
Inspirada por una divertida crítica al infame "Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar", en que por fin alguien pone por escrito mi opinión respecto del decadente, mediocre y espantoso certamen (gracias a Dios por la televisión por cable), me acordé de algunos detallitos que vi con mis propios ojos en dicha zona del país.
Hace ya unos años tuve la infernal ocurrencia de que sería romántico hospedarnos en el famoso Hotel/Restaurante Brighton, en el cerro Concepción de Valparaiso. Pues no sólo pagamos hasta las ganas por una habitación con dimensiones de closet, sino que además tuvimos que soportar hasta altas horas de la noche un concierto de tango que se oía como si los músicos estuvieran tocando en nuestro baño, gracias a la pésima aislación acústica del lugar. Me quedó tristemente claro que no todo lo que brilla es oro. Ni siquiera voy a mencionar el desayuno del día siguiente, muy por debajo de lo que uno esperaría (y recibiría) en un sitio similar en otro lugar del mundo.
Durante estas vacaciones, cierta mañana llegamos a las inmediaciones del renombrado (aunque en tiempos ya cada vez más pretéritos) Cap Ducal, ese también Hotel/Restaurante con forma de barco justo al borde del mar. Al irnos acercando me percaté de que la pintura exterior estaba corroída y los marcos de las ventanas, en evidente necesidad de reparación. Adentro también se dejaba ver el descuido: era cosa de asomarse por las preciosas escaleras de caracol para ver que las zonas de servicio no estaban ni siquiera debidamente barridas. Los vitrales falsos estaban arrancados a medias, ofreciendo un espectáculo triste y poco acogedor. Los baños (reflejo inequívoco del verdadero cuidado hacia los clientes), como todos los baños de negocios chilenos: mal aseados, con los enseres de limpieza a la vista, sin papel higiénico. Una pena. Para qué hablar del olor que salía de la cocina cuando pasamos por fuera. Sorprende que se reputen tanto de su gastronomía. No hay que ser muy sabio para darse cuenta de que ésta es la recta final: un consumidor sensato no pagaría los US$ 140 que cuesta la noche, para ver el papel mural despegado y las terminaciones metálicas maltratadas por la humedad salina sin que nadie haga algo al respecto. El Cap Ducal es, en palabras de mi marido, el próximo candidato a compra por parte de una cadena internacional, como sucedió con el Hotel Miramar, que ahora pertenece a la cadena Sheraton y por fin ofrece calidad a la altura de las escasas "estrellas" que visitan nuestro litoral. Me pregunto si el Hotel O'Higgins, que se está cayendo a pedazos, correrá la misma suerte. Espero que sí. No puedo dejar de mencionar el Café Riquet, en Valparaíso, cuya clausura nos rompió el corazón a muchos. Celebro que vuelva a abrir su puertas, aunque sea de la mano de otra cadena, en este caso la que gerentea Teresa Undurraga con su hermano, dueños del Emporio La Rosa.

Sí hay que destacar que la ciudad de Viña del Mar tiene un sentido del urbanismo que Santiago no posee: es un alivio ver que se han preservado algunas mansiones de antaño aunque sea sólo para albergar el día de hoy, oficinas municipales y otros organismos públicos. Como siempre, llama la atención el número de guardias que saltan a la primera aparición de una inofensiva cámara fotográfica, como si uno quisiera (y pudiera) fotografiar documentos secretos o algo así. Siempre está ese "no" por defecto entre los chilenos, ese denegar permisos porque sí, esa sospecha infundada, ese hacer alarde de la autoridad por muy picante que ésta sea.
Con todo, Viña del Mar es una de mis ciudades favoritas dentro de Chile. Bonita, bien tenida, con infinita variedad de cosas entretenidas que hacer para todas las edades y posibilidades. Cierto es que ya no es la joyita tranquila de personas educadas donde los peatones tenían paso preferencial y no se oía un bocinazo, pero otras cosas (como la limpieza, que es un aspecto fundamental) han mejorado mucho.
Imagen del Café Riquet, de acá
Hace ya unos años tuve la infernal ocurrencia de que sería romántico hospedarnos en el famoso Hotel/Restaurante Brighton, en el cerro Concepción de Valparaiso. Pues no sólo pagamos hasta las ganas por una habitación con dimensiones de closet, sino que además tuvimos que soportar hasta altas horas de la noche un concierto de tango que se oía como si los músicos estuvieran tocando en nuestro baño, gracias a la pésima aislación acústica del lugar. Me quedó tristemente claro que no todo lo que brilla es oro. Ni siquiera voy a mencionar el desayuno del día siguiente, muy por debajo de lo que uno esperaría (y recibiría) en un sitio similar en otro lugar del mundo.
Durante estas vacaciones, cierta mañana llegamos a las inmediaciones del renombrado (aunque en tiempos ya cada vez más pretéritos) Cap Ducal, ese también Hotel/Restaurante con forma de barco justo al borde del mar. Al irnos acercando me percaté de que la pintura exterior estaba corroída y los marcos de las ventanas, en evidente necesidad de reparación. Adentro también se dejaba ver el descuido: era cosa de asomarse por las preciosas escaleras de caracol para ver que las zonas de servicio no estaban ni siquiera debidamente barridas. Los vitrales falsos estaban arrancados a medias, ofreciendo un espectáculo triste y poco acogedor. Los baños (reflejo inequívoco del verdadero cuidado hacia los clientes), como todos los baños de negocios chilenos: mal aseados, con los enseres de limpieza a la vista, sin papel higiénico. Una pena. Para qué hablar del olor que salía de la cocina cuando pasamos por fuera. Sorprende que se reputen tanto de su gastronomía. No hay que ser muy sabio para darse cuenta de que ésta es la recta final: un consumidor sensato no pagaría los US$ 140 que cuesta la noche, para ver el papel mural despegado y las terminaciones metálicas maltratadas por la humedad salina sin que nadie haga algo al respecto. El Cap Ducal es, en palabras de mi marido, el próximo candidato a compra por parte de una cadena internacional, como sucedió con el Hotel Miramar, que ahora pertenece a la cadena Sheraton y por fin ofrece calidad a la altura de las escasas "estrellas" que visitan nuestro litoral. Me pregunto si el Hotel O'Higgins, que se está cayendo a pedazos, correrá la misma suerte. Espero que sí. No puedo dejar de mencionar el Café Riquet, en Valparaíso, cuya clausura nos rompió el corazón a muchos. Celebro que vuelva a abrir su puertas, aunque sea de la mano de otra cadena, en este caso la que gerentea Teresa Undurraga con su hermano, dueños del Emporio La Rosa.

Sí hay que destacar que la ciudad de Viña del Mar tiene un sentido del urbanismo que Santiago no posee: es un alivio ver que se han preservado algunas mansiones de antaño aunque sea sólo para albergar el día de hoy, oficinas municipales y otros organismos públicos. Como siempre, llama la atención el número de guardias que saltan a la primera aparición de una inofensiva cámara fotográfica, como si uno quisiera (y pudiera) fotografiar documentos secretos o algo así. Siempre está ese "no" por defecto entre los chilenos, ese denegar permisos porque sí, esa sospecha infundada, ese hacer alarde de la autoridad por muy picante que ésta sea.
Con todo, Viña del Mar es una de mis ciudades favoritas dentro de Chile. Bonita, bien tenida, con infinita variedad de cosas entretenidas que hacer para todas las edades y posibilidades. Cierto es que ya no es la joyita tranquila de personas educadas donde los peatones tenían paso preferencial y no se oía un bocinazo, pero otras cosas (como la limpieza, que es un aspecto fundamental) han mejorado mucho.
Imagen del Café Riquet, de acá
1 comentario:
Viña del Mar es una ciudad que destaca dentro de la zona centro, es diferente, es "linda", está bien cuidada (seguramente no toda, pero ninguna ciudad está TODA bien cuidada).
Yo también fui al Cap Ducal en enero pero me pareció lindo, no le encontré pifias en los baños ni nada, aunque eso sí, había 1 ó 2 mozos no más, y se cachaba que no sabían ni moler una palta, y ofrecían postres, tortas, pasteles, etc... pero nosotros queríamos once y se complicaron enteros y demoraron horas en traernos el pedido; como que les faltaba "la niña de la cocina" o algo así.
Sobre el Festival, yo creo que:
-Ya no es un festival, sino que un programa de tv.
-Las competencias están lamentablemente demás (hace raaaato).
-El monstruo era más monstruo cuando había cerro y cuando no había tantos comerciales entremedio.
-Ningún artista necesita el festival para "proyectarse internacionalmente", aunque insistan con eso; hoy existe youtube y el mp3... si un artista empieza a tener éxito el dato pasa boca a boca y uno busca de ese artista y lo intenta ir a ver en vivo... si sale o no en el estival da casi igual.
-Hay muchos artistas que no van a ir jamás porque no les gusta que sea televisado a tantos países; ejemplo, Beyoncé, que era más barata que Arjona, pero no le gustó esto de ser televisada al mundo, o sea, les sale el tiro por la culata.
-No hay que traer nunca más a Montaner para la animación! jaja! XD
En realidad el festival podría morir y nadie lo echaría de menos, pero mientras exista siempre se va a hablar de él, para bien, para mal o para muy mal.
Lo que es yo, aparte de Los Jaivas, los Cadillacs, Coco Legrand y alguno más, no le encuentro brillo. La opinión sobre los grupos reggeatoneros y demases me la guardo... pan y circo no más...
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