Me gusta cuando miro para afuera y veo que las copas de los árboles se mecen suavemente con la brisa. Me gusta que en algunos momentos una nube tapa al sol y todo queda ensombrecido. Es indecible el placer de abrir la ventana o la puerta al jardín y sentir el aire frío en la cara y en el cuello. Más todavía me gusta cuando el cielo está definitivamente gris oscuro y comienzan a caer gruesos goterones y la tierra exuda su profundo y limpio aroma.

No sé por qué empecé a renegar de la temporada fría y a decir que no me gusta. Cada vez que lo digo siento una pequeña traición interior. Confusa y larga pausa de la adolescencia, que todo lo perturba con sus dudas y temores y desórdenes emocionales. Hasta hace unos pocos años, en que el hombre que me quita el sueño me enseñó a re-apreciar las hojas caídas y la dulce melancolía de estos días. Y la verdad es que me encanta cuando llega el día de abrigarse (ojalá con ropa color blanco invierno, mi favorito), calentar la leche antes de tomársela y recogerse más temprano en una camita tibia con frazadas gruesas. Qué afortunada soy.
Había interrumpido mi parloteo para observar más de cerca y con tranquilidad este cambio de clima. Tal como cuando miro a mis hijos y veo cómo han crecido y cuántas cosas van aprendiendo a diario, quise ver cómo cambia la naturaleza y la posición del sol en estos días que auguran un invierno rico.
Siento que festejé el último día veraniego en forma. Sin saber que al día siguiente se desataría el otoño en pleno, pasé a buscar a (parte de) el sobrinaje e hice pizza mientras el jardín infantil revoloteaba en el pasto. Buena y rica idea. La mañana que siguió a esa cálida tarde nos recibió con un cielo tenebroso que temprano empezó a tronar, para repentinamente ¡zas! (me está encantando la expresión), lanzar grandes gotas de lluvia. Gordo salió disparado a ver de qué se trataba esta “agua” mientras Pollito saltaba eufórica porque saldría un “rainbow”.
Siento que festejé el último día veraniego en forma. Sin saber que al día siguiente se desataría el otoño en pleno, pasé a buscar a (parte de) el sobrinaje e hice pizza mientras el jardín infantil revoloteaba en el pasto. Buena y rica idea. La mañana que siguió a esa cálida tarde nos recibió con un cielo tenebroso que temprano empezó a tronar, para repentinamente ¡zas! (me está encantando la expresión), lanzar grandes gotas de lluvia. Gordo salió disparado a ver de qué se trataba esta “agua” mientras Pollito saltaba eufórica porque saldría un “rainbow”.
A medida que los días se hacen más cortos y menos cálidos, se facilita la calma y la introspección. Entusiasma menos la idea de hacer mil cosas y más la de caminar despacio por la calle. ¡Buenos ejercicios para el espíritu! Oir música relajada (como George Winston, por ejemplo), tomar una sopa caliente, leer y escribir. Pensar en vez de ver televisión. Regalonear. Sentir que por un momento, se puede dejar atrás la competencia loca y la tensión por lo que vendrá y…fluir. Mirar las nubes, las gotas en el vidrio, las hojas que han caído y las que persisten. Y respirar profundamente, haciendo un acopio conciente de que al exhalar se escapa el cansancio y el cuerpo se acerca a la tierra.
Segunda imagen: The Martha Blog

1 comentario:
Y este post con fecha 5 de marzo? No me engañes, eh? ;-)
Me gusta en otoño también, y los meses de invierno siempre que haya estufita a leña mediante...
Tú lo planteas mucho más poéticamente eso sí, y la verdad es que te leo y me recuerda a mis otoños e inviernos cuando niña! :)
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