martes, 25 de agosto de 2009

Protocolo en Yoga

Durante muchos años tomé clases de yoga en un estudio ultra top, que fue uno de los primeros en Chile y que contaba entre sus lujos con un "resort" en el litorals norte donde se hacían clases magistrales, retiros y cursos con profesores traídos desde todos los rincones del planeta. Chorísimo. La mensualidad en dicho centro era bastante elevada, pero yo la pagaba feliz porque me quedaba en el camino a cualquier parte, había clases a toda hora para acomodar a todos los gustos y la escuela en sí era muy seria en su formación y los profesores eran de un nivel excelente. Además, en entrando uno sentía que cambiaba de atmósfera: siempre había suave música new age de fondo, un rico aroma a incienso y la sombra que regalaba el bambú, más el silencio y la calma tranquilizaban e inspiraban e invitaban a la meditación y la relajación.
Siempre me chocó un poco el exceso de "gente linda": actores taquilleros, empresarios choros, modelos y otra fauna perfecta pululaban con escasa y apretada vestimenta y un leve aire insolentón como diciendo "mírenme, no sólo soy regio/a sino que también iluminado/a". Puaj. Pero preferí centrarme en aprender y superarme. Entre nos, creo que logré bastante.
De a poco, como todo en Chile, la cosa se fue chacreando. La gente no respetaba la petición de silencio del vistoso cartel de la entrada; los teléfonos celulares sonaban en medio de la clase (y algunas personas contestaban la llamada); las socialités se lo conversaban todo dentro de la sala durante la meditación. Recuerdo que una vez estábamos en alguna posición enrevesada como ésta:


y entró la recepcionista, preguntando compungida que quién había dejado un Vitara estacionado en el pasto del vecino de enfrente. Sin atisbo de plancha, salió llave en mano el prototipo de usuario de Vitara (siempre hay excepciones; no se me ofenda naiden por favor): pelo engominado, músculos entrenados en gimnasio, bronceado fascinante, polera de fibra sintética ceñida y actitud prepotente (quien además había llegado atrasado porque de seguro los músculos del cerebro no lo dejaron interpretar los símbolos del letrero de la puerta, que decía en letras occidentales y en castellano que se podía entrar con retraso sólo después de la meditación inicial pero no más tarde que eso).
Así las cosas, empecé a buscar otros centros más baratos y menos snob. No fue fácil y entre partos, crianzas y otros ajustes, dejé la práctica de lado intermitentemente. Pero nunca volví a ese lugar y después supe que todos los profesores que me formaron se fueron yendo, la mayoría de ellos a formar sus propios estudios, que hoy gozan de justificado prestigio.
Considerando que ahora vivo literalmente al lado del dichoso centro y que sus precios deben haber bajado por la creciente competencia, qué puedo decir, es una de esas ironías de la vida.
En otros centros más humildes me he topado con gente más respetuosa, pero hasta por ahí nomás. Es que en esta sociedad no existe el concepto del metro cuadrado personal. Mientras yo pongo mis pertenencias en un rinconcito y trato de no invadir a nadie, me ha pasado demasiadas veces que alguien pasa caminando encima de mi mat (especie de esterilla plástica individual sobre la que uno practica para no resbalar en el suelo):


No soy patológicamente asquienta pero me da un asco atroz que alguien que no conozco se sienta en el derecho a tocar con su pie desnudo el lugar donde podría estar mi cara, mi boca, mi nariz. Es cierto que mucha gente usa los mats que provee el estudio o centro de yoga (y que tienen un olor...), por lo que le da lo mismo si alguien camina sobre él (entendamos que muchas zonas del cuerpo de muchos otros desconocidos tocaron ese mat, lo cual me retuerce un poco el estómago; espero que toda esta gente tenga a bien bañarse concienzudamente después de la práctica). Pero no es mi caso y por ello me he visto obligada a instalarme en la esquina menos transitada de la sala (también la de menos visibilidad del instructor, lo que me obliga a descifrar los nombres en sánscrito de las posturas).
Otro problema habitual es, otra vez, la falta de consideración a las reglas. Ya mencioné al ridiculoculturista que se sintió tan importante como para estacionar en cualquier parte; también los hay que creen que las reglas no aplican a ellos y por tanto entran a estos estudios con zapatos. Ahora, yo entiendo que a no toda la gente le acomoda sacarse los zapatos al entrar a un lugar porque pueden tener problemas de olor (ewww), o papas en los calcetines o desconfianza a dejar sus zapatos en una estantería y después no encontrarlos y tener que llevarse unas hawaiianas ajenas. Lo comprendo. Pero ¡para todo hay solución! Cuando yo iba a yoga después (o antes) de la oficina, también me daba lata dejar mis zapatos lindos preciosos en medio de chancletas carreteadas y zapatillas viejas. Entonces tuve la brillante y única idea de llevar una bolsita extra para los zapatos. Ooooh. Y cuando olvidaba llevarla, tomaba los zapatos con la mano y después los guardaba con el resto de mi ropa en el camarín. A veces uno se ilumina y tiene que compartir estos secretos con el mundo, ¿no?


En fin. Son estos amorosos detalles los que nos dejan en evidencia. Mostramos la hilacha en cosas tan sencillas, pero al mismo tiempo tan profundas. Somos unos pobres diablos que se creen tan bacanes, que no tienen que respetar a los demás. Como ignorando que es esa conciencia del otro lo que hace evolucionar a una sociedad. Que, de no hacer caso a lo que se nos pide (con toda amabilidad, por lo demás), retornamos a ser seres cavernarios, sin pulir, que no pueden pensar más allá de su estrecha mollera.

Fotos: Yogajournal, NieNie Dialogues, Anthropologie*

* Si alguien tiene planeado ir a EE.UU. y quiere hacerme feliz, deme su número de cuenta bancaria y yo le deposito para que me traiga esos zapatos. En serio.

5 comentarios:

María Paz Ureta dijo...

Me gusta el yoga, pero el tiempo no me ha dado para volver... Entenderás que salir todos los días a las 19.30 de clases, y además tener que trabajar tres de ellos no me deja mucha elección. Pero la verdad es que echo de menos hacer algo.

Tú y yo sabemos que cada día hay más gente como esa que describes. Yo misma he hecho varias críticas en mi propio blog.

No sé si conoces el sistema de yogaluca . No es lo fino en esa materia, me lo imagino, pero lo choro es quees bien económico, y dependiendo de los horarios en que tomes puedes encontrar ese espacio liberador. Hay muchos horarios y distintos lugares donde elegir, pero advierto que es recomendable que veas horarios y lugares y compres tickets para dos semanas o para el mes entero, con harta antelación.

Cariños por montones, espero poder dejarme caer este fin de semana por esos lares.

Flo dijo...

¡Estoy yendo a yogaluca! Claro que me sale luca quinientos porque se agotaron los tickets, me suena medio mula pero entre pagar $ 1.500 la clase y $ 6.000 en el Yogashala, no hay por dónde perderse.
Avísame pa esperarlos con algo rico para CELEBRAR al niño ése...

María Paz Ureta dijo...

Sí, suena a mula, pero no deja de ser una buena oportunidad. Los profesores son bastante buenos y nadie es muy desubicado (dato rosa: en el tríptico instructivo de yoga luca piden bañarse y lavarse los pies).

Deberíamos castigarlo en realidad, pero creo que ya ha tenido mucho de eso. Ojalá se lo tome en serio eso sí! Te aviso lo del sábado, pues planeamos almorzar juntos y pasear por ahí. No sabemos si gasta plata comiendo fuera o cocinar en su casa.

Muchos cariños.

María José dijo...

Flo, para alguien como yo, que lleva más de dos años en esta pequeña ciudad, escuchar tus experiencias en las clases de yoga es topísimo. El otro día estaba viendo unas fotos de una amiga del colegio, y aparecía haciendo unas contorsiones dignas del circo chino. Quedé muy admirada. Te felicito por retomar.

Sobre los mal educados... qué se le va a hacer po! yo creo que ha esa edad ya no se corrige. Lo que sí me inquieta es pensar que esos individuos van a tener hijos, muy probablemente iguales a ellos. Qué espanto. Y no es que uno sea perfecta, pero cómo tanto... si sale un cartel escrito! esa gente hace el ridículo.

Cariños Flo!

Feña dijo...

El yoga a mí me salvó de no volverme loca y depre en mi retorno a la capital. Voy a uno que empezó super chiquito y humilde aca al lado de mi casa, el problema es que la moda hace daño y llega gente del tipo que tu describes. Al final se terminan por ir ( llegan en marzo y se van y vuelven de sept a dic ) y en invierno somos los mismos de siempre. Eso sí se pudo bastante carito para mi gusto, claro han remodelado todo el lugar y se ve súper bien, pero creo que en el valor se han ido un poco al chancho.