conocida, ¿nos habremos visto en otro lado?
Me miró con la indiferencia que otorga el alcohol y me contestó:
- No, no creo, no me suenas para nada.
Y se alejó. Yo me comí unas papas fritas.
Tres fines de semana después fue la reunión de generación de la universidad, a la que estábamos invitados con nuestro respectivo acompañante. Saludé, me puse al día y presenté a mi marido a mis antiguos compañeros de estudio, de carrete y amigos. Era una gran multitud, pero los recuerdos afloraban fácilmente al verse otra vez en ese lugar.
Circulando entre los asistentes durante el cocktail de recibimiento, nos topamos con mi amigo, ése que había sido tan cercano y que, por tácito acuerdo mutuo, se alejó para siempre tras un confuso hecho donde se mezclaron una despedida en el auto después de una tardía sesión de estudios y mis sentimientos amorosos nacidos de la constante cercanía. Había sido un episodio difícil, porque de alguna manera todos se habían enterado y nunca más pudimos saludarnos o conversar en público sin sentir decenas de miradas encima. Pero ahora estábamos grandes, había pasado mucha agua bajo el río y ambos estábamos acompañados, lo que hizo genuino y cómodo el abrazo al vernos. Le presenté a mi marido y él…nos presentó a su mujer.
Papas fritas. ¡Era la misma de la fiesta!
Como un balde de agua fría y en una fracción de segundo, la recordé de las fotos de Facebook de mi amigo. Sonriente pero mirando a la distancia a su lado vestida de blanco, tomando café con otras personas en el departamento de recién casados, él orgulloso y ella indiferente en la puerta de su nueva casa en la provincia, mostrando su panza incipiente con la mirada perdida en el jardín, seria sosteniendo a la criatura en brazos en la clínica, columpiando al infante en una plaza con aire distraído.
Tratando de sobreponerme a la sorpresa, la saludé con una sonrisa neutra. Ella, por su parte, me miró y me dijo con burla:
- Ah, sí sé quién eres, mi marido me contó todo de ti.
Y procedió a barrerme con una significativa mirada. Nuestros maridos ya estaban conversando, por lo que no se dieron cuenta del impasse.
Quedé bastante incómoda y molesta por la situación, tan innecesaria y fuera de lugar. Durante la comida, sin embargo, la rabia fue dando paso a la tranquilidad y a una extraña sensación de confianza, gracias a que mi amigo y mi marido no paraban de conversar mientras esta mujer nos ignoraba con marcada obstinación y se reía con las otras personas de la mesa.
Después de la comida los hombres fueron al bar a pedir un trago, con los encargos de nosotras también. Me quedé sola con esta niña en la mesa. Prendiendo un cigarro, me dijo:
- Veo que donde hubo fuego cenizas quedan, porque no has parado de meterle conversa a mi marido en toda la noche, me das un poco de pena.
Sorprendida por su atrevimiento pero no dispuesta a ponerme a su altura, me puse de pie, fui a buscar a mi marido y lo llevé a bailar. Con el rabillo del ojo la vi tomándose su trago y yendo sola a buscar otro.
Un par de horas después, esta niña figuraba en el mismo lamentable estado de la fiesta anterior. Hablaba fuerte, se colgaba con manifiesto desequilibrio del brazo de su marido y le costaba mantenerse en pie cuando bailaba. Se sentó a mi lado en la mesa, aparentemente sin darse cuenta de mi presencia, mientras mi marido y yo conversábamos con mi amigo de los niños y su crianza. Éste era el momento; acá tenía mi carta ganadora tras haber sido víctima de ella durante toda la velada.
- Perdona- le dije volteándome hacia ella y quedando de espaldas a nuestros maridos-, pero tu cara me parece conocida. ¿De dónde nos conoceremos?
Me miró como sin entender, pensando quizás que la pasadita de tragos era yo. De a poco, sin embargo, su expresión empezó a cambiar: recordó. La mueca burlona dio paso a la incredulidad y ésta, a la constatación de que no estaba imaginando nada. Palideció y el Miedo se dibujó en sus ojos y su cara.
- Oye - me dijo, simulando restarle importancia al asunto-: no me vengas con tonteras. No tienes ninguna prueba y sólo me estás diciendo esto para que yo me quede callada, porque sabes perfectamente que yo puedo ir y así –chasqueó los dedos- le cuento toda tu historia patética con mi marido al tuyo.
- Mira, linda –le respondí, tranquila y muy segura de lo que estaba diciendo-, mi marido está super enterado de todo y al igual que a quién le preguntes acá, le importa un huevo. Tú, por otro lado, estás pisando hielo bien delgado, así que deberías tener más cuidado con cómo me hablas y qué me dices. Yo no voy a ser la que te eche al agua, porque tu matrimonio y tus andanzas no son asunto mío y bien poco me interesan. Lo único que deberías recordar de todo esto, es que hay ojos y oídos en todos lados. Mi misión en este momento es enseñarte a ti, tontoncita, la importancia de ser al menos discreta, si es que no sientes inclinación a ser una persona decente y honrar los compromisos que nadie te obligó a tomar. Por mí, ojalá que entiendas lo que te estoy diciendo y recapacites, porque mi amigo se merece ser respetado y tener una familia feliz.
Y, dando media vuelta, me comí un bomboncito con crema de almendras que había en una bandejita sobre la mesa.
F.D.C.
Esa noche le hicimos a nuestra amiga el favor de acompañarla al cumpleaños, porque no podía no pasar a saludar a su amigo y decidió que tampoco quería quedarse llorando penas de amor en su casa. También nosotros decidimos aceptar la oferta de babysitting que nos hiciera mi hermana y así terminamos en una casa desconocida, sentados en un sofá tomando cerveza rodeados de personas que jamás habíamos visto.
Hasta que vislumbré, en la penumbra de un rincón, una cara vagamente familiar. Era una niña de mi edad y se reía y decía cosas al oído del que la tenía sentada en sus rodillas y le daba besitos en el cuello, claramente un poco pasada de tragos. Por más que traté, no pude juntar su rostro con ninguna circunstancia de mi vida. Ni mi marido ni mi amiga pudieron tampoco identificarla.
En un momento dado fui a ver qué había de comer en la mesa. Y de improviso me di cuenta de que esta niña estaba a mi lado rellenando su vaso. Definitivamente la había visto en algún lugar.
- Hola - le dije –. Perdona, pero me pareces cara conocida, ¿nos habremos visto en otro lado?
Me miró con la indiferencia que otorga el alcohol y me contestó:
- No, no creo, no me suenas para nada.
Y se alejó. Yo me comí unas papas fritas.
* * *
Tres fines de semana después fue la reunión de generación de la universidad, a la que estábamos invitados con nuestro respectivo acompañante. Saludé, me puse al día y presenté a mi marido a mis antiguos compañeros de estudio, de carrete y amigos. Era una gran multitud, pero los recuerdos afloraban fácilmente al verse otra vez en ese lugar.
Circulando entre los asistentes durante el cocktail de recibimiento, nos topamos con mi amigo, ése que había sido tan cercano y que, por tácito acuerdo mutuo, se alejó para siempre tras un confuso hecho donde se mezclaron una despedida en el auto después de una tardía sesión de estudios y mis sentimientos amorosos nacidos de la constante cercanía. Había sido un episodio difícil, porque de alguna manera todos se habían enterado y nunca más pudimos saludarnos o conversar en público sin sentir decenas de miradas encima. Pero ahora estábamos grandes, había pasado mucha agua bajo el río y ambos estábamos acompañados, lo que hizo genuino y cómodo el abrazo al vernos. Le presenté a mi marido y él…nos presentó a su mujer.
Papas fritas. ¡Era la misma de la fiesta!
Como un balde de agua fría y en una fracción de segundo, la recordé de las fotos de Facebook de mi amigo. Sonriente pero mirando a la distancia a su lado vestida de blanco, tomando café con otras personas en el departamento de recién casados, él orgulloso y ella indiferente en la puerta de su nueva casa en la provincia, mostrando su panza incipiente con la mirada perdida en el jardín, seria sosteniendo a la criatura en brazos en la clínica, columpiando al infante en una plaza con aire distraído.
Tratando de sobreponerme a la sorpresa, la saludé con una sonrisa neutra. Ella, por su parte, me miró y me dijo con burla:
- Ah, sí sé quién eres, mi marido me contó todo de ti.
Y procedió a barrerme con una significativa mirada. Nuestros maridos ya estaban conversando, por lo que no se dieron cuenta del impasse.
Quedé bastante incómoda y molesta por la situación, tan innecesaria y fuera de lugar. Durante la comida, sin embargo, la rabia fue dando paso a la tranquilidad y a una extraña sensación de confianza, gracias a que mi amigo y mi marido no paraban de conversar mientras esta mujer nos ignoraba con marcada obstinación y se reía con las otras personas de la mesa.
Después de la comida los hombres fueron al bar a pedir un trago, con los encargos de nosotras también. Me quedé sola con esta niña en la mesa. Prendiendo un cigarro, me dijo:
- Veo que donde hubo fuego cenizas quedan, porque no has parado de meterle conversa a mi marido en toda la noche, me das un poco de pena.
Sorprendida por su atrevimiento pero no dispuesta a ponerme a su altura, me puse de pie, fui a buscar a mi marido y lo llevé a bailar. Con el rabillo del ojo la vi tomándose su trago y yendo sola a buscar otro.
Un par de horas después, esta niña figuraba en el mismo lamentable estado de la fiesta anterior. Hablaba fuerte, se colgaba con manifiesto desequilibrio del brazo de su marido y le costaba mantenerse en pie cuando bailaba. Se sentó a mi lado en la mesa, aparentemente sin darse cuenta de mi presencia, mientras mi marido y yo conversábamos con mi amigo de los niños y su crianza. Éste era el momento; acá tenía mi carta ganadora tras haber sido víctima de ella durante toda la velada.
- Perdona- le dije volteándome hacia ella y quedando de espaldas a nuestros maridos-, pero tu cara me parece conocida. ¿De dónde nos conoceremos?
Me miró como sin entender, pensando quizás que la pasadita de tragos era yo. De a poco, sin embargo, su expresión empezó a cambiar: recordó. La mueca burlona dio paso a la incredulidad y ésta, a la constatación de que no estaba imaginando nada. Palideció y el Miedo se dibujó en sus ojos y su cara.
- Oye - me dijo, simulando restarle importancia al asunto-: no me vengas con tonteras. No tienes ninguna prueba y sólo me estás diciendo esto para que yo me quede callada, porque sabes perfectamente que yo puedo ir y así –chasqueó los dedos- le cuento toda tu historia patética con mi marido al tuyo.
- Mira, linda –le respondí, tranquila y muy segura de lo que estaba diciendo-, mi marido está super enterado de todo y al igual que a quién le preguntes acá, le importa un huevo. Tú, por otro lado, estás pisando hielo bien delgado, así que deberías tener más cuidado con cómo me hablas y qué me dices. Yo no voy a ser la que te eche al agua, porque tu matrimonio y tus andanzas no son asunto mío y bien poco me interesan. Lo único que deberías recordar de todo esto, es que hay ojos y oídos en todos lados. Mi misión en este momento es enseñarte a ti, tontoncita, la importancia de ser al menos discreta, si es que no sientes inclinación a ser una persona decente y honrar los compromisos que nadie te obligó a tomar. Por mí, ojalá que entiendas lo que te estoy diciendo y recapacites, porque mi amigo se merece ser respetado y tener una familia feliz.
Y, dando media vuelta, me comí un bomboncito con crema de almendras que había en una bandejita sobre la mesa.
* * *
Tres meses después, en mi muro de Facebook apareció una foto de mi amigo, con su hijo en brazos y rodeados de cajas de embalaje en el nuevo departamento que ambos compartirían.
5 comentarios:
Excelente cómo le paraste los carros a esa tontona! ella se lo buscó y además es muy estúpida, porque lo tuyo con su ex fue una historia añeja e inocente, cuando ambos eran solteros...no celebro que un matrimonio se acabe, jamás lo haría, menos si hay un niño de por medio, pero celebro tus agallas para parale el carro a alguien tan último capaz de esconder sus condoros humillando a los demás y seguir siendo una dama en el intento.
Saludos!
A mí me suena que tiene mucho de realidad, quizás algunos detalles no, pero no dudo que hay gente así y relaciones que terminan mal por lo mismo.
No sé si es real la parte de que tu amigo se fue a vivir solo con su hijito, pero si es así me da penita pero a la vez me alegro por él.
Me gustó mucho el detalle de las papas fritas y el dulce de crema de almendra.
A mi me encantaría ser tan buena como tú... La verdad es que yo con barachas (y borachos) no pierdo el tiempo. Aunque me habría dado una rabia por mi pobre amigo.
Jajaja...es la primera vez que me dicen que soy buena...
No, fuera de talla que esto es un cuento: nunca he ido a un carrete de una amiga con mi marido, nunca me ha hecho babysitting mi hermana, no ha habido encuentro de generación de la u y sobre todo, creo que no tendría la sangre fría para encarar a alguien así...tampoco me declaré a ningún compañero de estudios en su auto ni nunca nadie estuvo pendiente de mis asuntos amorosos (o falta de) en la u...
A lo más he visto en la vida real a alguien que vi en fotos de Facebook de otra persona y por suerte nunca he tenido que guardarme historias truculentas de la pareja de una amistad.
Creo que si fuera cierto ni muerta lo habría pubicado...
Para ser un cuento está super bien escrito!! En verdad no es cierto? Suena super real!
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