viernes, 26 de febrero de 2010

A propósito de

En menos de una semana más mi hija mayor estará en su primer día escolar.

Esta frase me acompaña todo el tiempo, despierta y dormida. Los recuerdos de mi propia infancia desfilan por mi mente y estoy a merced de las emociones que con ellos llegan. Una melodía, un aroma, un sonido, un rincón, una palabra desencadenan un torrente de asociaciones a cuando yo misma era una niñita. Estoy como viviendo por adelantado lo que les sucede a los viejos, que van recordando desde su más tierna infancia hasta que fueron adultos, con un nivel de detalle que no tuvieron antes, como si el cerebro estuviera enviando chispazos de memoria de largo plazo antes de comenzar a marchitarse definitivamente.
Hoy desperté con una canción de la Daniela Romo en mi mente. Gracias a las maravillas de las comunicaciones, meterme a Youtube, tipear el nombre de la canción y volver al pasado fue una sola cosa. Así, escuchando “Yo no te pido la Luna” con piel de gallina y un pequeño nudo en la garganta, empecé a recordar mis veranos en el balneario aquél, que visité con diligencia la semana pasada. Qué experiencia dura. Poco queda del apacible barrio con calles de tierra, bosques de eucaliptos y casas dispersas. Creo, sin embargo, que si todo hubiera estado igual el impacto no habría sido menor. Acaso hubiera sido mayor, incluso, porque las escenas recordadas habrían sido más vívidas; la tristeza por tiempos pasados me habría invadido por entero y en vez de sólo emocionarme, habría tenido que sentarme a llorar a sollozos. Ver a mis propios hijos jugando felices e inocentes en una plaza me ayudó a sentirme mejor, aunque no sin antes haber pedido refuerzo moral telefónico a mi querida amiga que también veraneaba allá y a mi madre. No sé si sea la palabra adecuada, pero sentí una redención del lugar hacia todos los que por ahí pasamos; una especie de constatación de que no todo tiempo pasado fue mejor y un atisbo de que es posible convivir con los recuerdos dulces y ser feliz en las nuevas circunstancias, porque hay una fuente infinita de ello en lo que hoy me rodea.
Parte del inventario de mis recuerdos playeros también son los collares que vendían en la playa, ésos con corazoncitos pintados con esmalte blanco, rojo o azul; los pinches tipo perrito con que se recogía el pelo hacia un lado; las poleras con una manga caída, iguales a las que hoy usan las adolescentes; las estadías con mi hermana en casa de nuestros parientes o en la que mis padres hubieran arrendado por la temporada; las idas matutinas a la playa donde yo me bañaba indiferente al frío; las horas muertas de aburrimiento después de almuerzo; los paseos vespertinos vestidas más bonitas. El Festival, que en ese tiempo era lo único que había en la televisión nocturna. En la diurna, “Verano Azul” y su pegajosa e inolvidable melodía.
Como homenaje a la niñez, a la simpleza, a mis propias nostalgias, hoy quiero destacar el video del cover de Javiera Parra para “Maldita Primavera”, video que confieso me sacó lágrimas la primera vez que lo vi.


2 comentarios:

Kuky Haindl dijo...

Verano azul! qué recuerdos de veranos ochenteros. Yo no usaba poleras con la manga caída, porque era muy chica, pero collar de corazoncitos y pinches de ésos sí tuve.
Que emoción debe ser el primer día de clases de un hijo! que entrete y que nervio a la vez!
Un besote

Anónimo dijo...

Eres una nostálgica como yo! También a veces me siento como los viejos recordando cosas "antiguas"... y visito lugares que conocí de niña y es como ooooh.
Parece que en el mundo bloguero somos varias las que tenemos hijos que empiezan el cole la próxima semana, qué emoción!