A aquellos de nosotros que tuvimos la desgracia de nacer miopes, a veces la vida nos juega malas pasadas. Por ejemplo al subir la mano en la vía pública cuando nos parece ver venir nuestra micro, a pasar a agitar el brazo completo en franca desesperación cuando el vehículo en cuestión no parece aminorar su marcha, a cuando terminamos agachando la cabeza en suma vergüenza al descubrir que lo que creíamos era un medio de transporte público, era en realidad un camión tolva. La gente del paradero, además de no haber hecho el más mínimo amague de colaborar en pedir que el vehículo se detuviera (lo cual habrá suscitado nuestra indignación, porque no nos creemos empleados de nadie que se apoltrone en el asiento mientras nosotros nos humillamos rogando), después evita el contacto visual con nosotros para no estallar en carcajadas en nuestra cara, o para que no veamos (si podemos) su expresión compasiva para con nosotros, pobres dementes que gesticulan y vociferan a los vehículos que van por la calle.
Tampoco es rico pasar por pesada o “quebrada” porque uno pasó por el lado de la mejor amiga (o la que uno quiere que lo sea, si tiene entre 12 y 17 años de edad) en el mall y no la saludó. NO TE VÍ, ¿ok? Primero que soy corta de genio y me carga intercambiar miradas con gente que no conozco y segundo que, aunque lo haga, sólo adivino que lo logré porque no veo más que una figura borrosa en la que se esbozan ojos, boca y nariz. Soy capaz de saludar a un maniquí en una tienda, ¿me cachai?
Es por ésas y por otras razones que el amor propio me impide mencionar, que siempre recuerdo emocionada el día en que me pusieron mis primeros lentes de contacto y prendo una velita para el aniversario en conmemoración.

Este postre (que es una delicia) siempre me provoca dudas, que tengo que aclarar con el único sentido que nunca me engaña: el olfato. A simple vista (la mía, al menos, que es re mala) parece puré de papas sobre pino, ¿no? Si no huelo antes, capaz que un día le termine sirviendo pastel de papas con una bolita de helado a quien me acompañe a la mesa, o bien este postre caliente y con ensalada de lechuga al lado.
Así como el dentista de Seinfeld se convirtió al judaísmo para poder contar chistes de judíos, nosotros los miopes nos reímos de nuestros fellow portadores de anteojos poto de botella a nuestro antojo. Pero ¡ay! de quien nos haga una broma desde el lado de afuera del círculo de cortos de vista.
Un día mi mamá estaba cocinando arroz con leche y empezó a echarle un chorrito de esencia de vainilla, cuando el demonio se apoderó de mi mente y le grité “¡mamá, es aceite de soya!”. La pobre dio otro grito semi desmayada, miró el envase y, cuando se dio cuenta de la treta, me miró con odio tanto por el susto que la hice pasar como por las risas descontroladas de su otra hija a causa del susto que la hice pasar.
Yo también he sido víctima de estas bromas y por parte de alguien afuerino: la cruel de mi hermana (la pobre debe tener las orejas rojas desde que empecé a publicar nuestras "anécdotas"). Un día llenó un frasco con lavalozas amarillo y agua y me contó que había encontrado un panal de abejas en el patio y había sacado la miel. Yo, mocosa crédula e ilusa (claro, los panales son máquinas expendedoras de ese néctar líquido y cristalino) me zampé medio frasco sin decir agua va ni reparar en el brillo malicioso de los ojos de mi hermana. Después, burp con burbujas todo el día. No pidan más detalles.
En fin. Mi nana prepara el mentado postre con: leche condensada, nueces picadas, manzanas ralladas y merengue. Mezcla todos los ingredientes salvo el último, los hornea un rato (no sé cuánto, pero imagino que hasta que toman cierta consistencia), en seguida esparce el merengue encima y hornea hasta que queda doradito e irresistible.
Ahí tienen su receta.
Tampoco es rico pasar por pesada o “quebrada” porque uno pasó por el lado de la mejor amiga (o la que uno quiere que lo sea, si tiene entre 12 y 17 años de edad) en el mall y no la saludó. NO TE VÍ, ¿ok? Primero que soy corta de genio y me carga intercambiar miradas con gente que no conozco y segundo que, aunque lo haga, sólo adivino que lo logré porque no veo más que una figura borrosa en la que se esbozan ojos, boca y nariz. Soy capaz de saludar a un maniquí en una tienda, ¿me cachai?
Es por ésas y por otras razones que el amor propio me impide mencionar, que siempre recuerdo emocionada el día en que me pusieron mis primeros lentes de contacto y prendo una velita para el aniversario en conmemoración.
Este postre (que es una delicia) siempre me provoca dudas, que tengo que aclarar con el único sentido que nunca me engaña: el olfato. A simple vista (la mía, al menos, que es re mala) parece puré de papas sobre pino, ¿no? Si no huelo antes, capaz que un día le termine sirviendo pastel de papas con una bolita de helado a quien me acompañe a la mesa, o bien este postre caliente y con ensalada de lechuga al lado.
Así como el dentista de Seinfeld se convirtió al judaísmo para poder contar chistes de judíos, nosotros los miopes nos reímos de nuestros fellow portadores de anteojos poto de botella a nuestro antojo. Pero ¡ay! de quien nos haga una broma desde el lado de afuera del círculo de cortos de vista.
Un día mi mamá estaba cocinando arroz con leche y empezó a echarle un chorrito de esencia de vainilla, cuando el demonio se apoderó de mi mente y le grité “¡mamá, es aceite de soya!”. La pobre dio otro grito semi desmayada, miró el envase y, cuando se dio cuenta de la treta, me miró con odio tanto por el susto que la hice pasar como por las risas descontroladas de su otra hija a causa del susto que la hice pasar.
Yo también he sido víctima de estas bromas y por parte de alguien afuerino: la cruel de mi hermana (la pobre debe tener las orejas rojas desde que empecé a publicar nuestras "anécdotas"). Un día llenó un frasco con lavalozas amarillo y agua y me contó que había encontrado un panal de abejas en el patio y había sacado la miel. Yo, mocosa crédula e ilusa (claro, los panales son máquinas expendedoras de ese néctar líquido y cristalino) me zampé medio frasco sin decir agua va ni reparar en el brillo malicioso de los ojos de mi hermana. Después, burp con burbujas todo el día. No pidan más detalles.
En fin. Mi nana prepara el mentado postre con: leche condensada, nueces picadas, manzanas ralladas y merengue. Mezcla todos los ingredientes salvo el último, los hornea un rato (no sé cuánto, pero imagino que hasta que toman cierta consistencia), en seguida esparce el merengue encima y hornea hasta que queda doradito e irresistible.
Ahí tienen su receta.
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